La portadora de la luz Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Irenio, todavía tumbado en el lecho, deslizó el dedo por encima de la túnica ceñida que delimitaba todas las curvas de Saore.

—Hace unos años, uno de los Siete Sabios de Grecia, el arconte Solón, revolucionó la forma de hacer política.

A diferencia de lo que ocurría en Jonia, en Atenas la riqueza se concentraba en muy pocas manos, ¿sabes?

Cuando unos pocos controlan el buen funcionamiento de muchos, los conflictos emergen como langostas en un campo fértil.

Saore permanecía callada mientras Irenio hablaba y se despojaba de su túnica.

—Para atajar estos conflictos desde la raíz, la única solución es legislar y asegurarse de que la ley se cumpla. Querida esposa, créeme si te digo que se puede crear una ley para todo.

Contempló el cuerpo desnudo de su marido.

A excepción de la cabeza, se había afeitado cada parte del cuerpo provista de pelo.

Se había ungido sobre la piel satinada un ungüento que Saore no supo reconocer por el aroma, melifluo y algo empalagoso, para darle el lustre y la tersura que cualquier helena esperaría en su noche de bodas.

Los músculos del brazo derecho se tensaron como los de una estatua de mármol cuando retiró la piel del prepucio hacia la base del miembro viril.

—En Atenas la vida es más ordenada. Es de todos sabido la importancia de controlar las pasiones más animales para evitar los peligros del deseo.

Las helenas son las más irracionales que existen, las dominan la cólera y la histeria.

Desnúdate, esposa —le ordenó—. Túmbate a mi lado.

Ponte de costado. Así. Agárralo con firmeza, pero no aprietes demasiado.

Ahora desliza la mano abajo y vuelve a subirla. Mantén el ritmo. Muy bien, Saore.

Irenio cerró los ojos y contuvo los jadeos para seguir hablando:

—Si los hombres no dominamos los instintos más primarios, se quiebra el equilibrio y la sociedad se resiente.

Conoces los mitos a la perfección: el deseo erótico hacia el cuerpo de la mujer es peligroso y es la justificación de todas las historias de raptos y violaciones que colman nuestro imaginario.

La vida con leyes y normas asegura el buen funcionamiento de una sociedad moderna.

Las mujeres casadas no debéis incitar a la lascivia, por eso tendrías que conocer las normas de conducta antes de llegar a Alalia.

No te preocupes por eso, pues tendré toda la paciencia posible contigo.

Por suerte, no eres amante del uso de cosméticos y joyas. Tu belleza es espartana, amada mía.

Le retiró la mano del pene y la instó a tenderse de espaldas, con el pecho contra la cama.

La levantó ligeramente por las caderas para exponer su trasero a una mejor entrega.

Apretó las nalgas de Saore. La joven permanecía estática, sumisa y muda desde que su marido había iniciado la disertación sobre la necesidad de regular las pasiones matrimoniales.

—La hetaira ha hecho un buen trabajo contigo, no hay un gramo de grasa en ningún rincón de tu cuerpo. Tus muslos fuertes volverían loco a cualquiera. Zeus los habría preferido antes que los de Ganímedes.

El foceo agarró a Saore por la cintura y la penetró con lentitud hasta que se vio enterrado en la cavidad de su mujer.

Empezó a embestir, pausadamente al principio, con más rapidez a medida que su excitación lo descontrolaba.

Saore abrazó uno de los cojines de la cama y reposó la cabeza sobre la tela fina. Irenio todavía no la había besado.

La piel le ardía a la espera de la noche de bodas y su marido no había querido contribuir a que prendiera del todo.

Seguía con la perorata de que el exceso de sexo se reflejaba en una mala salud para el hombre, que una mirada era más erótica que una caricia.

Una mirada… En la oscuridad de la cámara, los ojos en llamas de Hadad brillaron con más fuerza.

Saore evocó las manos del gobernador, las que horas antes se deslizaban por la espalda de la chica para apretarla contra su cuerpo; los dientes jugando con el lóbulo de la oreja.

Las dos lenguas amándose furtivamente, protegidos bajo el amparo de los dos dioses.

Sin leyes, sin normas. Irenio ahogó un grito y se quedó unos segundos estático, todavía agarrando los muslos de Saore.

—Y por eso, mi amor, Solón recomienda practicar sexo tres veces al mes —prosiguió, una vez que recuperó el aliento—.

No importa que una norma sea buena o mala, sino que sea coherente para servir a su propósito.

Pero descuida, hay cierta laxitud en las parejas de recién casados, por lo que podemos aprovechar las noches que atraquemos en puertos helenos para cumplir con nuestras obligaciones.

Cuando lleguemos a Masalia hará demasiado calor y humedad para que yazcamos juntos.

Retomaremos las relaciones después del verano.

Ahora duérmete pronto, que mañana nos espera un día largo.

Irenio se hizo a un lado y le dio la espalda a Saore, que todavía permanecía boca abajo en su lecho nupcial. Cuando oyó los primeros ronquidos del foceo, cerró los ojos para encontrar otra vez los de Hadad. Se tapó con la manta de lana y, con los dedos, buscó la fuente de su propio placer.

Argantonio les insistía en que escucharan la voz que hablaba desde los recodos de su alma. La voz de Saore gritaba, gemía, pataleaba en silencio en lo más hondo de sus entrañas. Esa voz le decía que su matrimonio lo habían maldecido fuerzas desconocidas cuyo origen no sabía encontrar.

Se apoyó cerca de la proa. Navegaban con cuidado, evitando los escollos cercanos a la costa.

La hoguera del faro ya estaba apagada. Gharatar ya había retirado las defensas.

Tenía la esperanza de poder despedirse del muchacho, aunque fuera desde la borda del barco.

Saludarlo con la mano, gritarle unas palabras de despedida; mentirle, si hiciera falta, para robarle una sonrisa por última vez y decirle que la noche anterior había visto el rayo verde.

Sabía que Gharatar estaría en la isla, asegurándose de que pasaban sin impedimentos.

Cuando el barco se aproximó al faro, Irenio la tomó por las muñecas y la llevó al camarote que compartían.

Crisaore, hija del viento, navegará más allá del agua por el bienestar de la plata. El bienestar de su pueblo a costa del suyo.