La portadora de la luz Capítulo 11
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Capítulo 11

En el salón de recepción del templo de Asta había un banco adosado al muro contiguo a la entrada.

Las tres mujeres, sin embargo, permanecieron de pie esperando el regreso de la sacerdotisa.

El humo del olíbano se mezclaba con el de las dos antorchas que pendían de sus soportes en la pared, si bien el ambiente no estaba tan cargado como Anthousa había esperado.

La institutriz había insistido en acompañar a Nora y a Saore para unirse a la plegaria en agradecimiento a Ishmún por la recuperación del rey.

Las princesas no recordaban haberla visto hasta aquel momento en un templo tartesio, ni tampoco realizando ningún tipo de culto en público.

Sin embargo, ahí estaba, en pie, con un cuenco de uvas amarillas, las favoritas de Argantonio.

La sacerdotisa entró en el salón con tres pequeñas lucernas apagadas en cada mano y les entregó una a cada una.

Miró a Saore con una deferencia distinta a la de su hermana menor.

Recordó la primera vez que la había tenido en brazos, en aquel mismo templo, dieciséis años atrás.

No era mucho mayor que un gazapo. La sacerdotisa le bajó la manta hasta la mitad de la espalda para ver la marca de la diosa estampada sobre su piel.

La medialuna de Astarté. «Crisaore, hija de la luna, llevará la luz blanca de su estirpe», había dicho el oráculo.

La princesa, vestida con una sencilla túnica nívea, aparentaba la seguridad de su padre con cada preciso gesto, con cada movimiento.

A su vez, tenía el brillo en los ojos y la candidez en el rostro que su madre había conservado hasta el fin de sus días.

Las mujeres entraron en la sala de rituales. Saore y Nora se arrodillaron y depositaron sobre el altar de piedra blanca los recipientes con la fruta. La sacerdotisa le pidió a Anthousa que dejara el cuenco con las uvas junto al resto de las ofrendas, pero la mujer negó con la cabeza.

—Si ello no conlleva una ofensa al templo, me gustaría recitar por mí misma la oración para mi señor.

—No hay ningún inconveniente —le contestó.

Saore sonrió al recordar la cara plácida de su padre mientras acariciaba los cabellos de aquella mujer que se mostraba firme de nuevo, unos dedos por detrás de ellas, en el silencio discreto de los que entienden que cualquier culto, propio o ajeno, lleva a unos y a otros al mismo lugar.

La sala estaba iluminada con la luz de las lucernas que sujetaban y los cirios colocados alrededor de la estatua de Astarté alada sentada en su trono, que presidía el ritual.

La sacerdotisa colocó una pequeña estera de esparto sobre el suelo de guijarros y se postró junto al altar.

En una esquina había dos jarras rojas de vino especiado con el borde ensanchado y otra más apoyada en el suelo, que no usó.

Vertió el contenido sobre los cuencos repletos de higos secos, uvas pasas y rodajas de manzana, y parte del vino cayó sobre el altar.

La sacerdotisa tomó una pequeña porción de pasta de olíbano y la mojó con el líquido derramado.

Lo mezcló con los dedos durante unos segundos y se aplicó la mixtura sobre la frente y el nacimiento del pelo.

Apoyó las manos sobre el altar y procedió con la plegaria de agradecimiento en nombre de Saore y Nora.

—Oh, Ishmún, hijo de Sedek, señor de la curación, escucha estos agradecimientos.

»Oh, Ishmún, sanador de hombres y mujeres, las princesas Saore y Nora de Tarteso te dedican este regalo en gratitud por haber devuelto la salud a nuestro señor, el rey Argantonio.

»Oh, Ishmún, protector de los mortales, que has restaurado la salud del rey, que tu bondad siga iluminando a todos aquellos que te necesiten.

La sacerdotisa pellizcó un poco más de pasta de olíbano. Repitió el ritual con el vino del altar. Con un gesto de la mano, instó a las princesas a acercarse y les ungió la frente del mismo modo que había hecho con ella misma.

Anthousa permanecía al fondo de la sala, sujetando la lucerna y el cuenco con la ofrenda. Cuando la sacerdotisa dio por acabado el ritual, se giró hacia ella:

—Anthousa, ¿prefieres quedarte a solas para rezar tu oración?

—No, no es necesario que os marchéis ninguna —respondió.

—¿Precisas de algo antes de la plegaria?

—Sí, te agradecería poder usar también una jarra con vino para la libación.

—A tu disposición está —contestó la sacerdotisa, señalando la jarra que había junto al altar.

Saore aguantó la lucerna de Anthousa y su mathetria se dirigió hacia la estatua de Astarté.

Extendió la mano hasta tocar con la punta de los dedos la mano de la diosa.

Astarté, deidad que protegía a todos por igual, señora del amor, de la naturaleza, de la pasión, de la vida y de la guerra.

El rostro de la diosa podría reflejar el de cualquier mujer tartesia o fenicia, compleja y amante, autónoma y devota de su familia.

Voluptuosa y piadosa, fértil y amada. Anthousa solía rezar en su altar privado a Afrodita, la diosa a la que le pedía los ruegos para mantener a Argantonio a su lado todos los años que le quedaran de vida.

La diosa del amor y del placer. Sin embargo, Astarté también se reflejaba en muchos de los atributos de Hera, a la que Anthousa también había pedido la protección de su nuevo hogar, tan lejano y exótico.

Ella, casada en dos ocasiones, le rogó a Hera que protegiera la relación y el peculiar hogar que había formado en casa del hombre más poderoso del lugar, y que no era su marido a la manera tradicional.

Afrodita y Hera se fusionaban frente a Anthousa convertidas en Astarté para recordar una vez y otra el ciclo de la vida y de la muerte, y el carácter efímero de cada uno de nuestros actos.

Anthousa se aclaró la garganta antes de empezar a recitar, en eolio, su oración:

—Oh, bendita Astarté, diosa de todos nosotros, permite que mis oraciones en tu templo se destinen a Higía, hija de Epíone, reina de las moradas.

»Escúchame, reina Higía, que ahuyentas las enfermedades de hombres y mujeres, el Cosmos te desea por reina. Oh, diosa, libra para siempre a mi señor Argantonio de los tristes dolores de la enfermedad.

Vertió ella misma el vino sobre las uvas amarillas, con la urgencia de aquel al que le ha quedado algo importante que decir. Entonces bajó el tono de voz hasta rozar el susurro y prosiguió:

—Que las estrellas en torno a la bella luna no vuelvan a ocultar tu dulce rostro amado, pues la luna, cuando llena, más brilla sobre la tierra… La tierra de la plata.

Saore no alcanzó a escuchar todas las palabras de Anthousa, pero supo que no iban dedicadas a ninguna deidad, sino a su padre.

El señor de la tierra de la plata. Cuando su mathetria pasó por su lado, Saore le apretó las manos y ella no hizo ademán de evitar el contacto.

La princesa se mostraba serena, pero en su interior la marea de sensaciones bullía al paso de las horas por la dicha de saber que su padre mejoraba y que recibía los mejores cuidados de aquellos que se preocupaban por él.

Como Anthousa, tan dicharachera a veces, a veces tan distante.

Se acercó a ella y la besó en la mejilla.

Los ojos de la helena se anegaron en lágrimas que no llegaron a brotar del todo. Sonrió a la joven y la besó a su vez.

En el embarcadero, Saore reparó en que la barca de Gharatar estaba amarrada más allá de la barca real.

La princesa propuso alargar un poco más la mañana en Asta y visitar la plaza del mercado, no muy lejos del puerto.

A Saore le gustaba pasear por los puestos y hablar con los vendedores.

De este modo también podrían hacerse con algunas matas de tomillo para las infusiones de Argantonio.

Gharatar caminaba por la plaza entre el gentío.

El muchacho había florecido en los últimos meses.

Atrás quedó la apariencia enjuta; ahora caminaba con dos cestas de esparto trenzado repletas de frutas, verduras y carne en salazón, así como dos botijos de calabaza colgados del hombro.

La espalda de Gharatar, la misma que laceró Ataralki hacía años, se había ensanchado; también los brazos, que lucían cubiertos por un vello oscuro y fino.

Caminaba rápido, de vuelta a la barca, con las provisiones para la vida en el faro de los próximos días.

Vio a Saore y sus acompañantes conversando con todo aquel que las detuviera para preguntar por la salud del rey.

Podría pasar por la hija de cualquier comerciante, peinada y vestida con sencillez, sin joyas, se dijo.

Y ahí estaba la hija del mismísimo Argantonio, que brillaba con la luz suave de la luna llena en un mar oscuro.

La mirada de la princesa se cruzó con la del farero. Gharatar sonrió con timidez e hizo una pequeña reverencia con la cabeza para proseguir su camino hasta el puerto. Saore, sin embargo, le instó con la mano a que se acercara a ellas.

Gharatar dejó las cestas y los botijos en el suelo, y, con disimulo, se frotó la palma de la mano contra la tela de la túnica antes de saludar a las mujeres.

Tomó las manos de Anthousa y Nora, y, con una inclinación, se las llevó hasta la frente.

Se acercó hasta Saore para saludarla. Pese a no atreverse a mirarla directamente, apreció la gran sonrisa en el rostro de la princesa, la sonrisa infantil que todavía mantenía en la adolescencia.

Ella le tendió las manos, y él las retuvo un momento más de lo necesario entre las suyas antes de realizar el saludo de protocolo.

—Se comenta en la plaza que el rey se encuentra mejor hoy.

Saore se giró hacia Anthousa y dijo:

—Ve con Nora a buscar el tomillo.

Y, pese al tono alegre y la sonrisa eterna, las palabras de Saore eran una orden que Anthousa acató con desgana.

—Así es, Gharatar, mi padre ha mejorado notablemente de un día a otro. Hemos rezado en el templo para acelerar su total recuperación.