Capítulo 10
¿Qué iba a ser de ella si el rey fallecía?
Había encontrado la felicidad al lado de una persona bondadosa que la había dejado al cuidado de sus hijas y, tiempo después, de su corazón.
Las niñas habían crecido, ya poco podían aprender de ella.
Sería capaz de dejarse morir de hambre si el heredero de Argantonio la obligase a regresar a su tierra.
En el mejor de los casos podría llevar a cabo tareas de interpretación con mercaderes y diplomáticos helenos en la corte del nuevo rey.
Un escenario que también le aparecía en mente, aunque de menos agrado, era servir como dama de compañía de Saore o Nora.
Una mathetria , una institutriz helena venida a menos, se resignaba, para entretener y aconsejar a las princesas sobre asuntos fútiles de los que ella jamás se habría preocupado, hasta que una de ellas diera a luz alguna criatura a la que poder instruir.
Si es que su salud todavía la mantenía vigorosa como en aquellos momentos.
A los cuarenta y tres años, Anthousa tenía la firme consciencia de vivir un periodo de plenitud vital sin parangón.
Se levantaba temprano para abandonar la cámara del rey antes de que él se despertase y bajaba hasta los acantilados para practicar ejercicios ligeros con las luces del amanecer.
Después de sus obligaciones con las dos niñas, pasaba las horas de ocio bordando, leyendo, escribiendo poesía, dando largos paseos y memorizando el nombre de las plantas de aquel lugar del mundo.
Haciendo el amor por las noches con el hombre al que amaba, cuando todos descansaban en palacio.
No se le ocurría mejor vida que la que llevaba en la corte de Tarteso.
Había escuchado decir a todas las mujeres de su vida, las que la instruyeron de una manera u otra y también las que la acompañaron en los gineceos, que el amor en la madurez ya no tenía sentido.
Anthousa discrepaba y se lamentaba de no tener la oportunidad de rebatírselo.
El amor hacia Argantonio había aparecido de manera muy paulatina.
Paradójicamente, a las puertas de la senectud, se tienden a mostrar los sentimientos con la parsimonia que uno esperaría de aquel al que le queda toda la vida por delante.
Sin prisa, disfrutando de los preparativos antes de saborear el guiso servido en el plato.
Su juventud en Cumas fue tan distinta a la vida que llevaba en Tarteso, se dijo.
Miraba a Saore, con la vista perdida en las aguas y la sonrisa traidora en la comisura de los labios.
Ella no había vivido aquel amor de pubertad tan ensalzado por todas y codiciado por unas pocas.
A la edad de Nora, a lo sumo, había experimentado el sutil placer carnal con sus compañeras en la villa de su mathetria Corina.
Sus maestras las habían formado para poder conocer el cuerpo femenino y la sensibilidad que emanaba de él según lo fuera estimulando.
Pero todas aquellas experiencias distaban del concepto del amor del que hablaban en los poemas y las canciones.
Las pieles se encendían a medida que las yemas de los dedos se deslizaban por su superficie, pero Anthousa no había descubierto hasta la madurez que el foco real del amor no se hallaba en la piel, sino en las vísceras, y que el calor que emanaba de ellas ante la presencia del amado no ardía, al contrario: era un calor protector que cobijaba del mismo modo que lo hacía una frazada en las noches frías.
Cuando cumplió la edad de Saore, Anthousa era la versión primaveral de la mujer que era ahora: atlética, culta, divertida.
Su tío y kurios , ante la urgencia de colocar a su sobrina en casa ajena, y tras reunir una dote medianamente aceptable, pactó el matrimonio de Anthousa con Norfeus, un joven comerciante de Focea que había prosperado con los negocios en los nuevos mercados al sur de Masalia.
Era cinco años mayor que ella, una diferencia poco habitual en un matrimonio.
La joven sintió curiosidad por conocer a aquel rico mercader que se convertiría pronto en su marido, y aquello consiguió encubrir durante un tiempo la decepción al entender que no podría seguir el camino de su mathetria Corina y fundar ella misma una escuela para instruir a las jóvenes nobles de Jonia.
Tras la boda, Anthousa se estableció en Focea, su segundo hogar.
Norfeus era joven todavía, mas carecía de la impetuosidad que una espera del marido que ansía legar cuanto antes su nombre a generaciones venideras.
Era bondadoso con todo el mundo, al menos según las maneras en las que expresaban este sentimiento los helenos.
No alzaba la voz ni hacía ademanes de grandes muestras de cólera, pese a no conseguir llegar a imponerse todavía entre sus iguales.
Su hogar era su barco; su prole, las arcas, y su objetivo primordial, engordarlas.
A la vista estaba que su esposa había dejado la niñez no hacía demasiado, por lo que llenarle el vientre era una tarea que todavía podía retrasar en pos de los negocios en las tierras más allá de las columnas de Heracles.
Norfeus buscaba una compañera con la que compensar la soledad de las largas travesías en el mar.
Anthousa lo acompañaba durante las jornadas en que su carguero atracaba en el puerto de Focea.
La adoraba, cualquiera en su sano juicio lo veía.
La velada ideal para Norfeus consistía en que su bella esposa le sirviera vino de Quío en un cílica y conversar hasta bien entrada la noche de poesía o política, o conocer las noticias acontecidas durante sus ausencias.
En el lecho, solía sucumbir con rapidez debido a los excesos en la comida y, en especial, en la bebida.
El placer conyugal más habitual era besar los pechos y el abdomen de su mujer, y quedarse dormido sobre ellos antes de llegar a consumar su derecho de hombre.
Norfeus se sentía lleno con la compañía de ella, y Anthousa…
Anthousa vivía una vida apacible, sin prisas ni arrebatos.
Sin altibajos, sin discusiones, sin la pasión que los dioses otorgaron a los cuerpos jóvenes.
Y, como cualquier esposa, subyugada a los deseos de un marido que apreciaba la calma y el sosiego de regresar al hogar por encima de todas las demás cosas.
Durante los años de matrimonio con Norfeus, Anthousa compuso muchas de las canciones que tiempo después cantó con Saore y Nora, envueltas con el tañido de la forminge y el rumor de las olas tenues del lago de Tarteso.
Odas que ensalzaban sobre todo las virtudes de la juventud, pero también la amistad entre mujeres o los estímulos de la naturaleza.
La dicha de Norfeus duró apenas tres años, pues el tío de Anthousa la reclamó de nuevo a su lado, alegando su derecho a recuperar tanto a su sobrina como su dote, debido a la ineficacia del comerciante para preñarla.
Sin embargo, al regresar de una de sus travesías por el Gran Mar, llegó a sus oídos la noticia: su amada compañera había contraído matrimonio con Argus unos meses atrás.
El rostro del comerciante, desde entonces, se fue apagando con una cadencia tan tarda que ni él mismo cayó en la cuenta.
Anthousa se instaló en su tercer gineceo poco antes de cumplir los veinte años.
Argus, su marido, también viajaba con regularidad, pero regresaba a las pocas jornadas.
Si bien su familia pertenecía a un importante linaje de comerciantes acaudalados, él desempeñaba las funciones de delegado de Focea en la Liga Jónica, por lo que se trasladaba al santuario Panjonio cada cierto tiempo para debatir en asamblea los asuntos que delimitaban el buen funcionamiento de las ciudades del territorio.
En el momento de las nupcias, los magistrados buscaban nuevas alianzas en la Hélade occidental ante las incursiones lidias al sur de Jonia.
Argus gozaba del atractivo asociado al hombre poderoso.
Todavía mantenía el cuerpo atlético y, pese a tener una edad similar a la del tío de Anthousa, no peinaba ninguna cana y conservaba casi todo el pelo en las sienes, negro y crespo.
Cuando regresaba del Panjonio, se presentaba ante Anthousa con las mejillas teñidas del color del vino, cuyo rubor aún persistía hasta la mañana siguiente.
Era brusco de modales con las mujeres del gineceo y arisco en especial con su esposa.
En el gineceo de Argus, Anthousa aprendió una nueva manera de relacionarse con otras mujeres.
Atrás quedaron los felices años en la villa de Corina, donde jóvenes y maestras convivían ajenas a la vileza de la sociedad atávica en la que solo los hombres mandaban, guerreaban, decidían, humillaban y disfrutaban de cada uno de los placeres ofrecidos por los dioses.
Atrás quedaron los besos castos y los abrazos en el estanque de la villa.
Las risas sin disimulo, los secretos a voces.
El amor entre iguales, la veneración de los talentos ajenos en un mundo sin hombres que decidieran por ellas hasta el más mínimo detalle.