La portadora de la luz Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

De todos ellos, el antiguo forjador era el que menos había participado en la reunión.

Tras la llegada de los esclavos tracios, la explotación de las minas de Tarteso que se estaba llevando a cabo en los últimos dos años había dado sus frutos con creces.

Se extraía el cobre en los alrededores del río Rojo con más energía que años atrás, se habían encontrado filones de minerales en los que el grueso de esclavos estaba trabajando, así como los de galena argentífera a cielo abierto en la sierra al norte del templo de Baal.

Las reservas de plata en el reino estaban mejor que nunca, por lo que Hailama hizo ver al consejo que lo más adecuado sería mandar nuevo armamento y munición, así como ofrecer un préstamo de hasta mil quinientos lingotes de plata a los foceos, en vez de enviar efectivos militares a un territorio completamente desconocido para el ejército tartesio.

—¿Mil quinientos lingotes? —vociferó Ader—. Mi señor, por esa cantidad deberíamos asegurarnos de que la plata se destine a los fines adecuados y no se malgaste en naderías.

—Por supuesto, eso hay que tenerlo en cuenta, Ader —dijo Ataralki, y miró a Argantonio para buscar su aprobación—. En este caso, lo más adecuado sería que alguien de nuestro cuerpo diplomático acompañara a Agathon de vuelta a Focea.

—Insisto en enviar una pequeña partida de soldados a modo de custodio, mi señor.

—Yo podría acompañarlos si se me permitiera antes realizar las gestiones necesarias para dejar la gobernación en buenas manos —se prestó Ataralki.

—No, tú eres indispensable aquí. Mandaré al príncipe Hiram.

El consejo quedó en silencio tras escuchar la decisión del rey.

Todos conocían al príncipe por sus contrastes: el ardor con el que comenzaba una tarea y la indiferencia ante el objetivo cumplido; su escasa paciencia y las resoluciones tomadas haciendo caso a los instintos propios de la juventud y no a la razón, así como el desinterés ante las nuevas ideas que comportaran cambios hacia el progreso.

Enviar a Hiram a mediar en cualquier conflicto tendría el mismo resultado que embarcar un buey sagrado para que negociara con la lanza de Heracles.

—Pero, mi señor, el príncipe… —protestó Ataralki.

—Mi buen consejero y amigo, este asunto lo hablaremos en privado en cuanto termine esta reunión —continuó el rey, con serenidad—. Ahora necesito que prosigamos definiendo los escenarios posibles en caso de que se produzca el asedio a Focea.

—Lo correcto en este caso, y disculpad si parezco descarado, es aprovechar este obstáculo para estrechar los lazos con nuestros vecinos.

—Opino como tú, Danel —dijo Hailama—. Los hechos hablan por sí solos: las explotaciones mineras en todo el territorio han dado unos resultados mayores de los esperados.

Los tracios están resultando unos trabajadores excelentes y, salvo por los incidentes en Calentus, que estoy más que convencido de que no se van a repetir, se han integrado a la perfección con los lugareños.

La demanda de estaño todavía depende del comercio con las Casitérides, pero las necesidades de cobre pueden quedar cubiertas sin que sean precisos intermediarios.

Nosotros no tenemos medios ni recursos para embarcarnos a buscar nuevos mercados en el Gran Mar, pero sí disponemos de un socio y un vecino que los tienen.

—Señores, nos olvidamos de la presencia cartaginesa por estas costas —apuntó Baldo.

—Los cartagineses no son ninguna amenaza en aguas fenicias —dijo Danel.

—Te equivocas. A los cartagineses los mueve la codicia, el afán por crear un imperio que compita con las civilizaciones del norte del Gran Mar. Son militares, no comerciantes.

—Mi señor, si los persas asolan Focea, nos favorecería que se establecieran aquí —espetó Ader.

La sala quedó de nuevo en silencio. Los foceos habían fundado a lo largo del Gran Mar colonias que se regían por los mandatos de la polis, a excepción de Masalia, que funcionaba casi por completo como una ciudad independiente y próspera.

A dos días de camino de Gadir y a pocas millas de la fenicia Malaca, los foceos habían fundado tiempo atrás una minúscula colonia de fondeo y aprovisionamiento.

El rey Argantonio podría financiar su remodelación para convertirla en un puerto de comercio primordial, y que llegara a constituirse como la Emporion del sur del Gran Mar.

Tener a su principal socio tan cerca, expuso Ader, sería la mejor manera de reducir riesgos y costes por ambas partes.

La mejor baza era proponer la gobernación de la colonia a Agathon, que conocía el territorio tras años ejerciendo de próxeno.

—Agathon piensa más en su retiro que en el avance de los persas por Anatolia.

—Pero el joven que lo ha acompañado estos años, Irenio, sería un candidato excepcional para el nuevo cargo. Es ambicioso, conoce nuestra lengua y nuestra cultura, y posee las dotes diplomáticas que Agathon ha ido descuidando por la comodidad de tener el puesto asegurado —dijo Ataralki.

—Una colonia focea pujante en estas cosas sería una buena preventiva para mantener a los cartagineses controlados —respondió Baldo.

Argantonio meditó las palabras de Ader. En su fuero interno, algo le decía que las fronteras en Oriente iban a alterarse de manera irreversible.

En los últimos años, diversificar los negocios entre dos socios, evitando los riesgos del monopolio, había sido una decisión acertada.

El rey, de trato tan cercano con unos y otros, asumía que tanto los comerciantes foceos como el gobernador Hadad se movían por intereses económicos y no por aquel tipo de amistad que acontece para garantizar un bienestar para ambos bandos.

Los fenicios compraban el estaño al precio estipulado y trabajaban en cooperación en las forjas del territorio, cada una de las cuales se había especializado en un tipo de producto manufacturado u otro.

Si bien Argantonio tampoco consideraba a los cartagineses una amenaza, la sombra del terror que había extendido el general Baldo en la reunión había hecho que el rey se replanteara potenciar la protección del territorio, por si se diera el caso de que las relaciones entre cartagineses y fenicios se alteraran.

—Insisto de nuevo, mi señor. —Danel interrumpió las disquisiciones de Argantonio como si le pudiera leer el pensamiento—.

Los fenicios son nuestra realidad segura ahora mismo.

De una vez, debemos olvidarnos de ser meros socios comerciales y convertirnos en aliados.

Formalizar la unión de algún miembro de la familia real con algún alto dirigente fenicio, como se ha hecho siempre, es una opción que beneficiaría a ambos pueblos.

Una ira helada se extendió desde las sienes hasta las mejillas de Argantonio al recordar los ojos en llamas del gobernador Hadad al contemplar a Saore.

Hadad tenía treinta años y todavía no se había casado.

Tarde o temprano, la necesidad de sentirse acompañado se alojaría en sus pensamientos, y Argantonio temía que, una vez llegado ese momento, fuera su hija su objetivo.

Saore cumpliría quince años en las semanas siguientes; era una edad en la que todavía podía disfrutar de sus estudios y pequeños quehaceres en el gobierno del reino, pero tarde o temprano llegaría la primavera definitiva en su cuerpo de adolescente.

Y entonces no quedaría más remedio que hablar de matrimonio o de celibato, para que fuera ella la única responsable de elegir qué curso debía dar a su vida de princesa.

Instantes atrás, la había estado espiando por la ventana cuando paseaba con Irenio por los jardines.

La niña mostraba una actitud alegre con el foceo, y él…

Argantonio no acababa de tener claras las intenciones de Irenio con su hija, pero con el tiempo había aprendido que el protocolo heleno en cuanto a relacionarse de manera íntima era tan distinto que, a veces, se sentía descolocado.

Por ese motivo, la inherente protección del rey hacia sus hijas, más en calidad de padre que de monarca, le hacía confiar más en una unión conyugal con un fenicio que con un heleno.

Él, al fin y al cabo, se había enamorado de una noble fenicia con tal magnitud que logró rebasar los límites más remotos de su conciencia.

La unión tuvo el beneplácito de su padre, el anterior rey Argantonio, y junto a ella vivió los años más dichosos de su vida hasta que el parto de Nora se la arrebató.

El rey tenía grandes ambiciones para Saore y, por su carácter resolutivo, sus aptitudes serían bien recompensadas desde Gadir…

Pero se le removían las entrañas cuando imaginaba el futuro de su hija con Hadad.

—Los matrimonios de la familia real son solo de nuestra incumbencia, Danel. No lo olvides jamás —atajó.

El rey se dirigió a él de manera afable, pero la niebla en su mirada provocó un escalofrío en la espalda del comerciante, que bajó la cabeza con gesto avergonzado.

—Siento mucho haberte ofendido, mi señor. Acepta mis disculpas.

Argantonio había reinado durante más de tres décadas en un lugar remoto, alejado de conflictos bélicos desde hacía dos siglos.

Era un monarca orgulloso del discreto bienestar de su reino, del fértil emplazamiento donde sus ancestros habían desarrollado la agricultura y la ganadería, y que era reconocido por los poetas de Oriente.

Había sido el espectador paciente y circunspecto que observaba cómo se transformaba todo a su alrededor y movía las fichas indispensables para adaptarse a aquellos cambios, pero de tal manera que pareciera que todo se expandía con el comedimiento de un fluido viscoso.

Él, que jamás había deseado que escribieran gestas con su nombre, solo anhelaba la paz y la tranquilidad de los suyos. Sin embargo, el mundo que conocía cambiaba a una velocidad superior a aquella a la que estaba acostumbrado a actuar.