La posada del viajero Un huésped muy particular #3
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Un huésped muy particular #3

El güelu había sido un hombretón bastante grande en sus buenos tiempos, aunque los achaques de la edad le habían encorvado la espalda.

Declan era alto y ancho de espaldas, y por eso pensé que su ropa solo podía pertenecer a mi abuelo.

No le quedaba perfecta, pero con el pantalón de pana, la camisa y la chaqueta, más la mejora en un rostro donde casi habían desaparecido los moratones, hizo que el cuadro general ganara mucho.

Y todas las mujeres de la casa, incluida mi madre, nos habíamos dado cuenta enseguida de la mejoría.

No es que creyera que Declan fuera de mi propiedad por haber sido la primera que le vio, allí tirado de cualquier manera en medio del camino, pero algún pensamiento similar cruzó por mi mente durante esa tarde.

No podía negar la evidencia: Declan me parecía un hombre muy atractivo, y preferí que nadie se percatara de ello.

La situación solo nos acarrearía problemas y el gesto adusto de mi madre me dio a entender que ella no pensaba tolerar ni una alegría a sus hijas.

Un rato más tarde escuchamos regresar a Declan y a Nelu desde el huerto, mientras charlaban animadamente de camino a la habitación del Trasgu .

Me asomé a la puerta de nuestra casa y sorprendí a mi madre en una de las ventanas de la planta superior de la casona principal, oteando el horizonte como un ave rapaz y controlando tanto lo que hacíamos nosotras como Nelu y nuestro huésped.

A la señora Inés no se le escapaba una y andaba con la mosca detrás de la oreja, algo que no podía ser bueno para ninguno de nosotros.

La mirada de hielo que me lanzó mi madre me obligó a resguardarme en la cocina y proseguir con la tarea, pero eso no me impidió escuchar lo que ocurría en el exterior, justo en la zona que delimitaba el edificio principal de Casa Abascal de lo que era nuestro humilde hogar, situado a escasos metros de la fachada principal de la finca.

—Gracias por acompañarme, Nelu. —Declan se había aprendido el nombre con el que llamábamos a mi hermano, y le trataba con franca familiaridad—. Toda la propiedad es muy hermosa; me ha gustado mucho pasear por el huerto, me trae buenos recuerdos del pasado...

—De nada. No se preocupe, le acompaño hasta su habitación.

Mi hermano era un pequeño diablillo, pero cuando quería se comportaba como un niño muy educado.

Mis padres le habían enseñado buenos modales, aunque a veces se le olvidaran en sus múltiples travesuras.

Algo que no le solíamos tener en cuenta.

Para eso era el pequeño de los Abascal, el ojito derecho de mi madre y el más mimado de la familia.

—No me llames señor, o te llamaré yo Manuel... —replicó Mclister—. Me puedes llamar Declan, tampoco soy tan viejo.

—Claro, señ... Digo… Declan.

Los dos paseantes se quedaron unos segundos parados, justo antes de entrar en la casona.

Tanto María como yo queríamos asomarnos para ver lo que sucedía en el exterior, pero ninguna nos atrevíamos.

Actué como la hermana mayor y con un leve gesto obligué a María a continuar con su labor, mientras yo intentaba enterarme de lo que ocurría fuera.

—Disculpe, señora Inés —bramó Declan con voz potente.

El paciente parecía recuperarse a buen ritmo y no le pasó desapercibida la ubicación de mi madre, asomada en la ventana superior para controlarnos—.

Hoy me encuentro mejor y no me gustaría quedarme encerrado en la habitación. ¿Podría cenar con ustedes esta noche?

La petición inesperada tomó por sorpresa a mi madre, que balbuceó algunas palabras sin mucho sentido. Al momento se repuso y contestó también en voz alta, a sabiendas de que Declan no era el único que estaba pendiente de su respuesta.

—Ya lo veremos, señor Mclister. De momento vaya a su habitación, tiene que descansar.

Imaginé a Declan asintiendo levemente, obedeciendo las órdenes de la matriarca del clan Abascal. Yo ignoraba lo que mi madre pensaba en esos momentos, pero sabía que no sería una decisión fácil para ella.

Declan y Nelu entraron por fin en la casona, y ya no escuché nada más. Seguí con la tarea y me afané por terminar lo antes posible. Mi madre bajaría enseguida para ir preparando la cena de esa noche, y yo no quería pagar los platos rotos en caso de que se hubiera enfadado por lo sucedido.

—¿Vamos a cenar con Declan? —preguntó entusiasmada María—. No solemos comer con los huéspedes, pero madre podría hacer una excepción en este caso.

—No lo sé, la verdad. Nosotras a lo nuestro, no te distraigas. ¿Has terminado con las vainas?

—Sí, ya me queda poco. Estaría bien cambiar por un día nuestras costumbres. Además, así podríamos escuchar alguna de las aventuras de Declan en América, seguro que sus historias son tan interesantes como él.

—¡María! —grité—. Ni se te ocurra hablar así en presencia de madre o te caerá un buen castigo. No creo que una niña de tu edad tenga que pensar en esas cosas. Bastante tienes con la escuela y ayudar en casa; esas deben ser tus únicas prioridades en estos momentos.

Mi hermana agachó la cabeza, abochornada.

Se había sincerado conmigo, confiando en la camaradería entre mujeres.

Al fin y al cabo yo era su hermana mayor, pero ella no sabía que sus palabras me afectaban de mala manera.

Nunca habíamos hablado de ese modo, ni comentado nada sobre ningún muchacho del pueblo.

Para mí, María seguía siendo una niña, aunque los hechos se empeñaban en demostrarme lo contrario.

Al rato bajó mi madre para supervisar nuestro trabajo. No parecía muy satisfecha, y creí que nos iba a caer una reprimenda, cuando de repente apareció mi abuelo, dispuesto a terciar en aquella insólita situación.

El güelu cogió a mi madre del brazo, con un cariño no exento de firmeza, y la sacó de nuevo a la calle para hablar con más tranquilidad.

Escuché rezongar a mi madre, que no quería levantar la voz para no dar tres cuartos al pregonero, aunque yo intuía los derroteros de la conversación.

El abuelo querría convencer a madre para cenar todos juntos con el viajero, y ella parecía cerrarse en banda.

Minutos después entraron de nuevo los dos juntos.

El rostro del anciano reflejaba satisfacción, y por el contrario la cara de mi madre aparecía más enrojecida de lo normal.

¿Se habría salido el abuelo con la suya?

Suegro y nuera nunca se habían idolatrado, pero ambos se respetaban.

Y parecía que esa vez el anciano había ganado la batalla, si es que aquella escaramuza familiar podía considerarse como tal.

—Amaya, termina con las dichosas patatas, no tengo todo el día. Y tú, María, ve a la casona y prepara la mesa del saloncito para seis personas. Cenaremos allí todos, pero no quiero una palabra más alta que otra. Y si hacéis que me arrepienta de esto pagaréis las consecuencias, os lo aseguro...

—Claro, madre, no habrá ningún problema —contestó María muy ufana mientras yo las miraba alucinada.