Capítulo 7
El día siguiente amaneció de nuevo claro, fresco, pero sin viento.
Anthousa, Saore y Nora paseaban por los jardines del palacio.
Una mariposa se posaba sobre la cabezuela violeta de la flor de un cardo.
Se agarraba con delicada firmeza a los pequeños estambres de la flor y tenía las alas blancas desplegadas en un alarde de exhibición, decoradas con franjas negras y escamas de un azul tan claro como el cielo en la parte posterior.
Nora se acercó al insecto: era tan grande como la palma de su mano abierta.
—¿Cómo se llama esta mariposa, Anthousa?
—En Masalia se la conoce como chupaleches —respondió en eolio una voz grave tras ellas.
Las tres mujeres se giraron, desprevenidas.
Irenio, el asistente del próxeno Agathon, había pasado la noche alojado en el palacio de Isla de Gerión.
Después de desayunar, había decidido dar un paseo por los exteriores de la residencia del rey, a la espera de nuevas disposiciones por parte de este y de Agathon.
—Muchas gracias por tu aportación, joven; desconocía el nombre de esta especie.
Irenio ignoró las palabras de agradecimiento de la institutriz.
Tenía toda su atención puesta en Saore, que sonreía enarcando las cejas.
Ella, en un primer instante, no lo había reconocido más que por la voz.
Durante las largas estancias en Asta, Irenio podría haber pasado perfectamente por un ciudadano tartesio.
En aquellos meses en Focea y Masalia, Irenio había adoptado una nueva apariencia.
O, más bien, había recuperado su fachada de heleno de cuando arribó por primera vez a tierras tartesias.
En vez de las tradicionales túnicas de lino, vestía un peplo de corte largo hasta los tobillos atado con fíbulas sobre los hombros, como los que usaba Anthousa, y un himatión de lana blanca, que llevaba doblado sobre el brazo.
Se había afeitado la barba y recortado el pelo, dejando la nuca al descubierto.
«¡Qué distinto está!», dijo Saore para sí misma.
Con la barba y el pelo largos, su rostro se le había antojado equilibrado.
Sin embargo, ahora parecía una persona diferente, desconocida.
Exótica. La falta de proporción que había descubierto en él la obligó a analizar todas sus facciones por separado.
Saore se percató entonces de que, así, encontraba aquellos rasgos, desproporcionados en un primer vistazo, armoniosos al contemplarlos de nuevo.
La barbilla prominente se asemejaba a la de un coloso, pero los labios eran grandes, mullidos y perfilados como los de una mujer.
Irenio la contemplaba a ella, pero se dirigió a su hermana:
—Princesa Nora, espero no importunar en vuestras tareas si rapto a Saore para dar un paseo por vuestro magnífico jardín. Será breve, lo prometo.
—A mí no me importa —vaciló Nora—, pero mejor deberías preguntarlo a nuestra mathetria .
Irenio hizo caso omiso del requisito de la niña y, sin esperar la opinión de Anthousa, agarró con delicadeza a Saore de la muñeca para atraerla hacia sí y, sin soltarla, emprender el paseo que había anunciado.
Caminaron en silencio, sin ningún rumbo conciso.
La joven no entendía aquella intimidad de pasear asida por la muñeca: no le resultaba cómodo y, por otro lado, Irenio marcaba el ritmo y la dirección, para la sorpresa de ella.
—¿Adónde quieres llevarme?
—A ningún lugar concreto, solo quiero pasear contigo.
—Es que este es el camino que conduce a los panales de abejas de mi hermano Abissabar —dijo Saore, reprimiendo la risa—. Tal vez no sea el mejor sitio para pasear.
Irenio rio a carcajadas y aflojó la presión en la muñeca.
La boca abierta del heleno se le antojó más grande, pero también había un aire tentador en ella.
La princesa aprovechó la pausa en el camino para desasirse y acercarse a uno de los bancos de madera que había repartidos por el jardín, a la sombra de una gran mata de adelfa.
Irenio la siguió y se sentó junto a ella, dejando poco más de un codo de distancia entre la rodilla de la princesa y la suya, para evitar incomodarla.
La fragancia dulce de los tallos de hinojo envolvió a la pareja, que seguía en silencio mirando a un lado y a otro, hacia las plantas silvestres que conformaban el jardín de palacio.
Por fin, Irenio rompió la tensión entre ambos buscando una conversación en apariencia superficial con Saore.
—Has cambiado mucho en este tiempo, princesa.
—¡Tú sí que has cambiado! Si hubiéramos coincidido en alguna recepción, me habría costado reconocerte.
De nuevo, el silencio.
—¿Y qué has aprendido últimamente en tus clases?
—Muchas cosas —contestó Saore, pese a considerar vana, o tal vez estúpida, la pregunta de Irenio. ¿Acaso un diplomático con la fama que lo precedía no sabía hablar con una joven de catorce años?—. Anthousa nos mantiene ocupadas, a mí y a Nora, la mayor parte del día.
—Dime, ¿hay algún poeta que te haya gustado recitar especialmente?
—Sí, por supuesto. Hemos cantado a Tales de Creta, a Eumetis de Rodas… Ah, y a Safo de Mitilene, que es la favorita de mi mathetria .
Saore se ruborizó y bajó la mirada hacia su regazo al recordar los versos de Safo: «Me parece que es igual a los dioses ese hombre que se sienta frente a ti y está escuchando de cerca tus dulces palabras».
No pudo ver la mueca de desprecio de Irenio, el ceño fruncido y la nariz arrugada, un gesto efímero, pues retomó su semblante amable cuando la joven levantó la cabeza.
—Me encantaría que me recitaras alguno de tus poemas predilectos —dijo Irenio, y se inclinó para aprisionar de nuevo las manos de Saore por las muñecas.
No encontró ninguna respuesta a la altura de la petición del heleno, pues solo pensaba en la libertad de sus muñecas para poder hablar y gesticular sin coacción.
Aquel contacto físico con Irenio había sido mucho más prolongado que, por ejemplo, con Gharatar la noche anterior.
Saore recordaba el tacto de las manos del farero, pero no era capaz de determinar cómo eran las manos que la presionaban por las muñecas con aquella violenta delicadeza.
La tensión en el cuerpo de Saore se incrementó, e Irenio lo advirtió con rapidez.
Como si adivinara sus pensamientos, colocó la palma de la mano sobre la mejilla de Saore, con la suavidad con la que pudiera sujetar una copa de cerámica ática.
—Me encantaría poder pasear contigo a diario antes de regresar a Focea. ¿Crees que tu padre lo permitiría?
Saore asintió, guardando la compostura. Ahora ya sabía cómo eran las manos de Irenio.
Eran firmes como las de un escultor y tan suaves como la estatua de mármol que pudieran cincelar.
En los últimos tiempos, la sensibilidad de la niña se manifestaba a flor de piel.
Se emocionaba con una melodía punteada en la forminge, con el canto de los mirlos en la dehesa o incluso el crotoreo de las cigüeñas en la laguna.
Pasaba las tardes observando las escenas pintadas en los enormes jarrones de Corinto que decoraban las estancias comunes del palacio o enfrascada en la lectura del pasaje entre Circe y Odiseo, cuando el corazón del héroe es inmune al hechizo vertido en la copa de la diosa.
Podía llegar a sentirse feliz y desdichada al mismo tiempo, y Anthousa le hizo ver que esa angustia era normal en los cuerpos de las que transicionaban de niña a mujer, que no se preocupara.
Así era como se sentía en aquel preciso instante ante la caricia de Irenio, con una ebullición de sentimientos contradictorios que, como todas las emociones, empezaba a la altura del ombligo y se le extendía, igual que la lava, por las entrañas.
—Volvamos ya, Irenio —rogó.
Los cinco miembros del consejo de ancianos de Tarteso esperaban sentados en la sala de audiencias del palacio de Isla de Gerión.
La designación de anciano era una mera formalidad arrastrada desde tiempos pretéritos, pues Argantonio era el único de ellos que merecía tal apelativo.
El consejo se reunía de manera esporádica ante una situación que pusiera en riesgo el bienestar del reino o frente a grandes cambios en el devenir de la sociedad.
El peso de la legislación y el funcionamiento del ejército tartesio recaían en su totalidad en la figura del monarca, igual que las competencias económicas y judiciales lo hacían sobre Ataralki.
El binomio formado por el rey y el gobernador, hasta aquel momento, había funcionado con tanta precisión que el consejo de ancianos parecía haber quedado relegado a una mera formalidad en la política gubernamental.
Argantonio asumía como inevitable el sitio de Focea y el giro en la economía del Gran Mar que acontecería tras el dominio de los emplazamientos costeros a manos de los persas.
Al tratarse de sus socios principales, deberían adelantarse a las teóricas realidades que pudieran llegar a darse en las costas de Jonia.
Y Argantonio necesitaba más cabezas pensantes, además de la de Ataralki y la suya propia.
A diferencia del consejo de ancianos de Gadir, tan solo dos de sus miembros, Danel y Baldo, provenían de nobles linajes que se disipaban en los albores del reino.
Para el rey, primaba la capacidad resolutiva antes que la estirpe precedente; por ello la verdadera aristocracia en Tarteso, la que mantenía la estabilidad, era de carácter mercantil, para la sorpresa de nadie y el menosprecio de los helenos.