La portadora de la luz Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Cuánta poesía encerrada en sus palabras y, sin embargo, con qué poca agitación hablada de su amada, pensó Argantonio.

Buscó la complicidad de Ataralki, pero el gobernador permanecía anclado a la banqueta, hierático e incómodo.

Tartesios y foceos estaban unidos desde hacía décadas por el bienestar económico de los dos pueblos, y qué diferentes eran a la hora de amar.

Él mismo amaba a una helena con la devoción de un hombre y un rey.

Durante mucho tiempo Anthousa fue una mujer complaciente y servicial en el lecho, pero reacia a tolerar según qué gestos de afecto por parte de su amante; le prodigaba todo su amor con la misma pátina de aparente frialdad con la que Irenio declaraba las virtudes de Saore.

Con los años, esa dureza se fue ablandando y Anthousa se volvió más tartesia y menos helena, más libre de mostrarse como había aprendido en su juventud con su mathetria .

¿Sería Irenio, con el tiempo, más afectuoso o, por el contrario, Saore se volvería cada vez más helena?

—Antes de partir a Focea —prosiguió—, le prometí a la princesa que hablaría contigo, mi señor, para pedirte que bendigas nuestra unión.

—Dime antes, mi buen Irenio, ¿has visto a Saore?

—Todavía no, mi señor —titubeó—. Quería pedir audiencia contigo antes de ir a Isla de Gerión a visitarla.

—Entonces ¿estás seguro de que ella todavía desea casarse contigo? —Irenio abrió los ojos, descolocado ante las palabras del rey—. Tal vez habría sido más prudente asegurarte de que sus sentimientos siguen intactos después de tanto tiempo sin saber de ti. Por deferencia a Saore, ¿no crees?

—Mi señor, iré a visitarla al palacio real lo antes posible.

Un silencio incómodo se apoderó de la atmósfera.

Argantonio no quería zanjar la conversación en aquel punto e Irenio se resistía a llevar un asunto tan crucial como una propuesta de matrimonio del modo tan ordinario como se acostumbraba a hacer en Tarteso, sin proponer con antelación ningún tipo de condición, de dote, de perspectiva de porvenir.

—Rey Argantonio, ¿tengo tu permiso para casarme con Saore?

—No soy yo el responsable del destino de mi hija.

Con esa sentencia, el rey dio por finalizada la audiencia con Irenio.

El enlace entre Saore e Irenio fue motivo de disputa entre los varones de la familia real.

Nada más regresar a Isla de Gerión, los príncipes se interesaron por el motivo de la audiencia en Asta con el asistente del próxeno y no dudaron en mostrar su sorpresa al conocer que el propósito encubierto era el matrimonio con Saore.

Hiram se mostró airado al saber los planes de Irenio. Era consciente, como todos en la corte, de que su hermana y él habían intimado. Después de las vivencias compartidas, el heredero se había convencido de que Saore había sido un pasatiempo más, uno de tantos.

—¡Con un heleno! Una criatura tan perfecta se merece un compañero mucho mejor.

—Hermano, tampoco hay que despreciar la posición que va a tener en Alalia —dijo Abissabar—. Saore tiene que estar con alguien de rango y, ahora mismo, la única alternativa a Irenio es Hadad.

—¡Esa alimaña! —escupió Hiram.

La sola mención del nombre de Hadad creaba un ambiente turbio.

Ninguno quería tener una mala relación con el gobernador de uno de los dos socios de Tarteso, pero aumentar las relaciones económicas y diplomáticas con Gadir no era un plato del gusto de nadie.

Más allá de la manera en la que gobernaba la ciudad, las llamas internas del vicio y la inmoralidad salían a la luz de sus ojos cada vez que hablaba de compañía femenina.

Imaginar a Saore entre sus brazos les causaba una desazón tremenda a todos ellos.

Por otro lado, el egoísmo es una parte importante de la condición humana.

Con Hadad, Saore estaría a unas horas de navegación de Asta.

Eran conscientes del valor diplomático de tener a la hija de Argantonio al lado del gobernador de Gadir, mediando cada vez que fuera necesario.

Incluso Ataralki, discreto en todos los asuntos familiares, había insinuado que, si Saore no estuviera dispuesta a casarse con Hadad, él querría ofrecer una buena dote al gobernador por desposar a su hija Raha.

—Padre, ¿tú qué opinas de todo esto? —quiso saber Hiram.

—Lo mismo que le he dicho a Irenio: que es demasiado pretencioso por nuestra parte hablar de Saore sin haberle preguntado a ella qué quiere.

Saore estaba sentada a los pies de la cama, en su cámara.

Separaba gruesos mechones de cabello y los peinaba con calma, uno a uno, con un peine de marfil rosa que Argantonio le había regalado hacía años.

Contempló el peine con detenimiento, como si fuera la primera vez que lo tuviera entre las manos.

Representaba el perfil de un ave, con un ojo enorme y rasgado y un pequeño pico que apenas sobresalía.

El tocado que salía del cuello cubría parte de la espalda del animal, sin llegar a tapar el ala recogida.

Anthousa le dijo en su día que aquel animal, mitad león y mitad águila, se llamaba «grifo», pero que no conocía ningún mito ni poema en el que tuviera un papel emergente.

—Anthousa, aconséjame: ¿me hago un tocado o tan solo marco los bucles?

—Princesa, el pelo recogido siempre es más elegante —contestó la mathetria .

Se acordó entonces de la insistencia del rey en que sus hijas fueran libres de elegir y añadió—: De todos modos, puedes aparecer como a ti te plazca, mi niña.

A Irenio le gustarás de todas formas, escoge lo que sea para verte bien tú.

Anthousa le extendió una túnica de lino dorado de manga corta, ricamente decorada en los pliegues de la falda con bordados de hilo de oro formando cenefas que recordaban plantas exóticas que nadie había visto jamás.

Saore se ciñó la túnica con un cinturón de piel que llevaba el símbolo de Astarté inscrito en el centro.

—Mi padre me ha dicho que Irenio será gobernador de Alalia —Anthousa asintió— y que quiere partir hacia Masalia en cuanto celebremos la boda por el rito tartesio.

Las dos mujeres quedaron en silencio unos instantes. Anthousa se acercó a la joven con un pequeño collar de cuentas de oro y cornalina. Un medallón de oro hacía que la joya resaltase con una roseta de doce pétalos esmaltada con detalle en su interior.

—Toma, ponte este colgante, que resalta bien con la túnica.

Saore sonrió nerviosa.

—Voy a trenzarte el pelo, ¿quieres?

—Como tú quieras. Anthousa —pidió la joven con un hilo de voz—, me gustaría que me acompañaras.

—¿Adónde, princesa?

—A Masalia. A Alalia. —Suspiró y volvió a tomar aire—. A dondequiera que me lleve el viento, con Irenio.

Anthousa repartía los bucles de Saore en grandes mechones, que trenzaba por detrás de las orejas de la muchacha con cuidado de no romper la armonía del peinado.

Se había prometido que Tarteso sería su última patria.

No quería oír hablar de volver a convivir con foceos, con helenos, ni de ser una dama de compañía, aunque la compañía de Saore era más que grata.

—Princesa Saore, mi niña bella —dijo Anthousa, con la voz quebrada—. Mi lugar está con tu padre. Voy a cuidarlo hasta el final de sus días con todo el amor que se merece.

La joven se dio la vuelta para ponerse cara a cara con su maestra. Una de las trenzas se desligó del moño y cayó sobre su pecho. Hizo el esfuerzo por sonreír, pero le temblaban los labios.

—Te voy a echar mucho de menos, Anthousa.

—Y yo, mi niña, y yo también te echaré de menos.

Se abrazaron todo el tiempo que necesitaron.

Irenio la esperaba en el salón del palacio de Isla Gerión.

Cuando Saore apareció, acompañada de Anthousa, se levantó para recibirla.

Quiso avanzar hacia ella, pero quedó absorto por la apariencia de la princesa.

La contempló sin disimulo, con los ojos encendidos; cuando ella hizo el ademán de acercarse a él, la tomó de las manos para besarlas.

—Saore, mi princesa, mi amada… Has cambiado muchísimo en estos años. Ahora… Ahora eres…

—Irenio, me alegro mucho de volver a verte —lo interrumpió.

Irenio siempre había sido un hombre muy respetuoso con ella.

Durante los periodos en los que se había alojado en el palacio real, habían recitado poesía, conversado sobre música, de mitos de allá y de aquí, le había descrito a la perfección las maravillas que poblaban su tierra y el exotismo de los territorios que se extendían a lo largo del Gran Mar.

Ante sus ojos, ahora Irenio aparecía todavía bello, pese a que los pequeños rizos castaños se habían retirado de su frente para ensancharla más y los ojos se mostraban empequeñecidos, cansados del largo periplo.

Irenio tenía la apariencia helena clásica, la de los gestos contenidos que presentaban los dibujos de la cerámica que llevaban los comerciantes.

Vagamente recordaba a Irenio vestido con túnica corta y el pelo atrapado detrás de las orejas, como un tartesio más.

Le sorprendía la pasión con la que besaba el dorso de su mano, por inusual.

Le sonrió y, en su rostro, quiso buscar la lascivia que tenían los ojos de Hadad cuando la contemplaban o la pasión en los de Gharatar cuando la adoraba.

La mirada de Irenio era distinta; estaba empañada por un enigma que no sabía descifrar.

Acercó el rostro al de ella, que cerró los ojos esperando el beso en los labios o en la frente. Sin embargo, le susurró al oído:

—En unos días serás mi esposa. —Y añadió ante el silencio de ella—: Si así lo deseas.