La posada del viajero Un huésped muy particular #2
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Un huésped muy particular #2

Mi madre me recordaba siempre que el pequeño huerto nos proporcionaba comida para nosotros y, a veces, dependiendo de la cosecha, teníamos incluso excedente que podíamos vender.

Y la primavera era la época en la que había que sembrar para luego recoger.

Siempre había cosas por hacer en Casa Abascal.

Y yo había aprendido a buscarme tareas por mí misma, antes incluso de que mi madre me llamara la atención.

A la fuerza ahorcan, y con los años había aprendido qué era lo mejor para mí.

A veces metía la pata y me ganaba la reprimenda de todas formas.

Pero otras veces, las menos, mi madre esbozaba una sonrisa de satisfacción mientras soltaba:

—Así me gusta, Amayuca. Una mujer de su tiempo no puede estar todo el día mano sobre mano; siempre quedan cosas por hacer en la casa. Y eso que todavía no tienes una familia que atender, ya verás cuando te cases y tengas hijos...

Yo ignoraba sus pullas, porque sabía a qué se refería.

Con mi edad ya se iba acercando la hora de que me casara, según decían ella y sus comadres, para que me hiciera una mujer de provecho.

Y eso no tenía por qué significar que tuviera que salir de Casa Abascal y empezar una nueva vida junto a mi supuesto marido.

No, la matriarca de la casa esperaba que todos siguiéramos allí, bajo su cobijo.

Al fin y al cabo yo era su mejor ayudante en las tareas domésticas, y no iba a dejarme marchar tan fácilmente.

Pero yo no estaba dispuesta todavía a enclaustrarme en vida con un hombre.

Me consideraba aún muy joven para asumir ese tipo de responsabilidades y no quería ser como el resto de las mujeres de mi edad.

Vivía en un pueblo pequeño, era cierto, pero tenía otras ambiciones.

Años atrás hablaba de ello con mi padre, pero ahora me faltaba su consejo.

Y, claro, mi mente recordó nuestras conversaciones sobre ese asunto.

Yo le contaba que de mayor quería ver mundo.

Y él me daba la razón mientras me acariciaba la cabeza en un gesto muy suyo, consolándome y asegurándome que yo podría hacer lo que quisiera en la vida.

Esos sueños de juventud se habían roto con su trágica muerte y maldije de nuevo el aciago día en que fue a Santander para tratar con los proveedores.

Esa misma tarde, cuando los pequeños regresaron del colegio, le pedí a María que me ayudara a doblar la ropa de cama que ya estaba seca. Afortunadamente llevaba días sin llover, y la ropa pudo secarse a la intemperie, y no dentro de casa junto a la lumbre, donde al final siempre acababa ahumada.

Nelu correteaba a nuestro lado sin parar, mientras nosotras nos afanábamos en terminar la tarea en el antepatio antes de que mi madre apareciera por la puerta, enfrascada todavía con otras tareas.

Vi al niño salir de la casa grande con gesto travieso y pensé que seguramente habría hecho alguna trastada de la que más tarde nos enteraríamos.

Continuamos con la labor, y unos segundos después distinguí en el rostro de María el reflejo de una profunda sorpresa.

Creí incluso intuir un ligero fulgor en sus ojos y noté cómo sus mejillas se tornaban sonrosadas.

Yo me encontraba de espaldas a la casona de huéspedes y no pude ver el motivo de su desasosiego hasta que no me di la vuelta.

Y entonces, casi a la vez, las dos hermanas dejamos caer al suelo la colcha que estábamos doblando.

—Señor Mclister, ¿qué hace usted levantado? —le escuché decir a mi madre tras aparecer justo a la espalda del irlandés.

—No se preocupe, señora Inés. Ya me encuentro mucho mejor y solo quería pasear un poco para que me diera el aire. Me voy a volver loco ahí encerrado...

Y dicho esto nos lanzó una sonrisa devastadora que tuvo un curioso efecto sobre nosotras.

Yo me azoré al instante, pero reaccioné con rapidez.

Me agaché a toda velocidad, antes de que mi madre se diera cuenta de que la colcha limpia se arrastraba por el suelo.

De ese modo alejé de mí esos ojos retadores, pues temía que todos se dieran cuenta de mi desasosiego.

Miré con disimulo a María mientras me agachaba, y mi ansiedad aumentó por momentos.

La muchacha contemplaba embelesada al irlandés, sonriendo como una boba mientras sus mejillas se arrebolaban sin darse cuenta.

Mi madre también se percató de la situación y actuó con presteza, con cuidado de no llamar demasiado la atención.

—Nelu, acompaña a nuestro huésped hasta el huerto. Así podéis dar una pequeña vuelta por la finca, antes de que el señor Mclister regrese a su habitación para seguir descansando.

No se trataba de una recomendación, ni mucho menos.

Era una orden, tanto para mi hermano como para Declan.

Ambos se dieron cuenta a la perfección y obedecieron sin rechistar.

Nelu asintió y se quedó al lado de Mclister, por si el irlandés necesitaba apoyarse en él mientras caminaba despacio, todavía con temor después de la paliza recibida.

—Gracias, señora Inés. No se preocupe, solo quiero respirar un poco el aire fresco. Enseguida regresaré a mi habitación y me portaré bien.

Esto lo dijo mirando hacia nuestra posición mientras nos guiñaba un ojo.

María no perdía ripio y seguía a su aire mientras jugaba con un mechón de pelo que mordía sin disimulo; un gesto suyo característico que me hizo reaccionar, aunque mi madre volvió a adelantarse y bramó nuevas órdenes para nosotras.

—No tenemos todo el día. En la cocina hay tarea de sobra para las dos, que os veo muy ociosas hoy. Creo que las vainas y las patatas no se pelan solas, ¿verdad?

El gesto fiero de mi madre no admitía réplica, y ambas lo sabíamos.

Desde luego el magnetismo de Declan no había hecho mella en su carácter, que seguía como de costumbre.

El semblante de María se endureció ante sus órdenes, quizás decepcionada por perderse la diversión que tenía hasta ese momento.

Y es que la aparición del joven irlandés la había sumido en un estado en el que nunca la había visto. ¿Sería algo casual?

Mi hermana acababa de cumplir los trece años, pero se estaba convirtiendo en una mujer a marchas forzadas.

Meses atrás, después de las últimas Navidades, se asustó mucho al presentársele el período por primera vez.

Tuvimos que tranquilizarla cuando la niña vio sangre entre sus piernas y creyó que le sucedía algo grave.

Y, claro, nuestra madre comenzó a explicarle a María lo que ese hecho significaba para una mujer.

En esos pocos meses mi hermana había dado un cambio radical.

Todavía tenía un rostro de niña inocente, pero su cuerpo se transformaba muy deprisa.

Sus caderas se redondeaban, y un más que generoso busto para su edad empezó a crecer en su pecho.

Aquellas curvas no habían pasado desapercibidas en nuestro entorno, incluyendo a algunos chicos de su colegio que empezaban a mirar a mi hermana de un modo mucho más atrevido.

Quise alejar los pensamientos extraños que se estaban apoderando de mi mente. ¿Qué me sucedía? No podía ser el aguijonazo de los celos, aunque algo extraño me ocurría. Y las miraditas entre Declan y María tenían mucho que ver.

Mi hermana me había superado en altura, y eso que todavía era una cría. Sus formas voluptuosas se empezaban a hacer evidentes, a pesar de que mi madre intentara disimularlo con ropa amplia. María era una niña preciosa y pronto se convertiría en una bella mujer.

Tenía el pelo rubio, recogido con dos infantiles coletas casi todo el tiempo.

Ojos grandes de color miel y un rostro sonrosado repleto de diminutas pecas.

Una pequeña ninfa que llamaba la atención, por mucho que a mi madre le costara trabajo aceptarlo.

Mi padre se habría sentido orgulloso de su hija pequeña, aunque seguramente también lo habría pasado muy mal al intuir lo que acontecería entre el género masculino cuando la niña siguiera creciendo.

Yo era bajita, y con mi edad ya no iba a crecer demasiado.

Tenía una melena larga, de color azabache, y unos ojos oscuros herencia de mi padre.

No me consideraba guapa, pero mi madre decía que era «resultona».

Tampoco tenía un pecho abundante y eso siempre me había creado algo de complejo, aunque mis rotundas caderas hacían de excelente contrapunto.

Hasta que aquella mocosa devolvió la sonrisa a Declan y yo me sentí totalmente ignorada.

Con la confusión del momento no me había percatado del todo del increíble cambio de Declan desde la última vez que le había visto, allí en su habitación.

—Buenas tardes, señoritas —dijo el irlandés con tono guasón antes de desaparecer de nuestra vista.

Nosotras nos dirigimos hacia la cocina, mientras Nelu acompañaba a Declan en su corto paseo.

Reprendí a María con la mirada, y ella agachó la cabeza avergonzada.

Todavía era una niña, pero habría que vigilar sus actitudes.

Y no por celos, o eso me decía a mí misma en ese instante, sino porque no hubiera malentendidos a partir de entonces.

En los segundos que transcurrieron hasta que Declan me dio la espalda pude contemplar su rostro totalmente rasurado y el pelo algo más arreglado.

Quizás Nelu le había llevado útiles de afeitar y por eso salió de casa con ese gesto momentos antes.

Aunque tal vez había sido mi abuelo el culpable de esa transformación, a juzgar por la ropa que llevaba puesta el viajero cuando apareció ante nosotras.

Desde luego el irlandés tenía a los hombres de la casa de su parte, o eso creí entender en ese momento.