Capítulo 8 #2
Anthousa sonrió sin sorna y, tal y como hacían los tartesios y fenicios, cogió las manos de Norfeus con suavidad para insuflarle a través de las suyas algo de calor a su corazón frágil.
—No, Norfeus, no brindaré cuando tú mueras. Te lo prometo.
El sol despuntaba tras las colinas lejanas.
Saore y los suyos esperaban en el puerto a que embarcaran los últimos miembros de la tripulación del navío que escoltaría al príncipe Hiram y la partida diplomática que supervisaría las operaciones que se llevarían a cabo en la polis de Focea con la financiación tartesia.
Los rostros de sus acompañantes eran a cada cual más dispar. Anthousa miraba las naves a través de una especie de tela que le empañaba los ojos, pero con un semblante radiante y sólido ante todos. Saore podría decir que incluso caminaba más ligera y reía con más descaro del que estaban habituados.
Hiram, en cambio, había subido a bordo con los puños crispados, sujetando ora su faltriquera, ora el extremo del cinturón que le ceñía la túnica blanca.
¡Qué distinto se mostraba a su hermano Abissabar!
El príncipe permanecía callado al lado de Argantonio, con la barbilla en alto en un gesto de soberbia innecesario.
Los días anteriores a la partida de Hiram habían sido los más largos de la vida de los príncipes y princesas.
Su padre llevaba años tratando de que Hiram se comportara como un heredero.
Este, al fin y al cabo, no era más que la prolongación de Argantonio y asumía las aptitudes de su padre como las más acertadas.
Sin embargo, no conseguía emular el carisma del rey en la corte y en la vida de los súbditos.
En el fondo, padre e hijo carecían de ambiciones arriesgadas para con el reino de Tarteso.
Las cosas funcionaban tal y como se hacían.
Tarteso había vivido periodos de bonanza a lo largo de su historia, unos más destacados que otros, pero jamás ninguno de recesión que hubiera comportado tomar determinaciones forzosas para garantizar repuntes económicos o la seguridad nacional.
Tan solo dos días habían necesitado Argantonio y Ataralki para decidir cómo afrontar la crisis en el levante del Gran Mar.
Financiarían la construcción de nuevas murallas en Focea y les enviarían armamento y munición, pero ninguna protección de infantería.
El cuerpo diplomático de Tarteso viajaría con el próxeno Agathon para supervisar la construcción de las infraestructuras precisadas y negociar nuevos acuerdos comerciales si el asedio a manos de los persas, al final, tenía lugar.
A la cabeza de todos ellos, el príncipe Hiram de Tarteso, un muchacho de dieciocho años que jamás había viajado más allá de Gadir.
Saore seguía a Irenio con la mirada. El asistente de Agathon iba de un lugar a otro del muelle de carga, asegurando todos los detalles de la partida.
Cuando sus ojos se encontraron con los de la princesa, se detuvo para llevarse el dedo índice a los labios y, a continuación, lanzar al aire un beso disimulado.
La joven se ruborizó y desvió la mirada hacia el barco en el que subirían su hermano y su amado.
Irenio y Saore tomaron la costumbre de conversar cada tarde durante los días previos a la partida.
Él llegaba a Isla de Gerión desde el embarcadero de Asta en una pequeña barca que conducía un viejo pescador, que, por unas monedas, esperaba paciente a que el heleno regresara de vuelta a la capital antes del anochecer.
Saore aguardaba en el palacio y ambos emprendían, sin carabina, largos paseos por toda la isla.
La tarde anterior, Irenio quiso despedirse de su amada aprovechando la intimidad que les ofrecía la isla.
En la dehesa, contemplaron cómo pacían los bueyes, ajenos a nada de lo que sucediera más allá de la hierba que masticaban.
Aquellos animales sagrados, tiempo atrás, habían sido el motivo de la animadversión entre sus dos culturas.
Sin embargo, ahora una princesa tartesia contemplaba el pelaje rojizo en llamas de los bueyes que su pueblo veneraba en compañía de un extranjero, de un heleno, asimismo, en el inicio de la nueva era de tratados entre Oriente y Occidente que había inaugurado Argantonio, facilitando el comercio entre Focea y Tarteso, y que Saore podría consolidar de una manera u otra.
Reposaban acodados en la cerca de madera que delimitaba la dehesa.
Irenio se percató de que el vello de los antebrazos de Saore estaba erizado.
Se deshizo de su himatión de lana para cubrir con él el cuerpo de la chiquilla.
Apoyó las manos en los hombros de Saore y, pese a sentir cómo se tensaba cada músculo de su cuerpo, esa vez no hizo nada para evitarlo.
Uno de los bueyes se incorporó y mugió hacia el cielo.
Irenio deslizó las palmas de las manos recorriendo los brazos de Saore y acercó su cuerpo hacia la espalda de ella, que permanecía rígida.
Inclinó la cabeza hasta que sus labios alcanzaron la oreja de Saore y musitó tan suave que ella no estuvo segura de haberlo entendido:
—El olor de tu pelo me hace perder la noción del tiempo, mi señora.
Cuando Irenio la llamaba señora o princesa, lo hacía con un matiz distinto al que usaría un súbdito al dirigirse a ella.
El hombre presionó con la punta de la nariz el lóbulo de la oreja de Saore.
Ella lo sentía respirar con una cadencia lenta que hacía que el tiempo corriera a menor diligencia.
El cálido aliento sobre su cuello le despertaba un cúmulo de sentimientos contradictorios que basculaban entre el frío que le recorría la espalda y el calor que emanaba irremediablemente de su interior.
Se deshizo del abrazo para cubrir el pudor que sentía con el manto de lana, lo que creó unos dedos de distancia entre ellos.
Sin embargo, Irenio la obligó a darse la vuelta y le levantó la barbilla hacia su rostro.
—Saore, he viajado a lo largo del Gran Mar y tú eres la mujer más bella que se ha cruzado en mi camino.
Presionó el labio inferior de la princesa con el pulgar.
Saore contemplaba el rostro del heleno intentando descifrar aquello que no entendía y que hacía de Irenio la persona más misteriosa que había conocido.
La boca entreabierta de aquel hombre se estremecía con un ligero temblor, no así sus ojos, que se posaban bien en los de Saore, bien en su boca.
Cada persona tenía un brillo propio en los ojos, y Saore reconocía las diferencias entre cada una.
Por ejemplo, los de su padre refulgían de una forma distinta cuando sus cuatro hijos y él viajaban al templo de Baal o a cualquier otro lugar, libres de las obligaciones del reino.
Los de Anthousa se empañaban cuando fijaba la vista en las olas del mar, y los de Gharatar, el hijo del farero, se encendían como la misma luz de la atalaya que orientaba a los barcos cuando hablaba con Saore.
La mirada de Abissabar cambiaba notablemente cuando recogía la miel de los panales.
O la del gobernador de Gadir. Saore se estremeció al recordar los ojos verdes de Hadad cuando la miraba, con el brillo del rayo sobre el mar embravecido a punto de hacer naufragar un navío.
En cambio, los ojos de Irenio no tenían brillo alguno.
Irenio se expresaba con palabras, con el lenguaje de su cuerpo, con la firmeza de unos gestos precisos y unos silencios oportunos.
Mas no con la mirada, que aparecía revestida de un material difuso que Saore era incapaz de penetrar.
Irenio la rodeó por la cintura, pero, ante la pasividad de la princesa, consiguió forzar el abrazo agarrándole las manos y colocándolas sobre la nuca despejada.
El himatión de lana cayó al suelo. Acercó el rostro al de ella y sonrió con gentileza.
Se besaron cuando Saore fue capaz de devolverle la sonrisa.
Los grandes labios de Irenio se posaron con la delicadeza de una mariposa sobre la boca de la princesa durante un breve instante.
Luego, la besó en la punta de la nariz, le pasó sutilmente el dorso de la mano por la clavícula y rompió el abrazo.
Saore siguió sonriendo y no quiso volver a bajar la mirada ante Irenio.
—Dichoso yo, ante la sonrisa de tu rostro, ya para siempre inmortal, que me acompañará durante la larga estancia en mi tierra, Saore, querida mía.
Le tendió la mano para reanudar el paseo de vuelta al palacio.
—Irenio —pidió ella, segura por primera vez con la presencia del heleno a su vera—, me incomoda que me sujetes por las muñecas.
—Ten paciencia conmigo, mi princesa; conozco bien vuestras maneras, pero hasta hoy no he sabido en realidad cómo comportarme ante una mujer tartesia.
Buscó el tacto de las yemas de los dedos de su acompañante en un gesto que le pareció forzado, pero Saore reaccionó con sencillez y entrelazaron las manos sin llegar a generar ningún tipo de presión la una contra la otra.
—Saore, cuando consigamos frenar el avance de los persas en mi tierra, volveré para retomar mis obligaciones diplomáticas aquí.
Espero hacerlo como nuevo próxeno de Tarteso.
Entonces —se llevó la mano de la joven hasta los labios para besarla una vez y otra—, hablaré con el rey para que seas mi esposa.
La comitiva diplomática formada por tartesios y foceos esperaba el embarque frente al navío de carga del mercader Norfeus.
Argantonio se despidió uno a uno de todos ellos.
Cuando se detuvo frente a Hiram, mandó llevar una ofrenda a su hijo: una espada envainada en una funda de cuero sin decorar, que depositó de manera ceremoniosa sobre las manos extendidas del príncipe.
En el arma sobresalía una empuñadura de cobre de ocho facetas decorada con espirales nieladas en plata; una pieza sobria, más funcional, característica de los pueblos de las Casitérides.
Hiram se ciñó la vaina en la cintura y abrazó a su padre por los codos para juntar su frente con la del rey.