Capítulo 10 #2
En el gineceo de su nuevo esposo, en cambio, reinaba una jerarquía distinta.
Kotis había sido la concubina de Argus durante años; vivía una existencia desahogada en la villa del político con sus dos hijas, haciéndose cargo del buen funcionamiento del oikos del magistrado.
Las hijas, ambas bellas adolescentes de cabellos oscuros, aceptaron con alegría la presencia de Anthousa en el hogar como la nueva cónyuge de su padre.
Sin embargo, ninguna de ellas podía acceder al pleno derecho heleno porque a Kotis la habían comprado en el mercado de Mileto cuando tenía aproximadamente la edad de sus hijas.
Con ellas tres y el resto de las mujeres, Anthousa supo descifrar el poder de los silencios, expresarse con gestos sutiles, exteriorizar la alegría de forma velada, prácticamente a oscuras.
Conoció una nueva forma de respeto entre mujeres, pues todas se apoyaban entre ellas y se trataban sin distinciones, fueran helenas o bárbaras.
Ninguna mujer en el gineceo de Argus llegaba a desfallecer, porque, junto a ella, se había tejido una red de cuidados de puertas adentro que cualquier hombre, de haber sido consciente de ello, hubiera anhelado tener en sus círculos de poder.
Argus era un buen delegado, decía todo el mundo.
Hablaba con firmeza; afirmaba, jamás preguntaba, pero se dejaba aconsejar por la sabiduría de los mejores asesores.
Necesitaba imponerse en todos los ámbitos, en los negocios, en la asamblea y frente a sus mujeres.
Jamás le levantó la mano a ninguna adulta, pero infligía tipos de violencia más sutiles a las mujeres que vivían en su casa.
En especial era intransigente con la conducta de Anthousa, pero sus compañeras la sostenían para que no perdiera la alegría innata con la que iluminaba la vida en el gineceo.
La primera vez que yacieron como esposos, Anthousa se comportó con Argus del mismo modo que lo había hecho con Norfeus.
Le ofreció una copa de vino y, una vez finalizada, la colocó de nuevo sobre la mesa.
Se acercó a su esposo y, con naturalidad, le desabrochó el cinturón que le ajustaba el quitón al cuerpo y las fíbulas a la altura de los hombros.
Argus, sorprendido, quedó expuesto ante Anthousa.
La apartó de su lado sin brusquedad ni cortesía, y la apremió a tumbarse a los pies del lecho con el peplo remangado hasta el vientre.
Erguido y desnudo, empezó a masturbarse instintivamente, sin reparar en nada más que en conseguir una erección rápida.
Una vez listo para la penetración, de un pequeño cuenco colocado encima de la mesa dispuso un poco de aceite de oliva en la palma de la mano y se embadurnó el pene, prosiguiendo con los mismos estímulos excitativos que había realizado segundos antes.
A continuación, cogió el cuenco y se acercó al lecho para lubricar a su esposa.
Mojó la punta de los dedos en el recipiente y, acto seguido, ungió la suave piel de las ingles y el vello púbico de Anthousa con movimientos circulares precisos.
Introdujo un dedo en la cavidad del sexo, pero lo retiró al momento, con una mueca de asco en la cara.
—¿Qué repugnancia es esta? —gritó al tiempo que volvía a colocarse el quitón—. ¡Estos flujos son perjudiciales para concebir, mujer!
Anthousa se quedó rígida y no osó ni tan siquiera moverse hasta que Argus abandonó la habitación.
—Los hombres como Argus tienen esposas para perpetuar su nombre, concubinas para que los cuiden y hetairas para divertirlos —le recordó Kotis—. Tan solo debes entender cuál es tu papel en esta función, mi querida niña.
—Pero así es como reacciona mi cuerpo a las caricias —se defendió Anthousa.
—Ya lo sé, bella, es una cosa normal. No es justo, pero el placer no está reservado para las esposas, pues dicen que el exceso de humedad femenina corroe la simiente.
Argus anhelaba un hijo varón. Varón y legítimo.
Había repudiado a su primera esposa por la incapacidad de llevar embarazos a término, pues tarde o temprano llegaba el temido sangrado que arrastraba con él la vida que no podía desarrollarse en su vientre.
Durante los días que Argus estaba en Focea, el matrimonio pasaba horas en la cámara conyugal hasta que el magistrado era incapaz de eyacular más.
Para evitar distracciones innecesarias, Argus la obligaba a colocarse de espaldas a él, apoyada sobre los codos y con el rostro hundido entre almohadones.
Anthousa, siguiendo los consejos de Kotis, entendió el papel que tenía que desempeñar en aquel teatro que era la vida en el oikos de un ciudadano de tal reputación.
Entre embestida y embestida, ella se disociaba de su cuerpo para impedir el goce.
Evocaba el olor nauseabundo de la cabeza de cordero mientras hervía, intentaba repetir para sus adentros los versos que más le costaba recitar en compañía de las mujeres o recordar el patrón del chal que pensaba tejer antes de que las Pléyades coronasen los cielos.
Los encuentros sexuales se repitieron durante más de un lustro hasta que, al final, Argus decidió repudiar a Anthousa, como había hecho con su primera esposa.
Según las leyes foceas, el magistrado estaba exento de devolver la dote, ya que el kurios de Anthousa, su tío materno, había fallecido unos meses antes.
Aun así, quiso darle a la mujer la oportunidad de establecerse por su cuenta, en Cumas o en Focea, donde ella decidiera, y le cedió la nada desdeñable suma de dinero que su tío había pagado por casarla en segundas nupcias, para que empezara, por tercera vez, una nueva vida.
Anthousa ahora, en plena madurez, se sabía fuerte y emancipada en Tarteso.
Había realizado durante catorce años la labor para la que la habían instruido en su tierra natal.
Había tenido el privilegio de transmitir todo lo que sabía a dos princesas de un reino que muchos creían mitológico.
Un reino de bárbaros, repetían sus compatriotas nada más atracaban los barcos mercantes en el puerto de Asta.
Bárbaros a ojos de ellos, tal vez, pero ella jamás habría descrito con tales términos a unas gentes cuyo dirigente prescindía de las jerarquías, que no hacía distinción entre hijos e hijas, y reinaba con el corazón en la mano.
Un rey que, poco a poco, se fue implicando en sus quehaceres, los de una simple institutriz a su servicio.
A medida que se conocían, con la prisa del inmortal, fue naciendo y creciendo el amor entre los dos como una semilla regada con el agua del manantial más puro, bajo el sol brillante de Tarteso.
El amor, a su edad, no era más que la paz instaurada con la seguridad de que ya no llegarán más guerras.
Su amor, su primer y único amor, dormía entre pequeños espasmos, resultado de la batalla definitiva que se libraba en su interior.
Ella era una persona válida, bajo cualquier tipo de circunstancias, y había conseguido salir a flote cada vez que un obstáculo se había interpuesto en su camino.
Aun así, la incertidumbre que le impedía vislumbrar un futuro a corto plazo la sobrecogía.
Y de nuevo se preguntó qué iba a ser de ella si el rey fallecía.
Saore entró con sigilo a la cámara de su padre.
Lo encontró incorporado. Con un aire ausente que le impidió percatarse de la presencia de su hija bajo el quicio de la puerta.
Tenía el brazo semiestirado y acariciaba con la mano algo que Saore no reconoció al primer vistazo.
Ella, pese a su disimulado silencio, estaba exultante al ver a su padre despierto después de aquellos días de pesadumbre.
A la vista estaba el cansancio en su rostro, pero también la paz, que lo dotaba de una luz especial.
La apariencia de Argantonio en aquel momento era la misma que cuando contemplaba, en un discreto segundo plano, los juegos de Saore y Nora.
De repente, se giró hacia la puerta y sorprendió a su hija observándolo.
El gesto se hizo todavía más grande y achicó a su vez los ojos del rey.
Saore hizo el ademán de acercarse, pero Argantonio se llevó un dedo a los labios y, posteriormente, señaló el cuerpo dormido de Anthousa, sentada en el suelo y con la cabeza reposando a escasos dedos de él.
—Cúbrela con esta colcha de lana, haz el favor —susurró el rey—, que a mí ya no me hace falta.
A una distancia más corta, Saore vio la luz en los ojos de su padre al contemplar a su mathetria y sintió el mismo bienestar que podría haber experimentado si a ella también la hubieran tapado en una noche de frío.
Su padre merecía una compañía como aquella, una compañía que lo hacía destacar, más si cabía, entre el resto de los mortales.
La joven era feliz cuando los que amaba vivían en dicha.
Y ella amaba a su padre por encima de todo.