La portadora de la luz Capítulo 16
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Capítulo 16

La boda duró dos días.

Saore vivió el primero de ellos como una despedida.

La despedida de las mujeres importantes de su vida, las que la habían acompañado durante diecisiete años, las que habían compartido confidencias, consejos, vivencias, dudas y miedos con ella.

La despedida de su tierra y de su pueblo, de los rincones que la habían convertido en lo que era, en la princesa que anteponía su comodidad para servir al reino, de las costumbres que la habían moldeado como mujer tartesia.

Tras la despedida, un mundo nuevo aparecería ante sus ojos: estaba segura de que conocería a otras mujeres sabias y a otras gentes amables, y disfrutaría de paisajes que conocería con todos los sentidos.

Anthousa bajaba la mirada cuando la oía hablar así, pues los helenos son hostiles con los extranjeros y rudos con las mujeres, las propias y las ajenas.

No quería truncar la emoción del paso de la vida adulta de su pupila, pero lamentaba haber contado solo los aspectos más didácticos de la cultura helena y no la realidad de sus hombres.

Y en especial de sus mujeres. Siempre se había mostrado muy críptica con las niñas a la hora de hablar de su vida privada.

Había estado rezando a Afrodita durante aquellos días en los que la corte se vio inmersa en los preparativos de la boda.

Deseaba con todos los sentidos que Saore fuera una esposa dichosa, pese a que Irenio no le despertaba ninguna simpatía, pero, por otro lado, tampoco ninguna animadversión.

Era un hombre foceo más, como tantos otros.

Llegaron en barco al templo de Baal, el mismo que la había protegido desde su nacimiento.

En la primera sala, la sacerdotisa había dispuesto sobre una mesa de madera una copa de cerámica con vino de miel para cada una de las asistentes.

Las mujeres bebieron, comieron higos y uvas; conversaron sin prisa, evocando las anécdotas más emotivas que habían compartido con Saore.

Rieron, se abrazaron y también lloraron, con la mezcla de sentimientos convulsos que acontecen antes de una despedida.

La sacerdotisa preparó el altar. Encendió las lucernas y prendió las ramas. La diosa Astarté las contemplaba, con los brazos extendidos, sentada en su trono.

—Princesa Crisaore, vamos a proceder con las ofrendas.

La suma sacerdotisa del templo de Baal era la única que se refería a ella con su nombre de nacimiento.

Llevaba su nombre con orgullo, pero la dotaba de una solemnidad que no siempre era acorde a la situación.

Saore le extendió un saco tejido de esparto y la mujer lo colocó delante del altar.

En el interior contenía el último resquicio de la infancia de Saore, que iban a quemar para dar paso a la vida de mujer casada: una de sus muñecas de tierra cocida, ataviada con una túnica de lino y la frazada de lana con la que la cubrieron para llevarla al templo.

La sacerdotisa vertió sobre los pies de Saore y sobre los propios el agua de mar que contenía una jarra de cerámica sin decorar y, acto seguido, se ungió los brazos y las manos con resina de olíbano.

Instó a la princesa a que hiciera lo mismo.

La sacerdotisa la tomó de la mano y ambas se arrodillaron frente al altar y la diosa protectora.

—A ti te ofrezco, ¡oh, Astarté!, estos objetos que conectan a la princesa Crisaore con el pueblo que la vio nacer.

El humo de las ramas devorando la tela le molestaba a la muchacha, que cerró los ojos para evitar el escozor. Contuvo el ataque de tos que amenazaba con estallar desde la parte superior de la garganta tragando toda la saliva que pudo acumular en la boca.

—Ya no seré nunca más una niña, pues mañana me convierto en mujer —prosiguió la sacerdotisa, apretando la mano de Saore, que permanecía en silencio—. Astarté, acepta mis dones y protégeme en la senda del matrimonio. Que mi esposo me haga dichosa, que mi vientre se llene, que mi boca rezume miel.

La frazada ardió rápido, pero, una vez que la llama se suavizó, fue consumiendo el tejido muy despacio.

Cuando estuvo reducida a cenizas, se descubrió la muñeca de Saore, quemada por las llamas, pero intacta en su forma.

La niñez ennegrecida ante la vida de la mujer adulta.

La sacerdotisa apagó el fuego de la pira con el agua de mar sobrante de la que había utilizado para purificar los pasos de Saore y cubrió el juguete con un pedazo de tela.

Saore y la sacerdotisa abandonaron el templo de Baal, seguidas del cortejo de mujeres que habían acompañado a la princesa.

Caminaron juntas los codos que separaban el templo de la playa.

En la arena, la joven se despojó de la túnica y se adentró en las aguas del lago.

El frío le erizó la piel y la aureola de los pechos se le empequeñeció para acabar por mostrar, tan solo, dos pezones oscuros y erectos.

Siguió caminando hasta que tuvo cubierto el vientre.

Nora, Anthousa, Raha y las demás no eran más que figuras diminutas en la orilla.

Introdujo las manos en el agua. Poco a poco, su cuerpo se fue acostumbrando a la temperatura.

El agua fría dejó de ser una molestia, pues la muchacha sintió que su naturaleza se fusionaba con el líquido que la bañaba.

Se arrodilló levemente para coger impulso y empezó a nadar en el lago.

Un brazo por encima de la cabeza, luego el otro.

Nadaba con la técnica que había aprendido de Anthousa, moviendo los brazos sin prisa, con la fuerza justa para no cansarse, la cabeza hundida tan solo para que el agua llegara al nacimiento del pelo.

Respirar, introducir el rostro, dar cinco brazadas y respirar de nuevo.

Pensar en aquellos movimientos repetitivos conectaba todos los fluidos de su cuerpo en armonía con el agua.

Llevaba la mente hasta un estado de letargo en el que solo era consciente de cómo se movía el cuerpo al nadar.

Intentó recordar cuándo fue la última vez que había nadado por el simple placer de nadar, sin que fuera una obligación en las horas de ejercicios gimnásticos.

Con Nora o en la soledad necesaria que de vez en cuando hay que reivindicar.

Con cada brazada crecía su dicha, su espíritu la llamaba a vivir nuevas experiencias en unas tierras que, de otro modo, no habría visitado jamás.

Viviría con el hombre al que había amado con discreción aquellos años.

Fueron unos segundos, unos minutos de felicidad simple, sin más ornamentos que los de la imaginación de la princesa.

Saore paró de nadar y se quedó flotando sobre la superficie del lago.

El oleaje apenas era perceptible en la orilla, por lo que, a aquella distancia, el agua se mecía con la misma intensidad que el vino en una copa de cerámica posada sobre una mesa.

Cerró los ojos, los rayos de sol le quemaban la cara sin lastimarla.

En aquel momento supo que el agua del mar simbolizaba su libertad, su esencia de mujer tartesia.

Marcharía a otras tierras, echaría de menos su lugar de origen.

Sin embargo, acunada lentamente, supo que podría conectar de nuevo con quien era bañándose en el mar, apartando los pensamientos nocivos y sintiendo la vida en su cuerpo cansado después de nadar.

Se incorporó y regresó caminando hacia la orilla para proseguir con la ceremonia.

Mientras duraba el baño de Saore, la sacerdotisa llenó el lutróforo ritual con agua del lago purificada bajo la invocación de Baal y Astarté.

El ánfora era de gran tamaño, más de un codo de altura, y con un pie ancho para poderla apoyar en el suelo sin miedo a desequilibrarla.

Estaba pintada de un tono marrón más oscuro que la arcilla original y decorada a base de bandas rojas paralelas entre ellas.

La suma sacerdotisa y su ayudante la levantaron por las dos grandes asas verticales que tenía a lado y lado del cuello, y vertieron el contenido sobre la cabeza de Saore.

—Purifico mi cuerpo para que puro sea mi matrimonio.

—Purifico mi cuerpo para que puro sea mi matrimonio —repitió.

Depositaron el lutróforo sobre la arena y la sacerdotisa le hizo una seña a Nora para que le entregara la muñeca purificada bajo las llamas.

Antes de recoger la ofrenda, Saore cerró las manos sobre las de Nora, que sonreía conteniendo las emociones que ya habían florecido más de una vez a lo largo de la mañana.

Saore arrojó la muñeca con todas sus fuerzas al lago de Tarteso. Se arrodilló sobre la arena y, con un hilo de voz, se dirigió por última vez a la diosa.

—Recibe, Astarté, este don que te otorgo. Que mi porvenir sea dichoso, que mi voz sea escuchada.

Detrás de ella, notó las manos finas de Anthousa, que secaban con cariño los cabellos mojados de la princesa con un paño de lino.

El segundo día tendría que haber sido una bienvenida a la nueva vida con Irenio, pero estuvo teñido de momentos aciagos que Saore no supo anticipar.