Capítulo 17 #2
Una tarde los acompañó Altair, uno de los principales socios de Norfeus y el que lo impulsó a que ampliara el emporio al sur de Masalia. Altair era un hombre mayor que ellos y, al igual que Argus, se mantenía joven de cuerpo y espíritu.
Altair quedó fascinado por Anthousa desde el primer momento en que la vio.
La mujer los recibió con una cílica llena de vino dulce para cada uno.
Dos mechones de pelo ondulado marcaban sus facciones y el resto del cabello lo llevaba enrollado sobre la coronilla, secuestrado dentro de una redecilla tejida con hilos de oro y seda.
Nada más tomar asiento, sorprendió a Altair con alguna de sus frases ingeniosas y el comerciante estalló en carcajadas.
El hombre bebía con moderación, pero hablaba sin mesura, manteniendo la mirada fija en su interlocutor para impedir que prestara atención a nada más que no fuera aquello que tenía que contar.
Anthousa se dio cuenta de su necesidad de ser escuchado y tenido en consideración.
Cuando veía que la conversación perdía interés, daba pequeños golpes con los dedos en el brazo de aquel que compartiera la tarde con él, para reconducirlo hacia el tema del que quería hablar.
A Anthousa, en cambio, le acariciaba la rodilla para que lo atendiera solo a él.
Altair siguió visitando a Anthousa, aunque sin la compañía de Norfeus, que viajaba más a menudo.
Solía aparecer el primero para no tener que compartir a Anthousa con nadie más.
Él hablaba de los paisajes de costa que había visitado en Etruria cuando empezó a navegar por el Gran Mar, de los mercados en Atenas y en Mileto, de los aedos en Masalia.
Le pedía a Anthousa que tocara la forminge y recitara los poemas que había aprendido en su infancia.
Cuando la casa se llenaba, ella se disculpaba con Altair y partía a atender a sus invitados.
Entonces, el hombre se ausentaba sin despedirse de la anfitriona.
Una tarde de estío, ambos conversaban reclinados en los klinai del peristilo, frente a frente, separados por una mesa baja con dos cílicas y un ánfora de vino de Quío.
Pese a no mostrar ningún rastro de embriaguez, Altair volcó con una torpeza inusual la copa sobre la mesa.
El líquido se extendió sobre la superficie de madera y Anthousa se incorporó para fregarlo.
Altair se levantó a su vez y la tomó por la muñeca.
Con un golpe seco, colocó sobre el vino derramado un saco de cuero.
El vino salpicó el peplo blanco de la mujer.
—Bella Anthousa, toma este saco de monedas. Está repleto de estateros de electro para tu disfrute.
—¿A cambio de qué? —preguntó recelosa. Nadie regalaba dinero por la sola satisfacción de deshacerse de él.
—Quiero derramar el vino de tu cílica sobre tus piernas.
Anthousa dudó unos instantes. Altair era un hombre obscenamente acaudalado y estaba acostumbrado a que lo obedecieran cada vez que hacía tintinear la faltriquera repleta de monedas.
Parecía un hombre obsesivo hasta extremos que ella desconocía cuando no conseguía aquello que ansiaba.
Por un lado, el dinero de su dote no le duraría eternamente y tendría que buscar nuevos ingresos; por otro, ya no estaba obligada a dar explicaciones a ningún marido ni tutor sobre el comportamiento que tuviera en su propia casa.
Asintió en silencio y, del mismo modo, Altair la arrastró hasta la que intuyó que era su cámara.
El hombre la tumbó en el lecho y le subió el peplo hasta dejar sus muslos al descubierto.
Dio un paso atrás para contemplar el cuerpo de Anthousa dispuesto para él. Suspiró y volvió hacia el lecho.
—Tienes unas piernas tan perfectas que hasta la misma Afrodita tendría envidia de su tersura —jadeó, en voz apenas perceptible.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Anthousa cuando Altair vació el contenido de la copa a la altura de la rodilla, ligeramente doblada.
El vino se deslizó por la pierna hasta el tobillo y dejó un surco oscuro en las sábanas blancas de la cama, detrás de donde apoyaba el talón.
Altair levantó con suavidad el pie de Anthousa y se lo acercó a su rostro.
La mujer se quedó clavada. Agarraba con ambas manos el borde de la cama.
Controlaba la respiración a la espera de que el hombre hiciera algo.
Altair se inclinó sobre su pie y hundió la nariz entre los dedos.
Inspiró con lentitud, deleitándose a cada segundo que pasaba.
Soltó el aire, el vaho caliente de su boca impregnó la piel endurecida de la planta del pie.
Cuando consideró que no quería olerlo más, lo volteó ligeramente, recorrió con la lengua la protuberancia del tobillo de Anthousa y subió por el empeine.
Introdujo la lengua en el mismo lugar en que había estado la nariz.
Ella mantuvo el cuerpo rígido como una tabla por la incertidumbre de desconocer el siguiente paso que llevaría a cabo Altair.
Sin embargo, con la misma delicadeza, dejó el pie de la mujer sobre las sábanas mojadas y le dio las gracias.
Anunciaba sus visitas con la suficiente antelación para que aquella tarde no invitara a nadie a sus tertulias.
Antes de acomodarse en el kliné o en las butacas de las salas interiores, Altair dejaba sobre la mesa el saco con una generosa remuneración.
En muchas ocasiones, comían juntos y conversaban hasta bien entrada la noche.
Le rogaba que le recitara un pasaje concreto de alguna obra dramática y reía con la pureza de un niño ante los juegos de palabras de la mujer.
Altair agradecía la compañía y regresaba a su villa en su carruaje, que esperaba paciente a que la velada concluyera.
En otras, el comerciante se mostraba más exigente y, sin llegar siquiera a apurar la bebida, se dirigía a la cámara de Anthousa con peticiones cada vez más excéntricas.
Las más habituales tenían cierto componente indigno: Altair desnudo, tumbado en el suelo de la cámara de Anthousa, le pedía que lo insultara, que lo tratara como un esclavo del puerto, que lo alimentara con comida masticada.
Las tardes en que la visitaba más excitado de lo habitual, exponía lo que deseaba.
Una sola vez llevó a una de sus esclavas para que retozara con Anthousa en el lecho mientras él las contemplaba escondido entre los muebles de la cámara.
Sin embargo, lo más habitual era que le pidiera alguna práctica más específica.
Le gustaba que le vertiera un poco de vino en el ano y lo lamiera como la miel que queda impregnada en una cuchara.
Cada vez con más frecuencia, llevaba algún que otro olisbo de cuero pulido, relleno de tela prensada para otorgarle más consistencia y con la única decoración de un ojo dibujado en la cabeza del falso falo.
Altair le pedía prestados túnicas, velos y joyas a su amante, y, de aquella guisa, esperaba que Anthousa lubricara el olisbo con aceite de oliva.
Como un animal de granja, con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, gritaba de placer y dolor cuando la mujer se lo introducía con brusquedad.
Anthousa se debatía entre la fidelidad a su propia integridad y la incertidumbre con la que se teñía su futuro.
A las hetairas, al final, se las percibía como mujeres peligrosas y marginales una vez que dejaban atrás la juventud y la vida de placeres.
Compartir lecho con Altair no era agradable, se decía continuamente, pero era un amante muy espléndido en sus recompensas y, gracias a solazarse con una sola persona, podía llevar el ritmo de vida que la hacía feliz y plena.
Además, en cierto modo disfrutaba de su compañía cuando no compartían lecho, sino una copa de vino, disquisiciones filosóficas y lecturas.
Una vez le preguntó por qué se excitaba con el dolor y la humillación propia.
—El placer es el fundamento de la felicidad, mi bella Anthousa —repuso el hombre—.
No hay una única forma válida de llegar al clímax, por más que la sociedad nos quiera imponer que un hombre con un estatus como el mío debe evitar los excesos de la carne.
A los hombres nos han educado diciendo que las pasiones extremas son el elemento más desestabilizador de la condición humana y, no obstante, que la finalidad en esta vida es la búsqueda de la felicidad.
Pues yo, querida, soy feliz fornicando de esta manera.
Anthousa y Norfeus mantenían el contacto cuando este regresaba a Focea.
Compartían intimidades como dos viejos amigos y, cuando Altair no estaba en la ciudad, pasaban horas en el lecho haciendo el amor a la manera habitual, con el sosiego del que no tiene prisa por ver salir el sol.
El cuerpo de Anthousa también echaba de menos las caricias sobre la piel sudada y los besos suaves como mariposas posadas en una flor.
Escuchar las palabras de amor, ciertas o no, que parecían sacadas de los poemas antiguos.
Después del placer, seguían conversando hasta que el sueño lo impedía.
Norfeus sabía que su socio era un hombre de gustos excéntricos.
Le enojaba que su antigua mujer fuera la hetaira que lo complaciera, pero no se lo manifestaba con el énfasis necesario para que ella tomara las riendas de su vida hacia otros caminos.
Sin embargo, cuando tuvo la oportunidad de llevarse a Anthousa a Tarteso, no tuvo la menor duda de exponerle todas las ventajas que comportaría empezar de nuevo en un lugar como aquel, con la seguridad de que él se haría cargo de su bienestar si las expectativas puestas en ello no se cumplían y la instalaría donde fuera, en Masalia, en Emporion, pero lejos de Focea.
—Anthousa es una de las mejores personas que han pisado Tarteso.
—Seguro que sí, no te lo discuto. Y lo seguirá siendo mientras viva, porque jamás abandonará el reino.