Huida hacia delante #2
Sean Hollister encontró a sus progenitores entre la muchedumbre, y ellos se hicieron cargo de la situación enseguida.
Se llevaron a un desmadejado Declan hasta su casa, que estaba fuera de peligro según las autoridades.
El hijo de los Mclister se derrumbó en la cama en la que fue depositado y cayó en un estado cercano a la inconsciencia.
Las únicas víctimas mortales habían sido los Mclister, aunque tres casas habían sido arrasadas completamente.
Nadie sabía con certeza lo que había sucedido en el interior de esa vivienda, pero Tara y sus padres habían fallecido sin que nadie pudiera impedirlo.
Otros vecinos fueron atendidos por quemaduras leves, o por haber inhalado humo, pero no hubo ningún herido grave.
Esas otras familias salieron de sus casas en cuanto vieron que el fuego comenzaba a acercarse a sus paredes, y así se evitaron más muertes.
Una vez atendidos los heridos y también alguna que otra crisis nerviosa entre las personas que habían perdido sus posesiones, el médico, a quien mandó llamar el señor Hollister, examinó entonces a Declan.
—Le he dado un sedante para que descanse, es lo único que podemos hacer ahora por él. Mañana será otro día, uno muy duro para el muchacho, pero poco podemos hacer ya —aseguró el médico.
—Gracias, doctor. Nos encargaremos de él, no se preocupe —confirmó el padre de Sean, Robert Hollister.
Declan se quedó dormido en el cuartito donde le instalaron, en un catre colocado junto al lecho de su mejor amigo. Los Hollister salieron de la habitación y cerraron la puerta para que su huésped descansara tranquilo.
Nadie en el barrio de la colina se explicaba cómo había muerto la familia Mclister.
Unos aseguraban que tal vez el fuego los había sorprendido durmiendo; otros, que el humo los asfixió sin que se enterasen.
Todavía era muy pronto para que las autoridades tuvieran una hipótesis sobre lo sucedido.
Además, Liam Mclister tenía graves problemas físicos que afectaban a su movilidad, otro detalle a tener en cuenta.
Sean y su familia se encontraban muy afectados por lo ocurrido, pero debían ayudar a Declan en la medida de sus posibilidades.
El fuego tardó todavía unas horas en ser extinguido del todo. Para cuando las llamas desaparecieron, tres casas del pueblo habían sido arrasadas por completo, y la más devastada había sido la de los Mclister, foco originario del brutal incendio, según todos los indicios en esos momentos.
Al día siguiente, Declan Mclister quiso adentrarse en los escombros de su casa, pero le negaron el acceso. Las autoridades tenían que hacer su trabajo, y no sería bueno para el muchacho encontrarse con la tragedia cara a cara.
Los cuerpos de los Mclister se encontraban irreconocibles, carbonizados por completo.
El Ayuntamiento se hizo cargo de las exequias, dada la precaria situación de la familia, y los restos mortales de los tres vecinos fallecidos fueron depositados en ataúdes cerrados, para que nadie pudiera ver lo que el fuego había hecho con ellos.
Declan sobrevivió como pudo a unos días de puro dolor, alentado por los cuidados de los Hollister. El párroco de la localidad hizo una colecta entre sus feligreses con la intención de ayudar en algo al joven Mclister, ahora que se encontraba solo en el mundo.
El estado de Declan empeoró, no quería asumir lo sucedido. Se encontraba catatónico, arrastrado aquí y allá por su amigo Sean. Casi no se percató de nada en el entierro de su familia, y sus ojos sin vida evidenciaban que su mente se encontraba muy lejos del condado de Cork.
Declan Mclister recibió una pequeña bolsa de dinero con lo recaudado por el párroco, y la guardó en su chaqueta sin ser plenamente consciente de lo que hacía. No tenía más ropa que la que llevaba en el momento del siniestro, pero su amigo Sean le había prestado algo para salir del paso.
—Lo siento mucho, Declan —dijo el cura—. Nadie más que tú sabe lo que estás sufriendo en estos momentos, pero Dios te reconfortará, hijo mío. El Santísimo vela por todos nosotros, y seguro que te ayudará a salir adelante.
—Gracias, padre —contestó Declan a duras penas.
El joven no quería pensar en Dios en esos momentos, bastante tenía encima. Nunca había sido muy creyente y desde luego, si Dios existía, había sido muy cruel al arrebatarle a su familia de aquella manera.
—Anda, vamos a dar una vuelta —dijo Sean.
Declan asintió sin muchas ganas y se dejó guiar de nuevo.
Los Hollister se estaban portando muy bien con él, casi le habían adoptado, pero necesitaba revertir aquella situación y hacer algo por sí mismo para no volverse loco.
Sus pasos les llevaron por inercia a la zona del puerto.
Los dos jóvenes caminaban en silencio, cada uno sumido en sus propias cavilaciones, mientras se acercaban a uno de los barcos que estaban cargando para el viaje de ultramar.
Sean Hollister estaba muy preocupado por su amigo. Le veía roto, completamente apagado, y temía por su salud. No tenía a Declan por un cobarde y sabía que podría luchar para salir adelante, pero a veces creía distinguir un fulgor en sus ojos que le asustaba.
¿Estaría pensando en quitarse la vida? Desde luego él no lo iba a permitir y en esos momentos habría dado cualquier cosa por saber lo que pasaba por la mente de su amigo.
Declan se quedó parado unos instantes, admirando el trajín que rodeaba a un enorme barco de pasajeros. En ese instante unos hombres se afanaban por cargar sus inmensas bodegas con las pertenencias de los irlandeses que dejaban atrás la isla esmeralda para empezar una nueva vida en América.
Al borde de la pasarela de madera, tendida desde la cubierta del barco hasta el mismo muelle, se encontraba uno de los oficiales del buque, a juzgar por su indumentaria y los ademanes.
El marino tenía en su poder dos tablillas con anotaciones que iba comprobando de una en una.
Al parecer, según creyó escuchar Declan, el hombre intentaba cuadrar las pertenencias de los viajeros y verificar que cada objeto embarcado en el buque correspondiera a una persona de su lista de pasajeros.
—Buenos días, señor —dijo Declan para sorpresa de Sean. Ambos jóvenes habían llegado hasta la pasarela, y el único superviviente de la familia Mclister decidió dirigirse directamente al oficial—. Disculpe un momento, ¿hacia dónde se dirige su barco?
—Estoy trabajando, muchachos, no molestéis —contestó el marino con aire desabrido—. Y dejad esta zona libre, tenemos que seguir cargando mercancía en las bodegas.
Los jóvenes obedecieron sin rechistar y se dieron la vuelta para abandonar el lugar. Sin embargo, unos pocos pasos más allá, Declan se paró de repente, se giró y exclamó en voz alta:
—Le preguntaba por el destino de su barco porque quiero abandonar Irlanda, tengo dinero para el pasaje. ¿Se dirigen a América, señor? —insistió Declan con aire más animado.
—¿Te has vuelto loco? —preguntó Sean Hollister—. Anda, volvamos a casa, es hora de almorzar.
Sean se había sorprendido mucho ante el cambio de actitud de su amigo y se había colocado delante de Declan para impedirle cometer cualquier tontería. Aunque el extraño brillo que distinguió en los ojos del huérfano le previno sobre lo que podría ocurrir.
—Acercaos, muchachos —contestó el marino con tono algo más conciliador—.
Me llamo Douglas y soy uno de los oficiales de este buque, el Pegasus .
Estamos cargando las pertenencias de los viajeros, así que tenemos mucho trabajo todavía por hacer.
Viajamos hacia Florida y Virginia, aunque por motivos técnicos haremos primero una parada en La Habana.
—¿La Habana? —preguntó Sean—. Nunca había oído ese nombre.
—Es la ciudad más importante de Cuba, la isla española del Caribe.
Está muy cerca de las costas de Florida, y fondearemos allí unos días antes de continuar nuestro camino —aseguró el marino antes de dirigirse directamente a Declan—.
¿Tienes entonces dinero para el pasaje? El billete es muy caro y no creo que tú dispongas de semejante cantidad.
—Declan, déjalo —terció Sean, asustado por el devenir de los acontecimientos—. Regresemos a casa, mis padres se preguntarán dónde estamos.
Declan se zafó del brazo de su amigo con un leve movimiento, resuelto a terminar su conversación con el marino.
—Tengo dinero, señor —contestó Mclister sopesando en su mano la bolsa de peniques que le había entregado el párroco—. ¿Cuánto cuesta un billete de tercera clase?
El oficial se sorprendió ante la visión de la bolsa con el dinero. Quizás, después de todo, aquel mocoso sí podría costearse el pasaje.
—Cuesta tres libras. ¿Puedes pagarlo? —soltó Douglas.
—Esto es todo lo que tengo, señor —dijo Declan mientras le alargaba a Douglas la bolsa con el dinero recaudado.
—¡No, Declan! No lo hagas, por favor —imploró Sean mientras agarraba a su amigo por los hombros—. Tienes que pensarlo mejor, ahora no estás en tus cabales. Entiendo que lo ocurrido con tu familia te haya afectado mucho, pero tienes que pensar las cosas con calma.
—Deja al muchacho que decida por sí mismo —contestó Douglas endureciendo el gesto—. Ya es mayorcito para saber lo que quiere.
El marino abrió la bolsa con el dinero y contó las monedas. Su sonrisa se torció al instante, tras comprobar que no sería suficiente.
—¡No me hagáis perder más el tiempo! Esto es una miseria, largaos de mi vista de una vez —gritó el marino de mal humor. Sus aspavientos obligaron a los jóvenes a separarse de él, aunque en el último momento pareció moderar su comportamiento—. Bueno, tal vez podríamos llegar a un acuerdo...
—Sí, claro, ¿de qué se trata? —preguntó Declan más animado.
—No, sería un error. Un alfeñique como tú no está preparado para el duro trabajo en un barco, lo siento —sentenció el marino.