Capítulo 20 #2
La sola mención de Gadir le evocaba el rostro redondo e intimidante de Hadad, y la tensión en su cuerpo se acrecentaba.
No habían intercambiado ninguna palabra desde que había regresado a Tarteso.
En las recepciones en las que habían coincidido, Hadad se había limitado a seguir el protocolo de saludo.
No había vuelto a asediarla con la intensidad del día de su boda con Irenio, si bien con su mirada, en la distancia, le transmitía a Saore información que ella no estaba dispuesta a interpretar.
Supo por sus hermanos que Hadad al fin se había casado con una joven noble de Cartago que apenas participaba en los actos gubernamentales.
Saore ni por asomo sabía qué quería decirle Hiram, pero intuía que Hadad era el motivo de su inquietud. La de ella, y también la del rey.
—No, mi señor. Dime lo que tengas que decir, por favor. Sin rodeos.
—En los próximos días se va a celebrar la Noche de Astarté en el templo de Melqart.
Hadad ha pedido que seas tú la representante de Tarteso en la festividad.
Dice que, de este modo, la alianza entre nuestros pueblos se fortalecerá.
Saore —Hiram le levantó la barbilla para forzarla a mirarlo a los ojos—, no estás obligada a hacer nada que no quieras.
Puedo hablar con Abissabar o ir yo en persona.
La Noche de Astarté era una de las ceremonias más esperadas para las gentes de Gadir.
El dios Melqart perseguía durante un año entero a la huidiza Astarté hasta que ella decidía cuál era el momento adecuado para contraer matrimonio.
Con su unión, se bendecía y florecía todo a su alrededor: las redes de pesca, los campos de cultivo, los intercambios comerciales y los vientres de las muchachas.
En el templo de Melqart, emplazado en una isla al sur de Gadir, protegido por el panteón divino y el fuerte oleaje, sacerdotes y sacerdotisas fenicios, nobles y aristócratas locales y extranjeros compartían una larga noche de danza y vino para honrar el vínculo que otorgaría la buenaventura un año más a la tierra emplazada en el horizonte del Gran Mar.
—Acepto la invitación.
Después de la conversación con Hiram en los jardines de su hogar, decidió poner fin a la etapa de introspección y se obligó a recuperar las bondades que habitaban en su interior.
Quería volver a ser la princesa Saore de Tarteso, la que había sido tan querida en Asta.
Mandó preparar la barca real para navegar hasta la ciudad.
En vez de rezar en el templo, pasaría por el mercado a comprar fruta seca y visitaría a su prima Raha en el palacio del gobernador Ataralki.
Cuando los dioses determinaran el momento adecuado, Raha se convertiría en la esposa del rey Hiram y en la reina de Tarteso.
Mientras tanto, quería retomar la relación de intimidad y amistad que había descuidado tras aquellos meses de buscarse a sí misma.
La barca real llegó al embarcadero de Asta.
A unos codos de distancia, vio el bote de Gharatar varado en la arena.
El farero debía de haber ido a buscar las provisiones para la isla, se dijo.
Poco después, distinguió su silueta cargando con dos ánforas a ambos lados del cuerpo.
Del mismo modo que no había coincidido cara a cara con Hadad, tampoco había tenido ocasión de saludar a Gharatar.
La luz del faro le recordaba cada noche la labor que llevaba a cabo.
Alguna vez había estado tentada de pedirle al barquero de palacio que la llevara antes del atardecer a la isla donde vivía y trabajaba el hombre, en soledad, a fin de asegurarse de que tenía todo lo indispensable para no convertirse en la sombra negra que fue su padre.
Sin embargo, no había encontrado ninguna excusa para visitar a Gharatar que no hubiera molestado a su hermano Hiram.
El farero dejó la carga dentro de la barca. Al incorporarse, vio a Saore caminando hacia él. Bajó el rostro cuando la princesa se detuvo a su altura.
—Querido Gharatar, ¿cómo te encuentras?
—Mi señora —dijo el farero, llevándose la mano de Saore a la frente—, siento mucho tu pérdida. Espero que seas feliz de nuevo, aquí, con los tuyos.
Con los suyos. Aquellas palabras le retumbaban en los oídos cada vez que las escuchaba.
Jamás habría reconocido que tendría que haber hecho caso a sus instintos y haber abandonado a Irenio en su aventura de gobernador.
Sintió las palabras de Gharatar vacías de emoción, y a él, distante; evitaba mirarla de forma directa.
—¿Acaso te has olvidado de llamarme por mi nombre? —preguntó ella, amable. Gharatar permaneció en silencio, sin hacer ningún amago por cambiar de postura—. Y, cuéntame, ¿cómo estás?
—Bien, gracias por preocuparte.
Gharatar levantó la vista de sus pies para contemplar a Saore.
Un vistazo rápido: se detuvo en sus ojos, en el cabello trenzado recogido a media espalda y en las mejillas de la princesa.
Sus mejillas, a su vez, se encendieron. Le hizo una reverencia y se dispuso a preparar la barca para regresar a su hogar.
—Mi señora, un placer haberte podido saludar.
Supo que ocultaba algo. Deseó desde su corazón que el alma de Gharatar no se corroyera como la de su padre.