La portadora de la luz Capítulo 20
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Capítulo 20

Trasladaron el cadáver de Argantonio en la barca real desde Isla de Gerión hasta el palacio real, en Asta, para que la ciudad pudiera rendir homenaje al monarca.

Las gentes, sin depender de su condición ni obligaciones, visitaron la sala de palacio habilitada para la veneración del que había sido su rey durante décadas.

Argantonio tenía el rostro sereno, con una ligera curvatura en la comisura de los labios en un último amago de sonrisa.

El cuerpo, el pelo y la barba habían sido ungidos en aceite de tomillo.

Vestía una túnica de color púrpura con bordados en el pecho y en las mangas, tejida adrede para los funerales.

Le colocaron las dos manos entrelazadas por encima del vientre, con una pequeña rama de olivo de la dehesa de Isla de Gerión entre los dedos.

Argantonio, en vida, había ordenado que las joyas de oro quedaran custodiadas en el templo de Baal.

El único complemento que lució, el que hacía que se distinguiera de un alto mando del reino, era el collar con los ocho sellos, que se extendía sobre el pecho del hombre.

Al día siguiente, el cadáver viajó hasta el templo de Baal.

En la cámara ritual solo se hallaban presentes la suma sacerdotisa y los tres hijos de Argantonio.

El rey Hiram fue el responsable de encender la antorcha con la que prender el cuerpo.

El olor a carne quemada se extendió por las salas del templo, camuflado sin éxito por el almizcle del olíbano.

La sacerdotisa se arrodilló ante la pira sobre la cual ardía Argantonio e invocó a los dioses del más allá:

—Mot, señor del viaje eterno, escucha las palabras en honor a nuestro rey, el glorioso e inmortal Argantonio.

Hoy devolvemos al fuego del templo el cuerpo mortal de nuestro hermano y guía, el que en vida caminó con firmeza para guiar nuestros pasos.

Que el humo de su ser ascienda hasta la morada de los dioses, que sus cenizas limpias reposen en la tierra que lo vio nacer.

»Oh, Baal, recibe a nuestro señor Argantonio, acoge su noble alma entre los dioses, los héroes y los ancestros. Que su nombre no se borre jamás de la memoria de su pueblo.

El funeral de Estado tuvo lugar la tercera jornada, en Asta.

Cuando Saore desembarcó en el puerto comercial, los rituales por la muerte de su padre habían finalizado hacía cuatro días. No pudo hacer otra cosa que llorar ante el túmulo que contenía la urna con las cenizas de la persona más importante de su vida.

«Crisaore, hija de las sombras, respirará cubierta de noche».

Desde que había vuelto de Emporion, pocos meses atrás, había adquirido la rutina de bajar cada tarde a la playa del embarcadero de Isla Gerión a disfrutar, sin compañía, de la puesta del sol sobre el lago.

Gharatar, en su torre, encendía el faro un poco después.

Cuando la luz le impedía distinguir un rostro en la distancia, daba un largo paseo por la isla, por la playa, los acantilados, la dehesa…

, para ordenar los pensamientos aleatorios que iban apareciendo a lo largo del día.

Estaba cómoda en la oscuridad de la noche, amparada bajo la luz de las estrellas, acompañada únicamente de sus sombras.

Regresaba a su alcoba cansada, como en las mañanas en las que bajaba a la playa a hacer deporte con Nora y Anthousa.

Nora había intentado unirse a sus paseos vespertinos en alguna ocasión, sin éxito.

Saore le contaba que había pasado muchos momentos sola, en introspección, y que había aprendido a sacar provecho de sus pensamientos más íntimos.

Al fin, Nora dejó de insistir y se limitó a ver a su hermana en el palacio, o durante los actos y recepciones en los que el rey necesitaba de sus servicios.

Abissabar y Ataralki eran los principales consejeros del rey Hiram.

Sin embargo, siguiendo el precedente de su padre, incorporó a sus hermanas como asesoras en los principales asuntos de Estado.

Hasta el momento, no había abandonado el palacio de Isla de Gerión más que para ir al templo a honrar el alma de su padre y a orar por el bienestar de su familia.

Cuando Hiram mandó una partida militar a la sierra a supervisar la extracción de metales en las minas y vigilar la presencia no bienvenida de extranjeros vagando por los caminos, no dudó en enviar a Nora con los soldados.

Saore, en cambio, siguió con sus costumbres tranquilas en la isla y no tomaba ninguna iniciativa si el rey no daba pie a ello.

—Hermana, me llena de dicha que hayas vuelto a Tarteso, pero eres la sombra de la princesa que partió hace meses.

Los dos hermanos paseaban sin rumbo ni prisa por los jardines de Isla de Gerión.

Hiram le había ofrecido el brazo a Saore para estrechar el contacto entre ambos y poder hablar sin levantar demasiado la voz.

Ella permanecía en silencio, con la vista al frente, pendiente de las primeras flores de la estación.

—Saore, ¿tu desdicha es a causa de Irenio?

Suspiró y negó con la cabeza. Llevó a Hiram hasta uno de los bancos que algún antepasado colocó en los jardines para descansar al aire libre.

Tomó las manos de su hermano y las besó.

Todavía no se sentía con la valentía de abrir sus sentimientos a nadie, pero la necesidad de vaciarse de sus miedos le latía en las sienes con fuerza.

Si no podía confiar en el rey, su hermano mayor, entonces ¿en quién?

Quería volver a acercarse a Nora, pero después de los meses que Saore había pasado en territorio heleno, se dio cuenta de que su hermana se había convertido en una idealista de alma honrada, indispensable para compensar las decisiones puramente burocráticas que se llevaban a cabo en los salones del palacio real.

Y, tal vez, esa nueva faceta de su hermana menor la sobrepasaba en algunos momentos.

¿Y Anthousa? Anthousa apenas se dejaba ver.

Llevaba a cuestas su propio duelo por la muerte de Argantonio.

—Hiram, mi señor. Mi desdicha no es por la pérdida de Irenio.

Muchos me advertisteis de la mala decisión de abandonar Tarteso por seguir a un heleno, pero acaté el camino que dictaba mi corazón.

Y ahora —se interrumpió, buscando las palabras adecuadas—, ahora quiero seguir escuchando a mi corazón y no recibo respuesta ninguna.

—¿Quieres seguir viviendo en el palacio con nosotros?

—¿Y qué alternativas tengo, Hiram?

El rey se aclaró la garganta.

—Astarté ha sido tu guía, tienes su marca sobre la piel.

Por eso, creo que tienes un potencial especial que te llevaría a ser una gran sacerdotisa para la diosa.

En poco tiempo estoy seguro de que puedes llegar a ser la suma sacerdotisa del templo de Astarté.

—Sopesó la reacción de Saore, impasible, antes de proseguir—.

Además, ya has estado casada una vez. No te hará falta un segundo matrimonio para acceder al cargo.

Sí, no había descartado servir a Astarté.

El tiempo que pasaba en el templo, frente al altar de la diosa, le restituía el sosiego que perdía a lo largo del día.

Se había acostumbrado a una vida más reflexiva y juiciosa, y suponía que los quehaceres en el templo la acercarían un poco más a la espiritualidad que clamaba por mostrarse a la luz del día, y no solo en las meditaciones particulares.

Si escuchaba dentro de ella, por el contrario, algo le decía que el templo no era su destino.

Saore quería ser partícipe de una gran labor tangible y no de un servicio incorpóreo a la comunidad.

Para cuando recuperara su fuerza interior, se veía a sí misma como una consejera real tan capaz como podía serlo el príncipe Abissabar.

—Prefiero estar a tu lado, mi señor.

Hiram estiró los brazos y la atrajo hacia él.

—Saore, me alegra mucho saber que estamos los cuatro juntos de nuevo. Nuestro padre habría sido muy feliz de verte de vuelta en tu hogar.

—Me atormenta no haberme podido despedir de él, Hiram.

—Ya lo sé, querida, pero no te lamentes del que ha sido tu sino.

Saore asintió. El nudo que le presionaba la garganta empezaba a sofocarla.

—¿Seguimos con el paseo? Seguro que Abissabar está con las colmenas. Vayamos a verlo.

—Sí, ahora mismo —contestó el rey con cierto nerviosismo—, pero antes quiero proponerte un tema de Estado. Eres libre de elegir si quieres formar parte de ello o no.

Saore sintió que los músculos de la espalda se le tensaban ante la inquietud en el tono de voz de su hermano.

—El Gran Mar es una entidad proteica. A lo largo de estos años han cambiado las alianzas entre pueblos, y nosotros nos hemos tenido que adaptar a cada una de estas alteraciones.

La hegemonía de Focea ha llegado a su fin, lo has vivido en tus carnes.

Estamos seguros de que el sur del Gran Mar pertenecerá a los cartagineses tarde o temprano.

Ninguno de nosotros confía en las intenciones de los magónidas, que son gentes con mucha ambición y pocos escrúpulos.

Hasta el momento, ellos tampoco se han acercado a nosotros con la idea de comercializar con nuestros productos o con los que traemos de las Casitérides.

—Entonces ¿hay intención de establecer una conexión con ellos?

—Por el momento, no. Sin embargo, necesitamos que las relaciones con los fenicios de Gadir sigan como hasta ahora. Incluso más estrechas. Los cartagineses son sus aliados, y ellos, ahora mismo, nuestra fuente de ingresos más estable. ¿Entiendes adónde quiero llegar?