La portadora de la luz Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Cartagineses y etruscos sumaban en sus filas unos ciento veinte navíos, una cifra que doblaba el número de pentecónteros con los que contaban los foceos frente a las costas de Alalia.

Los barcos etruscos y cartagineses avanzaban en formación disciplinada hacia donde esperaban los foceos.

Reconocían las embarcaciones cartaginesas por los escobenes pintados en los laterales, los grandes ojos rasgados que vigilaban los movimientos del enemigo.

El general Kallikratos de Masalia tenía la esperanza de que el mistral soplara con más intensidad.

A pocas millas del estrecho entre las dos grandes islas, las corrientes se intensificaban con los vientos fuertes y el pentecóntero era un barco que resistía bien los embates del mar.

Quería contar con las mayores ventajas en la inminente batalla naval, pues los birremes de los cartagineses eran mucho más ágiles en la maniobra que los pentecónteros.

Esa ligereza, por otro lado, les permitió usar una táctica que repitieron hasta que la mayor parte de los barcos foceos quedó inutilizada o, directamente, hundida en el mar.

En la cubierta, los guerreros esperaban el momento del abordaje.

A medida que se acercaban a los pentecónteros, los soldados helenos divisaban el perfil de sus atacantes: escudos de cuero y cascos cónicos de bronce que deslumbraban con el sol formaban una pared uniforme a lo largo del perfil de los buques.

A su vez, los mercenarios libios aguardaban con los arcos en tensión a que el general Magón ordenara el ataque.

A la primera orden del cartaginés, los remeros intensificaron la fuerza de sus paladas.

El birreme que iba en cabeza viró lo suficiente para hundir el espolón de bronce en el casco de un pentecóntero, que se partió como se abre el vientre de una manzana verde con un cuchillo afilado.

Durante la batalla, el viento transportaba los gritos de los combatientes, el crujir de las maderas astilladas y el silbido de las flechas antes de impactar contra el casco del barco o la carne de los helenos.

Los foceos maniobraban con pericia, partiendo los remos de las naves cartaginesas o embistiendo en respuesta si encontraban el ángulo ideal.

Horas después, las cubiertas de la gran mayoría de los barcos eran un amasijo de cuerpos mutilados, cuchillos y espadas abandonados.

Y sangre. El hedor de la sangre coagulada se incrementaba a medida que el sol incidía sobre ellos, junto con el salitre, que fijaba en las fosas nasales aquel infernal espectáculo de los sentidos que ninguno de ellos iba a olvidar en los años de vida que les quedasen por vivir.

Pese a la ofensiva cartaginesa y etrusca, pese a la maestría con la que habían realizado cada acometida, no consiguieron forzar la retirada del ejército heleno.

El navío en el que viajaba el general cartaginés se arrimó con prudencia al de Kallikratos.

Magón se acercó a la proa. El general foceo hizo lo propio en la cubierta de estribor.

Lanceros y arqueros esperaban con las armas en tensión la mínima señal de amenaza para atacar al barco contrario.

Kallikratos, desde aquella distancia, era capaz de distinguir la túnica de metal y las grebas que cubrían las piernas del cartaginés hasta la altura de las rodillas.

No llevaba casco ni más protección que la de los soldados que se hallaban detrás de él.

Kallikratos escudriñó la presencia de Magón, pero no pudo descifrar más de lo que veía.

Un hombre de rostro ancho y adusto, con una barba tupida y voluntariamente descuidada.

Por inercia, miraba a todo el mundo con la barbilla un poco levantada y los labios apretados.

También a Kallikratos. Sin mediar ningún gesto ni palabra, al fin el cartaginés sacudió con sutileza el semblante a modo de saludo y se dio la vuelta.

Uno a uno, los barcos cartagineses y etruscos se dirigieron de vuelta rumbo a las costas de Pirgi. Ningún foceo remó hacia tierra firme hasta que el general Kallikratos dio la orden de retirada.

En las playas cercanas a Alalia, Kallikratos hizo un recuento de daños materiales, así como de soldados vivos y muertos.

Y de rehenes. Los cartagineses habían tomado prisioneros.

Maldijo para sí mismo. Cogió un puñado de arena y guijarros, y lo lanzó al mar, con objeto de que la ira que sentía se apaciguase y pensar con raciocinio.

Sin embargo, a cada vistazo que echaba a su alrededor, una ola de rabia le nublaba la vista durante unos instantes.

El gobernador de Alalia, aquel foceo hedonista que habían enviado desde la polis, era uno de los prisioneros.

Había intentado convencerlo de que la guerra era para los militares, no para los políticos.

Su lugar estaba en tierra firme, defendiendo las instituciones desde la sala de audiencias.

El futuro de los rehenes era incierto. Sin embargo, en los días siguientes se corrió la voz de barco en barco, con informaciones sin contrastar que no hicieron más que alimentar la inspiración de los aedos.

Los cartagineses y los etruscos se habían retirado de la batalla naval por inferioridad estratégica.

Habían conducido a los rehenes foceos, encadenados en la cubierta de los barcos etruscos, hacia Agila.

El número de presos no era demasiado elevado, apenas una docena, pero entre ellos se hallaba Irenio de Focea, el gobernador de Alalia, el máximo trofeo que podían entregar al pueblo etrusco tras las desavenencias de los últimos tiempos.

Desembarcaron en las costas de Agila, cerca de la ciudad.

Los soldados foceos caminaron arrastrados por las cuerdas que unían sus muñecas, con los rostros quemados por el sol del Gran Mar y vaciados de cualquier rescoldo de dignidad.

Los condujeron hasta la ciudad. Caminaban descalzos sobre el empedrado de las calles de Agila.

Un numeroso grupo de agileos, hombres, mujeres y niños, impacientes por impartir el castigo a los enemigos, les gritaban y los maldecían en un idioma que no conocían y que identificaron como la lengua del odio.

Llegaron hasta los terrenos de la necrópolis, emplazada a las afueras.

La ciudad de los difuntos se encontraba al final de una suave cuesta, flanqueada por curiosos túmulos y monumentos funerarios que ningún foceo había contemplado hasta aquel momento.

En aquella explanada tuvo lugar el juicio del pueblo de Agila contra los soldados foceos.

El juicio de la piedra. Cada uno de los habitantes cogió una roca del tamaño apropiado para poder lanzarla contra el cuerpo de los hombres retenidos frente a ellos con cuerdas y cadenas.

Voló la primera, luego cientos más la siguieron.

El sonido de las rocas lacerando piel y partiendo los huesos quedó opacado por los gritos de aquellos verdugos improvisados.

La sangre de los heridos se mezcló con el polvo que levantaban, en vano, para huir de la matanza.

Irenio, en un último acto de desesperación, alzó los brazos para protegerse la cara, mas no pudo cubrir más superficie que la de su pecho.

Una roca roma, pero lanzada con fuerza, le impactó contra la sien.

Perdió el equilibrio y cayó al suelo, arrastrando con su peso a los rehenes unidos a él.

Cerró los ojos y rezó a sus dioses para que lo acogieran a su lado.

Una vez que se aseguraron de que los prisioneros estaban muertos o heridos de muerte, los agileos los abandonaron a las puertas de la necrópolis.

Nadie los tocó, nadie los enterró. A medida que pasaban los días, los cadáveres, hinchados y podridos bajo el sol húmedo, iban siendo devorados por las alimañas.

Contaron los aedos en Masalia que, cuando murió el último de los foceos de la batalla de Alalia, la brisa del mar extendió la maldición por la ciudad de Agila y los campos de cultivo de los alrededores.

Los frutos de las viñas se secaron antes de madurar, los pescadores llenaban las redes de peces muertos con las vísceras repletas de brea.

Los agileos entendieron que aquella lapidación había sido injusta, pues había ofendido a los dioses, tanto los suyos como los de los foceos.

Una partida de etruscos viajó hasta Delfos para pedir consejo a la pitia, que pronunció una respuesta de postura imprecada: «Honrad a los muertos o moriréis con ellos».

Saore se extrañó de que su cuerpo y su mente estuvieran tan interconectados entre sí, pero no con su corazón.

Focea había salido victoriosa en Alalia frente a los cartagineses, que huyeron hacia tierras etruscas.

La realidad final, no obstante, fue muy distinta.

El precio que tuvo que pagar por aquella extraña batalla fue muy alto.

De los sesenta pentecónteros con los que contaban, más de cuarenta reposaban en aquellos momentos en algún lugar entre las islas de Kyrnos y Sardón.

Las naves que quedaron indemnes se disgregaron a lo largo del Gran Mar.

Algunas regresaron a Masalia, otras probaron suerte en Hylene.

Tres volvieron a Emporion con las noticias que Egan le transmitió a Saore, guardando los detalles que consideró innecesarios que supiera la viuda.

Irenio había muerto. Defendiendo el cargo de gobernador con toda la dignidad, apostilló Egan. Saore era consciente de que estaba obligada a sentir una tristeza extrema. Con dieciocho años, su vida se había pausado.

Sabía que el decoro le exigía mostrarse apenada; no obstante, no sentía nada que se pareciera a la tristeza.

Recordaba el nudo en el estómago cuando su padre agonizaba en el lecho, el dolor ajeno en el funeral de Lirnestaakun.

Escuchaba a Egan hablar sin pausa, alabando las virtudes de Irenio, y Saore permanecía quieta, con la mirada fijada en un punto en el vacío.