La portadora de la luz Capítulo 17
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Capítulo 17

«Tu lugar está aquí».

Las palabras de Hadad la atormentaron durante el resto de la celebración.

El gobernador fue el primero en abandonar el palacio.

Se despidió del rey Argantonio y presentó sus respetos a la pareja de recién casados.

Miró a Saore a los ojos una última vez. La tormenta en sus retinas había amainado y solo quedaba un vestigio de desesperación que la joven intentó borrar de su mente.

Sin embargo, una vez a solas con Irenio, no dejaba de evocar aquellos ojos de preocupación, la voz implorante ante la partida.

Y el dulce perfume de Hadad, que parecía haber quedado impregnado en cada pequeño poro de la piel que había tocado.

Estaba molesta con ella misma por no saber controlar ese tipo de emociones.

El único amor que entendía era el que nacía de la pureza de su corazón.

El amor a su padre, a su esposo, a su familia, a su pueblo, a la vida.

El amor que la motivaba a ser mejor persona, que se reflejaba en los que, a su vez, también la amaban a ella.

Su corazón había elegido a Irenio tres años atrás, obnubilado por su cultura y sus modales educados.

Era un sentimiento nacido de las tertulias, de las palabras ilustradas, de las sonrisas sencillas; alimentado con una visión de futuro compartido en el que las pasiones no regirían la manera de vivir en pareja, sino que la complementarían.

Por ese motivo, quería alejar de su cabeza la figura de Hadad y todo lo que comportaba pensar en él: la falta de control de su cuerpo frente a él o su recuerdo.

Pero también el mensaje que no había sabido descifrar tras su encuentro en la sala de audiencias.

Hadad la deseaba, era consciente de ello desde que su cuerpo de niña había empezado a experimentar aquellos primeros cambios que tanto la abrumaban.

Y aquella tarde supo que, además de desearla, se preocupaba por su integridad.

Era tan difícil entender la condición humana, empezando por ella misma…

Saore lo odiaba, sentía una aversión sobrehumana hacia él, y, por ello, se sentía culpable de que sus sentidos contradijeran lo que le dictaba la razón.

Se prometió que escondería los besos furtivos en el fondo de su ser y que, desde aquel momento, se dedicaría en cuerpo y alma a forjar su nueva vida.

Los foceos eran gente seria y recta, por lo que sabía de ellos.

Irenio era un hombre formal, demasiado sensato incluso, buenas cualidades para un gobernador, y esperaba que también lo fueran para un esposo y un padre, más adelante.

Saore sentía que, pese al desasosiego que comporta un cambio de vida para una joven, estaría protegida.

Después del encuentro con Hadad, se había apoderado de ella una insuflación de seguridad en sí misma y confiaba en su potencial para defenderse de las adversidades y salir adelante.

Revisó el cofre con sus vestidos. Entre las telas había guardado un saco de piel curtida con una presilla que le permitía colgarlo en el interior de sus prendas si era necesario.

Así se lo había hecho ver Abissabar antes de entregárselo.

Mientras empacaba sus pertenencias en el palacio de Isla de Gerión, su hermano la había mandado llamar.

Le había dicho que dentro del saco había polvo de semillas de centeno salvaje.

Insistió en que las llevara siempre encima, durante el viaje y también una vez asentada en Alalia.

Como precaución, añadió. Insistió en que jamás tocara las semillas con las manos.

Le explicó que, mezclando una cucharada de aquellas semillas con cualquier licor, provocaría una muerte dolorosa a quien lo tomara, como si millones de cuchillos destrozaran el interior de sus cavidades.

Que no dudara en usarlo si su vida corría peligro.

Por último, le recordó que ella siempre sería Saore, la princesa de Tarteso, por lo que jamás debía dejarse pisotear ni avasallar por nadie.

Ni por su propio marido, matizó. Abissabar, el hermano complaciente.

A veces se sorprendía de los conocimientos médicos que tenía, y no precisamente para sanar.

Tal vez todo el mundo fuera así, un contraste entre una cara amable y un reverso oscuro.

En la cámara, Irenio reposaba tumbado sobre la cama.

No estaba todavía dormido porque Saore apenas lo oía respirar.

No había danzado de nuevo después del baile nupcial, pero parecía afectado por el exceso de vino fenicio que había bebido desde que habían intercambiado las bendiciones frente a los dioses.

Saore se desabrochó las sandalias y se sentó a su lado, en silencio.

Aunque se había prometido no meter la sombra de Hadad en su lecho de bodas, su cuerpo quería recuperarlo una vez y otra.

Irenio había olvidado el manto púrpura en algún lugar del palacio, por lo que mostraba los brazos desnudos, lampiños.

Le acarició el mismo punto que Hadad había rozado y que le había hecho desfallecer, la parte interna del codo.

Irenio retiró el brazo y se incorporó en la cama, apoyándose sobre el brazo que le había tocado.

—Moderación, Saore —le dijo con una sonrisa que parecía más la de un tutor que la de un esposo—. La moderación es la clave para que un matrimonio funcione bien. Imagino que tu tan querida mathetria no te habrá explicado los fundamentos de un matrimonio correcto.

Saore negó con la cabeza e Irenio soltó una única carcajada, carente de sentido para la joven.

—Anthousa nunca ha querido hablarnos de las relaciones entre hombre y mujer más allá de las de los mitos y las leyendas.

—Cómo no.

—Irenio, he intentado convencerla de que nos acompañe, pero ha sido en vano.

Tal vez tú puedas hablar con ella y, aunque mañana ya es muy precipitado, persuadirla de que se traslade a Alalia en el siguiente barco que parta hacia Masalia.

—Irenio negaba con la cabeza, pero ella insistía—: Escúchame, por favor.

Ella no es focea, ya lo sé, pero ha vivido muchos años entre vosotros.

Creo que me sería de mucha ayuda para habituarme a la vida entre helenos…

—Imposible.

—Además, sé que al principio me sentiré sola y su compañía siempre ha…

—¿Acaso se te ha volcado la cabeza, amor mío? ¿Cómo pretendes que una mujer como Anthousa de Cumas viva en la residencia de un gobernador? Aquí sois más permisivos con estas cosas, os da igual la reputación que la precede. Y porque tu padre… —Se interrumpió y volvió a reír con desdén—. Ya lo sabes.

Saore no supo qué responder. Miró a Irenio como si fuera la primera vez que lo veía.

Anthousa era la mujer más culta que había conocido.

Todo lo que ella sabía lo había aprendido con las buenas formas y el buen humor de su mathetria .

Siempre había sido muy reacia a hablar de su pasado.

Sonreía y repetía hasta la saciedad que en Tarteso había sido feliz por primera vez.

Nora y ella siempre habían pensado que la mujer era una viuda que había viajado por el Gran Mar para llevar a cabo su vocación: ser institutriz.

¿Qué insinuaba Irenio? Desde la enfermedad de su padre, toda la corte sabía de los cuidados que le profesaba Anthousa al rey y, por qué negar lo que todos callaban, del amor que se tenían el uno al otro en el ocaso de la vida, cuando otros ya habrían perdido las esperanzas de volver a amar de nuevo.

En las últimas horas, Saore se había encontrado frente a palabras veladas, mensajes a medias tintas. Con Hadad primero, ahora con Irenio. Firme, exigió a su marido que hablara claro.

—Saore, luz de mi vida. ¿Ahora me dirás que eres la única persona en Tarteso que no sabe que Anthousa es una puta? O lo fue, más bien. De todos modos, quién sabe si dejas de serlo alguna vez.

Tras cinco años intentando llenar el vientre de su esposa, el magistrado Argus repudió a Anthousa, lo mismo que había hecho anteriormente con su primera esposa.

En aquellos años con las mujeres en el gineceo de Argus, Anthousa aprendió lecciones tan importantes como las que le había enseñado su mathetria Corina, las lecciones que pondría en práctica en la nueva vida que empezaría sola.

Argus puso a su disposición la dote que su tío había pagado para poder casarla de nuevo.

Anthousa, por entonces, ya no era joven para que ningún hombre la acogiera bajo su tutela, por suerte para ella.

Compró una casa cerca del mercado, que decoró con gusto y sencillez.

Una antigua nodriza iba a ayudarla por las mañanas a preparar una comida caliente y a tener su hogar siempre dispuesto a recibir visitas.

No quiso comprar ninguna esclava porque la lección más valiosa que había aprendido en casa de Argus era no menospreciar la valía de una mujer en función de su origen.

Todas las esclavas que vivían en casa del magistrado habrían sido mujeres libres en el lugar que las había visto nacer, pues ninguna de ellas estaba en aquella casa por propia decisión. Ni la misma Anthousa.

Vivió de manera holgada durante poco menos de tres años.

Su casa era el centro de encuentro de músicos, poetas y filósofos; de mujeres cultas y viudas que querían compartir sus conocimientos más allá de las paredes de sus hogares, de hombres ricos que disfrutaban deliberando entre conversaciones que trascendían la política o los negocios.

Norfeus, el primer marido de Anthousa, era uno de los asistentes más habituales a las tertulias cada vez que se encontraba en Focea.

Él y Anthousa solían conversar a solas. Compartían una copa de vino de Quío y disfrutaban de la buena temperatura en el jardín del peristilo y de la compañía del otro en la alcoba de Anthousa una vez que sus invitados se hubieran retirado.