La portadora de la luz Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Oh, Mirrine, querida mía. Quedémonos un rato más en la playa —le rogó con dulzura—. No te preocupes por volver tarde. Además, la puesta de sol es el momento más bello del día. Y, desde la playa, es todavía más agradable. ¿No crees?

—Claro —titubeó la joven.

—Imagino que no sueles abandonar el gineceo cada vez que deseas pasear, ¿me equivoco?

—Así es.

—Mirrine, mi mathetria era eolia. —Saore tomó la mano de su amiga y sonrió al evocar a Anthousa—.

Me enseñó todo lo que sé. Me formé en la cultura helena, pues es la cuna de los mejores poetas, pero nunca he dejado de lado mi esencia.

Nunca le he dado la espalda a mi gente, ya que soy así gracias a la educación aprendida de mis ancestros, aquella que no puede enseñarte ni el mejor tutor del mundo.

Es importante que conozcas que cada pueblo tiene unas tradiciones que lo hacen propio y que estamos conectadas a ellas con unos lazos que son diferentes para cada persona. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

La joven volvió a asentir, pero su sonrisa tensa le dijo a Saore todo lo contrario.

—Algunas tradiciones nos permiten entender quiénes somos —prosiguió—; otras, en cambio, nos impiden mostrarnos reales, pues son restrictivas con la naturaleza de cada uno, en especial con la nuestra, con la de las mujeres jóvenes.

Tu padre es un hombre poderoso aquí y vela por tu seguridad a cada paso que das.

No le haces daño a nadie saliendo a pasear, ni a tu padre ni a ti misma.

Saore hundió los dedos en la arena. Sintió la humedad atrapada bajo la primera capa.

Sabía que sería capaz de levantar su hogar en cualquier lugar, pues era capaz de encontrar la serenidad que transmitía cada paisaje.

El sol brillaba en todos lados por igual, con mayor o menor intensidad; las olas de mar morían en la orilla aquí y allá.

El viento transportaba aromas. Las gentes se cuidaban y se protegían entre ellas.

Y, pese a esos nexos, a Saore le gustaba buscar las pequeñas diferencias: en la playa de los pescadores, la arena era más gruesa, más oscura y más caliente que en el lago de Tarteso.

Argenis correteaba por la playa entre los pescadores.

La esclava lo perseguía sorteando las redes de pesca y los recipientes con las vísceras de pescado.

La luz del día se hacía cada vez más tenue y el cielo fue adquiriendo los matices grises del plomo.

Sin embargo, el sol se iba escondiendo de espaldas a las muchachas.

—Es una pena que desde aquí no se pueda disfrutar de la puesta de sol sobre el mar. El último rayo de sol es verde, fugaz como el vuelo de una mariposa, pero igual de bello.

Mirrine contempló en silencio el mar como si fuera la primera vez que lo viera. Saore era un tanto extraña; no era capaz de entender todo lo que decía, pero le gustaba la manera que tenía de ver el mundo que la rodeaba.

Llamó a la criada. Ya era hora de regresar hacia la villa de Irenio.

El consejo de ancianos había decidido por unanimidad que Hiram debía asumir el cargo de rey de Tarteso lo antes posible.

La luz de Argantonio menguaba a cada momento.

Ataralki había empezado a confiar todas las vicisitudes del reino al príncipe heredero tras la presencia focea al norte de la sierra, la frontera entre el reino de Tarteso y los pueblos del interior.

El próxeno Agathon había negado todas las acusaciones de que los foceos estuvieran construyendo una red de transporte que comunicara Mainake con los estuarios del Tagos o con el curso del mismo río en los llanos del territorio.

Ataralki le manifestó a Argantonio las dudas que tenía sobre el futuro de las relaciones diplomáticas y comerciales con los foceos una vez reubicados en la misma ribera del Gran Mar.

Masalia apuntaba a convertirse en la nueva polis tarde o temprano; sin embargo, los fenicios decían que Mainake tenía los días contados, ya que, poco a poco, las tropas de los magónidas se iban apoderando de los emplazamientos costeros al norte de Malaca.

Argantonio, sin embargo, repetía que el esplendor de Tarteso había sido consecuencia de los lazos con los helenos, y que tenían que hacer lo posible para volver a recuperar la relación de antaño.

Preguntaba con insistencia si había noticias de Saore y, ante todas las negativas, languidecía en su lecho un poco más.

Hiram quiso contarle personalmente a su padre que el consejo de ancianos le recomendaba que abdicara del cargo a su favor, pero que el rey disponía del poder de designar el veredicto.

—Hijo, estoy cansado —suspiró—. Soy el recuerdo del rey de antaño, las fuerzas me abandonan y mi cabeza ha perdido la lucidez.

Buscó la mano de Hiram, que estaba echado a su lado.

—Confío plenamente en ti. Serás un rey digno de Tarteso.

El príncipe apretó la mano de su padre con cariño y se la llevó a su pecho.

—Sé que siempre estaré a la sombra de ti, el gran rey Argantonio. Y es un honor para mí que se me compare contigo.

Padre e hijo quedaron en silencio, cada uno valorando la magnitud de un cambio tan significativo como el traspaso de poder de un rey a otro. Fuera de la cámara, no se oía más que el ajetreo de la vida en un palacio.

—Padre, he pedido que traigan los fragmentos de la espada de Crisaor del templo de Baal. Voy a forjar mi propia espada y quiero que la sabiduría de nuestro fundador me guíe cuando tú ya no estés.

Al día siguiente, Hiram se presentó en uno de los talleres de Hailama, que seguía formando parte del consejo.

Él mismo lo acompañó hacia donde preparaban los moldes de arcilla.

Le señaló el suyo y Hiram le dio el visto bueno.

En un rincón, los hornos. Hailama le pidió al príncipe que le ayudara a transportar los metales hacia el pequeño horno que usarían ellos.

—Mi señor, lo primero que vamos a hacer es fundir el cobre y añadir una pequeña parte de estaño para mezclar los dos metales en la proporción perfecta —explicó Hailama.

Le tendió unas tiras de cuero para que se cubriera con ellas la palma de la mano y las muñecas—.

Introduce las lascas de cobre en el recipiente, con cuidado de no quemarte.

Hailama lo colocó con pericia dentro del horno, con unas largas tenazas, y, cuando se formó el bronce, lo trasladó con el metal líquido para rellenar el molde de arcilla.

—Mi señor, déjame volcarlo a mí para evitar accidentes. Si lo deseas, puedes dedicarte a la espada una vez que la desmoldemos.

Cuando el metal se hubo enfriado lo suficiente para seguir trabajando en la espada del futuro rey, rompieron el molde de arcilla para extraer la pieza.

Hailama dispuso el arma sobre la mesa de trabajo. Los dos hombres calentaron sobre la llama del fuego los fragmentos de la antigua espada de Crisaor y, a la señal de Hailama, los colocaron sobre la hoja. El anciano tomó dos martillos y le ofreció uno a Hiram.

—La hoja todavía está caliente, mi señor, por lo que debemos martillear a ritmo constante para darle la forma que deseas.

Entre los dos hombres, perfilaron la silueta de la hoja de la espada con golpes precisos. Ya acabado el forjado de la hoja, Hailama la enfrió con agua para proseguir trabajando el doble filo, primero con el martillo y después con una piedra abrasiva para terminar de pulirlo.

—Mi señor, había pensado montar una empuñadura sencilla, de madera y cuero quizá, que sea fácil de manipular.

—Me parece buena idea.

—Hay que terminar de pulir la hoja para darle la forma definitiva y un acabado brillante. Mi señor, ¿qué inscripción deseas que figure?

—Ninguna, Hailma —respondió el príncipe—. Quiero que la hoja se cubra de oro y, sobre él, se graben las tres cabezas de Gerión.

—Mi señor, la capa de oro se quebrará al primer contacto brusco que tenga —apuntó Hailma. El rostro del príncipe permanecía impasible, por lo que se corrigió—: De todos modos, espero que jamás nos veamos frente a batalla ninguna.

—Si hay que luchar para defender los intereses de mi pueblo, poco me importará que salten las lascas de oro sobre los cuerpos de los que nos desafíen.

—Que así sea entonces, mi señor.

Hiram agarró a Hailama por los hombros y juntó la frente con la del forjador.

—Te estoy muy agradecido por haberme permitido forjar la nueva arma del rey. Jamás olvidaré este día.

Argenis había sido honrado con el cargo de copero en la fiesta de nombramiento de Irenio como gobernador de Alalia.

En el centro del peristilo, habían colocado una mesa baja con una enorme crátera de más de un codo de altura y dos bellas asas en espiral que imitaban el trabajo sobre madera.

Estaba decorada con multitud de figuras negras que representaban diferentes escenas de la mitología helena.

Desde donde estaban sentadas Saore y Mirrine, se admiraba con claridad, en el friso superior de la crátera, el cortejo nupcial frente a la casa de Peleo el día de su boda con Tetis.

El niño paseaba de un lado al otro con la belleza pura de un mármol recién tallado, vestido con una especie de exomis blanco y ligero que dejaba al descubierto los brazos y parte del pecho, con la musculatura todavía a medio desarrollar.

Vertió un ánfora de vino dentro de la crátera para mezclarla con agua.

Sus movimientos eran gráciles y elegantes.

Estaba pendiente de las indicaciones silenciosas de su padre para servir más vino o, por el contrario, limitar la bebida a los invitados.

Argenis se acercó al banco donde conversaba Egan con Irenio, con una cílica para cada uno.