Capítulo 22
Hacía frío. El aire húmedo de la madrugada atravesaba pasillos y recovecos hasta colarse por las paredes de la pequeña celda.
Saore se estremeció un instante e, instintivamente, se apretó contra Hadad en busca del calor de su cuerpo.
Estaba físicamente cansada, como si hubiera estado trabajando una jornada al aire libre, y tenía la cabeza cargada con un peso liviano pero constante.
Los recuerdos de la noche anterior, pese al estado de embriaguez, aparecían serenos, uno detrás de otro.
No obstante, si le hubieran afirmado que había sido un sueño, lo habría creído a pies juntillas.
Pero no había sido una alucinación, pues Hadad no se había esfumado como el humo del beleño en los quemadores.
Permanecieron unos segundos abrazados hasta que Saore notó cómo crecía el pene del gobernador contra su muslo. El hombre hizo el ademán de tumbarse sobre la princesa, pero Saore le colocó una mano sobre el pecho.
—Hadad, no procede. La Noche de Astarté ya ha acabado.
El gobernador le apartó la mano. Volvía a tener los ojos embravecidos del mar en tormenta, el color que en el pasado la hacía ponerse en alerta. Ahora, sin embargo, la agitaba de una manera distinta.
—Tengo la cabeza embotada —protestó, sin demasiado énfasis.
—No hagas nada, amor mío, déjate llevar hoy también.
Hadad volvía a cubrirla de besos, en los senos, en el cuello, en la palma de las manos. Apoyó los codos sobre el jergón y Saore, en un gesto aprendido horas antes, le rodeó la cintura con las piernas. Antes de que Hadad se vaciara en sus entrañas, los interrumpió la voz ronca de Baaliram.
—Gobernador Hadad, el general requiere la presencia de la princesa.
—¡No! —rugió él, que se incorporó de un salto del jergón—. La princesa se queda en Gadir, como acordamos.
—Te lo ruego, mi señor…
Saore se vistió con las ropas que había llevado el día anterior y, una vez recuperada la prestancia de su rango, salió de la celda a pedir explicaciones al sumo sacerdote.
En el patio donde la noche anterior había tenido lugar la ceremonia en honor de la diosa, Baaliram discutía con Hadad. A su lado, la figura del general Magón le empañaba cualquier otra visión a Saore. El cartaginés, no mucho más alto que ella, contemplaba la escena ajeno, con la barbilla levantada.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Saore.
Hadad rodeó a la princesa con el brazo y, desafiante, se dirigió a Magón.
—La princesa Saore de Tarteso está bajo mi protección.
—Hadad —dijo Magón con voz grave, y los miró de arriba abajo antes de proseguir—, serás recompensado con creces por la ayuda que nos has facilitado. Pero el destino de la princesa extranjera no va ligado al tuyo.
—Saore no es extranjera, es hija de esta tierra. Ella nació predestinada a ser el nexo entre los hombres…
—¡Calla de una vez! Estoy harto de la palabrería de los políticos.
Se acercó a la pareja y agarró con fuerza a Saore de la muñeca, que forcejeó en vano y gritó cuando le dobló el brazo contra la espalda. Le levantó la cara para obligarla a que se centrara en sus ojos.
—Ahora escúchame con atención. —Miró a su vez al gobernador y al sumo sacerdote—. Escuchadme todos. Tarteso ya no es una realidad. Aquí tenéis a la única superviviente de la estirpe del rey Argantonio, pero sus hijos no tienen derecho sobre estas tierras.
A Saore se le heló la sangre mientras esta le corría por las venas.
Quiso gritar con todas sus fuerzas, pero una presión en el pecho le impedía articular palabra.
Se revolvió entre las manos de Magón, pero el cartaginés, de un empujón brusco, la obligó a postrarse en el suelo.
La sangre de las rodillas empezó a teñir tenuemente las piedras blancas del pavimento del patio.
—Estate quieta, princesa, si no quieres arder como lo han hecho tus hermanos en vuestra isla, ajenos a las peticiones de vuestro pueblo.
—¡Miserable! Habías prometido no arrasar ni el palacio ni la capital, ¡ni asesinar al rey!
Saore empezó a llorar en silencio, con la vista fija en el suelo. No se atrevía a levantar la cabeza para mirar a Hadad, que seguía gritando al cartaginés.
—A partir de ahora, los pueblos y villas de Tarteso estarán bajo nuestra jurisdicción —anunció Magón, haciendo caso omiso a las ofensas del gobernador Hadad—. Gadir podrá seguir comerciando como hasta ahora, exento de impuestos. Más adelante hablaremos de todo esto, cuando nos hayamos instalado.
Magón levantó a Saore de mala gana y la instó a seguirlo hacia la salida. Hadad se interpuso entre ellos. Dos soldados le apuntaron con las lanzas, que bajaron a la señal de Magón.
—Te lo ruego, deja que me haga cargo de ella. Es lo único que te pido.
—Ya te he dicho que no es posible, la princesa es…
—Hadad, tienes razón. Yo soy el nexo de los hombres. Y a ti te maldigo por habernos vendido al mejor postor. Que Gadir se hunda en las aguas, de igual manera que Tarteso ha sucumbido al fuego.
El general y la princesa bajaron las escaleras del templo; en la arena de la playa, custodiada entre navíos de guerra cartagineses, reposaba la barca de pesca de Gharatar. Saore sintió que la poca integridad que le quedaba se rompía en mil pedazos.
—¿Vas a violarme?
En las últimas horas, el mundo de Saore se había desvanecido del todo.
Estaba rota. Vacía. Nada de lo que le ocurriese a partir de aquel momento tenía ya importancia.
El único pensamiento que se le cruzó fue tan definitivo que ni la asustó: no iba a luchar ni por su integridad ni por su vida.
De pie, en la puerta de la cabaña de Gharatar, contemplaba cómo el farero ordenaba las pocas pertenencias que tenía en el interior.
Él, de espaldas, extendía una manta limpia sobre el jergón.
—No.
Gharatar, igual que Saore, estaba vacío. El muchacho que se desvivía por hacer reír a la princesa, el que había asumido de niño la gran responsabilidad de mantener encendida la luz del reino, evitaba conversar con ella.
—¿Acaso no soy el trofeo que te prometió el cartaginés?
Acabó de preparar la cama con parsimonia. Se giró para enfrentarse con la princesa de un reino que ya no existía. De su reino.
—No entiendes nada, Saore.
—¡Claro que no entiendo nada! ¡Ayer me despedí de mis hermanos para asistir a la maldita fiesta en Gadir y hoy están todos muertos!
El farero se acercó y ella no se movió ni un dedo para apartarse. Hizo el ademán de agarrarla por los codos, pero vaciló ante la rigidez en la postura de su señora.
—Aunque no me creas, siento tu pérdida, que también es la mía.
Había desesperación en cada gesto, en cada palabra arrastrada.
Saore ya no confiaba en nadie. Había sido una necia al pensar que la invitación de Hadad era una táctica diplomática para acercar los dos pueblos.
El gobernador se movía solamente por sus intereses.
Saore le importaba, por supuesto, la amaba hasta la obsesión, pese a que no sabía con qué propósito lo hacía.
Si le había salvado la vida, lo había hecho movido por el egoísmo, por no sufrir su ausencia definitiva otra vez.
¿Y Gharatar? Él también estaba perdido. Tampoco confiaba en él.
El destino que otros habían decidido por ella se mostraba incierto.
—Sé que piensas que soy un traidor, y no vas errada. También sé que no me vas a creer si te cuento que mis motivos han sido nobles para nuestro pueblo.
No, no quería escuchar una palabra más de la boca de Gharatar.
Durante el trayecto en barca hasta la isla del faro había permanecido callado, y así quería que continuara.
Con las primeras luces del alba, todavía se podía ver el humo del fuego que había arrasado su hogar, así como las hogueras de destrucción en Aiporta y Asta.
Sin embargo, tenía muchas preguntas, y valoró si valía la pena conocer las respuestas.
—Mi padre siempre os ha tratado como os merecéis, a ti y a tu padre, y sé que mi hermano podría haber sido un rey a la altura de Argantonio. ¿Por qué entonces…?
—Saore, tu padre fue un rey justo. Pero un rey no es un artesano, ni un agricultor ni un minero.
La justicia se reparte desde un trono labrado frente a una mesa repleta de viandas.
¿De qué nos ha servido la bondad de tu padre, si el mío pasó los últimos años retorciéndose de dolor, anegado en sus propios esputos de sangre?
—Gharatar curvó la boca en un rictus que nunca pretendió ser sonrisa—.
Sí, la vida es la que es, los hijos del pueblo heredan el yugo, igual que vosotros heredáis la corona y los privilegios.
Nosotros levantamos las ciudades, explotamos las minas y llenamos los mercados de comida.
Ciudades, minas y mercados que no nos pertenecen.
Saore, tu padre nos trató como merecíamos.
Ahí está la frontera entre nosotros, que es más profunda que un abismo.
Calló unos instantes, perdido en una arenga sin público que solo iba dirigida a él mismo.
—Esa frontera que nos separa es la que a mí me impide explicarte por qué me vi obligado a abrir las puertas a los cartagineses, y a ti, llegar a entenderlo algún día. Y perdonarme.
Metió una pequeña manta de lana dentro de una bolsa de cuero atada con cordones.
De la despensa sacó dos manzanas y un pequeño paquete de pescado en salazón, que guardó junto a la manta.
Se colocó la bolsa al hombro y salió de la choza.
Saore, confusa, se apartó de la puerta cuando Gharatar pasó por su lado.
Lo contempló caminar hacia la playa desde el umbral de la puerta.
De golpe, se giró y la miró con expresión de perplejidad.
—Gharatar, ¿tengo que quedarme aquí para siempre?
—¿Quieres pasar el resto de tu vida en este condenado faro, Saore? —gritó, a varios codos de distancia. La irritación de su voz iba en aumento—. ¡Date prisa, por todos los dioses! Tengo que volver antes del atardecer para encenderlo.
La joven se cubrió con el chal y echó a correr hacia la playa, tras el farero.
—¿Adónde me llevas?
—A Caura de Baal Safón, cerca de la desembocadura del río.
No te acerques a la ciudad, bordea el río hacia los bosques de montaña.
En algún momento, alguien dará contigo y te llevará a la sierra.
Saore, escúchame bien. —La tomó de las manos.
Ella quiso evitar el contacto físico, pero Ghatarar la sujetó con firmeza—.
Olvídate para siempre de la costa. Tarteso ya no es tu reino.
Huye al interior y lleva tu legado con la frente bien alta.
Tu vientre es fértil, igual que el de tu hermana.
La sangre de Gerión corre por vuestro interior.
Saore dio un respingo cuando Gharatar mentó a su hermana.
—¿Nora… vive? —titubeó.
—Seguramente. No lo descarto. El destacamento que la acompañó no regresó jamás a Asta, ni tampoco la partida de soldados que el general Baldo mandó a la sierra. El pueblo de Tarteso todavía vive en vosotros. Huid de los cartagineses, viajad al norte, al oeste. Y empezad de nuevo.
—Acompáñame, Gharatar. Tú también eres tartesio.
El farero le soltó las manos y sonrió con melancolía.
—Yo ya estoy condenado, mi princesa. Sálvate y sálvanos, Saore, hija de la sangre de la diosa.
La mujer se tumbó bajo la banqueta de la barca. Gharatar la cubrió con la manta. Se sentó sobre ella y tomó los remos. Tres horas después, llegaron a la desembocadura del río Tar. Guardó la manta en la bolsa y se la tendió.
—Muchas gracias, Gharatar. Te recordaré en mis oraciones.
—Saore, en los funerales de mi padre quisiste abrazarme y rechacé tu gesto de afecto con todo el dolor de mi corazón.
Te dije que te recordaría cuál era el momento adecuado para abrazarnos.
Con el mismo dolor que me atenaza por dentro, te digo que ahora sí, que saldemos la deuda que tenemos pendiente lo antes posible.
Saore se acercó al farero, pero no extendió los brazos, sino que los colocó sobre su pecho. Gharatar la rodeó en un abrazo que esperó que fuera mutuo, pero, ante la actitud pasiva de la joven, se separó de ella.
—Cuídate. Busca tu nuevo lugar y construye tu hogar en él.
Saore lo miró por última vez y se adentró en el bosque.