Capítulo 19 #3
Irenio había sido un deseo. Había pasado más tiempo imaginando cómo sería la vida con él que en su compañía.
Los días en los que compartieron hogar en Emporion se le antojaron lejanos, irreales.
Quería sentir algo ante la noticia de su muerte.
Se obligó a indagar en su interior en búsqueda del miedo ante la incertidumbre, del dolor ante la pérdida, de la rabia hacia el enemigo.
Pero ¿qué enemigo? Saore no tenía ninguno.
Saore caminaba el sendero que un oráculo había dictado para ella.
Su única tarea había sido descifrarlo correctamente, y ahí se encontraba, perdida.
A la hija de la sangre de la diosa, a la hija de los elementos, solo le quedaba el fuego para entender quién era en realidad.
Su futuro, a partir de aquel momento, pendía de un hilo que no sabía quién tenía que mover por ella.
—No quiero quedarme aquí —sollozó Saore entre los brazos de Foteinos.
Se había escapado de su propia casa en mitad de la noche en busca de su único amigo. Foteinos todavía estaba despierto. Había pasado parte de la noche acompañado de un muchacho magro e imberbe que descansaba ajeno al silencioso revuelo de la sala de al lado.
Las últimas horas habían acontecido tan rápido que Saore apenas había tenido tiempo de valorar todas las opciones que se le planteaban.
Egan, en un acto más codicioso que realmente protocolario, le ofreció amparo en su gineceo.
Alegó que su hija Mirrine le había tomado mucho cariño y que estaba dispuesto a hacerse cargo de su sustento.
El papel que tendría en el gineceo del gobernador era muy ambiguo y posiblemente comportara implicaciones con Egan que Saore no estaba dispuesta a asumir.
Oficialmente, se veía a sí misma como una mujer que podía pasar por helena, pero en realidad no tenía cabida en una sociedad como aquella.
La tarde anterior Foteinos le había hecho ver una verdad que había permanecido guardada en un cajón: Irenio y Saore habían contraído matrimonio en Asta, según el rito tartesio, por lo que, según las leyes helenas, no era más que una especie de concubina de Irenio.
Legalmente, ningún magistrado foceo los reconocería como marido y mujer.
Saber esta información le dio fuerzas para encararse a Egan y rechazar la propuesta de formar parte de la vida enclaustrada en su villa.
Le exigió que la embarcaran rumbo a Asta en el primer barco que zarpara.
Egan le pidió paciencia; Norfeus estaría unos días en Emporion y luego partiría para Masalia.
A la vuelta, Saore podría viajar de vuelta a su reino con el mercader de su confianza.
Mientras tanto, tendría algunas semanas para disfrutar de la vida sosegada en la pequeña colonia y de despedirse de las amistades que había forjado en aquellos meses.
Y aquel era el plan que habría querido seguir Saore.
Sin embargo, en un instante, su destino decidió no seguir un camino recto y precipitarse ladera abajo sin que tuviera posibilidad de agarrarse a ningún saliente para aminorar la velocidad de caída.
La casa permanecía en silencio, pero oía el viento ulular contra las ventanas.
La noche refrescaba, soplaba el levante y la humedad calaba a través de la piel, incluso dentro de su casa y con los hombros cubiertos con un chal de lana.
Pensó en el soldado apostado en su puerta haciendo guardia hasta el amanecer.
Saore se asomó y lo vio acurrucado contra el muro de la entrada.
—Hacía tanto frío que me preocupó que pudiera enfermar por guardar mi puerta de peligros que no existen —se justificó, con la cabeza hundida en el pecho de Foteinos—. Le dije que entrara un momento para recuperar el calor con una copa de vino.
Acompañó al soldado a la sala de recepciones de Irenio y lo acomodó frente al pequeño brasero que ardía en una esquina.
Las ascuas todavía calentaban. Entonces, todo ocurrió demasiado rápido para que lo pudiera narrar de manera razonable.
Saore le explicó a Foteinos que no conocía el nombre del soldado, pues no solían enviar a los mismos hombres a hacer guardia en la villa.
Él sí sabía quién era ella, como todas las gentes de Emporion.
Una vez que entró en calor, le dijo a Saore que le apetecía la cílica de vino que le había prometido.
La noche estaba tranquila, le dijo. No se preveía ningún movimiento en el puerto ni nada que turbara la quietud de la villa.
Cuando Saore pasó por su lado para dirigirse a la alacena a buscar una pequeña ánfora de vino, el soldado la agarró con fuerza por la muñeca.
Tenía la mirada vidriosa, como si el humo del brasero le impidiera enfocar correctamente.
Con la mano libre, acarició el borde la tela de la túnica de Saore, valorando la calidad del tejido.
Sin ninguna sutileza, le espetó que entendía su soledad.
Había pasado meses sin un hombre que calentara la lana de su colchón y, ahora, que había quedado viuda, todavía echaría más de menos a su esposo.
Ella se puso en alerta y no dijo nada. El soldado le acarició los antebrazos por debajo del chal.
Estuvieron unos minutos en silencio, contemplándose el uno al otro.
Saore notó el abultamiento en la túnica del soldado, que separó las piernas y dejó al descubierto un pene grueso y oscuro, bajo la luz tenue de la habitación.
Quiso obligarla a agacharse frente a él, pero la princesa, en un alarde de firmeza y sangre fría, le propuso tomar primero la cílica de vino que le había prometido, para que terminara de entrar en calor.
Se despidió de él con una sonrisa amable.
¿Por qué no gritó para despertar a los sirvientes? , se preguntó después.
Abissabar le recomendó que siempre llevara encima el polvo de semillas de centeno que le había dado antes de partir.
Abrió la bolsita de cuero con cuidado y, con una cuchara de plata, mezcló las semillas con el vino.
Cuando regresó a la sala, el soldado se había recompuesto la ropa, y la esperaba con un semblante ansioso y enardecido por lo que iba a ocurrir tras dar cuenta del vino.
Apuró la copa de un trago. Lo primero que sintió fue un ardor bajarle por la garganta, como si en vez de vino se hubiera tragado un puñado de las cenizas del brasero. Sin embargo, la aspereza de la bebida permaneció en la boca del soldado. Intentó carraspear y habló con un hilo de voz:
—¿Qué me has hecho beber?
—Es vino fenicio —contestó Saore, con un temblor en sus palabras—. Es más astringente que el vuestro, no me lo puedes negar.
El hombre se llevó una mano al pecho y arrugó la túnica en un intento de apaciguar el ardor que le desgarraba el interior.
Trató de ponerse en pie, pero trastabilló y perdió el equilibrio.
Saore se apresuró a cerrar la puerta de la sala.
El soldado, sin éxito, intentaba buscar en su interior el grito de auxilio para despertar a los esclavos, pero el fuego que lo consumía, que lo desgarraba poco a poco, le impedía articular palabra.
Cada respiración se asemejaba al corte de millones de cuchillas.
Contuvo una arcada, pero un segundo después escupió una bocanada de sangre fresca que manchó la estera del suelo.
El viento siguió aullando con más fuerza contra las ventanas, como si un ejército de keres aporreara las paredes en busca de aquel desgraciado.
Se ovilló en el suelo y, al poco, cubierto por la sangre regurgitada, dejó de respirar.
—Foteinos, en pocas horas vendrá otro soldado a relevarlo y mis esclavos lo descubrirán con las primeras luces del día. ¡Estoy perdida!
—Saore, atiende, querida mía.
La agarró por debajo de las mejillas y la obligó a mirarlo a los ojos. Tenía una expresión extrañamente serena. Le habló en voz baja:
—En este instante vamos a casa de Norfeus. Partirás con él esta misma mañana hacia Asta.
—Egan me dijo que viajaba a Masalia…
—Lo sé, pero va a cambiar de planes.
La seguridad con la que pronunció las últimas palabras le permitió que la princesa se relajara por primera vez en toda la noche.
Tal y como pensó Saore, Norfeus se negó a llevarla a Tarteso antes de tiempo. Ella le recordó la promesa que le había hecho a Hiram, que lo buscara si su vida corría peligro. Norfeus bajó la cabeza y, tras unos momentos de reflexión, pidió hablar con Foteinos a solas.
Al poco, los dos hombres regresaron y vistieron a Saore con ropas de esclava. Amparados por las sombras de la noche, la escondieron en la bodega del barco. Zarparían a primera hora.
—Querida amiga, me entristece verte partir así. Te deseo un buen viaje. Espero que puedas encontrar a tu padre con vida.
Se abrazaron por última vez. Se podría levantar el hogar más seguro del mundo entre los brazos de aquel hombre.
Dichosas todas aquellas personas a las que Foteinos les dejaba formar parte de su vida.
Le tendió una bolsa de cuero curtido, con una sola correa.
Con tan solo palpar el interior, Saore supo que dentro estaba la cítara de Foteinos.
—Espero que no te olvides de este pobre músico —sonrió con tristeza.
—Amigo mío, no podría hacerlo aunque quisiera. Has sido la luz de mi faro en todo este tiempo.
Antes de subir al barco de Norfeus, Saore se agachó para acariciar el lomo del perro de Foteinos. El tacto del pelaje suave del animal y el último abrazo del músico le dieron fuerzas para emprender el viaje de vuelta.
—Cuídate mucho, amiga. No esperes que lo hagan otros por ti.
—Tienes un hogar en Tarteso, recuérdalo.
Horas después, el barco bordeaba los límites de la bahía. Una vez que esquivaron el archipiélago de islas que servía de refugio temporal de pescadores, el navío de Norfeus se desvió de la ruta y partió rumbo al sur.