El extranjero
Tras visitar a mi hermana Úrsula en el Convento de las Trinitarias, encaminé mis pasos hacia una de mis zonas predilectas de Suances: el camino que bordeaba el barrio de la Cuba, en la parte alta de la villa, con una vista maravillosa que alegraba el alma de cualquier persona, por muy atormentada que estuviera.
Me apoyé en un mojón y respiré profundamente para guardar en mi retina la imagen que se presentaba ante mis ojos.
El crepúsculo se cernía sobre la ría de San Martín de la Arena, con los rojizos tonos del cielo norteño que contrastaba con la paleta de verdes y azules del entorno fluvial, en una fría y lluviosa primavera que comenzaba a despertar de su letargo.
El Saja y el Besaya se unían para desembocar mansamente en el Cantábrico, ese mar bravo tan importante en la vida de todos los habitantes de la zona, mientras las pescadoras se afanaban por recoger sus aparejos en las márgenes de la playa de la Riberuca.
De pronto varios sonidos a mi espalda me obligaron a salir de mi ensimismamiento. El tronar de los cascos de un caballo y una voz potente que me resultó muy conocida terminaron por espabilarme instantes después en aquella mañana de sábado primaveral.
—¡Recoles! Ve con más cuidado, paisanu , por aquí también paseamos las personas. ¡Amaya, échate a un lado! Aquí el amigo lleva prisa... —exclamó don Anselmo, el antiguo médico del pueblo.
Al darme la vuelta casi me topé de bruces con un carro desvencijado, tirado por un caballo percherón que había conocido mejores épocas.
El cochero azuzó al animal para que este acelerara el ritmo y pasó muy cerca de don Anselmo y de una servidora, mientras las pequeñas piedrecillas del camino, arrancadas por las ruedas metálicas del carro y los cascos del equino, saltaban en todas direcciones.
—Gracias por avisarme, don Anselmo, una ya no puede ni caminar tranquila por el pueblo.
—Tienes toda la razón, Amayuca. Me pareció verte en Babia y no quería que el carro te diera un susto de muerte —aseguró el galeno.
Don Anselmo había sido el médico del pueblo, un hombre muy querido en Suances, hasta que dejó de ejercer su profesión por los achaques de la edad. Él había ayudado a mi madre, la señá Inés, a dar a luz en casa a los cuatro vástagos de la familia Abascal.
Al pensar en mi familia recordé lo ocurrido ocho años atrás.
La absurda muerte de mi padre, en una tragedia que sacudió Santander y España entera, estaba todavía muy presente en mi memoria.
Una fugaz lagrimilla pugnó entonces por escapar de su madriguera para correr rauda por mi mejilla, pero la enjugué antes de que pasara a mayores.
Yo solo tenía doce años cuando ocurrió todo, y ya me había tocado llorar bastante en una época tan dura para la familia, donde todos tuvimos que poner de nuestra parte para salir adelante sin nuestro progenitor.
Úrsula era la hermana mayor, acababa de cumplir veinticinco años y llevaba tres como novicia en el convento.
Luego iba yo, con mis veinte primaveras, y después la pequeña María, que estaba a punto de cumplir los trece años.
Y por fin Nelu, el benjamín, que tenía once.
Además de mi madre, vivía también con nosotros mi abuelo paterno, Ángel, un anciano de sesenta años que no quería ser una carga, pero sus piernas ya no le sujetaban como antes y cada día se deterioraba más después de una larga vida de duro trabajo.
En ese momento escuchamos un golpe seco y un grito lastimero de procedencia desconocida.
Miré hacia el final del camino, junto a la intersección con la calle principal de Suances, situada en el centro de la parte más antigua de nuestra villa, y encontré rápidamente el origen de aquellos sonidos.
De la parte de atrás del carromato que casi nos atropelló instantes antes, había caído —o alguien había dejado caer, en ese momento no podíamos saberlo— el cuerpo de una persona.
El duro golpe contra el suelo le había hecho emitir un quejido al dueño de ese cuerpo, un hombre para más señas, según pude distinguir en la distancia.
—Me voy a acercar corriendo, don Anselmo. Puede que ese hombre necesite ayuda y el desalmado del cochero le ha tirado como a un perro en medio de los charcos del camino.
—Ve, ahora te alcanzo. Yo no puedo correr como tú, es ley de vida.
Corrí los escasos cien metros que me separaban del desconocido mientras le veía retorcerse en el suelo de dolor; al parecer un dolor agudo por los lamentos que emitía el sujeto.
Unos segundos después llegué a su altura y me encontré a un hombre hecho un ovillo, con la ropa destrozada y rastros de tizne, barro y sangre por doquier.
Me agaché a su lado e intenté darle la vuelta para verle de frente y averiguar si era grave lo que tenía.
El hombre se quejó de nuevo, abrazó sus rodillas con los brazos y metió la cabeza en medio, como si quisiera protegerse.
Supuse que era un borracho o un vagabundo, pero no podía precipitarme en mis conclusiones, no sabía nada de ese individuo.
Me quedé de pie, estática, sin saber muy bien qué hacer.
Don Anselmo llegó entonces a mi lado y también quiso poner bocarriba el cuerpo de aquel desgraciado para saber a qué atenernos.
Al tocarle en el costado izquierdo, el hombre gritó de dolor y volvió a refugiarse en su mundo interior, mientras hablaba en una extraña lengua que no comprendimos en ese instante.
Su respuesta, pronunciada con una voz grave y modulada por el miedo, me sonó a una sucesión de palabras sin orden ni sentido alguno, una lengua «bárbara» incomprensible para mí. Por sus gestos defensivos tal vez tenía miedo de que le golpearan, pero no estaba muy segura.
—No te entiendo, muchachu , pero déjanos ayudarte. Puede que estés herido y necesites atención médica —dijo don Anselmo.
El médico intentó averiguar lo que le sucedía al extraño personaje.
No conocíamos su procedencia, pero vestía ropas que no eran habituales por la zona.
Sus pantalones eran oscuros y estaban fabricados en un tejido basto similar a la pana, aunque la suciedad no permitía conocer el color original de la tela.
Llevaba también una camisa gris, rasgada por varias partes, y una chaquetilla marrón que le quedaba pequeña.
La gorra quedó a escasos metros de él tras haber caído de mala manera del carro, por lo que decidí recogerla y acercársela a don Anselmo.
Después de examinar durante unos minutos al hombre, todavía tendido en el suelo, don Anselmo llegó a su conclusión:
—No para de moverse y quejarse, y así no puedo hacer bien mi trabajo, querida. Pero juraría que este hombre ha recibido una paliza. No sé si antes o después de que se subiera a ese carro por su cuenta y riesgo u obligado por algún maleante, pero está lleno de contusiones por todas partes.
—¿Qué le ha podido suceder? Parece un hombre joven y fuerte. Quizás se haya metido en algún lío.
—No lo sé, jovencita, le han dado lo suyo.
Tiene una ceja partida, el labio amoratado, chichones en la cabeza y moratones por todo el cuerpo.
Se queja mucho del costado y temo que se haya dañado las costillas.
Esperemos que no tenga ninguna fisura o algo más grave que le pueda afectar al pulmón o a otros órganos vitales.
—¡Madre mía! ¡Qué borricos! —exclamé algo asustada—. Pobre hombre, a saber quién le habrá hecho esto.
—Bueno, no sabemos si es un maleante que se ha metido en líos, o un simple viajero que ha sido atacado. De momento nuestro deber es atenderle, luego llamaremos a las autoridades. Voy a ver si puede tenerse en pie, nosotros no podríamos cargar con su cuerpo a cuchos .
—Claro, don Anselmo. Deberíamos llevarle a mi casa, es la que está más cerca —contesté al momento.
Me aproximé más al médico por si tenía que ayudarle a mover al extranjero. Le dije lo de llevarle a Casa Abascal casi sin pensarlo; me salió sin más. Si en ese momento hubiera reflexionado un poco, quizás mi vida podría haber sido muy distinta...
—¡Arriba, joven! ¿Puedes apoyarte en mí para caminar? —dijo el galeno mientras le daba ligeros cachetes al desconocido en la mejilla para intentar sacarle de su atolondramiento—. Nada, no vuelve en sí. A ver si tú tienes más suerte, Amayuca.
Don Anselmo se hizo a un lado y yo me agaché junto al hombre herido.
Le di la vuelta de nuevo para ponerle de frente y entonces pude distinguir mejor las heridas de su rostro: una ceja abierta, con el párpado ligeramente hinchado; el grueso labio superior inflamado debido probablemente a otro golpe; cortes diversos por cara, cuello y cuero cabelludo.
Un rostro de tez clara pero con buen color, quizás adquirido al sol mientras trabajaba al aire libre, manchado además con barro y costras de sangre que no dejaban atisbar bien los rasgos del recién llegado.
—Por favor, señor, tiene que dejarnos ayudarle. No tema, nadie va a hacerle daño —dije ante los inequívocos gestos defensivos de aquel desdichado.
Las últimas palabras las pronuncié en un tono más dulce, intentando que el hombre reaccionara de una vez. Al parecer surtió efecto mi táctica y el desconocido dejó de temblar segundos antes de abrir unos ojos todavía asustados.