Huida hacia delante
Declan Mclister estaba harto del condado de Cork y de todos sus habitantes.
Recién cumplidos los dieciocho años, se desesperaba por no encontrar un empleo con el que ayudar a la precaria situación familiar.
Su padre había caído gravemente enfermo unos meses antes y había quedado impedido, anclado a una silla de ruedas de por vida.
Mientras, su madre hacía lo imposible por sacar adelante una casa con cuatro bocas que alimentar.
El cuarto miembro de la familia Mclister era la pequeña Tara, que a sus diez años ya comía como una adulta, o incluso más.
Los Mclister vivían en Queenstown, un pequeño pueblo situado cerca de Cork, capital del condado del mismo nombre y una de las ciudades más importantes de Irlanda.
En realidad su población natal se había llamado Cove desde tiempos inmemoriales, pero tras una visita de la reina Victoria unos años atrás, los gobernantes habían decidido cambiar el nombre de la ciudad sin demasiado éxito entre sus conciudadanos, que seguían prefiriendo el nombre original.
El joven irlandés no tuvo más remedio que olvidarse de buscar trabajo al lado de su hogar debido a su mala reputación.
Se había metido en un par de peleas en pubs de la zona, y las malas lenguas de un enclave como Cove hicieron el resto.
Se corrió la voz de que era un joven conflictivo, un pendenciero, y nadie quiso contratarle.
Declan no tenía tan mal concepto de sí mismo como sus paisanos.
Sí, quizás era impetuoso, de sangre caliente, pero nada más.
No recordaba los motivos por los que se había metido en aquellas peleas, pero en su opinión no era algo tan grave: unas pintas de Murphy’s, unas voces más altas que otras y la trifulca ya estaba formada.
¡Qué demonios!, pensó. Una buena pelea a puñetazos era la mejor manera de mantenerse en forma.
Así que decidió acercarse a la capital del condado en busca de mayor fortuna.
Sin embargo, su periplo por la zona portuaria de Cork tampoco dio buenos resultados.
Declan hablaba inglés en casa porque su madre se había empeñado en que así fuera, pero el gaélico irlandés era incluso más importante en toda la comarca y él apenas lo chapurreaba, para disgusto de su progenitor.
—¡Vuelve a casa, muchacho! —le gritaban los estibadores en los muelles con acento gaélico cerrado.
—Pero, señor, necesito trabajar... —imploraba él en inglés sin obtener resultados.
Había perdido casi dos días completos pateándose las calles de Cork, por lo que decidió regresar a casa.
Declan hizo un último intento y se acercó al puerto de Cove, donde había una actividad inusual en aquellos días.
Su ciudad natal, desde que el buque de pasajeros Sirius efectuó la primera travesía del océano Atlántico de esas características, se había convertido también en un enclave estratégico para una nueva y floreciente industria: la emigración.
Desde aquellas costas, miles de irlandeses abandonaban su país en busca de la tierra prometida: América.
A Declan le llamaba mucho la atención tamaña aventura, pero la familia era lo primero.
Y para sacarla adelante tendría que encontrar un empleo con el que ayudar en su casa y olvidarse de sus propios sueños.
La suerte siguió dándole la espalda, y Declan decidió tomarse un respiro.
Ya era tarde, y en su casa no sabían nada de él desde el día anterior, pero no había llegado todavía la hora de regresar al hogar.
Antes se olvidaría de su mala fortuna gastando los últimos peniques que le quedaban en una espumosa pinta de cerveza.
Sus pasos le llevaron sin apenas darse cuenta hasta la entrada de El Oso, uno de sus pubs preferidos del puerto.
Por suerte allí no se había metido en ninguna pelea, por lo que esperaba tomarse algo sin que nadie le molestara.
Nada más acceder al local se encontró de frente con Sean Hollister, uno de sus mejores amigos en la ciudad.
Meses atrás habían tenido sus más y sus menos por una chica que les gustaba a ambos, pero en el fondo las mujeres no eran lo primordial para ellos y el enfado se había esfumado por completo.
Así que, cuando Sean se le acercó, Declan Mclister se olvidó de cualquier tipo de rencilla y se unió al grupo en el que estaba su viejo amigo.
—Venga, Declan, anímate —le dijo Sean tras ver su triste semblante y conocer los motivos del estado de ánimo de su amigo—. Mañana será otro día, ya lo verás. ¡Salud!
Declan Mclister chocó su jarra de cerveza con Sean, pero algo le aprisionaba el estómago. El primer trago de Murphy’s no le sentó nada bien y lo achacó a que no había probado bocado en todo el día mientras recorría las calles de Cork.
—¡Salud, hermano! —contestó Declan entre retortijones—. Ojalá tengas razón y mañana pueda encontrar algo para ayudar a mi familia.
Una pinta llevó a la otra, y los sentidos de Declan comenzaron a embotarse.
El joven Mclister únicamente tenía dinero para la primera ronda, pero su amigo se hizo cargo del resto.
Para cuando se quiso dar cuenta, el alcohol se había apoderado de su cuerpo y lo sumió en un dulce sopor que amenazaba con tumbarle.
Alguien vino a sacarle de su ensimismamiento del peor modo posible. Un hombre entró a trompicones en la taberna, gritando a pleno pulmón:
—¡Las casas de la colina están ardiendo, se necesitan hombres a toda prisa! —exclamó aquel hombre mientras se escuchaban voces de «Fuego» que llegaban desde el exterior.
—¡Vamos allá! —gritó un parroquiano, arrastrando a todos los presentes hacia la calle, camino de la colina que dominaba la ciudad.
Declan Mclister vio salir a su amigo Sean del pub y le siguió abriéndose camino a empujones.
Consiguió alcanzar el exterior y entonces un mal presentimiento se apoderó de él.
Su cuerpo reaccionó ante el estímulo y se dobló en dos, vomitando todo lo que llevaba dentro nada más pisar la calle.
El hogar de los Mclister se encontraba en aquella amplia colina, y Declan rezó, algo inusual en él, para que su casa no se hubiera visto afectada por el incendio.
Los jóvenes corrieron detrás de la muchedumbre que recorría las viejas calles del pueblo. Al doblar una esquina pudieron comprobar que las llamas se veían desde una considerable distancia, y el estómago de Declan le golpeó de nuevo con horribles pinchazos que no presagiaban nada bueno.
—Vamos, Declan, tenemos que llegar lo antes posible —le gritó Sean al oído dado el infernal vocerío que se escuchaba a su alrededor.
La familia de Sean Hollister no vivía en la misma colina, pero su casa se encontraba muy cerca de allí y podía verse también afectada. Sean no estaba tan borracho como Declan, por lo que ayudó a su amigo a continuar un camino que se les estaba haciendo más duro de lo habitual.
Una multitud corría también delante de ellos. La solidaridad era un rasgo fundamental entre los vecinos, y en un pueblo tan pequeño todos se conocían. Tras unos minutos de carrera, los dos jóvenes llegaron a la base de la colina y desde allí pudieron contemplar el dramático espectáculo.
Decenas de personas se afanaban por apagar las voraces llamas que devoraban tres de las casas situadas allá arriba. Los vecinos ayudaban como podían, acarreando agua con cualquier recipiente que pudiera servirles mientras llegaban las autoridades.
—¡Nooo! —gritó Declan al comprobar lo que sus tripas habían vaticinado.
El joven Mclister cayó de rodillas al ver que la casa del final del sendero ardía por los cuatro costados, prácticamente consumida por el fuego. Se trataba del hogar familiar, y un mal presagio, negro como ala de cuervo, se instaló entonces en su alma.
Sean se volvió hacia el lugar al que miraba su amigo y entonces comprendió.
Su propia casa no había sufrido ningún daño y pudo respirar tranquilo, pero el dolor de Declan Mclister le hizo sacar fuerzas de flaqueza.
Le ayudó a levantarse y le acompañó hasta las cercanías de su hogar, aunque el fuego no les permitió acercarse demasiado.
—¡Fuera de aquí, muchachos! —les gritaron los bomberos mientras se afanaban por apagar unas llamas cada vez más lujuriosas.
—¡Por favor, déjenme ir! Esa es mi casa, soy Declan Mclister. ¿Dónde está mi familia?
Declan comprendió entonces que la mala suerte se cebaba de nuevo con su familia.
Sus escasos medios de subsistencia se habían volatilizado y el hogar familiar había ardido con todas sus pertenencias.
Sería muy difícil empezar de cero, y más con la situación en la que se encontraban.
Pero entre todos lo conseguirían, pensó en esos momentos Declan Mclister.
Miró en derredor buscando a sus padres o a Tara, pues supuso que después de abandonar la casa se encontrarían por los alrededores.
Estaba seguro de que su padre, a pesar de sus dificultades físicas, había querido ayudar en las tareas de extinción.
Su humilde casa había sido pasto de las llamas, pero eso no podía hundirles.
El jefe de los bomberos, amigo de la familia, lo miró de un modo extraño, negando con la cabeza, y Declan no comprendió el gesto en ese instante.
Sean Hollister se acercó entonces a él y le abrazó con fuerza, sujetando a su amigo justo antes de que el sopor de su mente se disipara del todo para dar cabida a la cruda realidad: su familia había muerto en el incendio.
Declan Mclister se dejó caer al suelo, todavía sujeto por los brazos de Sean, mientras intentaba asimilar la situación.
Rompió a llorar, primero en silencio, y luego acompañado de sonoros gritos con los que intentaba mitigar el dolor por la pérdida de su familia.
Se había quedado solo en el mundo, y ya nadie podría remediarlo.