La posada del viajero Un huésped muy particular
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Un huésped muy particular

Durante esos días el enfermo fue recuperando las fuerzas y también su estado de ánimo.

O eso supuse al hablar con él. El extranjero se tomaba cada vez más confianzas conmigo y no se lo iba a permitir.

Lo primero de todo, porque yo era una señorita respetable.

Y lo segundo, porque el tal Mclister estaba en casa bajo nuestros cuidados y debía ser más respetuoso con todos los miembros de la familia.

La hinchazón de la cara del viajero disminuyó, y los traumatismos provocados por la paliza remitieron con más celeridad de lo esperado en un caso de esas características, o eso me dijo, al menos, don Anselmo.

Al parecer nuestro nuevo huésped tenía una gran capacidad de curación y cicatrización dentro de su organismo.

Eso me permitió observarle con más detenimiento cuando iba a su habitación para llevarle la comida, los medicamentos o cualquier otra cosa.

Mi madre delegó en mí para atender al enfermo, ya que ella tenía otras cosas que hacer, aunque su mirada me dijo a las claras que me vigilaría muy de cerca.

Sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Declan tenía una mirada limpia, sin atisbo de maldad.

Sus labios carnosos habían recuperado casi su forma habitual, y ahí pude atisbar un deje irónico, casi cínico, que dibujaba su boca en algunas ocasiones.

De todos modos pensé que se trataba de una buena persona y que realmente había sido asaltado por unos desaprensivos.

Quizás su actitud ante la vida fuera la única que un hombre de mundo se podía permitir para sobrevivir fuera de su hábitat natural.

Continué atendiéndole del mejor modo posible durante su convalecencia, mientras la impaciencia de mi madre crecía por momentos. Se veía a las claras que no quería tener al extranjero en nuestra casa y que había cedido solo por la mediación de don Anselmo.

—En cuanto el médico lo disponga, ese hombre tendrá que abandonar la habitación. Ya sabes cómo son las comadres del pueblo, y no quiero habladurías sobre mi familia.

—No sé a qué se refiere —contesté con fingida inocencia—. El pobre sigue muy malherido y no creo que deba moverse de momento.

—Eso lo tendrán que decidir los médicos, Amayuca, no tú. Y, por supuesto, las autoridades. Tampoco sabemos lo que le ocurrió realmente; tenemos solo su versión.

Cuando comuniqué que el extranjero se expresaba perfectamente en nuestro idioma, todos —incluido el médico— soltaron un suspiro de alivio.

A nadie pareció sorprenderle que un irlandés hablara español con acento cubano, así que yo no iba a ser diferente.

Pero, de todos modos, sabía que las horas de Mclister en Casa Abascal estaban contadas. Y eso me apenó, no podía negarlo.

Me había acostumbrado a demorarme unos minutos en su cuarto cuando acudía a atenderle.

Me gustaba charlar con él, aunque tuviera que estar alerta para captar el tono burlón con el que a veces me respondía.

Tal vez era simplemente un mecanismo de defensa.

Al fin y al cabo él tampoco nos conocía y se encontraba en una casa extraña, mantenido y atendido por personas de las que no sabía apenas nada.

Yo siempre he sido muy curiosa y, aunque no quería molestar a nuestro invitado, a veces pecaba por exceso y le preguntaba cosas que quizás debería haber callado.

—¿Y cómo acabó en Cuba, señor Mclister? —pregunté—. No parece un destino natural para un irlandés, ¿me equivoco?

—No se equivoca, señorita Abascal. Si le parece, puede llamarme Declan. El señor Mclister era mi padre, que en paz descanse.

—Vaya, lo siento, lamento su pérdida —contesté azorada—. De acuerdo, Declan, pero solo si a mí me llama por mi nombre, Amaya.

—Por supuesto, Amaya. Y no se preocupe por nada. De hecho la muerte de mis padres fue el detonante para que yo acabara en Cuba.

Mis cejas se alzaron perplejas ante su afirmación. Callé por unos segundos, esperando algún tipo de explicación, y Declan consintió entonces en contarme algunas de sus peripecias.

—Ocurrió hace ya siete largos años, parece mentira lo rápido que pasa el tiempo...

El irlandés me narró entonces lo sucedido en su pueblo natal en aquella infausta noche. La tragedia acaecida en su familia le obligó a tomar una determinación, y sus decisiones le llevaron hasta Cuba.

—El destino final del barco era Virginia, previo paso por Florida, pero yo me quedé en Cuba.

Estaba harto de la travesía por el océano y quería poner pie en tierra lo antes posible.

Contraje una deuda antes de subir al buque, pero ya la había saldado y nada me ataba ya al Pegasus o al señor Douglas, el oficial al que servía.

Además, fue llegar al Caribe y enamorarme de su luz.

La Habana es una ciudad especial, y nada más conocerla sentí que aquel sería mi verdadero destino.

—Ya veo... Y ahora de nuevo en Europa. Aunque Suances no tiene mucho que ver con Irlanda, me parece a mí.

—Bueno, no es tan diferente. La costa del norte de España y la del sur de Irlanda tienen bastantes similitudes, la verdad. Pero es cierto, he dado muchos tumbos últimamente. Otro día hablamos de ello. Creo que ahora debería descansar un poco. Me encuentro algo fatigado y...

—Claro, claro —asentí ante su cambio de actitud.

Quizás era pronto para contarme su historia, o tal vez el irlandés prefiriera olvidarse del asunto.

Era hora de salir de allí. Bastante había molestado ya a nuestro huésped ante el aparente poco control que ejercía mi madre sobre mí en ese sentido—.

En otro momento, ahora lo mejor será descansar para recuperar fuerzas.

El resto de la semana pasó en un suspiro.

Nelu y mi abuelo se dejaban caer de vez en cuando por la habitación del Trasgu para saludar al irlandés y ver cómo se encontraba, pero mi madre les decía que no debían molestarle demasiado.

El hecho de que Declan hablara español fue el detonante para que la curiosidad hacia su persona creciera en el resto de la familia.

Ya no era yo la única que se sentía extrañamente atraída por nuestro peculiar visitante.

Sin embargo, hubo una excepción a esta regla.

María ni siquiera se acercó a la habitación del irlandés, detalle que me sorprendió bastante.

Ella también era curiosa por naturaleza, una joven lozana y pizpireta, llena de vida.

Tal vez no quisiera saber nada de enfermos, o simplemente obedecía las órdenes de nuestra madre de no acercarse por allí.

Hasta el comienzo de la siguiente semana, donde todo dio un giro radical en nuestras vidas.

El lunes por la mañana don Anselmo se acercó a nuestra casa, acompañado por don Severino, el médico oficial de Suances por aquel entonces.

El viejo doctor ya había puesto en antecedentes de lo ocurrido a su sucesor y le había explicado las medidas tomadas para aliviar al enfermo, todavía postrado en la cama.

María y Nelu se encontraban en el colegio aquel lunes cuando los dos galenos llegaron a la habitación del Trasgu , flanqueados por mi madre. Yo me hice la encontradiza y los acompañé, pues temía que la severa mirada de mi madre me echara de allí al instante.

Don Severino examinó a Declan en presencia de don Anselmo. Yo permanecí a unos metros de distancia, junto a la entrada del cuarto, para no entorpecer su labor y pasar algo más desapercibida a ojos de mi madre.

—Tenía usted razón, don Anselmo. El joven está curando con prontitud. En unos días podrá abandonar la cama y empezar a hacer vida normal para recuperarse del todo. ¿Quién le hizo esto? —preguntó don Severino al paciente.

—No lo sé, doctor, la verdad es que no recuerdo nada. Estaba tomando algo en una taberna de Santillana del Mar y cuando desperté me encontraba ya en esta habitación. Entre medias hay una laguna en mi mente que no logro recordar.

—Es extraño, la verdad. Y después aparece usted en Suances, tras caer de un carromato cuyo origen desconocemos.

—Así es, doctor. No sé si me caí, o si me arrojaron al camino. Tampoco sé por qué acabé en Suances. Yo estaba buscando trabajo y me dijeron que por la zona podría encontrar algo, pero no recuerdo nada más.

—Ya veo. Bueno, habrá que avisar a las autoridades. Si unos maleantes le asaltaron, le dieron una paliza y le robaron su dinero, hay que denunciarlo cuanto antes.

—Sí, no se preocupe —respondió Declan con ese rictus que yo ya conocía—. En cuanto esté más recuperado acudiré a las autoridades. Ustedes ya han hecho bastante por mí. He perdido todos los ahorros que tenía, pero por lo menos puedo contarlo.

Se veía que Declan no quería más problemas, y no parecía tener intención de cumplir lo prometido.

Tal vez lo que pretendía era librarse de las miradas inquisitorias de las personas que rodeaban su lecho y esperaba que se apiadaran de él por su estado.

¿Tendría Declan algo que ocultar? Lo averiguaría si estaba en mi mano.

—De acuerdo, joven. Don Anselmo ha hecho un buen trabajo, y veo que usted se recupera con rapidez. Siga con el tratamiento durante unos días más y acuda a mi consulta en cuanto pueda.

—Gracias, doctor, así lo haré.

Al mediodía le acerqué a nuestro huésped la comida e intenté entablar conversación con él, ya que le notaba algo distraído. Quise insistir y preguntarle lo que le sucedía, pero enseguida escuché a mi madre gritar través de las paredes:

—Date prisa, tenemos mucho por hacer todavía en el huerto.

Declan hizo un gesto con los hombros, dándome a entender que no podía quedarme de cháchara con él, por lo menos en ese momento.

Y es que mi padre, que en gloria esté, había tenido la feliz idea, años atrás, de plantar un huerto en la parte lateral de la finca, justo al lado del edificio donde vivíamos nosotros.

En primavera plantábamos lechugas, tomates, calabazas, maíz, vainas y otras verduras que había que recolectar en otoño, una tarea que odiaba profundamente.