La portadora de la luz Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Así, uno de los hombres de confianza de Argantonio era Ader.

Se trataba, junto a Danel, de uno de los más prósperos comerciantes de Asta y, a diferencia de él, había empezado sus andanzas con una minúscula flota de cargueros que no tuvo reparos en navegar hasta las Casitérides cuando así se le requirió tres décadas atrás.

Ader era un hombre de negocios, como todos ellos a excepción de Baldo, pero con un instinto innato para establecer nuevos pactos comerciales con aquellos que andan escasos de conciencia.

Por ello, Argantonio confiaba en su visión racional y también en su amor por el dinero para sacar mayor beneficio de cualquier situación.

Argantonio entró en la sala, seguido de Ataralki y un sirviente que portaba en una bandeja cuencos con rodajas de manzana y tortas de cebada.

El gobernador tomó asiento en la gran mesa central junto a los miembros del consejo de ancianos.

Argantonio, en cambio, se sentó en una banqueta cerca de una de las ventanas de la sala.

Fuera distinguió las figuras de Anthousa y Nora en el jardín, y durante unos instantes no hizo más que contemplarlas en su paseo.

Los hombres en la sala, a la espera de que el rey diera la reunión por iniciada, dieron cuenta de las viandas y del vino especiado que les había servido el propio Ataralki.

—Señores míos.

La voz grave del rey rebotó en las paredes de la sala. Los comensales dejaron las copas sobre la mesa y esperaron a que Argantonio prosiguiera.

—Os agradezco que hayáis acudido aquí con tanto apremio, abandonando vuestros quehaceres.

El cargo así lo requiere —dijo, e hizo una pausa solemne para mirar a cada uno de los presentes—.

Ayer regresó el cuerpo diplomático heleno tras su estancia en Focea y Masalia.

La situación en Oriente no es beneficiosa para nadie en estos momentos.

Argantonio transmitió al consejo de ancianos el relato que habían descrito la noche anterior el próxeno heleno y su ayudante. Regresó a la banqueta de la ventana para quedar en un segundo plano y dar plena libertad de discusión a los presentes.

El primero en tomar la palabra para dirigir la reunión fue Baldo, general del ejército de Tarteso. Hablaba con la aristócrata finura de un hombre hecho a las tertulias hasta la madrugada, pero con el juicio del estratega que jamás ha llevado a su país a una guerra con sus vecinos.

—A estas alturas, estoy más que convencido de que Sardes ya ha caído y de que se encuentra bajo dominio del ejército persa.

Los siguientes objetivos serán los puertos jonios; con toda seguridad, Mileto y Focea —auguró—.

Vamos a dar por válido este supuesto para empezar a diseñar todas las estrategias que podemos seguir.

—¿Se sabe si los foceos aún disponen de la flota de pentecónteros que mandamos? —preguntó Fella, el regente de las atarazanas reales.

—Sí —respondió Ataralki—, los puertos están protegidos.

—Pero el asedio no será por mar, sino por la llanura. Si no voy errado, Focea no tiene la extensión de otras ciudades jonias —dijo Baldo—. Si la defensa de los puertos está cubierta, ¿los diplomáticos nos han informado de cómo quieren proceder?

—Reforzando las murallas del este, pero ahora mismo están faltos de fondos.

—Disculpad la interrupción, compañeros.

Danel hablaba espaciando una palabra tras otra, como si arrastrara el peso de su significado. A Argantonio le gustaba escuchar sus opiniones porque su naturaleza conservadora lo obligaba a sopesar todos los riesgos de cada una de las actividades que llevaba a cabo.

—Damos por supuesto que los foceos van a salir victoriosos de una manera u otra —se dirigió a los miembros del consejo, pero miraba a Ataralki—, y que, tras el asedio, podrán seguir siendo nuestro mayor socio comercial como hasta este momento, ¿cierto?

Nadie asintió ni tampoco replicó. Danel permaneció callado unos segundos en los que estuvo tamborileando con las yemas de los dedos sobre la superficie de la mesa de madera, tal vez meditando la manera de transmitir su opinión sin cerrar ninguno de los medios de negociación, tal vez buscando las palabras más adecuadas.

—Creo que este es un momento crucial para repensar nuestras vías comerciales.

—¿Acaso te refieres a cerrar más tratos con los fenicios de Gadir? —preguntó Ader, que conocía de antemano la respuesta—. Hablemos claro, no podemos prosperar como hasta ahora comerciando solamente con los fenicios, mi buen Danel.

—No hablo de volver al monopolio de años anteriores, sino de diversificar.

La realidad es que los fenicios están recuperando las rutas tradicionales por las costas de Cartago hasta Sikelia; negocian con los etruscos y tienen de su parte a los cartagineses, de los que, me temo, vamos a oír hablar mucho más.

Incluso ¿cabría la posibilidad de valorar una ampliación de las relaciones con los socios en las Casitérides?

—No, es inviable. La guerra es una realidad, compañeros, y los foceos son un pueblo próspero.

Su patrimonio es el mar y suyas son las rutas del norte, y van a querer protegerlas al precio que sea.

La partida de pentecónteros que compraron supuso una importante inyección en nuestras arcas y, si las ofensivas persas se alargan, debemos buscar la manera de sacar provecho.

—¡Estás hablando de la guerra como un negocio más! —gritó Baldo.

—Por supuesto, querido general —respondió Ader en tono zalamero—. La guerra es el mejor de los negocios para gentes de paz como nosotros, que no te quepa la menor duda.

—No es lícito comerciar con una necesidad —apuntó Hailama, el máximo responsable de los talleres de forja en Asta.

—Claro que lo es, constituye la esencia pura del comercio: satisfacer las necesidades.

También crear nuevas. Y tú más que nadie, Hailama, deberías saberlo.

De tus talleres salen las más codiciadas armas de todo el Gran Mar, armas que no distinguen si el que se halla al otro lado del filo es persa, cartaginés o si se trata de su propio hermano.

Ataralki miró a Argantonio. El rey no parecía complacido con la manera en la que se estaba desarrollando la reunión.

Los diplomáticos helenos aguardaban una pronta respuesta y el consejo de ancianos no parecía querer divagar más allá de cómo cambiar las fronteras de Oriente o engrosar sus propias arcas.

—Señores míos —interrumpió el gobernador—.

Focea ha solicitado ayuda a sus socios y a sus colonias para recaudar los fondos necesarios para soportar un asedio.

Nuestra función aquí no es debatir cómo enriquecernos a su costa —Ataralki bajó el volumen para controlar la irritación e impaciencia que lo carcomían—, sino determinar qué medidas pueden ser las más efectivas para mantener la integridad de nuestro socio principal.

El consejo de ancianos permaneció en silencio, avergonzado por las palabras del gobernador.

Su presencia se requería en escasas ocasiones y esta vez no estaban a la altura de lo que se esperaba de ellos.

El primero en hablar fue Baldo, el único miembro del consejo que no se movía por intereses puramente económicos.

Apoyó las manos en la mesa y se incorporó un poco para dirigirse a Argantonio, que permanecía sentado en la esquina de la sala, atento a todo lo que sucedía.

—Te ruego, mi señor, y espero hablar en nombre de todos, que disculpes nuestra poca capacidad de discusión.

—Extendió la palma de la mano derecha para señalar a sus compañeros del consejo—.

En nuestra defensa, antes quisiera añadir que la prosperidad económica de un reino como el nuestro es inseparable de las buenas relaciones diplomáticas que podamos establecer con cualquier otro pueblo que nos convenga.

El rey asintió y lo instó a seguir hablando.

—Por la autoridad que me confiere estar al mando de la seguridad del reino, me gustaría exponer las propuestas que encuentro viables en este caso, teniendo en cuenta los dos escenarios más realistas: en primer lugar, que Focea resista un asedio persa y forme alianza con el resto de las polis helenas para impedir el avance del imperio hacia el mar; en segundo lugar, que los foceos abandonen el territorio para retomar sus actividades comerciales en un entorno más seguro.

—En estos momentos —dijo Argantonio—, la prioridad de los foceos es la defensa de su ciudad, pero me parece muy adecuado que también contemplemos otras vías de negociación con ellos. Prosigue, general.

Los foceos podrían ser capaces de mantener la defensa de los puertos gracias a los barcos de guerra de los que ya disponían, y de trasladar el excedente de mercancía desde Focea hasta algún otro puerto seguro de la Hélade, hasta que la situación bélica llegara a estabilizarse.

Además, contaban con las tropas de infantería lidias para frenar los avances del ejército medo-persa desde el desierto hasta las tierras fértiles del levante.

Agathon aseguraba que la polis de Esparta y otras ciudades del Peloponeso se habían comprometido en enviar partidas de ilotas, cargas de cereal y financiamiento económico para reforzar las murallas de Focea.

—Nosotros podemos colaborar de una forma similar —propuso Baldo—, haciéndoles llegar algunos barcos de guerra y soldados para afianzar la defensa terrestre.

—Tal vez sea más seguro para nosotros financiar la construcción de las nuevas murallas y no inmiscuirnos en asuntos de guerra —interrumpió Hailama.