Capítulo 18
Diez días después atracaron en el puerto de Emporion, un lugar de contrastes. El ajetreo eterno de comerciantes, mercaderes y estibadores en los muelles se oponía a la vida apacible en la colonia.
El puerto de Emporion, junto con el de Masalia, era uno de los enclaves más importantes en las actividades de intercambio en las rutas marítimas del occidente del Gran Mar.
Los colonos se establecieron en el mismo litoral, en el llano formado sobre el lecho de una antigua rambla, bajo el amparo de una pequeña colina que ahora funcionaba como destacamento militar.
El puerto parecía doblar en millas la superficie de la ciudad.
Desde el barco, cuando Emporion se empezaba a perfilar, Irenio le señaló a Saore un promontorio frente al puerto de mercancías.
La primera ciudad se había emplazado en aquel lugar, que estaba comunicado con la costa mediante una lengua de tierra que, a su vez, ejercía las funciones defensivas de un espigón.
Pero en aquel momento, se levantaba en el promontorio un templo dedicado a Artemisa, la protectora de los terrenos vírgenes, y una pequeña guarnición que complementaba la vigilancia que llevaba a cabo el destacamento de la colina.
Al otro extremo, una dársena protegida mediante diques conectaba el muelle con un archipiélago de farallones que resguardaban la zona de carga y descarga de los temporales de levante.
En uno de esos farallones, una torre hacía de faro.
En comparación con el de Gharatar, pensó Saore, aquello parecía una atalaya abandonada.
Emporio se había diseñado para dar la bienvenida desde el mar a cualquier barco que bordease la enorme bahía.
Si bien todo apuntaba a que la ciudad viviría un auge considerable en los años venideros, tras la llegada de los exiliados de la polis, parecía que los intereses foceos se centraban en proteger la zona portuaria dándole prioridad sobre la seguridad de la ciudad.
Los pórticos del ágora se divisaban desde el mar, pues las murallas solo protegían la parte interior, como si tuvieran la seguridad de que jamás la sitiarían por mar, como Focea.
La intención de Irenio y Saore era quedarse en Emporion el mínimo tiempo posible, lo necesario para que él y Egan, el gobernador de la pequeña ciudad, resolvieran asuntos pendientes que ella desconocía.
Los primeros días se alojaron en el destacamento militar de la colina, pero, como habían advertido la presencia de una flota cartaginesa que navegaba rumbo al norte, decidieron primar la seguridad y quedarse en Emporion hasta que pudieran viajar a Masalia sin peligro.
Los trasladaron a una pequeña villa cerca de la playa, a dos vías del ágora.
Aquella sería su primera vivienda como esposos, se dijo Saore.
Aunque fuera un domicilio temporal, paseó por primera vez entre sus estancias con los anhelos de una mujer casada que necesita convertir una casa en un hogar.
Un oikos , a partir de entonces. La villa era más pequeña que las edificaciones colindantes, con un peristilo en el centro, rodeado de columnas simples, desde el cual se repartían las cinco habitaciones.
La única digna de mención era la gran sala de recepción, donde Irenio permanecía la mayor parte del tiempo desde que se habían instalado con Egan y otros ciudadanos influyentes de la colonia.
—¿Celebraremos aquí la boda, Irenio?
—Como desees, amor mío. Yo no tengo prisa, ya soy tu esposo —dijo él, afectuoso—. Si quieres esperar, podemos casarnos en Masalia, con los míos, y celebrarlo por todo lo alto.
—En el peristilo podemos poner bancos y mesas para las recepciones, ¿verdad? Las noches son húmedas y este es el lugar más agradable de toda la casa.
—Por supuesto, lo que más te guste. Saore, ven. —Irenio alargó la mano para buscar la de su esposa—. Recuerda que ahora debes respetar la cultura que te acoge.
Le tiró del brazo y la obligó a sentarse sobre sus rodillas. Hundió el rostro entre su pelo y aspiró hondo el aroma dulce de la chica.
—Egan sabe que eres tartesia y sé que se porta contigo con deferencia por tu condición de extranjera.
No me hagas quedar mal. —La tomó por la barbilla para girarle el rostro.
Sonreía y ella le devolvió la sonrisa, pese a no saber por qué—.
Cuando le sirvas el vino, limítate a ello.
No hace falta que entables ninguna conversación ni que preguntes por su familia cada vez que venga.
Sé que lo haces porque eres la persona más amable que existe, pero te lo ruego: no hace falta. ¿Entiendes?
Egan era cordial con todo el mundo. La primera impresión que la gente se llevaba al conocerlo era muy común.
Parecía eterno, sin edad definida; atraía por igual a hombres y mujeres, pues desprendía un magnetismo despreocupado que hacía que fuera fácil mantener una relación con él, del tipo que fuera.
Imponía su presencia desde que cruzaba el umbral de la puerta, pues se vestía con la misma luz del Gran Mar y, a su partida, dejaba un rastro casi tangible tras de sí.
Era tan alto como Irenio y, como él, andaba exageradamente erguido.
Saore pensó que sería un rasgo cultural.
Sin embargo, Egan reflejaba en los ojos azul grisáceos y en el pelo blanco, ondulado hacia un lado, la armonía de las olas que llegan a la playa.
Cada músculo expuesto, y los que se adivinaban bajo el quitón, revelaba la vanidad de aquel a quien le gusta que lo admiren desde el primer momento.
No era amante de las prisas, pero sí de los festejos.
Irenio se mostraba más tranquilo, más despreocupado cuando pasaba una larga velada con el gobernador.
Irenio hizo el ademán de incorporarse y ella se levantó primero.
—Egan vendrá de un momento a otro. Le he dicho que traiga a una de sus hijas, la mayor de todas, para que te haga compañía. Podéis salir a pasear, si gustáis.
Egan llegó a la villa acompañado de dos de sus hijos, Mirrine y Argenis.
Mirrine era una chica tímida y discreta, un poco más joven que Nora.
Saore y ella se habían conocido en la recepción que había tenido lugar en la casa del gobernador cuando Irenio y ella desembarcaron en Emporion.
Saore le llamó mucho la atención a la joven; era la primera vez que entablaba relación con una tartesia.
Como todos los helenos, conocía las leyendas que se emplazaban en el misterioso Tarteso y, ante ella, tenía a una princesa por cuyas venas corría la misma sangre que la de Gerión, aquel que osó enfrentarse a Heracles.
Sin embargo, sus reservas le impidieron hablar con Saore con la misma naturalidad con la que ella lo hacía.
Saore recibió a la familia, pese a que Irenio le había recomendado que permaneciera en alguna estancia hasta que se requiriera su presencia.
Las jóvenes se saludaron nada más entrar.
Entre las dos correteaba Argenis, el hijo menor de Egan, que tendría unos diez años.
Cuando apareció Irenio, el niño corrió hacia él, que lo cogió en brazos y lo abrazó con ternura.
Saore se sorprendió ante las muestras de simpatía de su marido hacia la criatura del gobernador.
Los dos hombres conversaban con distensión, pero Irenio solía interrumpir la charla para bromear con el niño o despeinarle el pelo cada vez que este le tiraba del quitón.
Irenio le profesaba a Saore afecto de una manera inconstante.
A veces la trataba como a una niña a la que educar; otras, como a una mujer de cuyo cuerpo podía disfrutar con la mesura que lo caracterizaba.
Por la mañana se mostraba amable y colaborativo; por la tarde, irritable y hermético.
Sin embargo, veía en el trato que le dedicaba al chiquillo el que les daría a sus futuros hijos, y se alegró de pensar en él como un padre afectuoso.
Saore, Mirrine y el pequeño Argenis salieron a pasear por la colonia una vez que el calor dejó de ser tan acuciante.
Los acompañaba una de las esclavas de Egan, que se encargaba de vigilar al niño y ayudar a guardar las apariencias para que a Saore y Mirrine no las criticaran por caminar solas por el barrio de pescadores.
Al sur de la ciudad, en una playa de menor tamaño, reposaban los botes de pesca a la espera de salir temprano por la mañana, ajenos al tráfico mercante de la playa del norte.
Aquella playa era uno de los accesos a la ciudad.
Llevaba poco tiempo allí, pero no era la primera vez que Saore visitaba el puerto pesquero.
Al atardecer llegaban los botes con la pesca del día.
Los observaba en silencio, desde la prudencia de la lejanía que traza las líneas de separación entre ella y los pescadores, entre ella y el nuevo mundo en el que no sabía cómo tendría cabida.
Sobre la arena, triaban y limpiaban el pescado, o remendaban las redes sentados en silencio.
Ajenos al movimiento del otro puerto, el comercial; lejos del bullicio del comercio; con el mismo ritmo que la vida en Isla de Gerión.
Saore se sentó en la arena y Mirrine la imitó.
—La luz en esta parte no es tan brillante como en Tarteso, ¿sabes?, pero el olor sí es más intenso. Siento las partículas de sal sobre la piel cuando las transporta la brisa del mar.
Mirrine asintió. No sabía cómo llevar las conversaciones con ella, pero se esforzaba por mantener viva la amistad naciente entre ambas.
Saore era muy distinta a todas las mujeres que había conocido.
Era el primer trago de agua fresca en una tarde de calor.
Estaba fascinada y amilanada a la vez ante la presencia de la princesa extranjera que había dejado el palacio mitológico del rey Argantonio para acompañar ni más ni menos que a un foceo.
—El sol se esconderá dentro de poco. Quizá deberíamos volver a tu casa.