Capítulo 15
Hacía meses que Argantonio no salía de Isla de Gerión.
Aquella mañana se aseó con entrega. Anthousa observaba, sentada en los pies de la cama, cada gesto que realizaba el rey; los movimientos se antojaban ceremoniosos, pero ella sabía que no eran sino el resultado del deterioro con que la lenta enfermedad iba apagando a su amado.
El monarca peinó los rizos canos y los untó con aceite de tomillo, así como la barba blanca.
Puso en remojo las manos en un cuenco de agua tibia y se recortó con esmero las uñas de los dedos.
Empapó un paño de lino para lavarse los brazos y el torso.
Humedecía unos instantes la superficie de la piel y pasaba por encima el estrígil, una especie de rascadera de metal que había traído Norfeus de uno de sus viajes y que Anthousa le enseñó a usar casi a diario.
Ejerciendo una presión moderada, conseguía arrancar las pieles muertas que se acumulaban.
Argantonio se giró para pedirle a Anthousa que prosiguiera con su aseo.
La helena se colocó detrás de él y le masajeó con delicadeza los hombros y el cuello.
Por placer, por tocar su piel una vez más.
Rascó la piel de la espalda con el estrígil, cuidando de no arrancar ninguna verruga ni hacer sangrar ningún lunar.
Lo abrazó desde atrás y lo besó en el cuello.
—¿Puedes limpiarme también las orejas?
—Claro, mi señor.
Anthousa cogió del tocador una pequeña cuchara de plata y escarbó en los oídos de Argantonio, vaciándolos de sus secreciones. Con las pinzas de bronce, como hacía en ocasiones, le arrancó unos vellos oscuros y gruesos que brotaban obscenos en la parte superior de la oreja.
—Mi señor, no entiendo cómo te crecen estos pelos en un lugar tan mal disimulado.
Argantonio le tiró de la mano para sentarla sobre sus rodillas. Hundió los dedos entre sus cabellos y la nariz en su cuello. Aspiró. Olía a flores. Quiso retener ese aroma todo el tiempo posible, incluso más allá de la puerta de la ciudad de los difuntos.
—Gracias por cuidarme, mi bella Afrodita.
Anthousa se incorporó y se dirigió hacia el arcón donde el rey guardaba sus ropajes.
—Mi señor, hoy deberías usar una túnica púrpura.
—Sabes que me siento más cómodo con ropas más sencillas, Anthousa.
—Lo sé, todo el mundo aquí lo sabe. Pero hoy tienes que imponer la autoridad con tu presencia.
La barca del rey atracó en el embarcadero de Asta y un carruaje llevó a Argantonio hasta el palacio real de la ciudad.
Ataralki lo esperaba en la entrada, nervioso, como de costumbre.
Advirtió la magnificencia de la recepción, pues el rey vestía túnica de gala y lebbede , y se apoyaba en un bastón de madera decorado con filigranas.
—Mi señor, podríamos haber llevado a cabo la audiencia en Isla de Gerión.
—Descuida, mi buen Ataralki. De todos modos, hacía tiempo que no veía cómo iban las cosas por Asta. —Sacudió la mano y entró sin detenerse—. Vamos a acomodarnos en la sala de audiencias.
Irenio llegó solo al palacio real de Argantonio en la capital del reino.
A través de él, Agathon, el próxeno foceo de Tarteso, mandó sus disculpas por no estar presente en la reunión.
Asuntos urgentes lo retenían en Mainake, aseguró Irenio.
Estaban preocupados por la presencia cada vez más numerosa de barcos cartagineses en las costas. No se hablaba de otra cosa, al parecer.
—Estamos reforzando los sistemas de defensa de la ciudad. Mi señor, os recomiendo tomar más precauciones de las ya presentes. La entrada al lago está bien custodiada, pero me temo que las barreras pueden llegar a ser insuficientes.
—Gracias por la advertencia, pero tenemos la defensa de Tarteso controlada.
—¿Incluso el islote del faro? Parece fácil de tomar. Además, el muchacho que lo guarda no suele dejarse ver demasiado durante el día, según tengo informado.
—La función del faro es guiar a los barcos —respondió Ataralki cada vez más airado— y controlar el acceso junto con el destacamento de tierra firme.
—Y bien, Irenio —interrumpió Argantonio—: siempre he pensado que tu lugar estaba en Tarteso, junto a nosotros.
Durante años te has involucrado muchísimo en aprender nuestra cultura y lengua, en tratarnos acorde a nuestras costumbres y tradiciones.
En palabras del mismo próxeno Agathon, tú eras el único candidato para continuar la labor que él inició aquí.
Sin embargo, el príncipe Hiram nos dijo que tus objetivos estaban en otro lugar.
—Efectivamente, mi señor —dijo Irenio con una sonrisa enorme en su rostro desproporcionado—.
Agradezco todos estos años en los que te he servido como si fueras mi rey, pues me habéis acogido todos como si fuera un ciudadano tartesio en plena ley.
Me habría encantado pasar el resto de mi vida en este remanso de paz, pero el contexto en el que se halla ahora mismo el comercio foceo es muy distinto a lo que esperábamos.
—¿En quién habéis pensado para sustituir a Agathon?
Ataralki, a medida que pasaban los años y las realidades en el Gran Mar cambiaban, huía de la retórica diplomática para reemplazarla por palabras y hechos concisos. Sin ambages ni interpretaciones veladas.
—Agathon seguirá como próxeno de Tarteso, al menos por un tiempo. Su salud apenas se ha resentido en estos años de viajes. Mi relevo es un joven foceo, hijo de un magistrado, que ha hecho todo el periplo con nosotros. Tengo entendido que vendrá con el próxeno en cuanto le sea posible.
—Y tú, Irenio, ¿qué has decidido hacer con tu carrera?
—preguntó Argantonio. Sabía que la recepción con el asistente tenía una razón de mayor relevancia que el simple intercambio de información—.
Deduzco que la renuncia a un puesto para el que llevas años preparándote tiene un motivo de peso. ¿Me equivoco?
—En absoluto.
Irenio pidió más vino al sirviente del rey, que rellenó las copas de los tres asistentes.
—Muchos foceos se han asentado en Alalia. La ciudad se emplaza en un punto muy estratégico para todos los pueblos comerciantes del norte del Gran Mar y, como ya sabréis, es una zona disputada por los etruscos de Pirgi y, cómo no —dijo con un tono de mofa innecesario—, por los cartagineses.
—Entonces ¿te trasladas a Alalia?
—Sí, ahora mismo necesitamos forjar un entramado político y comercial fuerte entre Alalia y Masalia. Hace falta gente preparada y, desde la apoikia , sugirieron mi nombre como candidato.
—¿Para qué cargo?
—Para gobernador de Alalia.
Irenio no quiso disimular el júbilo que sentía ante la nueva oportunidad de poder que se abría ante un joven ambicioso de veinticinco años. El rey se incorporó levemente de su asiento para agarrar al foceo por los antebrazos.
—Enhorabuena, Irenio. Ordenaré una oración en el templo para augurar un buen futuro a tu nueva etapa.
—Mi señor, estoy enormemente agradecido por el trato recibido hasta ahora.
Bajó la mirada y extendió la palma de las manos. Se entretuvo unos instantes observando el estado de las uñas, recortadas y limpias.
—Mi señor, ¿podríamos hablar a solas?
Ataralki crispó los hombros ante la petición de Irenio, un gesto sutil que no pasó desapercibido para Argantonio.
—El gobernador es mi hombre de confianza. Habla con claridad frente a él.
Irenio carraspeó y se aclaró la garganta apurando la copa de vino.
—Yo… —titubeó. Miró al rey y forzó una sonrisa, tan distinta a la de momentos antes, cuando había anunciado su cargo de gobernador—. Yo quisiera hablar contigo sobre la princesa Saore.
Saore: la conversación que llevaba tantos años posponiendo consigo mismo, se dijo Argantonio.
Su hija había cumplido los diecisiete en otoño, la misma edad que su difunta madre cuando la entregaron en matrimonio al heredero de Tarteso.
Saore llevaba en algún lugar la esencia de su madre, no había duda.
En los gestos, tanto los espontáneos como los medidos; en la sabiduría que pervive en las generaciones de mujeres resolutivas y fuertes.
Sin embargo, a diferencia de su madre, se había implicado como sus hermanos en el bienestar del reino.
El raciocinio sereno de Saore había sido muy apreciado en la corte durante los últimos meses, mientras el rey se debatía por superar sus dolencias y Hiram estaba en Focea.
Por eso Argantonio veía también algo suyo en ella, así como la eterna sonrisa infantil.
Como padre, pero también como rey, quería que Saore permaneciera cerca de su familia; pero, también como padre, confiaba en el buen juicio de su hija para decidir sobre su futuro.
Anthousa la había formado con una educación exquisita; sin embargo, las lecciones con la joven ahora estaban teñidas de otro color.
Anthousa quería a las princesas como si fueran las hijas gestadas en su vientre, pero no quería desarrollar con ellas un vínculo tan fuerte.
Las aconsejaba como mujer, las acompañaba como figura femenina de referencia.
Una noche Argantonio quiso sondear a su amante sobre el porvenir que Saore proyectaba sobre sí misma, y el amor hacia Irenio la tenía completamente cegada.
De todos modos, se convenció, su hija podría ser útil para Tarteso a su lado, fuera en Asta, en Alalia o allá donde el destino quisiera llevarla, pues garantizar los intereses del reino se había convertido en el modo de vida de la princesa.
«Crisaore, hija del viento, navegará más allá del agua por el bienestar de la plata». Argantonio suspiró.
—Habla, pues, Irenio. Sé libre de decir lo que quieras decir.
—Mi señor, la princesa Saore y yo establecimos un vínculo, digamos, especial antes de que yo partiera a Focea —confesó Irenio—.
Durante esta época alejado de Tarteso, los momentos compartidos con ella me han acompañado en cada paso que he dado, la luz de su mirada me ha guiado en la oscuridad que se cernía sobre mi pueblo.
Su fuerza me ha dado fuerza, a su vez, para regresar y prosperar con ella a mi lado.