La portadora de la luz Capítulo 14
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Capítulo 14

Hiram había vuelto a su reino cargado de corazonadas que no sabía entender ni desarrollar.

Argantonio no era más que la sombra del gran rey de Tarteso que se había despedido de él en el puerto de Asta tres años atrás, del monarca que confió, quizá actuando un poco a contracorriente, en su potencial como diplomático en tierras extranjeras.

A su vuelta, encontró a un padre cansado y a un rey sobrepasado que había delegado el reino en Ataralki y Abissabar, y a Saore convertida en una bella mujer de palabra y gesto sabios, al menos cuando se hallaba en público.

El destello de su adolescencia había permanecido indeleble en la mirada de la joven durante los años en los que Hiram había viajado a la Hélade, el mismo destello que Saore quiso salvaguardar tras despedirse de su amor en el puerto.

—¿Irenio está bien? —preguntó sin ambages.

Irenio. Hiram habría querido decirle a Saore que el paradero de Irenio no se encontraba entre todas las preocupaciones que debía solucionar.

No obstante, le habría mentido a su hermana.

Tenía sospechas de que el próxeno y su asistente tramaban algo desde Masalia, las cuales se agudizaron en Isla de Gerión. Las tenía, mas no contaba con pruebas.

Una vez de vuelta en el palacio, el príncipe les había relatado en privado el extraño suceso en el puerto de Masalia.

Hiram y su séquito se habían topado con un grupo de estibadores que subían la carga apilada en la dársena a un tipo de barcos mercantes distintos a los pentecónteros que llegaban a los puertos de Tarteso.

A simple vista, habría dicho que el casco de aquellos navíos era mucho más ancho y profundo que el de los otros barcos amarrados en el lugar.

Los cargadores transportaban hileras de lingotes que refulgían con los rayos de sol incidentes, unidos los unos a los otros con toscas cuerdas para depositarlos en el fondo de la embarcación.

Hiram se acercó a aquellos hombres recios, de piel seca y morena, para preguntarles por la naturaleza de la carga.

¿Acaso aquello eran lingotes de estaño?, inquiría Hiram en eolio, interponiéndose en su camino.

Los trabajadores apenas aminoraban sus pasos para observar de soslayo los ropajes del príncipe y proseguían con su tarea, esquivándolo con aire displicente.

Uno de ellos, un muchacho de mirada limpia y brazos arañados, asintió con la cabeza cuando le preguntó, y le mostró una sonrisa tímida de despedida.

—¿Cabe la posibilidad de que fuera estaño tartesio y que lo movieran de un barco a otro para transportarlo a Oriente? —había preguntado Abissabar con un tono inocentemente fingido para descartar la opción más evidente.

—No, hermano, no estaban marcados con los tres rostros de Gerión.

—Entonces los foceos tienen acceso a otra fuente de estaño —sentenció Ataralki—. Me temo que esta afirmación conlleva más peso del que imaginamos.

—¿A qué te refieres?

Los foceos estaban cómodos en el mar; no eran gentes hechas al interior, se había dicho siempre. Tal vez aquel era el momento de empezar a cuestionar aquella máxima.

—Abissabar y Nora sofocaron una rebelión en la sierra que no era tal. Los mineros nos aseguraron que la extracción de minerales no había disminuido, pero los barcos que navegan el Tar hasta Caura estuvieron llegando durante unos meses con menos cargamento del que teníamos por costumbre.

—Los lugareños nos alertaron de la presencia de extranjeros, pero los gobernadores de las ciudades serranas no han vuelto a comunicarnos nada que salga de lo común.

—¿Hace mucho que visitasteis la sierra?

—A principios de otoño del pasado año.

—Padre, debemos enviar de inmediato una partida de hombres para descartar que estos dos sucesos estén relacionados entre sí. ¿Puedo dar la orden?

Argantonio había permanecido en silencio mientras los tres hombres elucubraban sobre el origen de los lingotes de estaño. Asintió.

La comitiva diplomática se había demorado más de un mes en volver a Tarteso.

Embarcaron en el mercante de Norfeus de Masalia hasta la colonia de Emporion, donde se instalaron unos días a la espera de que el foceo llevara a cabo intercambios, transacciones y negocios diversos.

Del mismo modo que había sucedido en Masalia, los tartesios se vieron aislados de cualquier interacción con los diplomáticos a los que acompañaban.

La siguiente escala fue en una pequeña colonia pesquera explotada por masaliotas, a unas millas al norte de Mastia.

Norfeus regresaba al norte, a la apoikia , y, desde allí, viajaba hasta Alalia para establecer lazos más fuertes con los nuevos llegados.

Agathon les aseguró que, en breve, podrían navegar hasta el lago de Tarteso sin necesidad de esperar la vuelta del comerciante.

Días después, se embarcaron en un navío ligero hasta Mainake.

La ciudad se había visto importunada en los últimos tiempos por la presencia de cartagineses, asentados en la cercana Malaca; el próxeno le recomendó a Hiram que prosiguiera el viaje sin ellos.

Aseguraba que su presencia ahí, junto con la de otros diplomáticos masaliotas, se requería para garantizar el porvenir de la colonia.

Irenio le prometió que llegaría con el siguiente barco que se dirigiera a Asta.

Tras años de convivencia con él, Hiram estaba más que convencido de que los intereses del asistente del próxeno iban más allá de un cargo político o diplomático de alto rango.

Trataba a sus iguales con condescendencia, ignoraba a las mujeres y centraba la atención en jóvenes a las puertas de la pubertad, sin hacer distinción entre la tabernera que le servía el vino o el hijo de un magistrado.

Saore le hablaba, pero Hiram reflexionaba en un callejón en apariencia sin salida sobre la conversación acontecida aquella misma mañana antes de la reunión con el consejo.

La princesa había estado buscando el momento adecuado para abordarlo en solitario y preguntar por el paradero de su amado; el príncipe, sin embargo, ataba un cabo tras otro.

—Hiram, ¿cuándo regresa Irenio? —insistió ante el ensimismamiento de su hermano.

—No lo sé, Saore. ¡No lo sé!

Se sobresaltó ante la respuesta ruda de su hermano, que salió de la sala con un par de zancadas y exigió, a gritos, la presencia del farero.

Gharatar veló el cadáver de Lirnestaakun durante el trayecto a Asta en una barca de pesca similar a la que usaban en su día a día.

El remero bordeó con destreza los canales interiores de la ciudad hasta llegar a una lengua de arena donde pudo varar la pequeña embarcación.

Un carro esperaba en el camino para trasladar el cuerpo hasta la ciudad de los difuntos, a pocas millas al norte.

Allí aguardaba la llegada de los fareros una de las sacerdotisas del templo de Asta, junto con una mínima representación de la casa real: el gobernador Ataralki y los príncipes Hiram y Saore.

Al parecer, el vínculo del farero en Asta se limitaba a la provisión de viandas y vino, y no había llegado a forjar relaciones de ningún tipo con los habitantes de la ciudad.

Con la excepción de su hijo, no se le conocía otro pariente vivo.

Lirnestaakun había sido un militar huraño durante los años de servicio en el ejército de Tarteso y, una vez asentado en su retiro impuesto, ese rasgo de su personalidad se acentuó y acabó convertido en un farero misántropo, ajeno a todo que ocurriera más allá de la llama que debía encender cada atardecer.

Hiram había instado a la sacerdotisa a preparar el quemadero antes de la llegada del finado.

—Hermano, el rito indica que no se puede montar la pira sin haber purificado el cuerpo —lo reprendió Saore con aire indulgente.

—Saore, sabes que nuestra presencia ahora mismo es más urgente en palacio que aquí.

—Hiram, sé benevolente, te lo ruego. Lirnestaakun ha dedicado la vida y la salud a la seguridad de nuestro reino. Merece un entierro acorde a su rango.

El príncipe moderó su impaciencia para evitar un enfrentamiento con su hermana.

La asió con suavidad por los hombros y la apretó contra sí.

Qué extraño el contacto con Hiram. Se sentía resguardada entre sus brazos, del mismo modo que cuando abrazaba a su padre.

Algo había cambiado en su cuerpo cuando Hiram dejó atrás la juventud.

Olía distinto a cuando partió, pensó la princesa.

Hiram olía un poco como su padre, a olíbano ritual, a hinojo, a transpiración almizclada, a leña húmeda.

A la firmeza de la tierra prensada. A rey.

—Precisamente por eso, querida, este acto debiera llevarse con la mayor premura. El faro está desatendido sin nadie en la isla.

—Lo sé, pero el faro no es el único punto de defensa de la entrada al lago. Sé razonable, hazlo por el bienestar de Gharatar —dijo Saore. Fijó la mirada en la lejanía, esperando la inminente aparición del escaso cortejo fúnebre—. El muchacho ha sufrido demasiado en estos años, tenlo en cuenta.