Capítulo 12
Las matas de tomillo que meses atrás habían aliviado los dolores de Argantonio habían vuelto a florecer.
Llamaba la atención el contraste de las mejillas arreboladas, sanas, con el velo amarillento que rodeaba el color verde aceitunado de los ojos del rey.
Los cambios físicos eran apenas imperceptibles para las personas que lo cuidaban y lo obligaban a mantenerse activo a diario.
El vientre más duro y prominente, algo de rigidez en las articulaciones cuando tenía que subir a la barca o al carro.
Sin embargo, el deterioro progresivo en la salud de Argantonio no pasaba inadvertido para quienes estaban de paso en Tarteso o los visitantes ocasionales, como Hadad.
El gobernador de Gadir, el muy maldito, le había insinuado entre sonrisas cordiales que dejara paso a Abissabar como nuevo rey de Tarteso, ante la falta de noticias del príncipe heredero.
Había un punto de lucidez en las palabras jocosas de Hadad.
Cuando volvió a sus funciones como monarca, al principio lo intimidaba la sensación de vértigo ante los imprevistos del reino.
Había pasado una temporada que se le antojó demasiado larga siguiendo los consejos de Ishmunazar (ejercicio moderado, carnes magras, vino poco especiado…) y dejando que su amada Anthousa cuidara de él en la privacidad de la alcoba.
Una vez sentado de nuevo en el trono, sentía la duda ante la toma de decisiones, como si no confiara todavía por completo en su criterio.
Al principio, delegaba en su hijo Abissabar, pues había demostrado ante todos que era un regente mediador y prudente.
Además, no se mostró sorprendido por la valía de sus hijas en la corte, en especial de Saore, cuyas dotes diplomáticas se iban incrementando a medida que dejaba a un lado las obligaciones académicas con Anthousa.
Había intervenido junto a su hermano en transacciones comerciales con los navegantes foceos, se había preocupado de complacer a Astarté como portavoz de la monarquía y cada día notaba que brillaba con el resplandor de la candela que alumbra por sí sola la totalidad de una estancia.
Conforme fueron pasando los meses, Argantonio se mostraba ante su pueblo como el rey de antaño, mediando él mismo cuando la situación lo requería. Sin embargo, ya no se sentía con fuerzas para hacer largos viajes.
En aquel periodo de recuperación y reincorporación a la vida política, el rey no había visitado el templo de Baal, al norte de la desembocadura del río Tar, sino que seguía la liturgia desde el templo de Asta.
De igual modo, siempre que le era posible, recibía al gobernador Ataralki y al resto de las visitas oficiales en la sala de audiencias del palacio de Isla de Gerión.
Le anunciaron la vuelta de la comitiva real de las minas de la sierra del norte del reino, a varias jornadas a caballo del templo de Baal.
Abissabar, Nora y el resto de los acompañantes hicieron parte del camino de vuelta navegando la corriente del río Tar hasta la desembocadura en el lago de Tarteso.
El destacamento emplazado en Caura de Baal Safón dio el aviso de la inminente llegada de los príncipes a la ciudad, que a su vez bordearía la costa del lago pasando por Cunbaria y Nabrissa hasta llegar a Isla de Gerión sin parada previa en Asta.
Días atrás, dos representantes del destacamento de Calentus se habían presentado en Asta para solicitar audiencia con Ataralki.
Los emisarios transmitieron la preocupación de las gentes del valle, ganaderos en su mayoría, por los comportamientos inadecuados de la población de las colonias mineras.
Entre líneas, los dos hombres insinuaban que los esclavos tracios se habían hecho con el control de la producción de las minas y que, además, contaban con el apoyo de los mineros tartesios.
Ataralki había tenido un mal presagio en cuanto al comportamiento de los esclavos en la sierra, pues los barcos cargados con el cobre, el plomo y la plata de las minas del norte desembarcaban en el puerto de Asta con menos frecuencia de la habitual.
Cuando los esclavos se establecieron a lo largo del territorio tartésico, la producción minera y las manufacturas en las forjas se incrementaron, tal y como habían aventurado los dirigentes del reino y de Gadir antes de las negociaciones.
Sin embargo, meses atrás se habían argumentado retrasos por el agotamiento de cobre y la búsqueda de nuevas vetas.
El gobernador le transmitió a Argantonio sus dudas una vez que tuvo la audiencia con los dos soldados, y el rey decidió enviar una comitiva hasta el valle y las minas para averiguar lo que acontecía en la frontera meridional del reino.
Abissabar, con su buen talante, llegaría a una solución justa.
Confiaba con plenitud en el buen saber de su hijo.
Mandó a Nora como acompañante de su hermano, pues no era ningún secreto que hablaba eolio mucho mejor que el príncipe.
En el caso de tener que negociar con los tracios, sería necesario facilitar los acuerdos y que hubiera las menores trabas posibles.
Además, como padre, quería insuflarle a su hija menor todo su apoyo para que pudiera implicarse en los asuntos de Estado en el mismo grado que su hermana Saore.
La princesa Saore esperaba a sus hermanos en el embarcadero.
Jamás había viajado más allá del templo de Baal y sentía una gran curiosidad por los paisajes de montaña que podían admirarse desde el templo.
Argantonio le había contado una vez que, al norte, el paisaje era muy distinto.
La luz que bañaba la costa no se atrevía a penetrar entre los árboles de bellota y el paisaje aparecía mate ante los ojos de los viajeros, dueño de la penumbra de sus caminos.
De vez en cuando, una pared escarpada rompía la monotonía del verde de los bosques y, no demasiado lejos, unas cuantas casas dispersas de planta circular anunciaba la presencia de un poblado minero en la sierra.
Si hacía el esfuerzo, era capaz de imaginar los bosques de montaña más allá de la línea del horizonte.
Oyó unos pasos a su espalda. Ataralki y dos de sus secretarios habían llegado al embarcadero.
El gobernador saludó con la cabeza a la princesa y los cuatro permanecieron en silencio a la espera de la llegada de la barca real.
Saore sabía que el gobernador era un hombre al que podía confiarle su propia vida y la de los suyos; sin embargo, le sorprendía que un personaje con tan poco don de gentes fuera tan buen consejero y administrador.
Apenas lo había visto sonreír en contadas ocasiones, seguramente por cuestiones de protocolo y no por espontaneidad.
Lo notaba especialmente reservado cuando Saore hacía acto de presencia.
Con ella y con las mujeres en general. Así como Argantonio jamás había tenido reparos en dejarse aconsejar por una mujer, la totalidad de las personas con las que trabajaba Ataralki eran varones.
Incluso a Raha, su prima, la trataba con respeto y deferencia, pero de la misma manera que lo haría con alguien ajeno a su círculo familiar.
La barca real no tardó en acercarse. Abissabar y Nora se levantaron del asiento para saludar a gritos a su hermana antes de atracar en la playa.
Abrazó en primer lugar a su hermana, orgullosa de su primer acto diplomático más allá de las murallas de Asta o de la comodidad del palacio en Isla de Gerión.
—¿Cómo ha ido el camino de vuelta?
—Bien, sin ninguna interrupción extraordinaria. Te habrían gustado mucho los senderos que bordean los ríos, hermana —dijo Nora, con la emoción de una poeta en la voz.
—El rey nos espera en la sala de audiencias —interrumpió Ataralki.
Los tres hijos de Argantonio rodearon las rocas de la playa hasta dar con el camino hacia el palacio. El resto del grupo los siguió en silencio a poca distancia.
El rey Argantonio había decidido que sus hijos serían recibidos con los mismos honores que los funcionarios del reino.
La mesa estaba cubierta con viandas frías y copas de vino de cerámica helena.
El monarca, sentado en la esquina más alejada de la puerta, se levantó cuando oyó las voces de sus hijos en la entrada del palacio.
Del mismo modo que había hecho Saore en el embarcadero, se llevó el cuerpo menudo de Nora hacia el suyo para abrazarla con cariño.
La besó con suavidad en el pelo y le indicó el lugar donde tomar asiento, a su izquierda.
Una vez que todos los asistentes estuvieron acomodados, un sirviente llenó las copas con vino fenicio.
Era la primera vez que Nora probaba el vino.
—Gracias por asistir a esta reunión. Sírvanse de los alimentos que deseen mientras mis hijos, el príncipe Abissabar y la princesa Nora, narran los acontecimientos que han presenciado en primera persona en las tierras de la sierra.
Los dos hermanos se miraron unos instantes.
En silencio, intentaban decidir cuál de los dos daba inicio al acto.
Nora no aguantó demasiado rato la mirada indagadora de Abissabar y optó por tomar con ambas manos su copa de cerámica.
Dio un sorbo demasiado largo y Abissabar tomó ese gesto como invitación a inaugurar la reunión.
—Mi señor —Abissabar se dirigió en primer lugar a su padre—, señores míos, queridas hermanas.
Ya estáis al tanto de que hace unas jornadas recibimos un aviso de que se vivían momentos de inestabilidad en las poblaciones en la sierra, al norte del cauce del río Tar.
El gobernador Ataralki, a su vez, hizo notar que la extracción de cobre, plomo y plata no mantenía el mismo peso en los últimos cargamentos que ingresaron en las forjas de Asta y Nabrissa.
Nos temíamos una rebelión, pero la situación en las colonias mineras era muy distinta.