La portadora de la luz Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Hijo mío, tienes el honor de ser el primer tartesio que visita las tierras de levante. Lleva el nombre de Tarteso con la dignidad que se espera del futuro rey de este pueblo. Que Baal os proteja en esta andadura.

A su vez, Argantonio obsequió al cuerpo diplomático heleno con cascos militares forjados en los talleres del anciano Hailama.

Tras las palabras de despedida, los miembros embarcaron por una pasarela de madera hasta la cubierta del barco, donde los esperaba Norfeus.

Navegarían en el mercante hasta Masalia; allí, la comitiva cambiaría el medio de transporte por un birreme ligero que les permitiera realizar la travesía hasta Focea en el menor tiempo posible.

El capitán había finalizado la inspección previa a la travesía.

Los remeros esperaban la orden de Norfeus para iniciar la expedición.

Los marineros, a su vez, se disponían a ambos lados de la cubierta a disposición del capitán.

Norfeus se dirigió hasta la proa del barco.

Sujetaba con ambas manos una fíala de plata y bronce decorada con vainas radiales, llena de vino y miel.

Agathon e Irenio lo siguieron, así como Hiram.

La ceremonia de libación se llevaba a cabo cada vez que el barco zarpaba, sea cual fuere su destino, para pedir al dios del mar la protección de la mercancía y, en este caso, de la distinguida tripulación que viajaba con ellos.

Los marineros aguardaban, supersticiosos, las palabras que aseguraran la tranquilidad en la travesía hasta la apoikia de Masalia.

—Escucha, Poseidón, regente del mar profundo, cuyos líquidos brazos oprimen la sólida Tierra, las palabras que a ti se ofrendan.

A ti te invoco, tus corceles hienden las espumas y en tu mano un broncíneo tridente sostienes, pues en todos los vastos confines del mar reverencian tu poder.

¡Oh, Poseidón, de oscura cabellera!, tú mismo controlas a los monstruos que en el mar retozan y unes los extremos del mundo con favorables brisas para conducir las naves inflando sus velas.

¡Oh, tú, de oscuros cabellos!, otórganos la paz amable, la abundancia y una navegación sin tropiezos.

El capitán se inclinó sobre la borda y derramó el líquido de la fíala en las aguas del puerto de Asta.

Acto seguido, los marineros desataron las amarras.

Las velas no se izarían hasta que hubieran atravesado el lago de Tarteso, por lo que el trabajo hasta llegar al faro dependía en exclusiva de los remeros.

A los fareros, padre e hijo, los habían avisado el día anterior para estar alerta ante el paso del barco de Norfeus y guiarlo a través de las aguas más profundas, esquivando los bancos de arena y los obstáculos artificiales que protegían la entrada del lago.

En cubierta, Hiram contemplaba embelesado todo lo que acontecía a su alrededor.

El trabajo coordinado que se llevaba a cabo para hacer funcionar en sincronía el manejo de una embarcación de tal envergadura.

El olor cada vez menos intenso a salitre a medida que se alejaban de Asta.

Las siluetas del faro y de las torres vigías del destacamento de Aipora tornándose más nítidas a medida que se despejaba la niebla matutina.

A algunos codos de distancia, Agathon conversaba con Irenio sobre temas superfluos; el príncipe asumió sus funciones de diplomático y optó por incorporarse a la charla.

Los foceos, por cortesía, cambiaron al idioma fenicio delante de Hiram, pero tal consideración incomodó al muchacho.

Se veía capaz de seguir una conversación en eolio tan bien como cualquiera de sus hermanos.

—¿Cómo sienta el vaivén constante a alguien que no está acostumbrado a largas travesías en barco, príncipe Hiram? —preguntó Agathon para romper el hielo.

—Bien, es un balanceo sin importancia.

—Aguarda a que rebasemos las costas de Gadir, que este balanceo sin importancia se convertirá en un zangoloteo poco apto para la integridad de muchos cuerpos —se mofó Irenio, y el próxeno se unió a sus risas—.

Oh, no te ofendas, no tengo la menor duda de que el futuro rey de Tarteso es capaz de resistir todos los percances de esta aventura.

—«Aventura» es una palabra demasiado ambiciosa, querido Irenio. No asustes al príncipe, pues ninguno de nosotros vamos a pisar el campo de batalla.

Los cascos forjados que les había obsequiado Argantonio en su partida estaban apoyados en el suelo contra la borda, a los pies de los foceos.

—Sí, en eso tienes razón, maestro —dijo el asistente, y se agachó para recoger su casco de bronce.

Irenio se lo acercó al rostro para examinarlo con detenimiento.

No negaba que era una pieza resistente y, a su vez, realizada con extrema delicadeza a base de golpes precisos de martillo.

El casco presentaba unas proporciones notablemente verticales, a diferencia de la morfología de la cabeza del heleno.

La función era cubrir la totalidad del rostro y el cuello del portador.

A la altura de los pómulos se había zurcido un forro de cuero rígido, repujado con el diseño de una especie de estrella geométrica de ocho puntas que tan solo dejaba al descubierto los ojos.

Irenio pasó los dedos por la cimera del casco, formada por finas tiras de cuero curtidas hasta adquirir el tacto de cualquier tela de calidad.

—Es una obra bellísima, sin duda —repuso Irenio. Intentó acomodarse el casco, si bien no consiguió ajustárselo correctamente—, pero es demasiado estrecho para las proporciones de mi magna testa.

Agathon intentó, sin éxito, reprimir una carcajada ante la aclaración de su pupilo, que se contagió de la risa tras, al fin, conseguir desencajarse el casco de la cabeza.

Norfeus se acercó a los tres hombres con ánimo de unirse a su júbilo, pero se percató de la actitud formal del príncipe tartesio.

—Hiram, vuestro pueblo suele hacer ofrendas votivas a las aguas sagradas —dijo Irenio, y lanzó el casco con todas sus fuerzas al lago de Tarteso—. Que vuestros dioses también nos protejan.

Agathon, reprimiendo de nuevo la risa, imitó a su asistente.

El príncipe Hiram, sin saber cómo reaccionar ante la ofensa acontecida contra la hospitalidad de su padre, se agarró con fuerza a la barandilla del barco hasta que los nudillos tomaron el color de las nubes que los seguían en la travesía.

Norfeus le apretó el hombro para llamar su atención:

—Mi señor, bajemos a mi camarote a echar una partida de petteia. ¿Sabes cómo se juega?

Hiram negó con la cabeza y se dejó guiar por la cubierta hasta las escaleras de acceso a las estancias.

Una vez que dejaron atrás la única vía marítima al lago de Tarteso, los marineros del mercante se aseguraron de que el capitán permanecía en su cabina y cada uno de ellos arrojó al mar un estatero de electro con una foca grabada en el reverso.

Norfeus era un hombre aferrado a las tradiciones foceas, pero no solía tolerar las supersticiones a bordo.

El gobernador Hadad le rellenó personalmente la copa con solemnidad.

—¿El vino es de tu agrado?

—Sí, tiene un gusto más complejo que el que bebemos nosotros.

—Es de mi bodega particular —apuntó Hadad—. Si gustas, llévate un ánfora.

Los hombres apuraron las copas en silencio.

—¿Y cuánto tiempo se estima que esté tu hermano Hiram en Focea?

—No creemos que vuelva antes de dos años —dijo Abissabar, sin aparentar recelo ante el gobernador.

—Interesante… —musitó Hadad. Se colocó los mechones de pelo rebeldes detrás de las orejas—. Por desgracia, presumo que a los foceos les espera el mismo destino que a los tirios.

—Los foceos son comerciantes, serán capaces de levantar nuevos imperios mercantiles.

—También lo eran los tirios, y ya ves en qué situaciones nos hemos encontrado las colonias hasta poder llegar a prescindir de la capital y asumir el control real de nuestras economías.

De nuevo, el silencio entre ambos. Hadad empezaba a impacientarse con la visita del príncipe Abissabar. Era un muchacho de apariencia cándida, pero Hadad sabía que tenía el mismo buen juicio que su padre. Y la suspicacia que le faltaba al monarca.

—El rey Argantonio es muy afortunado de tenerte a su lado ahora que su heredero se halla en el otro extremo del Gran Mar —tanteó el gobernador, zalamero—.

¡Quién sabe cómo se desarrollarán las contiendas con los persas…

! Tal vez me halle ahora mismo compartiendo el vino con el futuro rey de Tarteso.

—¡Lo dudo mucho! Hiram no será capaz de cruzar el umbral del palacio que le hayan asignado como jefe diplomático. Y volverá como legítimo heredero.

—Muchos otros son de mi misma opinión: que tú serías mejor candidato al trono que tu hermano.

Abissabar quedó inmerso unos segundos en las palabras que acababa de pronunciar el gobernador. No estaban exentas de razón. El joven era consciente de la opinión que tenían del príncipe Hiram tanto dentro como fuera de las fronteras de Tarteso.

—Dejémonos de conjeturas —sonrió—, que mi función en la corte es otra. Confieso, no obstante, que fantaseo con un futuro que nunca tendrá lugar. Un futuro en el que pudiera vivir ajeno a lo que sucediera en el mundo, con mis colmenas de abejas y mis árboles frutales.

—Y la compañía de una bella esposa —apuntó Hadad con picardía, pues hacia aquel punto quería derivar la conversación—. No hay nada mejor que acabar una larga jornada con la cabeza rodeada por unos suaves muslos de mujer.

Abissabar se incomodó con el tono que había adoptado Hadad. Quiso cambiar el curso de las palabras del gobernador hacia una conversación más amable:

—¿Y todavía no entra en tus planes el matrimonio?

—Por supuesto, pero soy el máximo representante de Gadir, no puedo desposarme con cualquiera —contestó Hadad, y el color verde del mar de sus ojos despertó—.

Tu padre, el rey, tomó a una noble fenicia como esposa.

Sería lo más aceptable que yo me desposara con una princesa y, hoy por hoy, los tartesios sois el mejor socio que tenemos.

—Tus palabras no están exentas de razón, pero Nora todavía es una niña.

—Me refería a la princesa Saore, Abissabar.

El príncipe le retuvo la mirada. Por todos era sabido la extraña obsesión de Hadad por la princesa, pero era la primera vez que lo verbalizaba sin esconderse.

Entendía el rechazo que le despertaba la presencia del gobernador a Saore, pues Hadad ejecutaba cada uno de sus actos con una impasibilidad tan mesurada y, a su vez, un frenesí tan impúdico que desubicaba a cualquiera que quisiera negociar con él.

—No creo que Saore estuviera cómoda sabiendo que estamos teniendo ahora esta conversación. Mi hermana siempre ha tomado sus propias decisiones.

—Entonces, hazle llegar mi interés, príncipe.

—Lo haré, pero no te aseguro una respuesta por su parte. Estos días los ha pasado en la compañía del asistente del próxeno foceo y a la vista está que le ha resultado grato.

Hadad le sonrió con una sensualidad inusual, como si no estuviera hablando con el príncipe, sino con la propia Saore. Apoyó la copa de vino en la mesa auxiliar y entrelazó los dedos.

—Tal y como se presenta la situación internacional, hay una posibilidad importante de que ni tu hermano ni el pretendiente de tu hermana regresen de vuelta. Y, como gobernador hablo, siempre hay que tener estudiado un plan alternativo para cuando las cosas se tuercen.

El asistente de Hadad entró en la sala. Saludó, visiblemente turbado, al príncipe Abissabar. Se inclinó sobre el hombro del gobernador y, en voz baja, le anunció:

—El general acaba de llegar a la ciudad.

Hadad se disculpó ante el príncipe tartesio por tener que interrumpir con tanta diligencia la agradable velada que estaban celebrando dos socios y, quién sabe, si futuros amigos.

Se incorporó del asiento y le pidió a su asistente que acompañara a su invitado al embarcadero de Gadir para que regresara de vuelta a Tarteso.

En el puerto de Gadir, Abissabar se dio cuenta de la presencia de cinco navíos pintados de color rojizo y con dos filas de remos.

A ambos lados, los escobenes aparecían como ojos en alerta de lo que sucedía en el mar y en la tierra.

Abissabar no supo reconocer la propiedad de la pequeña flota, pero intuyó la procedencia.

Tampoco quiso mencionar aquel detalle a Ataralki o a su padre una vez que regresó a Isla de Gerión.