Capítulo 14 #2
Hiram asintió y siguió abrazado a ella unos instantes más.
La calidad humana de la joven trascendía el suelo que pisaba, la propagación de sus palabras y las notas tañidas al viento, sus gestos precisos y sus actos altruistas.
La corte de Tarteso necesitaba a personas como Saore, consejeros lúcidos, catalizadores de acciones magnánimas y, a su vez, bálsamo y consuelo cuando la realidad no se desarrolla como el gobierno espera.
Como futuro rey, quería a su hermana a su vera, como asesora, guía espiritual o sacerdotisa; le daba igual, pero cerca de él.
Argantonio repetía con insistencia las palabras que pronunció el oráculo tras el nacimiento de él y de sus hermanas, y Hiram las había aprendido como si de poemas helenos se tratara.
Saore portaba la sangre de la diosa, sí, pero ahora le martirizaba la interpretación del segundo verso: «Hija de las sombras, respirará cubierta de noche».
Como rey, tenía la obligación de proteger a aquellos que amaba y maldecía mil veces a Irenio por ser el único capaz de arrebatársela a los suyos.
La sacerdotisa levantó con esfuerzo el haz de tablones de madera seca y los fue depositando, uno a uno, sobre el hoyo del quemadero.
El entierro de Lirnestaakun era el primero que presenciaba Saore, y también era la primera incineración a la que asistían los dos hermanos.
Hiram recordaba vagamente el cuerpo expuesto de su madre frente al altar de la diosa Astarté en el templo de Baal.
La mujer parecía dormida, en un plácido descanso eterno, con una bella túnica blanca y un sudario liviano que cubría el rostro terso.
A diferencia de la reina, lo primero que llamó la atención fue la apariencia quebrada del farero, que entró en el campo de difuntos portado en una camilla de madera.
La mandíbula sobresalía del rostro en un grito eterno y los ojos, hundidos en la carne, miraban con fijeza a la muerte, como si se hubiera topado con él sin pretenderlo, en plena agonía.
Lo depositaron de costado sobre la cama de madera, con la cabeza orientada hacia el llano.
El farero había permanecido en la misma postura durante horas después de su muerte y resultaba imposible enderezar los miembros para purificar el cuerpo.
La sacerdotisa rasgó las vestiduras del hombre con un pequeño cuchillo de hierro e intentó, sin éxito, estirar la pierna derecha.
Colocó un cuenco de cerámica gris bruñida, mas sin ninguna decoración, a los pies del difunto.
Empapó un paño blanco en el líquido que contenía el cuenco y empezó a limpiar los pies de Lirnestaakun, a arrancar las impurezas prendidas entre los dedos de los pies y en los talones.
Fregó la tibia, el gemelo y la rodilla de la pierna derecha de manera ceremoniosa.
Sin embargo, el agarrotamiento le imposibilitaba acceder a la cara interna del muslo.
Se giró para buscar la figura de Gharatar, que contemplaba indolente el ritual de purificación de un cuerpo cuya alma estaba perdida.
Con un leve gesto de la cabeza, lo conminó a que se acercara hacia ella.
Con todas sus fuerzas, separó las rodillas del difunto y habló en un susurro:
—Gharatar, pasa el paño por los muslos de tu padre. No podemos encender la pira hasta que cada rincón de su cuerpo esté puro.
—Yo limpiaré el cuerpo de tu padre, Gharatar —dijo Saore a su espalda—. Tú sigue rezando para que su viaje tenga éxito.
Hiram miró a Ataralki buscando una manera de proceder, pero el gobernador encogió los hombros. El príncipe avanzó hacia el quemadero y atrapó la túnica de Saore.
—Limítate a tu función como familia real —musitó con ojos implorantes.
—Mi función como princesa de Tarteso es velar por el bienestar de cada uno de nuestros ciudadanos, Hiram. Es lo mínimo que puedo hacer por Gharatar, créeme.
—Sa… —Gharatar dudó si debía dirigirse a ella por su nombre en presencia del heredero. Se arrodilló y, con suavidad, le colocó el dorso de la mano sobre la frente—. Mi señora, ya has hecho mucho por nosotros. Déjame asear a mi padre del mismo modo que hice con mi madre.
A la joven las lágrimas le resbalaron por la mejilla.
Hizo el ademán de aprisionar entre los dedos un mechón de pelo untuoso y repeinado de Gharatar, pero la presión de la figura de Hiram a su lado se volvió demasiado incómoda.
Estiró la mano que la agarraba y ambos quedaron frente a frente, mirándose a los ojos.
Gharatar esbozó una sonrisa triste y siguió con el ritual que había iniciado la sacerdotisa.
Una vez liberado de impurezas, la mujer vertió sobre la palma de la mano el contenido de un sencillo jarrón de cerámica con dos minúsculas asas.
Pese a la suave brisa que corría, la fragancia se extendió volátil: aceite de oliva y tomillo para que el cuerpo prendiera bajo las llamas de la pira que encendió momentos después la sacerdotisa.
El aroma de los aceites se convirtió en el de la carne quemada y el humo de la madera ardiente.
La piel enjuta y las vísceras enfermas de Lirnestaakun desaparecían con lentitud bajo las llamas, que envolvían el cuerpo del difunto en un abrazo ineludible.
Gharatar quedó de pie al lado de la sacerdotisa, guardando el cuerpo de su padre.
Los tres asistentes se alejaron hacia la entrada de la ciudad de los difuntos para proporcionarles los instantes de intimidad necesarios para que concluyeran la última despedida de los dos fareros.
Una hora después, el cuerpo seguía ardiendo.
—Abissabar ha partido esta mañana para Gadir.
—Espero que haya sido digno de su rango durante estos años.
—¡Por supuesto, mi señor! —exclamó Ataralki—. Ha salvaguardado los intereses del reino junto con el rey; no tengas la menor duda de su valía.
—Y ha estrechado todavía más los lazos con los fenicios —dijo Saore con fastidio.
Cada vez que Abissabar visitaba Gadir, la buscaba con la insinuación de las propuestas de matrimonio con Hadad, encubiertas como una obligación diplomática más.
—Me fío lo mismo de los foceos que de los fenicios. Hay que decidir con firmeza qué posición debemos tomar si el viraje de los acontecimientos en el Gran Mar nos salpica. No quiero que Tarteso acabe relegado al olvido, como tantos otros pueblos del levante.
—Mi señor, estamos en una situación privilegiada. Mientras defendamos el acceso al océano y la entrada al lago de Tarteso, nuestra seguridad está garantizada.
—Ataralki, tu ánimo quedaría turbado al ver lo que yo he visto en estos años. Los foceos no tienen miramientos en asentarse en cualquier territorio que consideren que puede aportarles la prosperidad que ansían.
Ataralki asintió, reflexivo. La era de Argantonio estaba agonizando junto con la salud del rey.
Había sido un monarca amable con todos, tartesios y extranjeros, y había llevado las riendas del reino con gran conocimiento para mantener su prosperidad.
En su fuero interno, había deseado que Hiram no regresara de su viaje a Focea y que Abissabar siguiera con el legado de Argantonio, tan prudente como él.
Sin embargo, la actitud sólida del príncipe se fue diluyendo con discreción después de que el rey cayera enfermo.
Abissabar se mostraba en las reuniones más apocado, tal vez temeroso.
Y también esquivo en el trato diario. Y, frente a él, tenía la estampa del futuro rey de Tarteso.
Hiram había partido como un joven espontáneo y soberbio, pero había regresado sabio y precavido.
Su oráculo le había vaticinado un destino convulso y Ataralki confiaba en que el hombre en el que el joven príncipe se había convertido, lidiando entre negros intereses políticos y diplomáticos, estaría a la altura de los posibles acontecimientos adversos.
—Y los cartagineses —prosiguió Hiram—, los cartagineses no tienen ningún tipo de escrúpulo en pisotear y masacrar hasta a su mejor aliado.
Decían los gobernadores foceos que Magón, el general que está sembrando el caos a esta orilla del Gran Mar, es un personaje ególatra sumido en tales delirios de grandeza que no es capaz de distinguir el límite de sus fronteras.
Hiram echó un vistazo hacia el quemadero. Las siluetas de la sacerdotisa y el muchacho permanecían impertérritas.
—No sabía que un cuerpo tan magro tardara tanto en consumirse —dijo Hiram con impaciencia.
—Hiram, sé respetuoso, no es un conejo desollado.
—Estoy seguro de que un conejo tiene más sustancia que el pobre desgraciado de Lirnestaakun.
El príncipe regresó hacia el lugar donde todavía ardía el cadáver e hizo una seña a la sacerdotisa. Le habló al oído, instándola a proseguir con la ceremonia de incineración.
—Mi señor —susurró la mujer—, la carne sigue unida al hueso.
—Entonces ráscala con el cuchillo. No podemos perder más tiempo aquí, y Gharatar debería regresar al faro cuanto antes.
La sacerdotisa obedeció al príncipe. Lavó los huesos del difunto farero y los depositó frente a la urna cineraria formando una pila en el suelo.
El recipiente era discreto, mas no exento de la belleza de las cosas sencillas.
Se trataba de un ánfora modelada con torno, con dos pequeñas asas en el extremo superior.
La única decoración apreciada era un conjunto de círculos concéntricos de color ocre en la parte inferior que formaba una espiral de bordes imprecisos, del mismo modo en el que los seres humanos viven y mueren, con la misma imprecisión con la que los rayos del sol nacen en el horizonte y desaparecen sobre el lago al atardecer.
Introdujo los restos óseos de Lirnestaakun dentro del ánfora y los cubrió con tierra y cenizas.
Antes de sellar la urna, Gharatar metió dos objetos que su padre siempre llevaba encima: el primero, un pequeño puñal de hierro que siempre colgaba de su cinturón de piel; el otro, su anillo.
Era una sortija con un chatón de jaspe verde en el que estaban grabadas las tres cabezas de Gerión, la joya que ostentaban todos los militares de rango del ejército de Tarteso.
La sacerdotisa transportó la urna hacia la zona destinada a las sepulturas y la enterró directamente en el suelo del campo de difuntos.
—¡Oh, Mot, señor del viaje eterno! Acompaña a Lirnestaakun hasta la presencia de Astarté, que lo cubra con su velo. Guía a Lirnestaakun hasta Baal, que lo acoja desde el humo del fuego eterno. Que su sello no se quiebre, que viva eternamente más allá de las aguas.
La mujer vertió el vino contenido en la jarra destinada a las libaciones funerarias sobre la tierra que cubría la urna.
Hundió el dedo en la tierra húmeda y, acto seguido, recorrió la línea del pelo que le nacía en la frente.
Saludó a los asistentes y abrazó a Gharatar con suavidad, como si lo quisiera cubrir con un penacho de plumas.
Saore imitó a la sacerdotisa, se acercó al chico e hizo el ademán de rodearlo con los brazos por los hombros.
Gharatar dio un pequeño paso hacia atrás y miró de soslayo a Hiram, que contemplaba, inquisitivo, el comportamiento de su hermana.
El chico sonrió a la princesa y la tomó de las manos para realizar el saludo oficial. Le habló en voz baja y entera:
—Saore, agradezco mucho tu presencia en este momento.
—Gharatar, solo quiero darte un abrazo. Es cuanto puedo hacer ahora.
—Has hecho mucho por mí y por mi padre.
—Pero…
—Sabrás cuándo es el momento adecuado para este abrazo, ahora no —la interrumpió. Se tomó la licencia de bajar aún más la voz para hablarle en confidencia—: Queda pendiente entre tú y yo, la princesa y el farero de Tarteso; te lo recordaré en su debido momento.
Hiram interrumpió la conversación entre ambos. Puso la mano sobre el hombro de Gharatar para crear un mayor espacio entre los dos y lo apretó unos instantes en un gesto que pretendía ser de consuelo.
—Debemos retomar nuestras funciones con premura, estimado Gharatar. La barca fúnebre te llevará de vuelta al faro.
El farero asintió y agradeció el gesto del príncipe.
—Dentro de unos días te haré llegar un cabrito sacrificado para honrar el alma de tu padre. Cuando puedas, lleva los huesos al templo de Asta como ofrenda a la diosa. Ve en paz, y que la navegación no se demore.