Capítulo 18 #3
Irenio solía mostrarse muy comedido y protocolario en Tarteso, pero aquella noche se le veía pletórico.
La estela negra de la flota cartaginesa navegando a pocas millas de Emporion no le enturbió la alegría del nombramiento y de la fiesta que Egan había preparado en su honor.
Cuando tomó la cílica de las manos de Argenis, agarró al niño con la muñeca para acercarlo hacia él.
Saore se incomodó ante la sorpresa del niño cuando la mano de su marido se perdió entre los pliegues de la túnica de Argenis.
Le susurró algo al oído, Argenis sonrió e Irenio lo apartó de su lado con una sutil palmada en el trasero.
En un rincón del peristilo, los músicos amenizaban la velada.
Dos de ellos tocaban la forminge. A Saore le pareció que hacía años que no tañía la suya.
La había dejado en el palacio de Isla de Gerión, abandonada.
La voz que gritaba en silencio en su interior le pedía que se levantara y se uniera a ellos, pero sabía que aquel gesto inofensivo empañaría los ánimos de su marido.
El sonido del aulos le despertaba a Saore un tipo de frenesí sosegado que le hacía conectar con una parte del Gran Mar todavía desconocida para ella y que, estaba más que segura, conseguiría amar tarde o temprano.
Sin embargo, de entre todos los músicos, solo uno de ellos llamó la atención de Saore.
La presencia del citarista contrastaba con la manera de tocar su instrumento.
De todos ellos, era el único que tocaba sentado directamente en el suelo, sobre cojines, con las piernas cruzadas.
A su lado, imitando la posición del hombre, dormía enroscado un perro de pelaje negro satinado con motas blancas en las patas delanteras.
El músico era mayor que Irenio y más joven que Egan, sin duda, pero tenía una edad difícil de acertar al no poder percibir los rasgos característicos de la madurez.
Se peinaba como un adolescente, tal vez por comodidad o por desidia, con un moño retorcido sobre la coronilla.
Pese a su apariencia calmada, tocaba la pequeña cítara con maestría y movía los dedos sobre las cuerdas con tal energía que producía con cada nota una atmósfera envolvente como la niebla de las primeras horas del día.
La melodía de la cítara destacaba sobre los otros instrumentos, elevándose y cayendo en picado, invitando a los presentes a formar parte de aquella vorágine.
Tan solo Saore parecía reparar en la calidez de las notas, que la embriagaban como el vino que tomaban los hombres.
Una vez finalizada la tonada, el músico se incorporó levemente para mirar a los invitados y se cruzó con la mirada embelesada de Saore, la princesa tartesia de la que todo Emporion hablaba.
Las cejas del músico eran tan ralas que parecían ausentes, por lo que el rostro quedaba enmarcado tan solo por los rizos rebeldes que se le escapaban del moño a lado y lado de la cabeza.
Le sonrió con una exquisita apacibilidad, con los ojos cerrados, apenas curvando la comisura de los labios e inclinando la cabeza.
Aquel hombre tenía un rostro etéreo, se dijo ella. Como su música.
Los otros músicos siguieron tocando sin él, que se levantó para buscar un cuenco con frutos secos.
El perro lo siguió. Saore decidió que, si bien no iba a poder tocar aquella noche, al menos quería conocer a los músicos.
Le preguntó a Mirrine si le apetecía dar un pequeño paseo para estirar las piernas y hablar con los invitados, pero la joven prefirió quedarse sentada.
Se acercó al citarista por detrás y le tocó con delicadeza el hombro.
El hombre se giró y, sin mostrar ningún gesto excesivo, dio un paso atrás para guardar la distancia con Saore y la saludó inclinando la cabeza.
—Salve, princesa.
—Quiero felicitarte por tu maestría con la cítara. Posiblemente seas el músico más virtuoso que haya conocido jamás.
—Me honras con tus palabras, princesa.
—Prefiero que me llames por mi nombre, Saore. ¿Cuál es el tuyo?
—Me llaman Foteinos —contestó—. Soy el aedo de Emporion.
Anthousa les había hablado de la existencia de los aedos helenos, narradores de historias y hazañas, a medio camino entre un músico y un escritor.
La fama los precedía y se les consideraba como una herramienta indispensable para mantener la tradición oral y recordar las batallas acontecidas en la antigüedad.
Entablaron una conversación formal. Saore le explicó que había leído los textos de Homero y que sabía tocar la forminge desde niña.
Foteinos y ella intercambiaron información sobre epopeyas y poemas, hasta que Egan hizo llamar al músico.
—Compañeros, ahora que todavía no estamos demasiado ebrios, vamos a demostrar quién es el mejor tirador de todos nosotros. Apurad las cílicas y dejad el último sorbo para el cótabo.
Los hombres empezaron a corear hasta formar una sola voz que retumbaba entre las columnas del peristilo:
—¡Cótabo, cótabo, cótabo!
Las pocas mujeres invitadas a la fiesta se retiraron con discreción hacia las estancias interiores de la villa de Egan.
Mirrine tomó del brazo a Saore para llevarla con ellas, pero la princesa no se movió del banco.
Irenio, a lo lejos, le hizo un gesto con la cabeza para que abandonase el peristilo, pero lo ignoró.
Los esclavos de Egan despejaron la parte central del peristilo para colocar, en medio, un kliné con cojines y, a unos codos de distancia, una estructura de la que Saore no había oído hablar hasta aquel momento.
Sobre la base ancha se levantaba una varilla de la estatura de un hombre, que sostenía en la parte superior una especie de disco metálico en equilibrio y, a media altura, un platillo de bronce invertido decorado con incisiones geométricas.
—Prestad atención a las palabras de nuestro aedo Foteinos.
Foteinos agarró la cítara y se colocó detrás del kliné . Arrancó unas notas lentas y dulces, como el vino que servía Argenis. Antes de recitar, miró a Saore sin ninguna expresión precisa:
El vino es el espejo del hombre
y muestra quién es sin engaño.
Que las cílicas hablen ahora,
que lo oculto se diga sin temor.
Saore tuvo un mal presagio, un ardor corrosivo que le viajaba desde las entrañas hasta las sienes, donde palpitaba en alerta. Foteinos prosiguió con su lírica.
Lanzo el cótabo en honor de la bella Eurídice
para conocer si realmente me ama.
Que el vino se alce con mi deseo.
Si resuena el platillo, tendré esperanza
de robar un beso a mi amada.
Uno a uno, todos los asistentes se fueron reclinando en el kliné , sobre el codo izquierdo.
Sujetaban las cílicas con el dedo índice introducido en una de las asas.
Levantaban el hombro y, antes de hacer ningún otro movimiento, dedicaban el lanzamiento a algún esclavo o esclava de Egan para obtener, como premio, un beso o lo que el esclavo estuviera dispuesto a hacer, con el permiso del gobernador.
Con un gesto de muñeca, volcaban el recipiente de tal manera que el vino que reposaba en el fondo de la cílica saliera despedido hacia el disco del cótabo.
Sin éxito, el vino se acumulaba en el suelo formando un mosaico de manchas oscuras sobre la grava.
Llegó el turno de Irenio, que, pese a la euforia, no presentaba los mismos síntomas de embriaguez que muchos de los participantes.
Apoyó el codo sobre un cojín y buscó con la mirada el objeto de su deseo.
Esbozó la sonrisa más delicada que jamás había dedicado a nadie y besó con suavidad el borde de la cílica.
—Lanzo esta por ti, Argenis.
El vino salió despedido con precisión sobre el disco superior, y este, a su vez, cayó sobre el platillo del cótabo produciendo un tintineo metálico que reverberó durante unos segundos en los que todos permanecieron en silencio.
Cuando el platillo se estabilizó, los hombres estallaron con vítores a Irenio mientras le palmeaban el hombro.
Saore quedó petrificada cuando se dio cuenta de las verdaderas normas del juego y vio a Egan acompañando a su hijo hacia el kliné donde lo esperaba Irenio.
¿Qué depravación le obligaría a hacer al niño?
Argenis caminaba con el rostro agachado y una media sonrisa de cortesía.
Irenio se palmeó la rodilla dos veces para decirle al niño que se sentara sobre ella, el mismo gesto que le hacía a Saore cada vez que precisaba de cierta intimidad.
El rubor le empañó la razón y, con brusquedad, se levantó del banco y abandonó el peristilo.
Segundos después, Irenio besaba las mejillas de Argenis con dulzura mientras los invitados aplaudían al ganador del juego del cótabo.
Foteinos encontró a Saore en la entrada de la villa de Egan. Caminó hacia ella arrastrando las sandalias, con un ruido exagerado e innecesario, para que se diera cuenta de que no estaba sola. Intentaba contener las lágrimas y la ira. El perro se paró a pocos dedos de ellos.
—Saore, ¿me permites hablar contigo?
La princesa asintió y, antes de que Foteinos dijera nada, empezó a llorar en silencio, con la falta de pudor que muchas personas se permiten ante los desconocidos.
—Apenas hemos intercambiado unas cuantas palabras, pero me gustaría compartir contigo una reflexión.
—Foteinos carraspeó antes de proseguir—.
Una de las tareas de un aedo es ser un buen comunicador.
Y para comunicar correctamente, ante todo uno tiene que ser observador y prudente, analizar todos los matices de un objeto para hacerse una idea lo más completa posible.
Sé que tengo un don, una especie de clarividencia que me permite ver la esencia más remota de las personas.
Y tú, Saore, tú tienes una luz propia en la que dudo que haya personas incapaces de reparar.
La tomó por las muñecas con delicadeza, como lo hacían los helenos, pero apoyó el pulgar sobre la palma de su mano.
Saore se sintió conectada con aquel hombre a través del leve contacto.
Foteinos se le antojaba como la estrella que aparecía con las últimas luces del atardecer para acompañar a los barcos en las peligrosas travesías nocturnas.
—Ser portadora de una luz tan candente tiene sus desventajas.
Demasiada intensidad deslumbra sin remedio; demasiado calor abrasa.
Eres una persona capaz de encontrar el equilibrio y sacar provecho de él.
Te has casado con un hombre poderoso que no te merece, que no está a tu altura.
Mantente por encima de él, Saore, que jamás te pisotee.
Abissabar le había dicho lo mismo la noche de su boda, y su padre, durante toda su vida, se había encargado de repetirle cuánto valía. Cuando alguien que te ama te repite con insistencia el mismo consejo es que una misma no es capaz de ver el peligro que está a punto de atravesar, pensó.
—Foteinos, te agradezco cada una de tus palabras. Me has insuflado la fuerza que necesitaba justo cuando empezaba a flaquear —dijo Saore. Dudó unos instantes antes de formularle una pregunta que, delante de los invitados, habría estado fuera de lugar—: ¿Puedo darte un abrazo?
Foteinos la rodeó con sus brazos acorchados de músico y la tapó con la manta de su cuerpo del mismo modo que protegería a un recién nacido del frío de la madrugada.
Resguardada entre sus brazos, echó de menos a su padre, a Anthousa, a sus hermanos.
A todas las personas que la habían hecho sentir segura en algún momento de su vida.
El perro, aquel animal silencioso que no dejaba solo a su amo ni un instante, se acercó a ellos y le lamió el tobillo a Saore. Supo que podía confiar en el músico.