La posada del viajero El extranjero #3
5%

El extranjero #3

Me di de bruces con mi madre, que estaba cocinando en el llar.

Se acercaba el mediodía y, aunque no había mucho trabajo en la fonda por estar en temporada baja —faltaban todavía unos días para la Semana Santa de ese año—, mi madre siempre se las apañaba para no estar mano sobre mano, como solía decir.

Ella era puro nervio y no podía parar quieta, por lo que los períodos largos de invierno en los que a veces teníamos solo uno o dos inquilinos, como era el caso en ese momento, o ninguno dependiendo de la época, la sumían en la desesperación.

Además, necesitábamos ese dinero de los huéspedes para salir adelante, ya que, aunque padre dejó algún dinero ahorrado, no nos podíamos permitir ningún lujo al tener cinco bocas que alimentar.

Y eso que mi hermana mayor había ingresado de novicia en el Convento de las Trinitarias y solo la veíamos alguna vez de visita.

—¡No te quedes ahí parada! —gritó mi madre al verme allí mirándola sin reaccionar—. ¿No tienes nada por hacer?

—Sí, madre, perdone. Don Anselmo me ha encargado una cosa y yo...

—Esta niña va a acabar conmigo, mira qué cara de alelada tienes. ¿Qué te ha pedido el médico?

Mi madre tenía razón: seguía sin centrarme y parecía distraída. Le expliqué lo que me había dicho el médico y se preocupó enseguida por la salud del nuevo huésped organizándolo todo, como en ella era habitual.

Mi madre se arremangó, cogió unos paños limpios, llenó un pequeño barreño con agua fría y se marchó a toda velocidad en dirección a la casona, dejándome a mí a cargo de la comida.

Los nervios me atenazaron sin remedio, e intenté concentrarme para no estropear el guiso que se estaba cociendo, una torpeza que ya había cometido en alguna otra ocasión.

En escasos minutos volví a perder la concentración.

Mi mente desvariaba y me llevaba hasta el camino donde había encontrado tirado al extranjero.

Recordé entonces su gesto al verme de frente, y esos ojos profundos como el océano donde cualquier mujer querría perderse.

Me sobresalté al percatarme de que soñaba despierta, y me di un cachete en las mejillas para olvidarme de todo y centrarme en lo que me traía entre manos.

No quería reconocerlo, pero la llegada de aquel desconocido me había trastocado más de lo que nunca hubiera podido imaginar.

Afortunadamente el guiso quedó perfecto y todos pudimos disfrutar de un estupendo cocido montañés, uno de los platos preferidos de mi padre, que en paz descanse.

Él provenía de la zona de los Picos de Europa, y mi madre, originaria de la costa, había aprendido a cocinar el plato de cuchara preferido de Manuel Abascal.

Yo me senté al lado de mi hermana María, que parecía algo ensimismada, mientras Nelu revoloteaba a nuestro alrededor sin percatarse del gesto ceñudo de mi madre.

Don Anselmo se unió también a la comida familiar tras asegurarnos que el enfermo se encontraba algo más repuesto.

Al parecer, tras la aplicación de los paños húmedos y el suministro de medicinas, la fiebre había remitido en su mayor parte.

—Al extranjero le han dado una paliza de órdago —confirmó don Anselmo—. Con la compresión que le he realizado en el cuerpo espero que vaya mejorando, aunque deberá guardar reposo.

—¡Qué salvajes! —exclamó María, y eso que todavía no había visto al enfermo.

—A comer y a callar, Mariuca. Os tengo dicho que no os metáis en las conversaciones de las personas mayores. ¿Le van a llevar al hospital, don Anselmo? —preguntó mi madre.

—Será mejor no moverlo de aquí, doña Inés. Si mañana está mejor llamaré al alguacil. Debe descansar, eso es lo primordial —dijo don Anselmo. Y entonces, ante el gesto adusto de mi madre, añadió—: No se preocupe, yo me hago cargo de su manutención durante los próximos días.

—No es eso, don Anselmo, faltaría más. De su manutención ya hablaremos; ahora lo primordial es que se recupere del todo —contestó mi madre con la boca pequeña.

Yo conocía de sobra a mi madre y sabía que no estaría cómoda con la situación.

En nuestra casa había dos varones, pero ella llevaba los pantalones en la familia.

Nelu era muy pequeño, solo un crío, y no se podía contar con él.

Y el abuelo se encontraba cada día más achacoso, aunque él no quisiera reconocer que empezaba a necesitar un bastón para caminar mejor.

Y, claro, meter a un desconocido en casa no era la idea que tenía para ese comienzo de primavera. Además, un extranjero con el que no podríamos ni entendernos. Don Anselmo me miró y pareció leer mis pensamientos, por lo que se apresuró a intervenir de nuevo.

—Si no le molesto demasiado, me quedaré aquí esta tarde, por si hay que atender al enfermo.

El lunes regresará don Severino de las montañas y tendrá que tomar una decisión al respecto.

Si cree que el enfermo debería ser trasladado al hospital, pues así se hará.

Pero creo que de momento lo mejor es que se quede en esa habitación.

Juraría que al pobre diablo le han robado las pocas monedas que pudiera llevar, así que insisto en hacerme cargo.

—De eso ya hablaremos más adelante, doctor, no se apure. Por supuesto que es usted bienvenido en nuestra casa, así podrá hablar con mi suegro esta tarde, si le apetece.

—Claro, don Anselmo, hace mucho que no coincidimos. Y de paso me puede contar qué tal su hijo por las Américas. Creo que le va muy bien, ¿no? —contestó mi abuelo.

Los dos ancianos hacían buenas migas y se enzarzaron en una conversación que duró media tarde.

La jornada vespertina transcurrió sin incidentes, con el médico vigilando cada hora a un enfermo al que no le volvió la fiebre.

Esa noche el hombre pudo incluso tomar un poco de sopa que le dio el propio doctor, y un rato después don Anselmo se marchó a su casa.

Antes de partir quiso recordarnos que podíamos mandarle recado en cualquier momento, si surgía algún problema, y que él vendría a primera hora a nuestra casa para evaluar al paciente.

Llegó la hora de recogerse y todos marchamos a la cama.

Recuerdo bien que esa noche me costó conciliar el sueño, aunque finalmente caí rendida.

El gallo me despertó a las cinco con su canto monocorde, y ya me quedé desvelada en el lecho.

Era domingo y además no tenía obligación de levantarme temprano, pero la intranquilidad se apoderó de mí y un aleteo de mariposas volvió a posarse en mi estómago.

Me encontraba inquieta y no pude dejarlo correr.

Me vestí deprisa, salí al exterior y atravesé el patio húmedo antes de entrar en la casona con mi propia llave.

No vi a mi madre por ninguna parte y en ese momento sentí que algo no marchaba bien, o eso intuí.

La planta de abajo de la casa se encontraba en silencio, y la oscuridad me asustó un poco.

Enseguida encendí un candil y subí a la habitación del Trasgu , una de las dos únicas ocupadas por esos días en Casa Abascal, junto a la de don Facundo, un viajante de lanas.

Con el corazón desbocado y respirando con dificultad, me paré un momento ante la puerta cerrada de la habitación. Tragué saliva, inspiré aire y llamé con los nudillos suavemente. Nadie me contestó, pero escuché sonidos confusos en el interior del cuarto. Y por fin me atreví a abrir la puerta.

Me asomé con cuidado, con el candil en mi mano derecha, y me adentré unos pasos en la habitación.

La luz mortecina dibujaba sombras siniestras en la pared, y no se distinguían bien los muebles en la penumbra.

No quería prender el candil de la habitación para no despertar al enfermo, que daba vueltas en la cama aparentemente dormido.

En uno de sus giros pude contemplar su rostro, algo demacrado según distinguí apenas con tan escasa luz.

El inglés tenía las ojeras muy marcadas, pero parecía algo más recuperado.

Mi intuición había sido equivocada. En ese momento pensé que tal vez fuera mejor dejarle descansar; si mi madre me sorprendía allí dentro, sola y a esas horas intempestivas, me iba a caer una buena bronca.

Así que cerré la puerta, salí de la casona y me dirigí de nuevo hacia mi habitación intentando no hacer ruido.

Supuse que don Anselmo tardaría un rato en presentarse en nuestra casa; era muy temprano todavía.

Me tumbé en mi cama, pero me fue imposible conciliar otra vez el sueño debido a mi alteración.

En cuanto escuché a mi madre trastear en la cocina salí de nuevo de mi habitación, con la intranquilidad prendida aún en mi pecho.

No me pareció que el inglés estuviera grave, pero prefería que don Anselmo, o en su lugar mi madre, diera su docta opinión.

—¿Qué haces levantada tan temprano, Amaya? —preguntó extrañada mi madre.

—Nada, es que estoy algo preocupada. ¿Sabe si nuestro huésped ha pasado mala noche?

—Me acerqué a medianoche y el extranjero no tenía fiebre: dormía como un bendito. Pero no tiene nada en el cuerpo aparte del poco caldo que tomó ayer, así que quizás esté hambriento. ¿Quieres ver si está despierto y le apetece desayunar?

—Claro, ahora voy. Espero hacerme entender por gestos, no entiendo una palabra de su idioma.

—No te preocupes, si tiene hambre ya lo dirá, tendremos que entendernos por señas. Hasta que venga don Severino, que no sé si chapurrea algo de ese idioma, habrá que apañarse.

Salí de allí a buen paso. Había amanecido ya y los candiles no eran tan necesarios, aunque la bruma sobre el cielo gris no presagiaba un día muy soleado.

Prendí la llama del saloncito y del pasillo y me dirigí de nuevo, ahora con paso firme y no a hurtadillas como en mi anterior visita, hacia la habitación del Trasgu .