La portadora de la luz Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Abissabar narró el viaje con detalle a su padre y al resto de los presentes. La barca con la comitiva desembarcó en la ciudad Caura de Baal Safón, donde la guardia real los escoltó a caballo a través del valle hasta que llegaron al poblado de Iporca, muy cerca de uno de los afluentes del Tar.

El asentamiento constaba de una docena de cabañas, ordenadas a los pies de una pequeña colina, lo bastante alejada del río para no escuchar el murmullo del agua corriendo río abajo, pero sí disfrutar del ambiente fresco subsecuente.

En la entrada, dos hombres jóvenes habían delimitado el perímetro de lo que, días después, posiblemente sería la nueva choza de uno de ellos.

Habían excavado un foso de poco más de un codo y, desde ahí, se levantaba un zócalo formado por piedras y losetas del río cercano.

En el tramo de pared más elevado, los huecos entre las piedras lucían brillantes y húmedos debido al barro que trababa los intersticios formados por el apilamiento.

Era la primera vez que los príncipes veían casas de planta cuya estructura recordaba a la forma del huevo de una gallina, tan diferentes a las poblaciones rurales colindantes con Asta o Nabrissa, de espacios angulares bien delimitados.

Los techos inclinados de las chozas les concedían la imagen de pequeños árboles recios, deshojados y humeantes, respetando en cierta manera la armonía del enclave.

Desmontaron y, precedidos por la comitiva, Abissabar y Nora atravesaron la hilera de casas hasta el centro del poblado.

Las mujeres y las criaturas los saludaban a su paso.

Nora pudo vislumbrar el interior de alguna de aquellas casas desde la puerta de entrada.

Disponían el espacio alrededor de un hogar central, en un ambiente único, donde intuían que alternaban la totalidad de las tareas que comprendían la vida doméstica; un espacio que sospechaba del mismo tamaño que su propio dormitorio o el de su hermana.

Resguardada entre el resto de las cabañas se encontraba la casa de los caudillos de Iporca, la más grande de todas ellas.

En ella pasarían la noche, el tiempo suficiente para descansar, tomar provisiones y recabar información sobre los sucesos que acontecían al norte en la sierra.

Un pequeño tramo empedrado conducía hasta la puerta de entrada de la cabaña, que no se levantaba a más de tres codos del suelo.

El caudillo agachó la cabeza para acceder al interior y ellos lo imitaron.

En la estancia, su esposa los esperaba hierática y sonriente antes de proceder a saludarlos.

Para su sorpresa, la cabaña de los caudillos sí disponía de dos espacios diferenciados y separados entre sí por una fina pared de tierra apisonada.

Siguieron a la pareja a la estancia mayor, pavimentada por una tierra rojiza firme y cubierta en parte por una fina alfombra de esparto trenzado.

En la pared, un gran banco adosado era, a simple vista, el único asiento de toda la casa.

Sin embargo, el lujo en las filigranas de la madera evidenciaba el estatus de los propietarios de la casa.

En las paredes colindantes, hornacinas de distintos tamaños disponían de manera ordenada, con clara intención ostensible, vasos y vajilla de cerámica manufacturada en tierras al otro lado del Gran Mar.

—Los caudillos de Iporca se mostraron extrañados ante la insinuación de una rebelión en los poblados mineros —remarcó Abissabar—.

Sospechamos, de todos modos, que la relación con el gobernador Camalo se limita a la cordialidad diplomática entre protector y vasallo.

No obstante, nos atendieron con deferencia y nos aprovisionaron con todo lo que pedimos, pese a no haber podido averiguar mucho más de lo que ocurría al norte de sus tierras.

Al amanecer, la comitiva real bordeó el curso de agua hacia el norte, atravesando un bosque de álamos y zarzas.

El rumor del agua envolvía al grupo. De vez en cuando, una ráfaga de aire en las alturas zarandeaba las copas de los árboles, que repicaban como minúsculos cencerros y ocultaban el resto de los sonidos del bosque.

La princesa Nora se percató de la simetría doble del paisaje de alamedas.

El río ejercía de eje vertebrador en el que los árboles se colocaban siguiendo el orden natural que han dispuesto para ellos las fuerzas de la tierra.

A su vez, el reflejo de las ramas en el agua que corría le recordaba a las raspas del pescado que se desechaban en la cocina del palacio.

No encontró un símil mejor. Nora estaba segura de que Saore habría escrito con gran facilidad algún bello poema sobre la silueta de los álamos en el río, sobre el eco del viento amortajado bajo el cielo silvestre.

El río quedó atrás como un recuerdo. El camino, pese al trasfondo agreste, se tornó más despejado, pues era una ruta habitual de comercio terrestre.

De vez en cuando, una ladera comida por la erosión acababa por formar peñones escarpados, un gran contraste contra la maraña de arbustos de color desgastado.

A medida que se adentraban en el monte, los colores del bosque a su alrededor se insinuaban, pero no llegaban a manifestarse del todo, como si las copas de los árboles formaran una mampara protectora que impidiera que la luz mostrara la verdad.

Se decía del gobernador Camalo que era un personaje discreto que jamás había dado que hablar en Asta.

Aglutinaba bajo su protección las poblaciones y los poblados mineros de la sierra norte de Tarteso.

Desde Calentus, la ciudad más importante de la demarcación, gestionaba de manera eficiente la extracción de metales y los trabajos derivados.

Cerca de la casa del gobernador, se emplazaba el mercado ambulante para los habitantes de la sierra.

Recibían con regularidad la visita de comerciantes de Asta con todo aquello a lo que no tenían acceso en las montañas.

Sal, verduras de las plantaciones entre Gadir y Asta, harina y legumbres, aceite y vinos, junto con telas finas y cerámicas helenas se desplegaban ante aquellas gentes que, en muchos casos, tenían relación directa o indirecta con la vida en la mina, y los que no, se dedicaban a la crianza de cerdos y otros animales, o a vagar por los montes a la espera de una buena presa.

El gobernador recibió a los príncipes con la misma ceremonia que los caudillos en Iporca.

Había preparado especialmente una de las casas de la ciudad para Abissabar y Nora, y, a su vez, había habilitado un pequeño campamento para la comitiva real.

Calentus, pese a que no podía competir en tamaño con Asta o ninguna otra población circundante al lago de Tarteso, tenía todos los atributos de una ciudad pequeña y bien comunicada al norte y al sur.

Disponía de un buen número de artesanos especializados.

Esparteros, alfareros y un modesto taller de forja movían los engranajes de la pequeña ciudad, junto con la llegada periódica de comerciantes, mensajeros e intermediarios.

—Antes de que llegáramos a instalarnos, se oía el bullicio en las inmediaciones de la calle principal —prosiguió—.

Desmontamos, convencidos de que se trataba de la gritería característica de los puestos de venta.

Sin embargo, a medida que nos acercamos, escuchamos voces de hombres que gritaban con dificultad en nuestra lengua.

El mismo Camalo quiso llevarnos hasta el mercado para explicarnos las revueltas con las que tenían que lidiar cada vez que llegaban los comerciantes a Calentus.

Señores míos, nada más lejos de la realidad.

Un grupo de esclavos jóvenes estaba custodiado por varios soldados.

«No hay lentejas ni habas», creyeron escuchar los príncipes.

Hay algo innato en el ser humano en elevar el tono cuando se habla una lengua ajena y distante, fruto de la imposibilidad de expresarse con claridad.

Levantaban la voz, por supuesto que lo hacían.

Era el único derecho que podían permitirse.

Comerciantes y gobernantes lejanos habían dispuesto por ellos que aquellas montañas y valles los acogerían con brazos abiertos, que trabajarían a la luz del sol y que no excavarían las entrañas de la tierra a no ser que fuera del todo inevitable; que los hijos que engendraran en tierras tartesias serían tartesios por derecho de nacimiento.

Que, como esclavos, pertenecían a un reino del que no conocían más que el camino que los había llevado de Asta a la sierra; sin embargo, su rey les había prometido que podrían llamarlo hogar.

Les había proporcionado terrenos en los que levantar casas y pequeñas parcelas para cultivar alimentos básicos para el bienestar de una familia.

Mas, en aquellos terrenos frondosos de montaña pero yermos para el cultivo, poco más que acelgas crecían en los patios traseros de los hogares.

—Entre ellos, callado pero con la misma firmeza que había mostrado en Asta, el esclavo del pelo en llamas. ¿Os acordáis? —Asintieron todos—. ¿Cuál era su nombre?

—Aspar —respondió Nora rápidamente.

Abissabar llevaba el hilo de lo acontecido en la sierra y la princesa permanecía en silencio, poco más podía aportar al relato de su hermano. Cuando se cruzó con la mirada de Saore, se sonrojó y buscó alguna fruta seca que llevarse a la boca.

—Aspar el Escita, es verdad.

Abissabar pidió que le llenaran la copa de vino con una sonrisa amable y un simple gesto con la mano. Tenía porte de rey, se dijo Saore. Por un momento temió que su hermano se creyera esa misma premisa.