La portadora de la luz Capítulo 21
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Capítulo 21

La partida que el rey había enviado a la sierra seguía sin dar señales de vida.

Hacía días que esperaban su regreso, pero desde el destacamento de Caura de Baal Safón no habían mandado novedades de la posición de los soldados encargados de averiguar si había habido más incursiones en los caminos de los afluentes del Tar.

—Hay que enviar otra partida con nuestros mejores soldados —dijo Hiram, sin previsión de que nadie se opusiera a su decisión—. Hailama, necesitaremos que los talleres trabajen estos días para hacernos con más armaduras y espadas.

—Mi señor —repuso el general Baldo—, no podemos enviar al ejército al norte y dejar la capital desprotegida.

—Mi hermana está desaparecida —contestó el rey, apretando los labios con demasiada fuerza—; si hay que registrar todos los rincones de Tarteso para dar con ella, que así sea. Id directamente a Calentus. Las últimas noticias llegaron de ahí.

—Mi señor, insisto. Dentro de dos días Gadir será un hervidero de comerciantes y extranjeros. Habrá que reforzar los campamentos en Aipora y proteger Asta desde el interior en el caso de que…

—¡He dicho que hay que enviar una partida a buscar a Nora!

—Mi señor, Baldo tiene razón. Necesitamos el grueso del ejército en la capital.

—Los foceos campan a sus anchas en nuestro reino, Ataralki.

La producción de metal cada vez es más escasa, pero el corazón de las minas sigue vivo.

La comuna minera de esclavos en Calentus ha abandonado la colonia y temo que Nora esté con ellos, en peligro.

Tampoco descarto que se haya topado con soldados foceos y…

—miró a Saore antes de proseguir—, estos malnacidos están dispuestos a cualquier cosa para llenar sus arcas.

—Mi señor, hemos expuesto todos los puntos de vista y no llegamos a ninguna conclusión. Tal vez lo más adecuado sea que ahora debatamos los dos, a solas, cuál es la opción más segura para el reino.

El rey mandó salir a los consejeros de la sala de audiencia y continuó la reunión con el gobernador.

Saore agarró la mano callosa del barquero para subir a la pequeña embarcación, todavía varada en la orilla.

Se sentó en la bancada de espaldas a él, que empujó el bote hasta que el agua le cubrió la cintura.

En el primer tramo remó con fuerza para dejar tras de ellos los bancos de arena y sortear los primeros salientes de roca.

A su derecha, unos cuantos farallones, en apariencia yermos.

A medida que la barca avanzaba hacia la isla, el oleaje se volvía cada vez más violento.

Saore, acostumbrada a la navegación en cualquier tipo de embarcación, no manifestó ningún síntoma de incomodidad.

En la lejanía, sin embargo, las olas rompían con suavidad a los pies del templo.

Permanecía con la vista al frente, fija en su destino, sin intercambiar ninguna palabra con el barquero, que movía los remos con destreza.

Una figura ataviada con una túnica blanca y cubierta con un manto del mismo color se dirigía con andar tranquilo hacia el pequeño espigón que hacía las funciones de dársena.

Saore no tardó en reconocerlo: se trataba de Baaliram, el sumo sacerdote del templo del dios Melqart.

Una punzada de desilusión se apoderó del rostro de Saore durante unos momentos.

Esperaba una recepción más solemne, acorde al rango que asumiría en la Noche de Astarté.

El barquero amarró la barca en un saliente.

Baaliram le ofreció la mano, de tacto firme y refinado, a diferencia de la del barquero.

Saore se acomodó el manto sobre los hombros e hizo una ligera reverencia al sacerdote.

Este la agarró por los codos y esperó que ella realizara el mismo gesto.

Baaliram era poco menos de un dedo más bajo que ella, pero el porte del sacerdote le recordó en cierta medida a su padre, así como el plateado de sus sienes y barba.

No estaba segura de si el hombre participaría de forma activa en los rituales de Astarté y Melqart o delegaría en sacerdotes más jóvenes, los guardianes del templo.

De todos modos, la invadió un primer sentimiento de repugnancia al imaginar la piel apergaminada del sumo sacerdote libre de túnicas y ungida en aceites aromáticos.

—Bienvenida al templo, princesa Crisaore. Es un honor poder contar con tu presencia en la ceremonia de este año. —Baaliram le apretó los codos con suavidad y acercó la frente a la suya—. Espero que estemos a la altura de tus expectativas.

—Llámame Saore, nadie se ha dirigido a mí jamás por mi nombre completo.

Los dos caminaron por el pequeño tramo de playa para bordear el flanco este del templo sin mediar palabra. Había media docena de pequeñas barcas como la suya, en buen estado, amarradas en la dársena.

Subieron por la escalinata que los llevó hasta la entrada principal.

Saore se maravilló al contemplar las gigantescas columnas de bronce que presidían la entrada al primer patio.

Bajo el umbral, las tallas de Melqart y Astarté fueron las únicas que le dieron la bienvenida al templo, pues ni un murmullo se advertía entre las paredes del lugar.

Sin embargo, sabía que no estaba sola en el recinto.

Las barcas amarradas habían transportado a los primeros dirigentes extranjeros invitados a la festividad y, con seguridad, estarían descansando o preparándose para cuando los llamaran.

Atravesaron el patio y la gran sala del templo.

En el lateral oeste, tocando con la muralla del recinto, se disponía un conjunto de pequeñas celdas rituales.

A la entrada de cada una, ardía un cuenco con resinas aromáticas.

Baaliram y Saore esperaron en silencio. Al poco, apareció una sacerdotisa joven vestida con una túnica liviana.

A la princesa le pareció que la presencia de la chica era atemporal.

Llevaba el cabello largo y oscuro recogido en un moño formado por una gran cantidad de mechones trenzados y anudados entre sí mediante cintas de tela púrpura.

Las dos mujeres se tomaron las manos y juntaron las cabezas a modo de saludo. Olía a romero y a sal.

—Princesa Saore, la sacerdotisa Abasúr se encargará de ayudar a instalarte.

Sobre el jergón dispones de ropajes adecuados para esta noche, y agua y aceites para asearte.

Tómate el tiempo que necesites. Dentro de un par de horas tendrá lugar la ceremonia de inicio al matrimonio sagrado.

Hasta entonces, puedes descansar o estar en compañía de Abasúr.

Como ya te he dicho, es un honor contar con tu presencia. Sin más, me despido.

El sumo sacerdote inclinó la cabeza y, volviendo sobre sus pasos, regresó a la gran sala.

Saore siguió a Abasúr hacia el interior de la celda.

Junto al jergón había una jarra y una palangana de cerámica rojiza sin decorar con las que realizar el baño ritual al atardecer.

El sonido predominante era el de las olas del mar rompiendo contra los cimientos del templo.

No obstante, Saore aguzó el oído. Camufladas por el rumor del oleaje, escuchaba voces tenues de hombres y mujeres.

Abasúr esperaba, hierática, en la puerta de la celda, a que Saore decidiera lavarse y cambiarse de ropa.

—Princesa Saore, puedo trenzarte el cabello si así lo deseas.

—Te lo agradezco.

La sacerdotisa le desenredó el pelo con un pequeño peine de marfil, un objeto cuyo lujo destacaba entre los objetos humildes de la celda.

Le aplicó un poco de aceite de romero en la cabeza y dividió el cabello en tres grandes mechones, que trenzó desde la raíz hasta las puntas.

Las dos trenzas laterales, que Abasúr pasó detrás de las orejas, se tensaban demasiado a la altura de las sienes.

—Princesa Saore, ¿prefieres que decore el peinado con cuentas o cintas? ¿O tal vez que lo enrolle?

—Lo que consideres más adecuado. Estoy en tus manos.

—Entonces voy a fijar las trenzas alrededor de la cabeza, como si llevaras una diadema. Así, tu aspecto de noble destacará entre las demás mujeres y tu rostro quedará enmarcado. Eres una mujer bellísima.

Saore se ruborizó ante el cumplido de la joven sacerdotisa.

Se dejó llevar por sus manos expertas, primero sobre su cabello y luego sobre su piel, para asearla.

Empapaba los dedos en aceite perfumado y recorría las vértebras de la columna una a una, el contorno del cuello y de los senos, el sendero de las fibras musculares del brazo hasta la palma de la mano.

Cuando estuvo lista, su compañera le recolocó en el dedo anular de la mano izquierda la sortija que llevaba.

Saore perfiló con la yema del dedo el símbolo de la diosa, grabado sobre el chatón de oro. Su diosa, sangre de su sangre.

El sol perseguía la línea del horizonte sobre el mar. Los últimos rayos teñían el ambiente en el templo con una luz dorada semejante al fulgor de las suaves llamas que ardían en las antorchas colocadas en puntos estratégicos a lo largo del templo.

El altar erigido en honor de Astarté se colocó en el centro del primer patio porticado, el recinto más amplio del templo.

La brisa marina no conseguía penetrar a través de los muros, por lo que el único indicio que tenían de encontrarse en una isla era el murmullo del mar al otro lado de las paredes y la humedad salina que impregnaba la piel perfumada de los presentes.

A lo largo del pavimento se dispusieron grandes cuencos que contenían semillas de beleño que ardían lentamente sobre un lecho de brasas, extendiendo una suave niebla azulada que acababa por diluirse en el aire.