Huida hacia delante #3
Douglas se giró entonces y les dio la espalda a los muchachos.
Pero Declan no quiso dejarle escapar, al ver una posibilidad remota de subirse al barco, e insistió de nuevo.
Eso era exactamente lo que pretendía Douglas, que había visto la oportunidad de sacar algún beneficio de aquel encuentro fortuito.
—Le aseguro que pagaré el resto del pasaje con mi trabajo —replicó al instante Declan—. Soy joven y fuerte, y no me asusta trabajar duro. Se lo demostraré, no se preocupe. Puede mandarme las tareas que otros no quieran, no hay problema.
Douglas miró al muchacho y sopesó la situación. Nunca venían mal un par de brazos extra en un barco tan grande como el Pegasus . Y de paso, si le contrataba de tapadillo, podría quedarse con aquella bolsa de peniques como ingreso extra.
—De acuerdo, tú lo has querido. En calidad de oficial de este barco puedo contratarte como grumete.
El pago por tu trabajo será el pasaje, comida y un lecho donde dormir, por lo menos hasta que completes la cantidad que falta del billete.
Mientras tanto, tendrás que trabajar duro y obedecer a todo lo que se te ordene.
—Sí, señor —gritó Declan entusiasmado.
—Para ti seré el oficial Douglas, aunque puedes seguir tratándome de señor, no me importa —contestó el marino—. ¿Cuál es tu nombre, muchacho?
—Declan, señor. Declan Mclister.
—Muy bien, Mclister. Despídete de tus amigos, recoge lo que vayas a traer al barco y regresa aquí antes de las ocho de la tarde. Queda todavía mucho trabajo por hacer antes de zarpar mañana. Y sé puntual, eso es fundamental en nuestro mundo.
—Así lo haré. ¡Gracias por la oportunidad!
Declan Mclister abandonó los muelles con un semblante mucho más feliz del que tenía minutos antes. Aunque su amigo no parecía tan contento.
—¿Estás loco? —dijo Sean—. Le has entregado a ese tipo tu bolsa de peniques y ni siquiera te ha dado un recibo, ni has firmado nada. ¿Y si se marcha con tu dinero?
—No me importaría, Sean, tampoco era mío. Pero, si me sirve para salir de aquí, lo doy por bien empleado. Además, ese tipo tendrá pinta de duro, pero no me la va a jugar, ya lo verás.
—No deberías irte, esa vida no es para ti. ¿Sabes lo larga que se puede hacer la travesía? Y encima no estarás cómodamente instalado en tu camarote, no. Te obligarán a realizar las tareas más duras del barco, te explotarán por unos peniques de nada.
—Me da igual, ya lo he decidido. Te agradezco mucho lo que estás haciendo por mí, igual que al resto de tu familia. Pero ahora debo seguir mi camino. Quiero despedirme de los tuyos y recoger lo poco que tengo antes de partir.
Sean Hollister intentó convencer a su amigo durante todo el trayecto hacia su casa, pero Declan no se amilanó. La decisión estaba tomada: nada le impediría subirse a ese barco y zarpar rumbo al continente americano.
Los padres de Sean tampoco pudieron convencerle, por lo que la comida en casa de los Hollister fue la última en suelo irlandés para Declan.
Horas después se despedía de sus amigos con los ojos llenos de lágrimas y encaminaba sus pasos hacia el cementerio de la localidad para darle también el último adiós a los Mclister.
El joven se arrodilló ante la tumba de sus padres y les habló en voz baja, como si estuvieran a su lado. Tal vez no regresara jamás a Irlanda y esa fuera la única oportunidad que tendría de despedirse de su familia.
Unas ráfagas de aire frío azotaban el camposanto, arrancándole un estremecimiento a Declan. Escuchó sonidos extraños a su alrededor, pero no se asustó a pesar de encontrarse entre muertos. El viento que provenía del mar ululaba con fuerza y hacía que los crujidos de los árboles resultaran irreales.
Miró por última vez en derredor, convencido de que su vida nunca sería igual a partir de ese momento. Recogió su petate y salió del cementerio, camino de su destino. Una nueva vida iba a comenzar en América, aunque nunca imaginó que sería bajo aquellas circunstancias.
Recorrió las calles de su viejo pueblo en silencio para almacenar en su memoria todo lo que sus sentidos pudieran recabar en esos postreros instantes.
Siempre había querido salir de Cove, una pequeña población que a veces le ahogaba, pero no marchar de aquella manera.
La nostalgia se apoderó de él y supo que echaría mucho de menos su tierra antes incluso de abandonarla.
Saboreó su paseo y trató de guardar para sí la verdadera imagen de aquellas calles. Paladeó el ambiente, olfateando también como un sabueso para que los olores que le habían acompañado desde pequeño no se perdieran en la bruma. Sabía que perseguía un imposible, pero por lo menos lo iba a intentar.
Minutos después llegó al lugar donde estaba atracado el Pegasus . Preguntó por el oficial Douglas, y el marino acudió en su busca.
—Muy bien, muchacho. Veo que no te has arrepentido. Ya veremos lo que opinas después de una travesía por el Atlántico.
Declan acompañó al oficial al interior del barco y mientras caminaba por la cubierta volvió la cabeza para despedirse de su querido Cove. América le aguardaba, pero él todavía ignoraba lo que le esperaba en aquel vasto continente que siempre había querido conocer.