La portadora de la luz Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—La diferencia entre estamentos es demasiado marcada para nuestra visión de sociedad, digamos, más ecuánime.

Así lo pudimos comprobar en Focea y luego en Masalia.

Pero la realidad en Alalia, señores míos…

Los pobres desgraciados que malvivían en las cabañas del puerto no daban crédito a sus ojos cuando los pentecónteros jonios amarraron frente a la ciudad.

Si la subsistencia era complicada, la llegada de nuevas bocas y nuevas competencias los puso en alerta.

La primera noche, en las tabernas, hubo rencillas que acabaron en fatales desenlaces.

—Hiram apoyó la cabeza sobre las palmas de las manos y cerró los ojos unos instantes—.

Son peores que las alimañas, son bárbaros, salvajes…

¿Y dicen que ellos son los que controlan el comercio del Gran Mar? Por poco tiempo, me temo.

Los etruscos de Pirgi cada vez estaban más recelosos de la colonia de Alalia, frente a sus costas.

Meses atrás habían cerrado acuerdos comerciales y militares con los cartagineses, creando un bloque naval sólido al este de las grandes islas de Sardón y Kyrnos.

En aquel momento, semanas después del asentamiento, era más que probable que las relaciones entre los dos pueblos fuesen mucho más firmes.

La ciudad de Alalia había incrementado en más de la mitad su población de un día para otro y se consideraría una amenaza para los intereses comerciales de los etruscos y un obstáculo para asegurar la preeminencia de los cartagineses.

—Señores míos, ya que el príncipe trae a colación la hegemonía de Cartago —interrumpió Ataralki—, nos están llegando noticias del destacamento de Aipora cada vez más a menudo. La presencia de barcos cartagineses en Gadir es una realidad y, a mi parecer, preocupante.

—Sí, deberíamos pensar en los próximos días en una estrategia para ampliar la protección de la entrada del lago de Tarteso. Nos encontramos frente a una tesitura extraña en cuanto a los cartagineses: aliados y enemigos, a la vez, de cada uno de nuestros socios comerciales.

El rey apoyó con demasiada fuerza la copa sobre la mesa de la sala de audiencias.

—¿Por qué no he sido informado de ello, Baldo? —El rey arrastraba las palabras por el abatimiento y la ira contenida. Sus hombres de confianza lo desplazaban de los asuntos de Estado cada vez con más frecuencia.

—Mis disculpas, mi señor —atajó el gobernador—; el general Baldo no ha hecho más que seguir mis indicaciones. Querían ser prudentes e investigar, sin llamar la atención, el motivo de la asiduidad de militares. Hadad es hermético y artero; de él no podemos sacar información de manera cordial.

—Hadad conoce el lenguaje del propio interés —dijo Abissabar, demasiado críptico a ojos de su hermano recién llegado—. Si lo mantenemos contento con sus peticiones y requerimientos, el reino de Tarteso no tiene nada que temer.

—¿Y acaso tú sabes cuáles son sus peticiones?

Abissabar esquivó la mirada acusadora de su hermano.

En los últimos años, Abissabar había tomado las riendas del gobierno junto a Ataralki, pues el rey se estaba apagando como la llama de una lámpara.

A simple vista estaba, con el rostro macilento que no acababa de encenderse, la falta de apetito, los hematomas frecuentes en la piel y el vientre cada vez más abultado.

Una punzada de dolor le hizo crispar la boca y apretar los labios.

Y ahora regresaba su hermano, el futuro rey de Tarteso, y había ocupado su lugar nada más pisar tierra firme; una situación legítima, por supuesto.

No pensaba competir contra el heredero; quería ser su mano derecha, como lo había sido con Argantonio.

Sin embargo, Hiram había retornado de su periplo con una firmeza insólita y una determinación que estaba calando entre las personas de confianza del rey, sin tener en cuenta lo que había acontecido en aquel tiempo de ausencias.

Los acuerdos con los fenicios de Gadir eran firmes y aportaban buenos beneficios a ambos pueblos.

El mismo Hadad había hablado de los cartagineses con aquella manera tan suya, despectivamente inocente, para estar a buenas con unos y otros, con el compromiso justo.

El gobernador estaba obsesionado hasta la folía con Saore, no había ninguna duda.

Posponía un año tras otro su matrimonio: alegaba que no había encontrado una candidata lo bastante joven y erudita para él, y, acto seguido, la tormenta de fuego ocupaba sus ojos cuando preguntaba si la princesa Saore había decidido casarse o convertirse en sacerdotisa de Astarté.

—Señores míos: ahora mismo hay dos potencias a ambas orillas del Gran Mar.

El general Harpago se ha ganado la admiración del emperador Kuros tras el asedio de Focea.

No hay ninguna duda de que aspira a obtener la satrapía de Lidia para proseguir así con la expansión marítima desde las costas orientales del Gran Mar, por lo que no olvidemos su nombre todavía.

Hizo una pausa larga para mirar a cada uno de los asistentes. Se detuvo ante el rostro de Baldo con gravedad.

—Y, en nuestras costas, la presencia de los magónidas de Cartago es una realidad que, por lo que deduzco tras reunirme con vosotros, dará que hablar en los próximos tiempos.

Quieren borrar a nuestros socios foceos de estas aguas y, tras lo que he visto, deberíamos cambiar nuestras estrategias comerciales.

Una vez que finalizaron la reunión, los asistentes abandonaron la sala uno a uno tras rendir honores a Argantonio y a Hiram. Saore los esperaba en la puerta de la sala con aire compungido.

—¿Qué ocurre, mi niña?

—Garathar se encuentra en palacio, padre. El farero ha muerto.