El extranjero #2
El extranjero se topó de frente con mi cara a escasos centímetros de la suya, y momentos después consiguió enfocar del todo la vista.
Unos profundos ojos verdes, del color de mi Cantábrico cuando está encrespado, me miraron entonces como si yo fuera una aparición.
Abrió la boca para intentar hablar y pude entrever una hilera de dientes perfectos, blancos como la nieve de las montañas cántabras.
El joven carraspeó —entonces pude distinguir que no tendría más de veinticinco años— y pareció que quería sonreír.
Primero con la boca dolorida y luego con el fulgor de unos ojos que se clavaron en mí de un modo que me turbó.
Al momento escuché de nuevo su voz grave y aterciopelada que hablaba en ese idioma del demonio que no entendía nadie.
Esta vez, sin embargo, su frase sonó más calmada, casi agradecida.
—No le entiendo nada, buen hombre —dije algo azorada mientras le ayudaba a levantarse—. ¿Usted sabe qué dice?
—Ni idea, hija, creo que habla en inglés.
Quizás trabaje en las minas, o venga de Vizcaya.
Creo que allí hay muchos ingleses debido al negocio del acero, por lo visto se están construyendo unas enormes fábricas en la zona con capital vasco e inglés —contestó el médico mientras le cogía del otro brazo para que el extranjero terminara de incorporarse—. ¿Puedes caminar, muchacho?
El desconocido hizo un gesto de asentimiento y se apoyó en don Anselmo, mientras yo andaba al quite.
De ese modo comenzamos a caminar hacia mi casa, primero con pasitos cortos y luego algo más animados.
El inglés se quejaba del dolor del costado, pero parecía más recuperado.
Tardamos un buen rato en recorrer un camino que en circunstancias normales se podía hacer en pocos minutos, pero por fin llegamos a la entrada de Casa Abascal, la posada para huéspedes que mi familia regentaba desde hacía quince años.
Mi madre, la señá Inés para casi todo el mundo, nos había divisado de lejos y salió al porche para ayudarnos.
Vestida completamente de negro —aquel era su último año de luto por la muerte de mi padre— apareció muy lozana con los brazos en jarras, dispuesta, después de saludar a don Anselmo, a averiguar lo que estaba sucediendo.
—Pero ¿qué le pasó a este pobre hombre? —preguntó con su genio característico—. Jesús, está hecho un eccehomo.
—Nos lo acabamos de encontrar tirado en el camino. He pensado que nuestra casa era la más cercana y aquí podría atenderle mejor don Anselmo —repliqué algo temerosa por el pronto de mi madre.
—Claro, faltaría más. ¿Quién es este joven?
—Lo desconocemos, señora Inés —contestó el médico mientras atravesábamos el amplio portalón de madera que daba acceso a nuestra pequeña finca—.
El muchacho solo habla en su idioma, creo que es inglés, y no sabemos mucho más.
Parece que le han dado una paliza, o por lo menos está lleno de golpes y contusiones.
—Cuidado no resbale el muchacho con la piedra del suelo, que está muy húmeda del rocío. Oye, Amaya, la habitación del Trasgu está recién arreglada. Le podéis llevar allí para que don Anselmo le atienda mejor. ¿Necesita usted algo más, doctor?
—Sí, prepáreme un caldero con agua caliente. Y, si tiene vendas, tráigamelas, o algún lienzo o una sábana vieja que pueda utilizar para comprimirle el pecho. Creo que tiene alguna costilla fracturada y habrá que inmovilizarle la zona. Aunque, claro, no tengo aquí mi instrumental.
Todos sabíamos que don Anselmo llevaba años sin ejercer la medicina, pero mi madre no quiso hacerle un feo.
De todos modos el galeno conservaba en su casa un maletín vetusto de piel negra donde guardaba todas sus «herramientas», y era la única solución en esos momentos.
El médico oficial del pueblo era por aquel entonces don Severino, pero había tenido que ir a las montañas durante unos días por un asunto familiar.
Así que no quedaba otra que confiar en las buenas manos del anciano doctor.
Mi madre se ofreció a enviar a Nelu a casa del doctor para recoger su instrumental y a don Anselmo le pareció buena idea.
Mientras tanto, depositamos al herido en la cama de la habitación señalada, situada en la planta baja de nuestra casona.
El extranjero parecía haber vuelto al estado inicial en el que le encontramos, cercano a la inconsciencia, y el color de sus mejillas desaparecía a ojos vista.
La señá Inés se hizo cargo enseguida de la situación, comenzó a dar órdenes y corrió a buscar a mi hermano pequeño mientras don Anselmo se ponía a trabajar. Me dirigí entonces a la cocina para calentar agua en el llar, mientras de fondo escuchaba a mi madre pegándole voces a Nelu.
—¡Maldita sea, Nelu! —exclamó mi madre ya cabreada—. Te he dicho mil veces que no te subas a las quimas del tejo, un día vamos a tener una desgracia. ¡Bájate ahora mismo de ahí, carajo!
Mi hermano no se inmutó ante los gritos de mi madre.
El pequeño de la casa hacía lo que le daba la gana, y más sin la presencia de un cabeza de familia que le metiera en vereda.
Mis hermanas y yo le teníamos más respeto a madre y, además, siempre tapábamos a Nelu en sus travesuras.
El niño no tenía maldad, pero entre todos andábamos malcriándole, sobre todo el güelu .
Imaginé que mi madre le daba precisas instrucciones a Nelu para acercarse a casa de don Anselmo y traer todo lo solicitado, aunque no escuché la conversación entre ellos.
Al momento sí distinguí la voz infantil de mi hermanito, que gritaba mientras corría fuera de la finca.
Esperaba yo que cumpliera bien con el encargo para no llevarse una reprimenda de mi madre.
Y, sobre todo, para ayudar a ese joven desconocido que yacía ahora en una de nuestras habitaciones.
Con el agua ya caliente, me acerqué de nuevo a la habitación del Trasgu —todas las habitaciones para huéspedes de las que disponíamos en Casa Abascal poseían un nombre distinto, propio de nuestra mitología regional.
Una idea que se le había ocurrido a mi padre antes de morir, y que llevamos a cabo tiempo después como un pequeño homenaje a su memoria—, pero no pude traspasar el umbral, ya que mi madre me interceptó.
—Dame el caldero, ya se lo llevo yo al doctor junto al resto de cosas que me ha pedido. Sigue tú con las habitaciones de arriba, que me faltan dos por terminar de arreglar.
—Claro, madre, ahora mismo —contesté algo apesadumbrada.
Un malestar desconocido aleteó entonces en mi estómago mientras subía las escaleras.
No sabía si era enfado porque mi madre me alejara de la planta baja, preocupación por la salud de un hombre malherido o alguna otra cosa.
Estaba intranquila, esa era la única realidad, y me costó concentrarme en la tarea.
Escuché voces y me asomé a la ventana de la última alcoba que me quedaba por recoger: la habitación de la Anjana .
Era mi preferida de toda la casa y una de las más solicitadas por los clientes.
Entonces vi llegar a Nelu, por lo visto con el encargo realizado a la perfección si me atenía a los gestos de mi madre, que le revolvió el pelo con dulzura antes de pasar ambos al interior del edificio.
Yo seguía inquieta y quería saber lo que estaba ocurriendo justo debajo de mí.
Pero no deseaba ganarme una bronca de mi madre por desobedecerla, así que me apliqué a la tarea y terminé la faena en la planta superior de la casa.
Si mi madre pasaba revista completa, quizás no estuviera demasiado conforme; no había puesto mi mejor empeño al arreglar las habitaciones, pero de momento tendría que valer.
Tampoco me paré a reflexionar sobre lo que me estaba sucediendo, pero quería saber cómo se encontraba nuestro huésped.
Bajé silenciosamente las escaleras y me dirigí hacia la habitación del Trasgu . Allí me topé con Nelu, que acababa de entregarle al doctor su maletín y otra bolsa con material médico. Le guiñé un ojo y el muchacho, divertido y contento, se marchó de allí tras cumplir fielmente con el encargo.
—¿Todo bien, don Anselmo? —pregunté asomándome a la entrada de la habitación, deseosa de encontrarme de nuevo con aquellos ojos verdes maltratados por la vida—. Si quiere, puedo ayudarle en lo que necesite.
El doctor me pidió unos paños húmedos para bajar la fiebre del paciente, que comenzaba a delirar. Le administró también unos calmantes antes de aplicarle las compresas tibias y me conminó a cumplir lo estipulado:
—Espabila, Amaya, por favor. Mientras tanto, voy a auscultarle el pecho y a comprobar que no tenga daños graves en las costillas y en la zona lumbar, eso también puede ser preocupante. Quizás tengamos que trasladarle al hospital de Santander, aunque ahora mismo no está para muchos trotes.
—Perdone, don Anselmo. Ahora mismo vuelvo con los paños.
Salí corriendo de allí, algo azorada porque el médico me había tenido que llamar la atención.
Y es que de nuevo me había quedado absorta, contemplando a ese desconocido que tanta curiosidad despertaba en mí.
No sabía si era por la preocupación ante la posibilidad de que enfermara gravemente en nuestra propia casa, o por si finalmente le trasladaban a la capital, pero esperaba que don Anselmo pudiera contener la fiebre.
Salí del edificio principal de Casa Abascal, donde teníamos el saloncito con la chimenea y siete habitaciones para huéspedes, tres abajo y cuatro arriba, con dos baños para compartir.
Crucé el pequeño antepatio y me encaminé hacia nuestra vivienda, situada justo enfrente.
Allí vivíamos todos nosotros, la familia Abascal al completo, y en nuestra cocina se preparaba comida tanto para los huéspedes de la posada como para nuestra propia manutención.