Capítulo 11 #2
—Cuánto me alegro, Saore. Que los dioses lo tengan en cuenta. —Gharatar levantó la cabeza para mirarla—. Tengo que regresar al faro.
—Sí, no quiero entretenerte. Paseemos hasta el embarcadero, que nosotras también volvemos ya a Isla de Gerión. Déjame que te ayude, Gharatar.
La joven se agachó para coger los botijos de calabaza, pero el chico se lo impidió.
—Los botijos están vacíos, los llevo colgando del hombro sin problema. No soy digno de que me ayudes a transportar la carga.
—La dignidad se mide por los gestos que uno hace o deja de hacer, no por compartir la carga.
Con sutileza, Saore estiró los dos recipientes por la cuerda que los unía y los colgó de su hombro. En efecto, no contenían ningún líquido y se bamboleaban livianos al paso de la chica.
—Podías hacer que te mandaran los víveres al faro y ahorrarte el trayecto en barca. Según tengo entendido, eso hacía tu padre en el pasado.
—Sí, lo sé. De hecho, nos traen el agua dulce cada tres días a la isla. Y la leña para la hoguera. Pero prefiero encargarme en persona de ir a buscar las provisiones y limitar el número de ánforas de vino que nos corresponden.
—Debe de ser duro pasar todo el día en la isla.
—Sí, por eso me gusta venir a la ciudad.
Remar me mantiene en forma; durante el trayecto, tengo tiempo para estar a solas con mis pensamientos y, en Asta, la posibilidad de relacionarme con sus gentes.
¿Sabes una cosa? —Gharatar dudó un instante antes de confesarse ante Saore, pero ella escuchaba con atención cada una de las palabras del chico—.
Mi mayor terror es convertirme en una persona como mi padre.
—¿Qué quieres decir?
—Mi padre fue honrado por el tuyo a hacerse cargo de la seguridad de la entrada del reino.
Pero el cambio de vida hizo mella en él y se convirtió en una persona esquiva, huraña, de trato difícil.
Y yo no quiero encerrarme en vida, como ha hecho él —suspiró—.
No quiero perderme los pequeños placeres de esta vida.
—Gharatar… —La princesa frenó al chico sujetándolo por el hombro—. No conozco demasiado a tu padre, pero tú eres una persona completamente opuesta a él. Cada vez que conversamos me contagias la pasión con la que hablas de cada tema.
—Agradezco tus palabras, Saore.
El chico dejó las cestas dentro de la barca y las tapó con una estera de esparto. La joven le pasó los botijos, que colgó del escálamo, junto al remo.
—A todo esto, dime, ¿cómo se encuentra tu padre?
El muchacho se tomó su tiempo para contestar.
—Mi padre sigue aquejado con el mismo mal. Desde hace años. Es como si hubiera caído sobre su cabeza una maldición después de que mi madre muriera.
Saore envolvió las manos entre las suyas.
Le gustaba su tacto. Unas manos de contraste, suaves y ásperas según la zona que rozara.
Le gustaba también que Gharatar se sonrojara cada vez que lo tocaba o le preguntaba sobre algún tema personal.
En poco tiempo, el farero se convertiría en un hombre fornido y decidido, pero Saore seguía viendo en él la mirada perdida del niño al que azotaba Ataralki por un error del cual Gharatar no era del todo responsable.
Y, de un modo u otro, ella, como representante del buen funcionamiento de la casa real, se sentía un poco en deuda con aquel fallo cada vez que conversaba con el chico.
—¿Cuánto tiempo hace que no lo ve un médico?
—Meses. Cuando ha tenido una crisis fuerte, en la que apenas podía respirar, el gobernador nos ha mandado un médico a la isla. Pero su salud se va deteriorando cada vez más deprisa.
—En breve os visitará un médico. Haremos todo lo posible para buscar una cura. —Forzó una sonrisa—. Te lo prometo.
Horas después, Gharatar remendaba en la playa de la isla la pequeña red de pesca con la que se abastecía de pescado fresco.
A lo lejos, divisó la silueta de la barca real que se acercaba hacia el faro.
Dos personas permanecían sentadas, además del barquero, mecidas por el vaivén de las olas.
Gharatar se levantó y gritó desde la orilla para indicarles que viraran a babor para evitar los farallones.
A medida que se acercaban, el joven reconoció a uno de los dos personajes.
No daba crédito a lo que veía: la joven Saore, vestida con la misma túnica que llevaba en Asta, cubriéndose los hombros con un chal de lana pálido, lo saludaba con la mano y el rostro.
El barquero bajó y, entre él y el muchacho, trabaron la embarcación sobre la arena.
El farero le ofreció la mano a la princesa para ayudarla a bajar, así como al hombre que viajaba con ella.
El farero lo contempló unos instantes. A primera vista, lo tomó por un hombre seco, encorvado sobre sí mismo por el peso de los males ajenos.
Sin embargo, la impresión de aspereza que le causó se desvaneció al momento.
En realidad, el semblante no le parecía rudo, sino cansado; la cara tenía la apariencia líquida de una vela demasiado caliente, las ojeras marcadas y los labios apretados no hacían sino reafirmar aquel cansancio.
Miraba en silencio al chico, a la espera de ser presentado, con ojos claros y cálidos, como los tallos secos del trigo.
Sin saber por qué, el joven supo que podía confiar en él.
—Gharatar, él es Ishmunazar, nuestro médico en la corte. Me quedaría más tranquila si visitara a Lirnestaakun.
El médico lo saludó con una leve inclinación de la cabeza y le preguntó dónde podía encontrar al enfermo. Gharatar le señaló el camino hasta la atalaya e Ishmunazar emprendió el paso hacia allí, con andares firmes pero demasiado nerviosos.
—Saore, no deberías haber… —El chico hincó una rodilla sobre la arena a modo de reverencia, pero la princesa hizo el ademán de levantarlo por las muñecas—. Eres tan bondadosa con nosotros, con todo el mundo… Rezo todas las noches para que no abandones jamás esta tierra.
—Vamos, Gharatar, acompañemos a Ishmunazar.
Lirnestaakun se incorporó del jergón cuando el médico entró en la habitación. Le echó una mirada censora a su hijo, pero cambió la expresión rápidamente al ver a Saore detrás de Gharatar.
—Mi señora —bufó por el esfuerzo al tratar de ponerse de pie—, no soy digno de estas atenciones.
—Mi buen Lirnestaakun, sigue acostado, te lo ruego. Tu función en el faro es impagable, por lo que soy yo la persona indigna por tenerte abandonado. Te debo una disculpa, en mi nombre y en nombre del rey. —Tocó el hombro de Gharatar para llamarle la atención y susurró—: Y a ti también.
—Saore, tú… —empezó a decir, pero ella le solicitó que guardara silencio.
—Lirnestaakun —prosiguió la princesa—, Ishmunazar es el médico de mi padre. No hay nadie mejor en el reino a quien confiar tu salud.
Ishmunazar aprovechó que el farero todavía permanecía sentado para escuchar la cavidad torácica.
Pese a no moverse apenas, la respiración era precipitada y el pecho se hundía con las inspiraciones más profundas.
Le palpó la frente y el cuello; la piel estaba pegajosa.
No tenía fiebre en aquel momento, si bien el aliento del hombre era demasiado caliente y agrio.
Le pidió que se despojara de la túnica y lo obligó a tumbarse de costado.
Lirneestakun, al contacto de la presión de la mano del médico, se quejó de dolor en una zona concreta: del omóplato izquierdo hasta el nacimiento de la clavícula.
Ishmunazar repitió el procedimiento en el lado derecho, pero el dolor apenas era significativo.
—Esto es una buena señal, pues solo estaría afectado uno de los lóbulos. ¿Puedes carraspear?
El hombre forzó el carraspeo, que se convirtió en un ataque de tos furibundo, como los que tenía durante las horas de sueño.
Se llevó la mano al pecho izquierdo y apretó el puño en un gesto instintivo.
El médico le acercó un pedazo de tela para poder analizar la flema que expectorase.
Solo escupió algo de saliva con hebras de sangre roja y brillante.
La expresión del médico se ensombreció unos segundos, antes de proseguir con las preguntas sobre el estado físico.
Evacuaba con normalidad y, por norma general, se podía asear él mismo.
Le confesó que cada día se notaba más cansado y, pese al clima primaveral, los escalofríos lo aquejaban la mayor parte del día.
—¿Cómo descansas?
Lirnestaakun se encogió de hombros y Gharatar, que permanecía con Saore en la entrada la habitación, tomó la palabra.
—Duerme a deshoras y siempre preso de una continua agitación. Cuando la fiebre es alta, delira y musita palabras sin ningún tipo de contexto.
El médico asintió con la cabeza y pareció meditar la respuesta que quería dar a los dos fareros.
—Ahora mismo, la prioridad es no retener el esputo en el pecho, por lo que tienes que aligerar la cabeza —dijo Ishmunazar, y se acercó a la entrada para seguir hablando con Gharatar—.
Durante tres días tu padre se va a alimentar exclusivamente de caldos suaves que tienes que preparar con agua dulce, y no del lago.
Añade un pedazo de carne blanca que sea completamente magro, para que arrastre la flema que está condensada en el pecho.
Si todo va bien, a partir del tercer o cuarto día, el esputo se eliminará con la tos.
Solo desde entonces, los caldos deberán ser grasientos y se podrán añadir a la dieta otros alimentos. ¿Entendido?
—Sí. ¿Qué puedo prepararle entonces?
—Si tiene frío, una sopa de garbanzos o de lentejas. Con agua dulce. Es importante que no tome nada de sal.
Ishmunazar volvió hacia la cama del enfermo.
—Lirneestakun, debes obligarte a carraspear a menudo.
El esputo tiene que ser viscoso, amarillento o verdoso.
Si vieras sangre también, no te sorprendas.
Gharatar, si tu padre no desflemara lo suficiente, tendrás que administrarle un evacuante para provocarlo.
—Hizo una pausa para reafirmar sus palabras antes de proseguir con la explicación—.
El evacuante lo vas a preparar infusionando a partes iguales hojas secas de eléboro y frutos de verdelobo.
Se lo ofreces a tu padre a sorbos pequeños mientras el líquido todavía esté caliente.
No te preocupes si lo vomita, pues es un purgante muy fuerte.
La fiebre suele incrementarse al final del día, es lo habitual.
Sin embargo, si lo notaras demasiado débil y caliente por las mañanas, puedes colocarle sobre el pecho y la espalda paños humedecidos en el agua fría del lago y cambiarlos a medida que se calienten en demasía.
Saore se dio cuenta de que Gharatar se apretaba los puños contra la cadera, pero era capaz de mantener la expresión serena de cuidador frente a su padre.
—Cuando el dolor lo invada —prosiguió Ishmunazar—, dale de beber vino o vinagre con miel, rebajado en agua.
También puedes cubrirle el pecho con fomentos, que debes preparar machacando en el mortero hojas de salvia frescas, hojas y semillas de pericón amarillo y harina de cebada a partes iguales.
Mezcla el resultado con miel hasta formar una pasta espesa que puedes aplicar con un paño limpio sobre el lugar que más le duela.
Gharatar apenas abrió la boca durante la corta visita del médico real. Saore era consciente de la cantidad de información que debía procesar el muchacho y de la carga que comportaba cuidar él solo de su padre enfermo, sin descuidar las tareas de seguridad en el faro.
Asió al joven con suavidad por el codo y lo conminó a salir con ella a dar un corto paseo por la isla.
—Gharatar, estás preocupado.
—Sí, hasta el momento, Ishmunazar ha sido el único que ha hablado con propiedad sobre la enfermedad de mi padre. De nuevo —dijo, bajando la vista al suelo—, te agradezco la bondad con la que nos tratas.
—No, es nuestra obligación que todas las gentes vivan de la mejor manera. Y que disfruten de lo que hacen. Y os hemos fallado.
Caminaron en un silencio confortable hasta llegar a la playa. El barquero estaba sentado sobre la arena y se incorporó al ver arribar a la princesa.
—Mañana mismo llegará una barca con todo lo que necesitas para sanar a tu padre.
Acompañaré a Ishmunazar hasta Asta para asegurarme de que no falta nada.
También mandaré traer más víveres. Si prefieres quedarte aquí hasta que mejore, os acercarán todas las provisiones que tú sueles ir a buscar a la ciudad.
—Muchas gracias, Saore.
Gharatar quiso virar la conversación empleando una entonación menos solemne.
—Me quema la garganta no poderte llamar «mi señora».
—Me gusta que me llamen por mi nombre —rio más relajada—. La que porta la espada de oro. Por cierto, no he vuelto a ver el rayo verde desde la vez que me lo mostraste en Isla de Gerión.
—¿Todavía te acuerdas del rayo verde? —El pecho del chico se hinchó de júbilo—. Desde aquí es mucho más probable verlo, te lo prometo. Pero me temo que deberíais partir lo antes posible y aprovechar las últimas luces del día.
—Es cierto; saldremos en cuanto llegue Ishmunazar. Y tú, ¿cuándo enciendes la hoguera del faro?
—Poco antes de que el sol desaparezca detrás del horizonte.
Oyeron los pasos ágiles del médico detrás de ellos. Ishmunazar agarró al chico por los hombros y lo miró a los ojos.
—Muchacho, la salud de tu padre es muy frágil y esta enfermedad no tiene buen pronóstico.
La prioridad ahora mismo es que consiga vaciarse del todo y, una vez purificado el pecho, podré determinar el grado de mejoría y si hay esperanza de que sobreviva mucho tiempo más.
—Aclaró la garganta antes de proseguir—.
La mejoría suele llegar hacia el séptimo día.
Por eso, si las obligaciones en la corte me lo permiten, volveré a visitarlo dentro de ocho días.
Gharatar se agachó levemente para hacer una reverencia al médico.
A continuación, tomó la mano de Saore para llevársela hasta la frente.
Antes de soltarla, y saliendo del protocolo, la llevó unos segundos a su pecho como muestra de agradecimiento.
No se atrevió a mirar a la princesa de nuevo hasta que el barquero real empezó a remar en las aguas calmas del lago.
Saore levantó el brazo y él le devolvió el saludo.
Permaneció en la playa hasta que la barca empezó a difuminarse con el lago. Después, fue hasta la pequeña barraca que hacía las funciones de leñera y cogió una buena pila para la hoguera del faro.