Capítulo 16 #3
Su presencia en este mundo tenía una finalidad importante, pues la sangre de Astarté corría por sus venas; y tenía que ser madre pronto, pues era la hija de Argantonio y su estirpe debía pervivir después de su muerte.
Era hija de la luna, pero también de las sombras.
De las sombras. ¿Acaso tenía que llevar una vida sencilla, escondida en los gineceos de los que hablaba Anthousa, para poder ser libre?
Saore cerró los ojos y respiró hondo. Oía cada sonido de la fiesta fuera de su contexto como si se tratara del único que existiera: las notas prensadas de la forminge, la percusión queda, la tierra removida bajo los pies de los danzantes.
Irenio había soltado una carcajada demasiado alta.
Una carcajada franca o fingida, ya no lo sabía.
¿Podría llegar a conocer a su marido algún día?
Abrió los ojos y se encontró con los ojos de tormenta del gobernador de Gadir, que estaba sentado en el suelo, sobre un lecho de cojines bordados con motivos orientales.
Intuyó, casi pudo escuchar, la respiración agitada de Hadad, que tensaba su pecho contra la tela púrpura de su túnica con cada inspiración.
No reía, no se movía. La miraba y, de nuevo, Saore se sentía una presa de sus ojos verdes.
No habían intercambiado ninguna palabra en todo el convite.
Hadad había felicitado a Irenio con un apretón de hombros y había saludado a Saore con una reverencia protocolaria.
Durante el banquete había permanecido en un plano discreto, bebiendo vino y disfrutando del espectáculo de los músicos.
La ira que sentía Saore por la incertidumbre de no poder conocer bien a su marido se convirtió en una angustia ingobernable al ver a Hadad mirándola como la miraba.
Sin disculparse ante ninguno de los invitados, se fue del jardín buscando un poco de calma y soledad en el interior del palacio.
Pasó de una estancia a otra, en silencio, admirando las piezas de cerámica helena que decoraban cada rincón, los grabados minúsculos de cada detalle en las estatuas de bronce.
Las bodas tartesias tenían lugar en la casa de la novia y, tras el ágape, un carruaje decorado para la ocasión llevaría a los recién casados a la morada que compartirían el resto de su vida.
La unión de Saore e Irenio había roto esa tradición, pues los esposos abandonarían Tarteso al día siguiente.
Argantonio había dispuesto su palacio en Asta para el disfrute de su hija y su nuevo hijo en aquella noche especial.
Temprano, partirían rumbo a Masalia, donde Irenio tomaría posesión del cargo de gobernador de Alalia y celebrarían la boda con Saore según el rito heleno.
No quiso subir al piso superior, donde les habían preparado el lecho de nupcias.
Volvió a la sala de audiencias. Horas antes, Argantonio había bendecido su unión.
En el altar, Astarté y Baal seguían unidos por las manos.
El olíbano ya se había consumido en el quemador.
Saore colocó otra nuez de resina y se dispuso a prenderla cuando oyó el crujir de la puerta a sus espaldas.
Hadad la había seguido hasta la sala. Saore buscó serenarse con rapidez y dejó la lucerna al lado del altar.
Con una fortaleza innata en ella, la de la mujer casada e independiente, se encaró por primera vez al gobernador.
—Hadad, ¿qué quieres?
—Princesa Saore…
El hombre encajó la puerta de madera y fue sin prisa hacia ella, sin dejar de contemplar su rostro. Cuando llegó al altar, la princesa no hizo ademán de apartarse; permaneció firme en su postura:
—¿Qué quieres? —repitió, cada vez más irritada.
Hadad le tomó la mano con suavidad. El gobernador tenía las manos limpias y las uñas recortadas, pese a haber estado comiendo toda la tarde.
Deslizó con lentitud la yema de su dedo entre las manos de la muchacha, dibujando el contorno de los suyos y deteniéndose en la pequeña membrana que separa un dedo del otro para ejercer una leve presión sobre la piel suave.
Saore sintió un escalofrío que le atenazó la columna, como siempre que tenía que hablar con el gobernador, pero aquel era mucho más intenso que los habituales.
Quería zafarse de las manos de él; sin embargo, aquella delicada caricia entre sus dedos, si es que podía llamarse así, era sorprendentemente agradable.
La presencia de Hadad siempre la ponía en alerta, y siempre se encontraba ante la misma respuesta: su cuerpo era incapaz de responder ante él.
Quería abandonar la sala y volver al banquete, pero algo innombrable la retenía: el tacto de seda de los dedos de Hadad buscando recovecos remotos de su cuerpo.
—Tu lugar está aquí, con los tuyos —susurró.
Los suyos… Pensó en su padre, en sus hermanos y su hermana. En el olor de la tierra cultivada tras la lluvia, en el rumor salado de olas del lago. En la miel de los higos abiertos en el árbol.
Hadad siguió acariciando las manos de Saore hasta que notó que la tensión de ella se iba diluyendo poco a poco.
Perfiló con la uña las líneas del destino de la mano de la princesa.
Sin prisa, con los ojos cada vez más encendidos.
Deslizó el dedo por la muñeca y subió lentamente hasta llegar a la parte interna del codo.
Presionó con delicadeza y dibujó pequeños círculos sobre la piel hasta que Saore dejó escapar un jadeo ahogado.
Hadad la besó, pero no como lo hacía Irenio, agarrándola por la cara y dejando un espacio entre ambos.
Hadad la besó con rudeza, con todo su cuerpo, tapando cada resquicio que pudiera quedar entre los dos.
Saore se sorprendió del contraste entre la suavidad de sus caricias y el furor de su boca contra su cuello, buscando con desesperación los labios de ella.
Hadad puso en cada beso todas sus esperanzas.
Y ella, ella sintió que el escalofrío que le recorría la espalda cada vez que estaba con él se extendía por cada una de las articulaciones de su cuerpo.
Sentía una repulsión desmesurada hacia el gobernador y, sin embargo, ahí estaba; la lengua de Hadad había despertado en ella unas sensaciones desconocidas, que fluctuaban entre el deseo de ser tocada y la repugnancia de que fuera él el que lo hiciera.
Olvidó su lengua por un instante y aprisionó el labio inferior de Hadad entre los dientes.
Él jadeaba, respiraba con dificultad por la nariz.
Por un momento, Saore pensó en arrancarle el labio de un mordisco, como si fuera un pedazo de carne de conejo mal cocinada pegada al muslo del animal, pero tan solo se zafó de sus besos.
—Sé mi esposa, Saore, te lo suplico. Todavía estás a tiempo… —le musitó al oído, mordiéndole con delicadeza el lóbulo de la oreja.
Se apretó contra él. Olía a un perfume sutil, exótico, y al sudor almizclado que emanaba de sus poros.
Introdujo las manos por dentro de las mangas de la túnica del gobernador hasta llegar a los hombros.
Los brazos de Hadad eran tan distintos de los de Irenio, que todavía no había acariciado…
Hadad tenía los brazos y los hombros cubiertos de un vello suave, como el de un pequeño animal de campo, y la piel del brazo carecía de ningún tipo de firmeza, como si los dioses lo hubieran creado con más superficie de la necesaria.
Irenio también era voluminoso, pero no había ni un atisbo de grasa en su cuerpo y los músculos que dejaba al descubierto lucían tersos y lustrosos.
El cuerpo de Irenio quedó fijado en los pensamientos de Saore, y con esa imagen volvió a la realidad. Le clavó las uñas en la parte superior de los hombros hasta sentir cómo se hundían enteras en la carne. Hadad dio un paso hacia atrás, desconcertado, pero no mostró ningún signo de dolor.
—Prefiero ahogarme en el mar abierto antes de compartir lecho contigo.
Para la sorpresa de Saore, Hadad se arrodilló ante ella e hizo ademán de abrazarla por la cintura. La joven dio un paso atrás y chocó con el altar. De espaldas, palpó la superficie hasta dar con la figura votiva de los dos dioses. La mantuvo agarrada, sin llegar a cogerla.
—Princesa Saore, te lo ruego. No te embarques mañana —suplicó el hombre.
Se incorporó y dio un paso hacia ella, que tensó el cuerpo ante el movimiento del gobernador.
—Hadad, te lo advierto: no vuelvas a acercarte a mí en tu vida o será lo último que hagas.
—Princesa Saore, escúchame, por favor. Quédate en Tarteso, en Gadir, donde desees. Pero hazme caso, no sobrepases las fronteras marítimas.
—Eso es imposible, partimos mañana.
—¡Sé razonable! —gritó. Saore mantuvo la respiración—. Puedes ser mi esposa o aborrecerme el resto de tu vida, pero no te vayas con el foceo. Tu lugar está aquí.