Capítulo 8
Anthousa siguió el consejo de Argantonio.
Le hizo llegar un mensaje a Norfeus para citarlo aquella tarde en el mismo palacio real de Isla de Gerión, el día antes de su partida.
Habían habilitado uno de los salones auxiliares, el más cercano a la cocina, para que la institutriz se reuniera con el comerciante foceo.
Había dejado dicho que, dentro de lo posible, hubiera siempre algún sirviente cerca y que no tuviera reparos en entrar al salón tantas veces como fuera necesario.
Quería evitar a toda costa que se produjeran momentos de demasiada intimidad con el que había sido su primer marido.
La estancia disponía de una única ventana; no era demasiado espaciosa ni estaba decorada como el resto de las habitaciones de ocio.
La cercanía de los hornos en la estancia contigua la convertía en una de las salas más cálidas del palacio, por lo que Anthousa vestía solamente con peplo, sin cubrirse con el himatión de lana.
En las esquinas opuestas a la puerta, apoyadas en la pared, se disponían dos banquetas de madera cubiertas por unos finos almohadones rellenos de paja y plumas con bordados de cenefas simples, con toda seguridad procedentes de su tierra natal.
Entre las dos banquetas, Anthousa había mandado colocar una pequeña mesa auxiliar de madera con una jarra de vino aguado y dos copas de cerámica local, sin ninguna decoración que llamara al lujo.
Uno de los criados anunció la llegada de Norfeus, que se dirigió con paso vacilante hacia Anthousa, que aguardaba de pie, inmóvil, junto a la mesa.
Los dos quedaron uno frente al otro, esperando las palabras de saludo que tardaban en pronunciarse.
Norfeus tenía la mirada baja y se retorcía los anillos de la mano en un gesto intranquilo que hizo sonreír a la mujer.
Había envejecido, como todos, pero el paso del tiempo se había hecho más evidente en él.
La piel flácida de las mejillas y de la papada denotaba una pérdida de peso demasiado apresurada, mal disimulada por la barba recortada que en su día se asemejaba al tono de la cáscara de las avellanas y que ahora había perdido el color.
También advirtió que tenía los ojos más hundidos en las cuencas.
Había envejecido muy rápido, sí, pero sospechaba que fruto del cansancio y no de la edad.
—Gracias por recibirme, Anthousa. Han pasado muchos años desde —carraspeó para hacer una pausa— la última vez.
La última vez… La última vez que Anthousa accedió a reunirse con él, acabaron retozando como dos animales tristes y heridos sobre el jergón en la posada donde él se alojaba.
Él alegó que estaba en su derecho de pedirle una noche juntos, pese a no ser ya su legítimo marido, pero que entendía si Anthousa se negaba a concederle esa única petición, teñida en súplica.
Se deshizo del peplo desabrochando las fíbulas, que cayeron junto a la prenda, sobre el suelo, y se sentó en la cama estrecha.
Contempló al hombre mientras se desvestía y lo único que pudo llegar a sentir hacia él fue un gran agradecimiento.
Anthousa empezó a acariciar el cuello y el pecho de Norfeus, con la desazón de tocar la piel de un amigo, de un hombre que no deseaba.
Cuando el cuerpo sin fuerza del foceo reposó sobre el suyo propio, se prometió a sí misma que no volvería a pagar favores de aquella manera.
—Espero que este reino te trate como merece una mujer como tú. Estás tan hermosa como te recordaba, Anthousa.
Alargó los brazos hacia ella, que reposó la cabeza sobre el pecho del hombre.
Norfeus la ciñó contra sí presionándola por la cintura.
No se oía ningún ruido en la cocina ni el ajetreado paso de sirvientes cerca de ellos.
Se deshizo del abrazo y agarró a Norfeus por la muñeca para acompañarlo hasta una de las banquetas.
Anthousa llenó las dos copas de vino y ocupó el asiento opuesto.
Rio al ver la expresión de complicidad de su invitado cuando se llevó la copa a los labios.
—Veo que tu vida sigue siendo tan concupiscente en el palacio del rey de Tarteso como lo era en tu casa. Continúas bebiendo vino como una espartana cualquiera.
Anthousa rio todavía más alto, exagerando las carcajadas, pese a que no le divertía la afirmación de Norfeus.
La vida en palacio no era concupiscente, por supuesto.
Al contrario, la lascivia y las palabras veladas no tenían cabida en la sociedad tartesia, cuyos hombres y mujeres se definían ante los extranjeros como directos y sinceros, sin entrar en los peligrosos juegos de la moralidad ambigua.
Argantonio le hacía el amor todas las noches porque la deseaba.
Y aquel deseo solo se consumaba una vez que él se aseguró de que Anthousa también lo hacía.
Aquello era impensable entre los helenos.
Los hombres la habían tomado por imposición, anulando cualquier acción que pudiera acrecentar la sensualidad en la mujer.
Del mismo modo, ella hacía deporte en presencia de hombres, y también disfrutaba del vino fenicio cuando le apetecía.
—Sí, Norfeus, en este reino se me trata como merezco. Tú, sin embargo, pareces más ajado que la última vez.
—Ya estarás al corriente de lo que ocurre en Focea. —Anthousa asintió—. Espero que tu rey aporte luz a nuestras tinieblas.
Su rey. No estaba exento de razón. Anthousa jamás había dejado de sentirse eolia, pero prefería atarse unas rocas a los tobillos y lanzarse al fondo del lago de Tarteso antes que volver a formar parte de una sociedad como la suya.
Tarteso había sido el primer lugar que había llamado hogar, por lo que, como correspondía, Argantonio era su rey.
En todos los ámbitos de la vida de Anthousa, aunque algunos de ellos permanecieran encerrados en la alcoba del rey.
—¿Qué planes tienes, en caso de tener que abandonar la polis?
—Me estableceré en Masalia, es lo más seguro para el negocio.
—¿Te queda familia en Focea?
—Sí. —Silencio—. Mi mujer y mi hijo.
—¡Te volviste a casar! —exclamó Anthousa con alegría.
No habría imaginado a Norfeus como un hombre vinculado a ninguna mujer de nuevo.
Sin embargo, era lo más sensato después de que le hubieran arrebatado a su esposa.
Norfeus era un hombre compasivo y cariñoso.
Habría sido un buen padre y marido si su prioridad no fueran los negocios.
Cuando Anthousa le preguntó por la vida de casado, él se abrió como si hablara con un compatriota más.
No había pensado en contraer matrimonio de nuevo.
La única visión de futuro que tenía Norfeus era navegar el mar en busca de los mejores negocios.
Con el tiempo, había conseguido sobrellevar la humillación del tío de Anthousa cuando este le devolvió la dote y se la arrebató de su lado.
Pasaba más tiempo en el mar que en tierra firme y no había tenido la necesidad de formar un hogar a largo plazo.
Sin embargo, acabó por ceder a las presiones de Altair, uno de sus socios.
El vello de los brazos de la mujer se erizó al volver a escuchar aquel nombre.
Altair le convenció de cuán importante sería disponer de un heredero legítimo en el caso de que sucediera algún imprevisto.
Calista era demasiado joven, demasiado sumisa, demasiado ingenua.
Durante los escasos momentos en los que habían compartido una vida conyugal fuera del lecho de esposos, Norfeus no sabía de qué hablar con ella.
Apenas conocía el tono de voz de su mujer, pues tan solo escuchaba de su boca monosílabos.
No mostraba interés por las artes ni la música, ni ayudaba a las cocineras a elaborar las comidas de la pareja.
La imagen más habitual de Calista era recostada en una silla de esparto con la mirada melancólica fijada en ningún punto concreto.
Parecía que el destino lo había penalizado con una esposa diametralmente opuesta a Anthousa, confesó Norfeus.
Estiró la mano para acariciar la rodilla de su interlocutora, pero ella la apartó al instante.
De regreso al hogar después de una de sus travesías comerciales, encontró a Calista con un bebé en brazos.
Un varón, Bemus. Altair había elegido aquel nombre para el niño sin consultar con su padre.
Para Norfeus aquello fue una de las mayores afrentas.
No obstante, el hijo de Norfeus era, a su vez, el nieto de Altair, pues su joven esposa era una de las hijas de su socio.
Anthousa sabía a la perfección cómo era Altair y qué carácter poseía, así como las excentricidades que gustaba de exigir.
Su pasado dolía como una espina clavada en la cara interna de la uña y todavía pesaba demasiado como para dejarlo atrás.
Habían transcurrido doce años desde que embarcó en la nave de Norfeus para empezar una nueva aventura en la otra orilla del Gran Mar, en un reino envuelto en misterio, como mathetria de las hijas del casi mitológico rey Argantonio.
De nuevo, bendijo al hombre que estaba frente a ella por haberla llevado a un lugar como Tarteso.
—¿Qué sabes de Argus?
—Murió de fiebres hace unos años.
—Brindo por ello —celebró Anthousa y levantó su copa al aire, pero Norfeus no quiso imitarla.
Argus, el maldito Argus.
—¿Brindarás también cuando yo muera?
Norfeus pronunció aquellas palabras con pesadez.
Anthousa lo miró y vio el resentimiento del animal lastimado al que obligan a lamer sus propias heridas.
En un principio pensó en bromear para que desapareciera la congoja en el rostro del comerciante, pero lo desestimó.
Cuando Norfeus muriera, se habría desvanecido todo aquello que la ataba emocionalmente a Cumas y Focea.
¿Qué veía en Norfeus? Un hombre definido por su bondad, pero no una bondad altruista. Era uno de esos tipos de hombres que se conforman con muy poco y, sin embargo, vivían disgustados consigo mismos por no ser capaces de conseguir ese poco.