Capítulo 21 #2
En el patio se habían dispuesto distintos tipos de asientos dependiendo del estatus y del deseo de intimidad de los invitados.
Banquetas de madera, sillas individuales, hamacas y almohadones se ocuparon a medida que dirigentes y sacerdotes cruzaban los espacios del pórtico.
A un lado y otro, los percusionistas tocaban los timbales con la misma cadencia que los latidos de los corazones.
Vestían solo una faldellín de cuero repujado, que alternaba filigranas con el símbolo de Astarté.
Se cubrían los rostros con una máscara de buey.
Cerca de ellos, otros músicos con el mismo atavío esperaban su entrada de pie, sujetando los címbalos.
Los sacerdotes y sacerdotisas de menor rango repartieron las cílicas con el brebaje ritual: vino de miel aromatizado con hierbas.
Saore se llevó la copa a los labios y dio el primer sorbo.
El vino se quedó un momento en la boca de la princesa, pues la textura gomosa de la resina de la adormidera con la que se había mezclado le resultaba confusa.
El peinado le presionaba las raíces del cabello y la túnica de lino blanco que llevaba era demasiado fina para la temperatura del final del día.
—Bebe, princesa Saore. Así entrarás antes en calor —le susurró Abasúr al oído.
Sintió cómo se le endurecían los pezones bajo la túnica al notar el aliento de la sacerdotisa en el cuello y los finos labios rozándole el lóbulo de la oreja.
Reprimió un gemido. Abasúr le acercó la cílica de nuevo a la boca para que bebiera el vino de un solo trago.
Ella buscó los labios de Abasúr para calmar la sed que no aplacaba el vino.
La sacerdotisa entreabrió la boca para que Saore entrara.
Se estremeció. La niebla de la resina ardiendo se apoderó de sus sentidos.
Su cuerpo cada vez era más liviano. Imitó las caricias que le profería su compañera: una suave presión en la aureola del pezón ajeno a través de la tela, el dedo perdiéndose dentro de una boca jugosa.
La humedad en sus labios le hizo evocar la lengua de Hadad jugando con la suya.
Miró a su alrededor, en busca del gobernador, sin entender con qué objetivo lo hacía. Este todavía no había llegado.
El patio quedó en silencio cuando entraron Baaliram y Batanat, la suma sacerdotisa del templo de Astarté de Gadir, en el promontorio colindante con el puerto de la ciudad.
Ambos vestían la misma túnica blanca de lino que llevaba Saore y el resto de los invitados.
Se colocaron frente al altar, de espaldas a las pequeñas estatuas de Astarté, hierática y desnuda, y Melqart, ataviado con faldellín y tiara.
Tomados de la mano, miraron a su alrededor. Por fin, Batanat habló:
—Hijos e hijas de Gadir, forasteros y comerciantes, sed bienvenidos a las celebraciones de la Noche de Astarté.
Vais a ser los únicos testigos de esta velada mágica en la que se abrirá el vientre de nuestra diosa Astarté, madre del germen de la vida.
Bajo su manto, brotarán buscando la luz las semillas y los granos, y los vientres fértiles de las mujeres se llenarán en primavera.
Tenía la piel de la cara y de los brazos tersa y bronceada.
Aparentaba menos edad de la que su voz ronca y cansada delataba.
Saore se percató, a través de la túnica, de la silueta descolgada de sus pechos y de su vientre.
El cuerpo de la mujer era bello y embrujador, pues se equilibraba con la armonía compensada de sus palabras y sus gestos para clamar la atención.
—Sentíos libres de pensamientos y acciones entre los muros de este templo: la protección de Melqart y Astarté nos ampara.
—Que su poder fecunde las entrañas de la tierra —añadió Baaliram.
El sonido de los crótalos y las castañuelas precedió la entrada de los bailarines al patio.
Danzaban desnudos, alrededor del templo y entre los invitados.
Las melodías de los timbales provocaban contoneos extáticos de la cadera y los brazos.
La intensidad de la música se iba incrementando a medida que pasaban los minutos.
El bamboleo de pechos y falos no estaba exento de elegancia, pues los danzantes tenían un halo sagrado, un propósito místico bajo la luz de las primeras estrellas en un cielo todavía azulado al oeste.
La suma sacerdotisa hizo llamar a un hombre de piel oscura y pelo corto ensortijado.
Abasúr se lo había presentado a Saore momentos antes.
No conseguía recordar su nombre, tan solo que se trataba de un príncipe gétulo que la había saludado con una inclinación de cabeza.
La sacerdotisa le rasgó la túnica a la altura de la clavícula con un pequeño cuchillo de plata y le desgarró las vestiduras dejando a la vista de todos un cuerpo musculado y magro, a excepción de cierto acúmulo de grasa en los glúteos que no acaba de romper la proporción estética.
Las manos de la suma sacerdotisa recorrieron la espalda del príncipe.
Agarró con demasiado ímpetu las nalgas del hombre, que se deshizo del abrazo para alzarla.
La penetró sin dilación frente al altar, en el suelo del templo, mas con movimientos de cadera rítmicos y cadenciosos.
Saore sentía que el tiempo corría de manera sosegada, que la gente a su alrededor se movía al compás de la percusión de los músicos enmascarados.
Mirase a donde mirase, había personas fornicando entre ellas, masturbándose los unos a los otros o bailando cerca de la enajenación.
Sin embargo, ella parecía ser la única invitada que no disfrutaba de la compañía de nadie más.
Los únicos que se acercaban a ella eran los bailarines y las bailarinas, que le sonreían fugazmente antes de pasar de largo.
Su cílica siempre estaba llena. Bebía un poco y, sin que apenas fuera consciente de ello, algún joven sacerdote le había rellenado la copa.
El dulzor de la bebida le había quitado el apetito.
Quería arrebatarle la lira a alguno de los músicos y tocar las canciones que había aprendido con Foteinos.
La cara de este se difuminaba al evocarla.
No podía moverse de la banqueta. Su compañera Abasúr se había retirado al interior del templo con un hombre canoso y arrugado cuya procedencia no supo adivinar por su apariencia.
Saore seguía sentada, bebiendo el vino a sorbos cortos.
Era incapaz de pensar con lucidez, pues tenía la mente nublada por el humo, el vino y los gemidos indiscretos.
Se limitaba a contemplar el espectáculo.
Al final, encontró a Hadad tumbado sobre unos grandes almohadones bordados.
Tenía los ojos cerrados y la respiración agitada, y el miembro viril dentro de la boca de una joven sacerdotisa que subía y bajaba levemente la cabeza.
Las entrañas de Saore se encendieron. Se obligó a respirar con calma cuando se dio cuenta de la pequeña convulsión que mostró el cuerpo del gobernador, que, acto seguido, se relajó entre los cojines.
La muchacha se limpió la barbilla con el dorso de la mano y empezó a recorrer con la lengua los pliegues de la ingle de su amante.
Hadad se incorporó y apartó con gesto amable la cabeza de la sacerdotisa.
Miró hacia Saore y le sonrió. Se levantó del suelo y, después de un traspié sin importancia, caminó con pasos vaporosos hacia ella.
Las carnes flácidas de Hadad contrastaban con el pene todavía erecto.
Se sentó a su lado y tomó un trago de la cílica de Saore. Los dos se miraron en silencio. Esta vez, la princesa no quiso apartarle la mirada. A la luz de las antorchas, los ojos de Hadad llameaban más que el fuego sagrado. Tomó la mano de Saore y la besó sin apenas rozarla con los labios.
—Mi señora, me honras con tu presencia aquí. Espero que estés disfrutando de la fiesta.
Las palabras tardaban demasiado en brotar de la boca de Saore.
Estaba mareada y confundida, pero no quería que el hombre se marchase.
Quería agradecerle que la hubiera invitado a la ceremonia y felicitarlo por el futuro nacimiento de su primer hijo o hija.
No obstante, solo estaba pendiente de que no le soltara la mano.
—Muchas gracias, Hadad. Sin embargo, tengo la percepción de que nadie osa acercarse a la princesa de Tarteso. Al menos, sin tu aprobación.
Hadad soltó una carcajada, que ella escuchó con cierta reverberación.
—Así es. Puedes tener la compañía de quien tú desees, por supuesto, pero nadie te importunará ni te obligará a hacer nada que no quieras.
Apretó la mano de la chica con más fuerza. Tras unos momentos de silencio incómodo, Saore se deshizo del lazo de su mano para masajearse las sienes.
—¿Qué ocurre, Saore?
—Las trenzas… Me aprietan demasiado y me duele la cabeza.
Hadad se levantó y bordeó la banqueta para situarse detrás de ella.
Sentía el vientre blando del hombre apoyado contra la espalda.
Con paciencia, fue desatando las cintas que conformaban la diadema de cabello y deshaciendo las trenzas que le causaban aquel malestar.
Hundió las manos entre los mechones de pelo de la chica y empezó a acariciarle el cuero cabelludo.
Saore cerró los ojos y se dejó llevar por las manos de Hadad, otra vez en menos de un año.
El gobernador se inclinó sobre ella y le apartó el cabello hacia un lado, para dejarle expuesto el cuello.
—¿Puedo besarte?
Saore se quedó unos momentos confundida con la pregunta.
Hadad la había acariciado, la había besado sin su consentimiento cuando tuvo oportunidad.
Con aquella pregunta no le estaba pidiendo un beso.
Le estaba preguntando si le abría la puerta.
Tenía la respiración cada vez más agitada y el fuego que nacía en el bajo vientre irradiaba por cada dedo de su piel.
—Sí —musitó con un hilo de voz.
Le besó el cuello con delicadeza, apenas rozando los labios sobre la piel.
El pecho de la princesa subía y bajaba, presa de la excitación.
Hadad agarró la tela de la túnica a la altura de la cintura.
La deslizó por encima de la cabeza y la dejó caer sobre el suelo del patio.
Desnuda, expuesta, cerró los ojos y se dejó llevar.
Hadad la tomó en brazos, como había hecho el príncipe gétulo con la suma sacerdotisa, pero el gobernador la llevó al interior del templo, buscando la intimidad de la celda que Baaliram le había habilitado para aquella noche.
Le llamó la atención que supiera de antemano cuál de ellas era la suya, pero la joven no abrió la boca.
Tenía la mente abotargada y el cuerpo encendido a la espera de que el fuego de Hadad lo avivara todavía más.
La colocó en el borde del jergón y la instó a tumbarse.
Hadad se arrodilló frente a Saore y le separó las piernas para adorarla como si la misma Astarté se hubiera reencarnado en su cuerpo.
—Te deseo tanto, Saore…
Ella era incapaz de hablar, de murmurar, de rogar.
Oía, a lo lejos, como si se tratara de un recuerdo, la música monótona de los timbales.
O tal vez era su corazón latiendo desbocado.
Daba igual; de repente dejó de percibir la realidad con los sentidos habituales, tan solo experimentaba la realidad a través de los poros de su piel.
La presión de la mano de Hadad sobre sus rodillas.
El rastro de saliva de su lengua recorriéndole los muslos.
Tenía enterrado entre las piernas un animal salvaje que comía, devoraba la carne con hambre atrasada, hundiendo la cabeza en las entrañas de la presa abierta en canal.
Se oyó a sí misma jadeando y repitiendo el nombre de su amante (Hadad, Hadad, Hadad…), con el miedo a que desapareciera si dejaba de invocarlo durante un solo segundo.
Era una noche sin luna, apenas iluminada por las tenues luces de los destacamentos; el faro era el único punto de referencia. Navegaban con cautela, usando los remos necesarios para hacer avanzar los treinta navíos a una velocidad apenas superior a la de las mareas del estrecho.
Un poco antes de llegar a la entrada al lago de Tarteso, el fuego se apagó y la oscuridad reinó sobre el mar y la tierra.
Gharatar esperó a que pasaran los barcos, sorteando los bancos de arena.
Sin luz, apenas se distinguían los escobenes, los ojos vigías a ambos lados de las cubiertas.
Cuando la silueta del último navío desapareció frente a sus ojos, cogió el bote para volver a amarrar la malla que hacía de barrera acuática a sus balizas.
Tendría que apresurarse para encender el fuego y convertir, de nuevo, la atalaya en un faro.
Estaba convencido de que el destacamento de Aipora no enviaría a nadie a la isla a pedir explicaciones de por qué la luz del faro se había apagado durante aquellos minutos.
Era más que seguro que se movilizarían con premura hacia la capital en cuanto vieran arder Isla de Gerión.