Capítulo 13
El recibimiento de Hiram fue digno de un rey. La ciudad de Asta se engalanó en cuanto llegaron voces de que la comitiva real estaba a punto de atravesar el estrecho del lago de Tarteso.
Habían pasado casi tres años desde la partida de la primera comitiva tartesia hacia el oriente del Gran Mar, la primera gran misión diplomática.
Los comerciantes foceos que visitaban Tarteso con regularidad, como los barcos de Norfeus, siempre habían llevado noticias de los conflictos en tierras helenas contra los persas.
Desde el palacio de Argantonio en Isla Gerión sabían que el príncipe siempre había estado a salvo, que se había hallado protegido en una isla helena cerca del continente durante toda contienda contra el Imperio persa y, más adelante, en los asentamientos foceos repartidos en el Gran Mar.
Focea fue la primera ciudad jónica que asaltó el ejército persa, pues el mismo Creso de Lidia había cedido Mileto al invasor sin haber librado batalla ninguna.
El ejército persa sabía de la buena situación defensiva de la ciudad tras la ampliación de las murallas y de la imposibilidad de atacar desde ninguno de los dos puertos comerciales.
Más de dos millas de muralla financiadas con dinero tartesio.
Ante la superioridad estratégica del imperio y las consecuencias nefastas tras la resistencia de las ciudades lidias, los foceos necesitaban ganar tiempo.
Hiram había estado presente en los acuerdos que habían pretendido las autoridades foceas con el general Harpago, el hombre de confianza de Kuros el Grande.
Harpago, un militar cabal y práctico de origen medo, ofreció un pacto: si demolían uno de los baluartes de la muralla de tierra y consagraban una casa al Gran Rey en la ciudad de Focea, las tropas se comprometían a penetrar en la fortaleza sin llevarse por delante ninguna vida humana.
La comuna focea quiso ganar tiempo y pidió tres días de tregua a Harpago para meditar la propuesta.
Mientras tanto, magistrados, aristócratas, comerciantes, navegantes, pescadores y artesanos, junto a sus familias y esclavos, embarcaron en los pentecónteros cargados con sus bienes y mercancías rumbo a Quío, una isla de gran tamaño ubicada a un día de navegación de Focea.
—Todos afirmaban que volverían a Focea tras la retirada del ejército persa una vez que llegara la ayuda de Esparta y Atenas.
Pero, padre, señores míos —matizó Hiram, con rostro agraviado—, los foceos son un pueblo cambiante y de palabra variable, que rema sin contemplaciones para virar el navío hacia el rumbo del dinero.
Argantonio quedó confuso al escuchar la firmeza en las palabras de su hijo.
—¿A qué te refieres?
—Cargaron los barcos con las estatuas y ofrendas de los santuarios de la ciudad. Muchos estaban seguros de que aquel era un viaje sin retorno.
—Y, bien, es importante preservar la devoción a los dioses, Hiram —dijo Abissabar, mediador.
—Hermano querido, créeme; en estos meses, los foceos nos han tratado con la misma deferencia que emplearían con un salvaje con dinero.
Han escuchado todas las propuestas que hemos formulado, de acuerdo; nos han hecho partícipes de cada reunión y concierto con los persas cuando todavía veían una remota posibilidad de usar nuestros lingotes para armarse.
Tras el éxodo, nuestra función diplomática se limitó a beber vino dulce de Quío y asistir a tertulias filosóficas en el ágora o en las casas de los mecenas de la ciudad.
—El príncipe suspiró y miró a su padre con la rigidez aprendida en aquellos meses—.
Padre, hay algo dentro de mí que grita con todas sus fuerzas; un aviso, una corazonada.
Yo no confío en que los tratados comerciales con esa chusma sigan como hasta ahora.
La sala quedó en silencio durante unos instantes.
Al otro lado de la estancia se oían las voces de Saore y Nora, presumiblemente conversando con Anthousa.
¿Por qué no las habían invitado a la recepción?
Argantonio quiso evadirse intentando descifrar a través de la pared el tema de conversación de sus tres amadas, pero las palabras de Hiram retumbaban en las sienes del rey.
—Es muy importante escuchar este tipo de pensamientos, los que provienen de las entrañas. Es muy complejo, hijo. Prosigue con el relato, que necesitamos una imagen completa para decidir cómo vamos a abordar la nueva situación.
Hiram se aclaró la garganta con un sorbo de vino especiado y siguió narrando aquello que había vivido la comitiva en primera persona.
Los foceos se establecieron en la ciudad de Quío, en la costa este, en uno de los barrios portuarios, protegidos por la muralla de la ciudadela y el golfo de Esmirna como defensa natural en el continente; entre los mismos quiotas, imponiendo su presencia junto a los lingotes que portaban.
El poder en la isla de Quío residía en una élite aristocrática, como en Focea, que basaba su prosperidad en la producción y en el comercio de vino, junto con la cerámica.
Los magistrados foceos pidieron asilo temporal y, una vez establecidos, sacaron a relucir sus cartas.
Frente a la ciudad de Quío y bajo su protección, se emplazaba un pequeño archipiélago habitado por pescadores y agricultores sin llegar a formar ninguna polis realmente consolidada.
Los foceos, con espíritu de comerciantes desde el primero al último, pusieron un precio al archipiélago.
Masalia y la colonia de Alalia, en la gran isla de Kyrnos, ambas dependientes de Focea de una u otra manera, les abrían las puertas a los exiliados; sin embargo, muchos rechazaban la idea de asentarse en el occidente del Gran Mar.
Su vida eran los negocios, y su patria, sus embarcaciones.
Ya buscarían la manera de establecer relaciones con los mismos persas si hiciera falta.
No obstante, no contaron con la negativa de los quiotas a vender parte de su territorio, ante la más que evidente posibilidad de que se restableciera el poder comercial foceo frente a sus costas y que un nuevo emporio asimilara su mercado por competencia directa.
Los foceos, entonces, se vieron en la tesitura de buscar el emplazamiento definitivo para resurgir comercialmente de sus cenizas.
La migración hasta Occidente, ahora sí, resultó la opción más atractiva.
Sin embargo, unos cinco mil hombres se negaron a viajar por el Gran Mar y volvieron en barco hasta Focea para apoyar a las guarniciones de la ciudad y, en el mejor de los casos, continuar con la actividad comercial tras jurar lealtad a Kuros.
Creso había sido un buen emperador con Focea; quizá correrían la misma suerte con el persa.
Décadas atrás, magistrados foceos habían viajado hasta el templo de Apolo en Delfos para consultar a la pitia sobre la expansión de su polis.
El oráculo pronunció una sola palabra: Alalia.
Unas cuantas familias de Masalia fundaron una nueva colonia focea en el epicentro de una de las rutas comerciales más ambicionadas, entre el emporio etrusco de Pirgi y Cartago.
Por consenso, Alalia acabó siendo el destino elegido entre los magistrados exiliados en Quío, con la aprobación de los principales hombres de negocios.
Por segunda vez en menos de un año, los foceos cargaron los pentecónteros con todas sus posesiones y pusieron rumbo a Kyrnos.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis instalados en Alalia? —preguntó el general Baldo.
—Apenas unas pocas jornadas. Una vez descargados los pentecónteros, nos embarcaron con el próxeno Agathon y el gobernador de Alalia hacia Masalia.
—Entonces, poco podemos saber sobre su proceder, ¿verdad?
—Alalia es un nido de carestía habitado por animales y desequilibrados —afirmó Hiram, con desprecio—.
Hemos tenido que guardar las apariencias y mantener la cordialidad diplomática cada vez que han tratado de bárbaros a nuestro pueblo y nuestra cultura.
Sin embargo, el modo de vida de los colonos dista mucho de las premisas que uno debe acatar cuando vive en sociedad. ¡Malditos todos ellos!
Hiram y la comitiva tartesia desembarcaron en el puerto de Alalia junto con los exiliados.
En la ciudad, se decía que vivían unas cuatro mil familias descendientes de los fundadores masaliotas.
La primera toma de contacto entre foceos jonios y foceos masaliotas fue épica.
Los jonios, unas dos mil familias, tenían previsto asentarse en la misma ciudad, cuyos terrenos y aledaños se habían repartido años atrás entre los pobladores.
La costa norte se definía por la aspereza de sus tierras, poco aptas para la agricultura.
Si bien existía una pequeña élite comerciante, que veía el peligro de compartir rutas y clientes con los recién llegados, la mayoría de los habitantes dedicaban su tiempo a dos actividades.
—La pesca y la piratería —desveló Hiram ante la sorpresa de los asistentes.
—¿Piratas foceos?
—Con el beneplácito de Masalia, por lo que pudimos deducir. No en vano, los precede la fama de subversivos. El pueblo foceo, desde los albores, tiene el alma puesta en el mar, sea en el comercio o en la pesca.
Años atrás, prosiguió el príncipe, muchos de los primeros colonos masaliotas vieron en el nuevo territorio la posibilidad de prosperar.
Sin embargo, tanto en la apoikia como en Alalia había más marineros que barcas de pesca.
La agricultura de subsistencia solo era posible a pocas millas de la costa, y los corsos explotaban la gran mayoría de los terrenos fértiles.
En tal contexto, los masaliotas asumieron que el pillaje era una solución lícita para mantener a la población.
No eran sino marineros sin navío ni sustento, con pleno conocimiento de la morfología de sus costas.
Cuán tentador sería observar desde los puertos, jornada tras jornada, el paso de navíos etruscos cargados de mercancías a la velocidad de gobierno para mantener la integridad del flete.