Capítulo 9
Saore agarraba la mano de su padre. Ardía, como ardía todo el cuerpo de Argantonio.
El sudor adhería la túnica a su vientre inflamado.
Ishmunazar, el médico de la corte, le palpaba con suavidad, pero el rey dejaba ir un quejido ronco cada vez que presionaba por encima del ombligo.
A los pies de la cama, el bacín desprendía un olor nauseabundo que recordaba a la carne podrida de un animal eviscerado al margen de un camino.
—El vientre del rey está muy caliente. Me temo que se trata del hígado.
Argantonio, incapaz de incorporarse, permanecía tumbado durante la exploración, desgastado por las fiebres de las últimas horas.
El médico le separó los párpados y asintió en silencio al apreciar el color ceroso alrededor de las pupilas contraídas.
La cámara del rey se hallaba en penumbra, con las esteras de esparto desplegadas en las ventanas.
Sin embargo, el ligero resplandor que se colaba por los resquicios era una molestia para el débil estado del monarca.
—¿Cuánto tiempo hace que le aqueja la dolencia, mi señora? —preguntó Ishmunazar.
—Lleva dos días en cama, pero se negaba a que te hiciéramos llamar —confesó Saore—. Y, conociendo a mi padre, seguramente tenga este malestar desde hace días y no haya querido decir nada.
—El rey es fuerte como un olivo, pero hasta los árboles más recios necesitan sus cuidados.
Abissabar entró en la cámara del rey. Sujetaba una fuente de bronce con una cazuela de cerámica a rebosar de pan ácimo, y un pequeño cuenco con relieves geométricos.
Colocó la fuente sobre la mesa auxiliar del dormitorio y se acercó a la cama de su padre con el cuenco y una cucharilla de plata.
Hizo el ademán de introducirla en el recipiente, que contenía una sustancia espesa y amarillenta, pero Ishmunazar lo frenó con rapidez:
—Príncipe Abissabar, no es recomendable que el rey ingiera ningún tipo de alimento por el momento.
—Es jalea real, doctor. Mi padre la toma cada día.
Las leyendas sobre la fundación de Tarteso se interpretaban de generación en generación para formar parte de la historia viva de sus gentes.
Al norte del gran templo de Baal, en la ladera de las montañas, el rey Gárgoris fue el primer custodio de las inagotables reservas de metal que ofrecía el vientre de la tierra a sus hijos.
Los primeros tartesios aprendieron a cultivar las tierras fértiles cercanas al río Tar y a usar el arco para cazar uros y otros herbívoros de gran tamaño que habitaban en los frondosos bosques.
Gárgoris era un gran observador de la naturaleza.
Aprendió a predecir los cambios meteorológicos a partir del comportamiento de las abejas en las colmenas.
Eran espacios colaborativos en los que cada miembro desempeñaba una función concreta.
Cuando la colonia de abejas crecía en demasía, la abeja reina disgregaba parte del grupo y ella, como única guía, acompañaba a las obreras hacia el lugar ideal para formar una nueva colmena.
Del mismo modo, Gárgoris fue el líder que encaminó a su pueblo a extenderse y asentarse a lo largo del territorio que hoy se conoce a lo largo del Gran Mar como Tarteso.
Gárgoris descubrió, maravillado, cómo las abejas construían unas estructuras perfectas, celdas simétricas capaces de almacenar la miel, manjar que dispusieron los primeros dioses para el disfrute de sus hijos mortales.
Observador, se percató de que ningún enjambre volaba jamás cerca de las hogueras, por lo que se acercó a una de las colmenas del bosque con un cuelmo ardiendo para espantarlas.
De aquel modo, el rey Gárgoris fue capaz de retirar los panales y recolectar la miel que se escondía, sellada, en cada una de las celdas.
En los compartimentos centrales, sin embargo, se almacenaba una sustancia amarillenta que servía de alimento a la abeja reina, pero también a las futuras reinas.
Gárgoris impregnó la punta del meñique con aquel néctar y se lo introdujo con cautela en la boca.
La miel era el más dulce de los alimentos que conocían los tartesios.
Aquel producto, en cambio, era ácido como las bayas que recogían en los márgenes de los caminos.
La boca del rey se llenó enseguida de saliva.
No tuvo duda: aquel néctar estaba reservado en exclusiva para reyes y reinas.
A medida que pasaba el tiempo, Gárgoris sentía que su forma física se mantenía plena y que se recuperaba con rapidez de la fatiga.
Por ello, desde los lejanos tiempos del rey Gárgoris, los reyes de Tarteso, así como las reinas de la colmena, se alimentan de jalea real.
—Los beneficios de la jalea real ahora mismo podrían trabajar en contra de la recuperación del rey, mi príncipe —replicó Ishmunazar con firmeza.
Abissabar volvió a dejar el cuenco junto al pan ácimo.
—El rey necesita mantenerse hidratado con infusiones que no resulten agresivas para el hígado. ¿Crecen las matas de tomillo en los jardines de la isla?
—Sí, por supuesto —contestó Abissabar.
—¿Y hay suficiente para garantizar la recuperación?
—Creo que sí; de todos modos, mandaré a alguien a Asta a por más.
—Muy bien. Infusionad el tomillo en agua dulce y obligad al rey a tomarla a sorbos pequeños. Una vez que cesen las deposiciones, estará listo para comer tortas de pan o gachas de cebada, sin abusar de ellas.
—Muchas gracias por los cuidados, Ishmunazar. Mi familia está muy satisfecha con tu trabajo.
—Ahora lo importante es que el rey, mi señor, se recupere cuanto antes.
Ishmunazar se despidió de los hermanos y presentó sus respetos a Argantonio, ajeno a lo que ocurría en su habitación. Antes de partir, se dirigió a Abissabar:
—Mi príncipe, ¿hay árboles de ricino o de tejo en los jardines reales?
—Sí —contestó, escueto. Observó al médico con detenimiento antes de añadir—: ¿A qué se debe tal cuestión?
—Me pregunto —titubeó Ishmunazar— si el rey ha podido ingerir, por descuido, alguna semilla.
—No, es del todo imposible —afirmó, sin más explicación.
El médico buscó el rostro de Saore, pero la princesa estaba inclinada sobre el cuerpo de su padre, secándole el sudor del rostro con un paño de lino.
Saore, en su dormitorio, procedía con premura a finalizar su aseo personal antes de embarcarse hacia Asta.
El día anterior habían fondeado en el puerto barcos mercantes de Masalia que, además de carga, llevaban noticias de Focea.
Abissabar le había pedido que lo acompañara al palacio de Ataralki para reunirse con los mercaderes helenos.
Nora, junto a Anthousa, velaría por la salud del rey Argantonio mientras el príncipe y la princesa permanecieran en la capital.
Anudó un cordón de tela para ceñirse el vestido a la cintura y preparó el chal de lana para la travesía en la barca.
Se calzó las sandalias de cuero y se sentó frente a la mesa de tocador.
Se frotó la melena ondulada con aceite de cantueso antes de cepillarla.
Saore se miró en un espejo de mano durante unos segundos.
Decidió peinarse con un moño bajo, a la altura de la nuca, un tocado rápido de realizar y que podía fijar ella misma con finas horquillas de plata.
De esa manera, evitaba llamar a alguna sirvienta o a Anthousa para que la ayudaran a sujetar las trenzas que elaborarían un recogido más elaborado.
Abissabar la esperaba en la playa. Le sorprendió verlo ataviado bajo el manto de lana con una túnica teñida de púrpura y tocado con una cofia finamente bordada, como solía vestir Ataralki a diario y, en especial, con un collar de tres vueltas con cuentas de oro y turmalina alternándose entre ellas.
Abissabar apenas era unos dedos más alto que Saore y la barba le cubría poco más que el mentón.
El púrpura y los abalorios, sin duda, eran los responsables de otorgar a un cuerpo tan menudo la robustez y la seguridad que se esperaban del representante de la corte en la ausencia de Argantonio.
El rey, en cambio, solía usar prendas más sencillas y solo se engalanaba con joyas y ungüentos para los rituales del templo o en eventos políticos de gran relevancia en los que la simple presencia del rey, por sí sola, ya consolidaba el peso del poder.
—Querida hermana, te ves bellísima. Dichoso aquel a quien quieras tomar por esposo.
—Tú también estás muy elegante —dijo Saore con una sonrisa, quitándole importancia a su propio aspecto y al comentario sobre su matrimonio—. Disculpa la tardanza, podemos partir cuando quieras.
Ataralki los recibió en el puerto de Asta, como solía hacer cuando Argantonio visitaba la capital. El semblante nervudo del gobernador le pareció a Saore más acuciado que de costumbre. Nada más bajar de la barca, se interesó por la salud del rey. Los tres anduvieron hasta el palacio del gobernador.
Raha esperaba en el patio central la llegada de sus primos. Cuando vio a Saore, se levantó para abrazarla.
—¡Cuánto tiempo sin saber de ti, querida prima!
—Sí, hemos estado velando la salud de mi padre sin apenas salir de Isla de Gerión.
—Raha, sé una buena anfitriona y acompaña a la princesa Saore al salón interior para conversar tranquilamente —dijo Ataralki, apresurado. Le hizo una señal con la mano a Abissabar para que lo siguiera hacia el otro extremo del patio—. Mi príncipe, los foceos nos esperan ya en la sala de audiencias.
—Ataralki, Saore va a estar también presente en la reunión con ellos.