Capítulo 9 #2
El gobernador frenó en seco la carrera y mudó el semblante.
Argantonio solía incorporar a Saore, y en menor medida a la niña Nora, en muchos de los asuntos que comportaran el contacto con otros pueblos.
Además, siempre olvidaba que la educación de las niñas se llevaba a cabo íntegramente en eolio, por lo que la presencia de Saore era muy útil en situaciones como esta.
Miró a los hermanos de reojo, que se despedían de su hija, y visualizó un futuro a medio plazo con ellos dos en la corte.
Ataralki no tenía la costumbre de tratar con mujeres más allá del entorno doméstico, pero habría sido un necio si hubiera negado el potencial de la muchacha en los asuntos de Estado.
De todos modos, la profecía del oráculo afirmaba aquello de lo que todo el mundo con un mínimo de perspicacia se daba cuenta nada más intercambiar unas palabras con la princesa.
Saore tenía la clarividencia y el don de gentes que uno esperaría de un alto diplomático, y Abissabar, a su vez, el talante de un líder.
A la vista estaba que ambos se entendían más allá del ámbito fraternal y aquella relación tan solo sería capaz de dar buenos frutos a Tarteso.
Saore y Abissabar compartieron la mesa con Norfeus y dos mercaderes masaliotas más. Ataralki, en cambio, paseaba intranquilo alrededor de la sala de audiencias. Las noticias de los mercaderes no podían ser peores. Sardes había caído, también Mileto.
Poco antes de que partiera la comitiva tartesia hacia Focea, las tropas del rey Creso de Lidia se retiraban desde el río Halis hasta Sardes, su capital.
No obstante, el persa Kuros de Anshan había instado a sus ejércitos a perseguirlos hasta el norte de Sardes, en las inmediaciones de la pequeña ciudad de Timbrea.
El ejército lidio contaba con la ayuda de Esparta, que no había llegado a tiempo para la ofensiva del río Halis ni tampoco para el contraataque en Timbrea.
Las crónicas que llegaron a Focea afirmaban que el ejército lidio era mucho más numeroso que el persa, pero también heterogéneo y estaba mal coordinado.
En el campo de batalla improvisado en Timbrea, Kuros usó una estrategia que descolocó al oponente.
El cuadro de infantería avanzaba inexorable con los flancos cubiertos por el cuerpo de arqueros y los carros de combate.
Los lidios todavía recordaban la implacabilidad de la infantería persa, formada por peltastas y piqueros en su mayoría, pero reforzada por un grupo de soldados de élite, que parecían incapaces de perecer en batalla, armados solamente con lanzas y protegidos por una coraza que simulaba las escamas doradas de un gigantesco cardumen que cegaba a quienquiera que osara acercarse.
La sorpresa que desconcertó al ejército de Creso fue la barrera de camellos que impedía el paso tras la línea de infantería.
Sobre el lomo de cada uno, dos jinetes habilidosos armados con jabalinas y dagas eran capaces de cubrir la avanzadilla y la retaguardia a la vez.
Cuentan que la presencia de estos animales fue el detonante para zanjar la batalla: los caballos lidios, confusos por el olor penetrante y desconocido de los camellos, corrieron sin rumbo rompiendo la formación.
Los arqueros persas, apostados a lado y lado, derribaron sin dificultad a la caballería enemiga, pese a la superioridad en número y al conocimiento del terreno.
—¿Qué es un camello? —interrumpió Saore.
Ataralki y Norfeus se miraron un instante, instando al otro a contestar. El gobernador se encogió de hombros, por lo que Norfeus tomó la palabra.
—Mi señora, un camello es un animal excepcional —dijo.
Tomó del cuenco un higo seco, que fue pasando entre los dedos—.
Pese a no estar dotado de la agilidad ni del rostro inteligente y noble del caballo, el camello posee la fuerza de diez de estos y una resistencia superlativa para climas secos como los del desierto del que procede.
En el lomo disponen de dos gibas que les permiten sobrevivir durante jornadas sin comida ni agua.
—¿Alguno de vosotros ha visto alguna vez un camello? —preguntó Abissabar, con la misma curiosidad que su hermana.
—Sí, pero no en el campo de batalla —dijo uno de los mercaderes que acompañaban a Norfeus, con un timbre de voz que recordaba al agua que corre por un arroyo—, sino en el puerto de Náucratis, en el delta del río Nilo.
—Tengo entendido que los camellos egipcios solo tienen una giba —añadió Norfeus. Su compañero lo ratificó—. Allí se utilizan como animal de carga, no de batalla.
—Los persas deben de ser unos jinetes muy experimentados, entonces.
—Eso tememos, mi señor.
Ataralki carraspeó en un par de ocasiones para cambiar el cauce de la conversación.
—Príncipe, princesa, los mercaderes están aquí para explicarnos la situación en el levante y cómo atañe a nuestros respectivos pueblos, no para hablar de camellos y otros animales exóticos.
—Mi buen Ataralki —dijo Abissabar, tal y como hacía el rey—, para conocer en profundidad la magnitud del avance del Imperio persa hacia el Gran Mar, debemos tener constancia de su poderío militar en cada una de sus facetas. El ejército de camellos es un asunto como otro, ¿no crees?
Saore sonrió sin rubor ni disimulo. Ataralki asintió con la cabeza ante la argumentación del príncipe.
Norfeus había retomado el relato de la situación en Lidia y Jonia.
Contempló a Abissabar en silencio, intentando serenarse.
Era de corta estatura y recio en el porte.
No aparentaba más edad que su hermana, pero tenía en el rostro la fuerza adecuada para imponer autoridad y no autoritarismo.
«Como el rey Argantonio», se dijo. Una sombra nubló los pensamientos del gobernador durante unos instantes, pero se obligó a espantarla.
Abissabar, de seguir a la derecha de su padre como hasta el momento, llegaría a ser un consejero real imprescindible.
Cuando Hiram y la comitiva tartesia atracaron en el puerto principal de Focea, Naustatmos, la ciudad de Sardes todavía se encontraba bajo asedio.
El sitio se alargó todavía unos días más.
En aquel tiempo de margen en la expansión de Kuros hacia el norte de la península, las autoridades foceas emplearon con diligencia los lingotes de Tarteso para reforzar las murallas y la protección por tierra.
—Lo último que nos han hecho saber es que nuestros barcos están atracados con la carga completa en el puerto de Focea, a la espera de evacuar la mercancía hacia algún destino seguro. Bajo protección helena, de nuevo.
—Seamos sinceros, Norfeus. ¿El Imperio lidio ha sucumbido al final bajo el dominio persa? —preguntó Ataralki, preguntando directamente la cuestión que más les atañía.
El mercader fijó la mirada en un punto inconcreto de la mesa de madera. Dio un sorbo a la copa de vino y contestó:
—Seguramente así sea.
—¿Contáis en realidad con la ayuda de Esparta? —Saore se atrevió a formular la pregunta que los tres tartesios tenían en mente.
—Claro que sí, mi señora.
—Esparta no llegó a tiempo para defender Sardes. Si cae Jonia, cualquier ciudad costera podría ser la puerta de entrada al Peloponeso y al resto de la Hélade.
—La princesa tiene razón —añadió Abissabar.
—Pero somos helenos todos, recordad, y nos amparamos entre nosotros —dijo Norfeus con fingida convicción. Al fin y al cabo, su patria eran sus negocios—. Confío en que nuestros hermanos espartanos defiendan Focea del mismo modo que lo harán en sus costas.
La sala quedó en silencio. Las ciudades de la costa de levante vivieron con incertidumbre la caída de Sardes y la espera de las tropas de refuerzo espartanas, que guerreaban a su vez con la ciudad de Argos por el control de las llanuras del Peloponeso.
De cualquier modo, todos los presentes presuponían que, una vez sitiada Sardes, la ayuda por tierra habría resultado insuficiente.
Los primeros monarcas de Lidia purificaron la muralla de la capital mediante una serie de ritos sagrados, alimentados por la profecía del oráculo de Delfos que afirmaba que Sardes nunca sería derruida.
El rey Mirso había hecho pasear a su hijo deforme por cada uno de los muros que conformaban la ciudadela, para realizar cada pocos codos una oración de protección.
Sin embargo, el tramo orientado hacia el monte Tmolo era completamente inaccesible desde el exterior de la muralla.
El persa Kuros había prometido grandes riquezas a los soldados que fueran capaces de acceder hasta las almenas de la ciudadela de Sardes.
Un soldado mardo estaba apostado en la guardia nocturna frente al lugar de la muralla que no fue protegido en su día.
La custodia en aquel tramo era notablemente menor que en otros puntos más convenientes.
Una pareja de centinelas lidios paseaba por la pasarela elevada.
Uno de ellos se asomó por la almena y habló en voz baja con el compañero.
El soldado mardo se puso en alerta. Para su sorpresa, el lidio desplegó una cuerda desde el matacán y se deslizó con sigilo por la pared.
En el suelo estaba su casco, que se colocó con rapidez, y escaló la muralla de vuelta al puesto de guardia.
El terreno adyacente a la muralla era muy abrupto, en realidad.
El mardo avisó al destacamento y, antes de los primeros rayos del día, los soldados persas habían conquistado la ciudad de Sardes, dando por finalizado el asedio.
Días después sucumbiría Mileto, el principal mercado del levante del Gran Mar. Y Focea, a esas horas, ya estaría en alerta.
El barquero real los devolvió a Isla de Gerión con las últimas luces del día.
Los dos hermanos permanecían en silencio, mecidos por las ligeras ondulaciones del lago.
Todavía quedaba meditar largamente sobre el relato que les habían contado los mercaderes y asumir la incertidumbre sobre la situación en la Hélade. Y esperar una pronta mejoría del rey.
—Saore, mañana parto temprano para Gadir.
—Ella frunció el ceño con sutileza, por lo que Abissabar añadió—: No hace falta que me acompañes.
Vendrá conmigo Hailama, que quiere negociar los nuevos contratos en las fraguas conjuntas.
Además, quiero hacerme con ciertas semillas en el puesto del mercado donde me guardan las remesas de Oriente, por si hubiera alguna planta interesante de la que probar nuevas mieles.
La princesa asintió. Cuando cerraba los ojos para evocar la seda en los labios de Irenio, los ojos verdes de tormenta de Hadad aparecían a su vez, como invocados por un encantamiento que no podía controlar.
Sin poder evitarlo, se obligaba a hacer desaparecer el recuerdo de su amado para arrastrar junto a él la imagen inoportuna del gobernador de Gadir.
Ella pasaría el día en palacio. No quería más encuentros con Hadad que los realmente inevitables.
La ciudad de Asta quedaba a sus espaldas y las luces del atardecer dieron paso, poco a poco, al bullicio característico del barrio portuario.
Saore contemplaba el sol virar en varios colores, del brillo cegador al naranja rojizo apagado.
Desde que supo de la existencia del rayo verde de la puesta de sol, cada vez que se hallaba en la playa, los acantilados o, como en aquel momento, navegando, dejaba a un lado sus tribulaciones para ralentizar el instante de transición entre el día y la noche, entre el fulgor y el misterio, consciente del despertar del crepúsculo mediante una chispa de color prohibido.
Saore se desabrochó las cintas de las sandalias y las dejó sobre la arena, junto con el chal de lana.
Dio unos pasos hacia el agua. Dejó que las suaves olas del lago le cubrieran los pies desnudos y mojaran el bajo de la túnica.
Las luces de la atalaya todavía no se habían encendido.
Para su desdicha, nunca más había vuelto a ver el rayo verde desde aquel crepúsculo en compañía de Gharatar.
El atardecer previo a la partida de Irenio a Focea le había rogado que lo acompañara hasta la playa.
Él se mostró reticente y alegó que tenía más obligaciones, y aun así cedió.
Se sentaron sobre la arena, como había hecho con Gharatar.
Permanecieron en silencio unos instantes.
Nada ocurrió. Tras el estallido de colores cálidos, el sol desapareció bajo la línea del horizonte.
Irenio la instó a regresar al palacio y la besó una última vez antes de llegar a las inmediaciones de los jardines.
Saore, sin embargo, no perdía la esperanza de volver a ver el pequeño disco verde sobre la esfera del sol.
El farero ya había encendido la hoguera cuando Saore caminaba de vuelta al palacio.