La portadora de la luz Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

La ceremonia tuvo lugar en el palacio real de Asta, y no en el de Isla de Gerión, para que la ciudad entera fuera partícipe del enlace.

Los sirvientes y las damas de servicio de las princesas se trasladaron antes de los primeros rayos de sol hasta la ciudad para llevar a cabo los preparativos.

El palacio olía a tomillo, romero e incienso.

Cada una de las puertas del palacio se había decorado con ramos y guirnaldas de flores frescas, y en cada una de las esquinas de la de acceso se habían distribuido quemaperfumes de bronce de tres patas y una cazoleta grabada con dibujos de flores que ninguno de los asistentes había visto jamás.

En el patio trasero del palacio habían habilitado un espacio privado para el banquete.

Los sirvientes repartieron las viandas en las mesas bajas colocadas a la sombra de los árboles frutales: cuencos con uvas pasas e higos, fuentes de tortitas de pan ácimo, conejos de campo guisados con almendras tostadas.

Además, se habían repartido entre los habitantes que se acercaban a las inmediaciones del palacio panes de trigo y centeno, y frutas de temporada.

Saore esperaba en la sala de audiencias la llegada de Irenio sentada en uno de los dos tronos nupciales.

A su alrededor, había desaparecido el mobiliario habitual y se habían colocado banquetas de madera cubiertas con finas telas teñidas de rojo y cojines bordados provenientes del oriente del Gran Mar.

Todos los presentes, cuando pasaban a saludarla, alababan su belleza.

Iba vestida con una túnica larga de fina lana blanca, ajustada sobre la piel insinuando cada una de sus curvas y la musculatura de sus piernas atléticas.

Calzaba unas sandalias con cuentas de turquesas en las tiras de cuero, que se entrelazaban entre sí por encima de los tobillos.

Envolvía la espalda y los brazos con un manto, también de lana, pero teñido de color púrpura bordado con patrones geométricos en hilo de oro.

Tenía sobre las rodillas otro igual, para ofrecerlo a Irenio en el momento en el que el novio levantara el velo transparente que cubría el rostro y el peinado de Saore.

Poco amante de las joyas y los abalorios, Saore había escogido tan solo dos piezas del ajuar de bodas de su madre: un collar de cuentas esféricas de oro macizo, del cual destacaba la parte central; un colgante con forma de medialuna, que caía entre los pechos de Saore; y una bella diadema de pequeñas placas cuadradas y remates triangulares, articulados entre ellos con una hilera de rosetas y festones de las cuales colgaban esferas de oro que reposaban sobre la frente de la princesa y hacían destacar el tocado trenzado con el que la habían peinado.

No quiso llevar pendientes, brazaletes ni sortijas, para sentirse más libre en sus movimientos.

Tan solo se decoró las manos con el anillo que la suma sacerdotisa le había obsequiado el día anterior, con el símbolo de protección de Astarté.

Saore lo hacía girar sobre el dedo de manera compulsiva, a la espera de la llegada de su amado.

En el exterior, Saore oyó los acordes de una lira y a un coro de jóvenes cantando.

El cortejo de Irenio, al poco, entró en la sala de audiencias.

Permaneció en el trono. Tras los músicos y bailarines, apareció Irenio, vestido como un noble tartesio, con una túnica bordada hasta las rodillas y un lebbede , bajo el cual se escondían la totalidad de sus cada vez más escasos cabellos.

Mostraba una sonrisa amable a todos los presentes, pero cuando vio a su futura esposa abrió la boca en un gesto calculado de sorpresa.

Primero hizo sendas reverencias al rey Argantonio y al príncipe Hiram, y luego se aproximó a Saore.

Estiró el velo que la cubría y acarició la mejilla de la princesa con las yemas de los dedos.

Se cubrió con el manto púrpura y, antes de sentarse, le dijo al oído:

—Eres la mujer más bella del mundo.

La pareja se acomodó en los tronos nupciales, a la espera de que el rey Argantonio iniciara la ceremonia.

El monarca se levantó con dificultad, apoyado en un cayado de madera.

Se colocó ante los novios y los conminó a levantarse.

Cogió la mano derecha del foceo, la de la virtud y la fortaleza, y la mano izquierda de su hija.

Las entrelazó entre sí, del mismo modo que lo hacían Baal y Astarté en la figura votiva de los dos dioses desnudos que adornaba el altar en la sala de audiencias.

—Irenio de Focea, futuro gobernador de la ciudad de Alalia, te entrego a mi hija Crisaore de Tarteso, la que porta la espada de oro, la luz de la luna y la sangre de la diosa.

Que Baal y Astarté sean testigos de este enlace.

Que vuestros días estén llenos de plata, dicha e hijos.

Yo, el rey, tercer Argantonio de Tarteso, bendigo esta unión con el buen augurio de que estarás a su altura como compañero, esposo y hombre.

Uno de los sirvientes se acercó con un escifo de cerámica helena con la escena en la que Afrodita se encuentra con Anquises mientras este pastorea su ganado.

Irenio apretó los labios al ver la decoración de la copa, pero asumió que era un gesto de cortesía hacia su origen.

Cogió el cáliz y repitió las palabras aprendidas en los días previos a su boda:

—Te tomo, Crisaore de Tarteso, como eterna compañera, ante los dioses y los testigos. Lo que venga de tu vientre será mi linaje.

Bebió un sorbo de vino especiado, manteniendo el contacto visual con la princesa, que, a su vez, le arrebató el escifo de las manos y apuró el contenido de un sorbo.

—Hoy nace una nueva alianza, que los dioses la bendigan.

El banquete tuvo lugar en el jardín del palacio de Asta.

Entre los invitados, los músicos tocaban las liras y tambores, junto a una pequeña mesa en la que siempre disponían jarras de vino para que no decayeran ni la alegría ni la inspiración.

Uno de ellos, el que tañía una especie de forminge más rudimentaria que la que tocaba Saore desde niña, entonó leyendas de amor y bellos poemas a los esposos.

Frente a los asistentes, los bailarines llevaban a cabo una danza de movimientos veloces con los pies mientras se desplazaban en círculo.

De golpe, la música alegre cesó y todos se hicieron a un lado.

El cantor se levantó. Tocó unos acordes más melodiosos para que comenzara la danza nupcial entre Saore e Irenio.

Los esposos se colocaron frente a frente.

Irenio esperó a que su mujer lo tomara de las manos para iniciar el baile ritual de los recién desposados frente a la familia y las amistades del rey.

Juntaron las palmas de las manos a la altura del rostro de Saore y entrelazaron los dedos.

Irenio había aprendido días antes los movimientos que tenía que realizar con los pies.

De todos modos, se dejaba llevar por la princesa con cierta apatía camuflada de cansado y fingido desconocimiento de las tradiciones nupciales tartesias.

El músico tocaba unas notas suaves que creaban un ambiente etéreo alrededor de los novios.

Entonces irrumpió el pandero con movimientos constantes y, a continuación, las flautas.

Saore dio un pequeño paso al frente con el pie derecho y dobló la rodilla.

Irenio la imitó con unos momentos de desfase.

Ambos, a la vez, se retiraron y repitieron el paso con el pie izquierdo.

Desunieron el lazo de los dedos para dar una vuelta sobre sí mismos y una gran zancada a la derecha.

Los asistentes empezaron a acompañar a la pareja con un palmoteo rítmico que seguía la cadencia del pandero, que, con cada repetición, aceleraba un poco el compás.

El baile finalizó y los esposos se abrazaron. Saore acarició la nuca de Irenio y le sonrió con dulzura:

—Bésame, esposo mío.

—Saore, amada, sois todas tan vulgares… —rio Irenio, en voz baja—. Esta noche pasarán cosas increíbles en nuestro lecho, ten la paciencia de una princesa y no la de una campesina.

Volvió a su asiento y los bailarines ocuparon el lugar de los esposos para proseguir con la celebración.

Saore sintió por primera vez hacia Irenio el fuego de la ira abrasándole las entrañas.

Después de tantos años, pese a las idas y venidas constantes, Irenio conocía a la perfección cada una de las costumbres del reino de Tarteso.

Saore recordaba la primera vez que reparó en él, con la túnica corta y los rizos sobre los hombros, como un tartesio más.

Con el tiempo, Irenio se parecía más a Agathon, con aquel desdén encubierto de amabilidad.

¿Un desdén hacia lo que representaba Tarteso?

De todos modos, ahora iba a poner millas entre ellos y el reino.

Saore lo contemplaba en silencio, desde la distancia, conversando animado con su padre y sus hermanos, tan cordiales los cuatro.

Saore se vio a sí misma por primera vez como la estaban viendo todos ellos: una joven enamorada, pero con el peso del oráculo ardiendo con fuerza en la señal de la medialuna de su espalda.

Su destino estaba marcado desde su nacimiento, era consciente de ello.

Sabía de memoria las palabras que le había dictado la diosa al oráculo, del mismo modo que recitaba sus poemas helenos favoritos.

Evocaba las palabras de otros y las reproducía como si su voz les perteneciera y ella fuera tan solo la mensajera en el presente.

El oráculo había dictado su porvenir, pero otorgándole a la joven la capacidad de decidir desde su esencia más pura cuál era el camino que le convenía elegir.

Y, hasta el día de su boda, jamás se había planteado que hubiera senderos paralelos, encrucijadas y confluencias.

Saore se había dejado llevar durante diecisiete años.

La única relación que había tomado para consigo misma había sido compartir la vida con Irenio, pero no sabía qué senda tenía que caminar con él.