Capítulo 19
Pese a que ella se había negado en numerosas ocasiones, Irenio había comprado un pequeño grupo de esclavos para que velaran por el bienestar de Saore durante los meses en que debería ausentarse.
Ante la insistencia de su marido, cedió con una sola condición: que fueran todos de la misma familia.
Antes de partir, Irenio había pactado con Egan que en la puerta de la villa donde Saore se quedaba sola hubiera un soldado las veinticuatro horas del día.
Tras haber jurado el cargo de gobernador de Alalia con la urgencia que precisaba aquel momento de conflictos con etruscos y cartagineses, Irenio partió con premura hacia Alalia con un grupo de hombres masaliotas y emporitanos que harían las funciones de soldados.
Marchó con la promesa de que, en cuanto recibiera noticias favorables de Alalia, Saore se embarcara en el navío de Norfeus o de cualquier otro comerciante de confianza hasta Masalia y, desde ahí, a la isla de Kyrnos, para formar su hogar con Irenio.
Los días en Emporion se convirtieron en meses.
Saore supo por primera vez qué era el aburrimiento.
En Tarteso había ocupado cada momento del día en atender todo tipo de tareas.
Cuando era niña, la educación copaba la mayor parte de su tiempo.
Los ratos de ocio los dedicaba a estar en familia.
A medida que su criterio fue tomando más relevancia, fue formando parte de la vida política y diplomática en el palacio.
Tocaba la forminge, paseaba por Asta, hacía cortos peregrinajes a los templos del reino.
Se relacionaba con las gentes de la ciudad; cuidaba, se preocupaba de los suyos, debatía con Anthousa y Nora.
En su villa de Emporion, en cambio, las horas del día pasaban con una lentitud eterna.
No le gustaba visitar los gineceos de las villas de los magistrados.
No podía participar en las actividades de la ciudad.
Era extranjera, mujer y vivía protegida por Egan.
En casa, participaba en las tareas del hogar, pese a la negativa de las esclavas.
Aprendió a preparar comidas foceas y a usar las hierbas aromáticas que crecían en aquella zona.
Mirrine la acompañaba muchas tardes. Egan jamás le prohibió a su hija que paseara por la ciudad junto a Saore, por lo que era frecuente ver a las dos mujeres disfrutar de los atardeceres en la playa o en el ágora.
Antes de que se pusiera el sol, mandaba a alguno de sus esclavos al puerto comercial para indagar si había noticias de Tarteso.
Las de Alalia se las transmitía Egan en persona.
Sin embargo, la información que le daba el gobernador era muy general y limitada, pero Saore tenía capacidad para extrapolar el contexto y así entender las cosas que quedaban veladas.
Parte de las conversaciones que mantenían Irenio y Egan le sirvieron a Saore para formar un relato cada vez más completo de la situación.
Los foceos acusaban a los cartagineses de quererse hacer con la ruta del estaño directamente hacia el Atlántico, sin mediar por Tarteso.
Se lamentó de no haber prestado atención a las palabras de Hiram cuando advirtió al consejo de que los foceos habían encontrado una ruta alternativa navegando por los ríos al oeste de Masalia, ni las sospechas de que estuvieran tramando lo mismo desde la sierra del norte.
Mainake parecía una colonia apagada, pero en el aspecto estratégico era indispensable.
A ello se debían las sospechas de que la presencia asentada de los magónidas en Malaca, con el beneplácito de Gadir, estaba relacionada con intereses económicos y no solo políticos.
Pensó en Hadad y tuvo que obligarse a reprimir la punción que sentía en las entrañas al recordar sus palabras.
El sitio de Saore estaba en Tarteso. Había pensado que era un ruego para tenerla cerca de él; sin embargo, ahora también creía que había una nota de advertencia, un punto de preocupación por su integridad.
Una nota altruista en una persona que medía el mundo tomando como base el beneficio que podría sacar de cada uno de los recursos que tuviera a mano.
Las rencillas entre foceos y cartagineses sobrepasaban los intereses comerciales en la lucha del monopolio del mercado del Gran Mar.
Egan hablaba de más de un centenar de trirremes en las costas de Pirgi, pero no se tenía ninguna seguridad de que Alalia fuera su objetivo.
Los intereses de los magónidas, afirmaba, se centraban en los territorios cercanos a las columnas de Heracles.
Las rutas del norte, en cambio, se respetaban porque no había conflicto de intereses.
Repetía aquella frase cada vez que se le preguntaba, y Saore temía que la verdad que se escondía tras aquella sentencia solo tuviera como objetivo calmar los ánimos de los comerciantes que fondeaban en Emporion.
Las mejores tardes eran aquellas en las que la acompañaba Foteinos.
Conversaban al amparo de las columnas del peristilo, ante bandejas de fruta fresca.
El músico jamás le aceptó una copa de vino; prefería el agua de manantial, fresca o aromatizada con hinojos.
Además de su cítara, siempre llevaba una forminge, que le prestaba a Saore para componer juntos melodías que evocaran el tiempo que cada uno de ellos necesitaba vivir.
Así como la cítara era una prolongación de los dedos de Foteinos cuando pulsaba las cuerdas, el can que siempre lo acompañaba también formaba parte, de una manera que pocos entendían, de la presencia del músico.
Ignoraba todo aquello que no fuera el menor movimiento de su dueño, incluso las caricias ajenas.
A Saore le despertaba una ternura infinita el amor incondicional del animal hacia el hombre sereno sentado entre cojines.
—¿Cómo se llama tu perro, Foteinos?
—No me hace falta llamarlo, siempre está a mi lado.
—Pero todo lo que existe tiene un nombre —repuso.
—A veces no hace falta nombrar todo lo que vemos, Saore.
La música, por ejemplo. Cuando mis dedos se pierden sobre las cuerdas de la cítara, crean melodías que puedo llegar a olvidar momentos después, pero que, seguramente, permanezcan en algún lugar recóndito esperando que las toque en otra ocasión.
No las nombro, las rescato cuando es necesario.
No hace falta poner nombre a algo que sé que está cada vez que lo necesito.
—Entiendo.
—De todos modos, tanto él como yo sabemos cuál es su nombre —concluyó Foteinos, y acarició la cabeza negra del perro por detrás de las largas orejas.
Norfeus irrumpió en el peristilo, acompañado por una esclava y el soldado apostado en la entrada. Se frotaba las manos con insistencia. Saore mandó que le sirvieran una copa de vino. Algo no iba bien en Tarteso, no había duda. Lo invitó a sentarse con ellos, pero permaneció de pie.
—Mi señora, prefiero hablar contigo a solas —pidió el comerciante.
—Querido Norfeus, si las noticias que portas son del palacio de mi padre, eres libre de contarlas.
Miró con desaprobación la presencia de Foteinos en casa de una mujer casada, pero al final tomó asiento en el banco junto a él.
—Mi señora, el rey…
Saore se tensó ante la frase inconclusa de Norfeus.
La salud de su padre estaba frágil cuando partió con Irenio y sabía que en algún momento Baal requeriría la presencia del rey a su lado.
Sin embargo, le dolía hallarse tan lejos de los suyos, atrapada en Emporion.
No podía abandonar la colonia hasta que Irenio la autorizara partir de vuelta de Asta.
—¿Mi padre… ha muerto? —se atrevió a preguntar.
—No, mi señora, el rey Argantonio vive —contestó.
Saore cogió aire y lo quiso retener en los pulmones para sentir cómo se consumía en su interior. Su padre no había muerto.
—Entonces, Norfeus, cuéntame por qué la desazón cubre las palabras que todavía no te atreves a decir.
—Mi señora, tu hermano ha tomado posesión del cargo de rey de Tarteso.
Hiram, nuevo rey de Tarteso. Había demostrado la capacidad para poder llegar a gobernar el reino; no obstante, el oráculo le había vaticinado una existencia convulsa. Sin duda, con Hiram comenzaba una nueva era en Tarteso.
—¿Y mi padre?
—No he podido entrevistarme con él. Ya no sale del palacio de Isla de Gerión, donde recibe los mejores cuidados. El rey Hiram en persona me ha pedido que te haga llegar esta información.
Norfeus miró de reojo a Foteinos, que permanecía impasible a su lado, pendiente de las reacciones de Saore.
—Norfeus, ¿qué mensaje te ha dado mi hermano?
—Mi señora… —protestó Norfeus, reticente.
—Habla, te lo ruego.
—Mi señora, el rey Hiram teme por tu seguridad aquí, pues el norte ahora es, digamos… —Norfeus se aclaró la garganta y habló en voz baja—, una zona agitada e inestable. Sus palabras exactas fueron que me busques si sientes que tu vida está amenazada.
Si sentía que su vida estaba amenazada… Conjeturas, verdades a medias, información sesgada.
Su padre siempre repetía la importancia de la diplomacia en las relaciones con los otros pueblos.
Y cada vez que la mentaba, Saore sentía el peso de la presión impuesta sobre ella, de buen grado también.
Argantonio la había convencido de que tenía el don de diplomacia más desarrollado que el resto de sus hermanos, por su carácter cortés y el tacto con el que trataba los asuntos de más importancia.
Ahora, en cambio, encerrada en una villa a orillas del piélago, intuyendo lo que ocurría en el Gran Mar, pero sin la certeza de nada, privada del derecho de exigir que le hablaran claro, renegaba de su saber estar.
La diplomacia era un arte, por supuesto; el arte de hablar sin decir nada para no preocupar al interlocutor, pero tampoco tranquilizarlo.
Los magistrados helenos no dejaban de repetir hasta la saciedad que habían ganado la batalla. Sin embargo, cualquier soldado que hubiera vivido en primera persona el horror de la ofensiva de los cartagineses lo habría negado con vehemencia.