La portadora de la luz Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Aspar, prosiguió Abissabar, advirtió la presencia de Camalo en la plaza.

Mandó callar a los mineros e hizo una señal al gobernador.

Los soldados se apartaron a un lado y el grupo de hombres se acercó hasta donde se encontraba Camalo con la comitiva real.

El Escita se sorprendió al ver a la princesa Nora, aquella niña que cinco años atrás le había susurrado al oído que su padre, el rey Argantonio, cuidaría de él, pues todos en el reino de Tarteso eran hijos suyos.

Sonrió con una tierna amargura al recordar aquellas palabras.

Se inclinó ante los hombres e, imitando el saludo tartesio, tomó con suavidad la mano de Nora para acercársela a la frente.

—Nora —se interrumpió el príncipe—, ¿quieres seguir tú con el relato?

La joven se quedó clavada en el asiento tras escuchar su nombre.

Por supuesto, ella había formado parte de la comitiva real igual que su hermano; sin embargo, se había escudado detrás del relato de Abissabar para encontrarse más cómoda, asintiendo uno a uno los hechos que este relataba sin ahorrar en detalles.

—Al fin y al cabo —prosiguió Abissabar ante la duda en el rostro de Nora—, has sido la mejor intérprete que podríamos haber tenido para solucionar con tal rapidez el asunto de los esclavos.

Todos los asistentes la miraban con una sonrisa paciente en el rostro. Aquella condescendencia la ponía todavía más nerviosa si cabe. Al fin, retomó el relato donde lo había dejado su hermano.

—Aspar fue muy amable, padre. Las primeras palabras que pronunció fueron para asegurarse de que tu salud fuera buena.

—Argantonio asintió y la instó a que prosiguiera—.

A continuación, nos mostró su desconcierto por vernos.

No imaginaban que su petición hubiera llegado a trascender hasta la capital.

Cuando los esclavos se establecieron en una de las colonias mineras cercanas a Calentus, se le asignó a cada uno de los trabajadores un pequeño sueldo, que se complementaba con un racionamiento básico de los productos a los que no tenían acceso en la sierra.

Tenían derecho a llevarse cada cierto tiempo un saco de legumbres, sal, aceite y telas burdas, entre otras cosas.

Los primeros meses, estas asignaciones se respetaron.

Los esclavos se asentaron entre mineros tartesios en convivencia, formaron familias con las mujeres tracias del mercado de esclavos de Mileto y explotaron cada mina disponible.

A medida que transcurrió el tiempo, se dieron cuenta de que los alimentos y los productos que les asignaban eran de peor calidad que los que se exhibían en el mercado; más adelante, disminuyeron las cantidades de alimentos y sal.

Los vendedores alegaban que no disponían de género, que había escasez en los campos de cultivo del sur.

Un día, los esclavos empezaron a tomar a la fuerza todo lo que les hacía falta.

Bajaban a la ciudad en grupos de ocho o diez mineros y cargaban entre todos los sacos de legumbres o harina.

Jamás hicieron uso de la violencia, jamás se llevaron nada que no les correspondiese por derecho.

Los vendedores reportaban los alimentos y materiales sustraídos al gobernador de la ciudad y este, al final, optó por plantar un pelotón de soldados en la plaza durante las jornadas de mercado y dejar constancia en Asta, la capital del reino, de la incomodidad que causaban las comunidades tracias en las pacíficas poblaciones del norte de Tarteso.

—Entonces ¿todo este conato de rebelión se debe a unos cuantos sacos de garbanzos? —preguntó Argantonio con voz cansada.

—Sí, padre. Abissabar y yo conversamos con los habitantes de Calentus acerca de los altercados, y todo el mundo coincidía en lo mismo: que la paz tan solo se veía alterada por la presencia de soldados. Las gentes humildes son así, padre; se comprenden entre sí, se ponen en la piel del otro.

—¿Qué solución habéis impuesto para arreglarlo?

—Hemos llegado a un acuerdo con Camalo para que se respeten los convenios que se establecieron con la compra de los esclavos y hacerles llegar la asignación que se les prometió. No es cierto que haya escasez de productos básicos y, a partir de ahora, vigilaremos que Camalo cumpla lo establecido.

—Muy coherente, hijo mío.

—¿Y por qué ha disminuido la extracción de minerales? —preguntó Ataralki.

—Camalo alega que hay problemas con el transporte desde las colonias hasta la ciudad. Sin embargo, los mineros nos aseguran que siguen extrayendo y trabajando al mismo ritmo de siempre.

—¿Puedo añadir una cosa? —preguntó Nora—.

Los campesinos de Calentus nos avisaron de la presencia de extranjeros en las afueras de la ciudad.

Grupos de hombres vestidos con ropajes blancos y peinados exóticos que viajaban a caballo hacia el oeste.

Le preguntamos a Camalo sobre esta apreciación y le restó importancia al asunto.

Alegó que posiblemente fueran esclavos tracios viajando de una colonia a otra.

A Abissabar y a mí nos extrañó esa respuesta, pues ahora mismo tan solo es posible distinguir a un tracio de un tartesio por el tono de la piel o el color de los ojos, y no por la indumentaria, ¿verdad?

Abissabar ratificó las palabras de su hermana.

Ataralki y Baldo se pusieron en alerta tras escuchar a la princesa.

Buscaron la mirada de Argantonio, pero el rey parecía cansado y decepcionado.

Cuando los príncipes dieron por finalizado el relato de la expedición a la sierra, el rey se disculpó ante los presentes y anunció que se retiraba a descansar.

Todos lo imitaron, pero el monarca los instó a que acabaran con las viandas y el vino antes.

En la sala de recepciones, las conversaciones se tornaron más informales a medida que daban cuenta del vino. El gobernador y el general se acercaron a Abissabar y lo conminaron a retirarse con ellos cerca de la lumbre.

Ataralki habló directo:

—Los grupos de hombres a caballo, ¿podrían ser cartagineses?

—Lo dudo. Por cómo hablaban de ellos las gentes serranas, yo me atrevería a decir que eran foceos. Helenos, apuesto.

—¿Y por qué se aventurarían a viajar tierra adentro los foceos? —dijo Baldo, sin esperar respuesta.

—No lo sé, pero me temo que seguirán llegando noticias de las minas. De todos modos, no tengo claro que podamos fiarnos de la palabra de Camalo. Intentaré hablar con mi padre de esto.

Saore y Nora salieron a pasear a la playa bajo la luz brillante del sol de tarde de primavera.

Caminaban una al lado de la otra, con las sandalias en la mano, dejando tras de ellas el rastro de sus huellas en la arena humedecida.

Saore le preguntaba sobre todas las pequeñas cosas que conforman el paisaje de las tierras que todavía no conocía.

«¿Qué altura tienen los árboles en la sierra?

¿De qué color son sus hojas? ¿Qué comen habitualmente los habitantes del norte?

¿Han nacido muchos hijos de esclavos, ciudadanos ya de pleno derecho? ¿Habéis rezado en algún templo?».

Nora conversaba con su hermana sin la cohibición de sentirse analizada por los hombres de confianza de su padre.

Se regocijaba en los detalles de las vajillas de los caudillos y del gobernador, en el olor de los guisos especiados de verduras de hojas tiernas que preparaban en las casas, el trato más cercano de las gentes sin tener tanto en cuenta las jerarquías sociales.

—Se dice que el hijo del general Baldo te trata con mucha deferencia —dijo Saore con fingido aire distraído—. Es un secreto a voces que está interesado en conocerte más.

—Sí, eso me dijo también Abissabar —contestó Nora, sin demasiado interés en seguir hablando del militar—. Nos ha custodiado en todo momento y ha velado por nuestra seguridad, tanto la mía como la de nuestro hermano.

—Veo que no le profesas el mismo afecto que él a ti, entonces.

—Sí que tengo afecto por él, pero nada más. A veces me trata como a una niña indefensa a la que proteger de peligros inexistentes, y no me hace sentir cómoda.

Saore se agachó para recoger una concha dorada, surcada por pequeñas líneas simétricas. Habló abiertamente, sin miedo a lo que pudiera contestarle Nora:

—¿Y el Escita sí te ha hecho sentir cómoda?

Nora se ruborizó y siguió paseando con su hermana tomada del brazo.

La presencia nervuda y vigorosa de Aspar la impactó cuando apenas era una niña.

Cuando Abissabar le propuso visitar las tierras de la sierra con él, no pensó en volver a encontrarse con el esclavo; sin embargo, ahí estaba, sereno, en la plaza del mercado.

Era más alto que sus compañeros y vestía igual que un serrano cualquiera; no obstante, llamaba la atención como la llama del faro en la tormenta.

Ahora llevaba barba y el pelo lacio le sobrepasaba los hombros.

El fulgor de sus ojos verdes seguía diciendo a todos aquellos que se cruzaban con él que tenía un poder escondido, mas era digno de confianza.

Nora supo que, pese a que también existían diferencias sociales en la sierra, Aspar podría llegar a ser el líder sólido y discreto que todos respetarían.

En todo momento trató con cordialidad a los vendedores del mercado, sumisos ante el influjo de aquel gigante pelirrojo.

Opuso la resistencia correcta ante los soldados y se mostró firme en presencia del gobernador y la comitiva.

Después de las negociaciones, tuvo un gesto de agradecimiento para Nora.

Si bien Aspar entendía la lengua de su nuevo hogar, todavía no era capaz de hablarla con la fluidez de un nativo.

La princesa se ofreció a mediar en su lengua y en eolio entre mineros y vendedores, así como con el gobernador Camalo.

Antes de que los mineros volvieran a la colonia, la princesa le pidió que le hablara de su nueva vida en Tarteso.

Del día a día de los mineros, pero también del suyo propio.

Confesó ante ella que no vivía del todo mal; trabajaba de sol a sol, pero no se desgastaba los pulmones como antaño.

No se había casado y no tenía intención de hacerlo.

Pero el matrimonio era ineludible, le repuso la chica.

Aspar le contó, sin entrar en muchos detalles, que su madre venía de las estepas y que acabó dejando atrás sus raíces y su familia para empezar una nueva vida junto a un guerrero tracio.

Y que él, asimismo alejado de su tierra, también sería capaz de saber cuál era el momento adecuado para enraizarse en su nuevo hogar.

Era esclavo, se le había impuesto un modo de vida, sí, pero no quería que un reino también le impusiera la obligación de tomar la vida de una mujer desconocida para hacerla su esposa.

Aquellas palabras quedaron grabadas en un rincón recóndito de las entrañas de la princesa, y volver a evocarlas le causaba un azoramiento que no comprendía.

Nora no contestó a la pregunta de su hermana, y Saore entendió mucho más con aquel largo silencio que con las posibles explicaciones y excusas que pudiera darle.