Epílogo
El sendero de álamos bordeaba el río, empequeñeciendo la silueta de Saore, que caminaba a la espera de una señal, una huella nueva, algún vestigio de presencia humana reciente. No vio nada.
En poco tiempo el sol se escondería por el oeste, detrás de las montañas. Tenía que pensar en buscar un lugar para refugiarse de la humedad y de las alimañas. Sin embargo, siguió caminando.
A la izquierda del río, apareció un sendero más estrecho, iluminado por los rayos de sol incapaces de penetrar entre las copas de los álamos.
Parecía que un millón de pasos hubiera prensado la tierra, pues no crecía una mala hierba a su alrededor.
Saore se desvió de la ruta que debía seguir.
La luz menguante del sol la llamaba a investigar el sendero.
De repente, un claro se extendió delante de ella.
La hierba dorada destacaba contra el verde mate de la loma de la montaña.
Sin embargo, un gran destello rojizo llamó la atención de Saore.
Al final del claro pacía una manada de bueyes.
A medida que el sol se escondía, el pelaje de los animales ardía como el fuego sagrado en un altar.
Un tapiz vivo de tonos rojos, verdes y dorados.
Saore, hija de la sangre de la diosa, cuya misión era guiar a su pueblo hacia un nuevo origen; hija de la luna, portadora de la luz de una estirpe de reyes. Los hijos e hijas de Gerión juraron proteger, con su vida si se precisara, los animales sagrados del reino.
Contempló los bueyes, ajenos a la presencia de la princesa.
A pocos codos, empezaba el bosque de árboles de bellota.
Las bestias, no obstante, descansaban en el espacio abierto.
Parecían absorber la última luz del día, que fulguraba en destellos cobrizos.
De vez en cuando, el resoplido de alguna de ellas sobresalía sobre el zumbido de las primeras chicharras.
Un buey, el más voluminoso de todos, alzó la cabeza, escudriñando la llanura sin urgencia.
Los cuernos, como tocado obsceno de un rey, brillaban a su vez como el marfil llegado de tierras lejanas.
El aire, lejos del río, ahora transportaba partículas de polvo y el aroma empalagoso de la tierra caliente y la hierba seca.
Saore empezó a medir el tiempo, a partir de entonces, no por la presencia y ausencia de luz del sol, sino por el devenir de las estaciones.
El buey se desperezó y empezó a caminar hacia ella.
La manada lo siguió sin prisa. Todo sucedió a un ritmo distinto del de la vida en Asta, como si en la sierra el tiempo transcurriera inmerso en una calma antigua, una que no conocía el progreso ni la tecnología, el intercambio comercial ni la diplomacia.
Saore sintió un fuego que le ardía en las entrañas, que se extendía por cada superficie de su cuerpo y la calentaba sin lastimarla. Un fuego que no había sentido jamás. Un fuego único y primigenio. El fuego que necesitaba para abrir la puerta a un nuevo hogar.