Capítulo 6 #3
La ira de Irenio estaba más que justificada, se dijo el rey.
Argantonio, que conocía el potencial del asistente de Agathon, miraba ora a uno, ora al otro, pero sin abrir la boca.
Notó el cambio en la actitud del chico en los últimos meses.
Durante la reunión, el próxeno había sido el responsable de narrar los hechos que acontecían en su patria, pero era incapaz de anticiparles a los tartesios las consecuencias de los posibles desenlaces de aquellas contiendas.
—Mi señor —prosiguió Irenio, sin esperar la aprobación—, Creso formó un ejército mixto. Reunió a los mejores jinetes lidios y reclutó a soldados mercenarios de todos los lugares: babilonios, capadocios, frigios y egipcios. ¿Con qué finalidad? ¡Cruzar el río Halis y adentrarse en territorio persa!
Animado por las palabras del oráculo e ignorando las avanzadillas de los ejércitos persas por el norte de Anatolia, Creso inició una campaña militar y atacó a las tropas del emperador Kuros cerca de la ciudad de Pteria, en el centro de la península.
Alentado por la victoria, retiró sus huestes de vuelta a Sardes, la capital del Imperio lidio, y disolvió sus tropas ante la llegada del invierno, presuponiendo que Kuros el persa haría lo mismo.
—Pero no lo hizo, ¿cierto? —se aventuró a añadir Argantonio.
—No, no lo hizo —continuó Agathon—. Cuando atracamos en Masalia, los compatriotas nos pusieron al día con las nuevas. Los persas se desplazaron hasta los confines de Sardes…
—¡Y ahora Sardes se encuentra sitiada! ¡Y lo mismo ocurrirá con Focea cuando se descomponga el Imperio lidio!
Irenio pronunció esas palabras después de propinar un golpe con la palma de la mano sobre la mesa de madera. Las copas tintinearon sin que llegara a derramarse el vino. Los cuatro permanecieron en silencio durante unos minutos, sin atreverse a proseguir con la conversación.
—Amigos míos, quizá lo mejor ahora sea comer alguna cosa, descansar y retomar este tema una vez meditados todos los posibles escenarios —dijo Argantonio, y los tres hombres asintieron—. Mandaré que preparen las cámaras de invitados para que no tengáis que navegar hasta Asta en noche cerrada.
Cuando el palacio se quedó en silencio, el rey regresó a su habitación.
La situación en Oriente podría cambiar de un momento a otro; se alegraba de haber hecho caso a Ataralki en cuanto a diversificar el comercio incluyendo a los fenicios de Gadir en la ecuación.
Ahora él también necesitaba descansar para abordar los marcos venideros con el consejo de ancianos tartesios.
Entró en su habitación con sigilo. La luz tenue de la lámpara y la respiración sutil le revelaron la figura de Anthousa bajo las sábanas.
Hacer el amor con ella, sin prisa, tal vez habría sido lo más oportuno para acabar un día tan duro como aquel, pero no se sentía con fuerzas ni para coger el sueño.
Se acostó a su lado. La habitación quedó a oscuras.
No era lícito despertarla, por supuesto, pero Argantonio no quería acabar el día con la sombra de la incertidumbre sobre su cabeza, sino con la voz de su amada.
Sopló con suavidad el rostro de la institutriz hasta que notó que se revolvía entre las sábanas.
—¿Estás despierta, mi bella Anthousa?
—¿Cómo no estarlo? —respondió con un hilo de voz apenas inteligible.
Argantonio sonrió al intuir que ella también lo hacía.
Anthousa empezó a acariciar el pecho del rey con la misma solemnidad con la que podría tocar el lomo de alguno de los bueyes sagrados.
Recorrió despacio la barriga con la punta de los dedos hasta llegar a la mata abundante de vello púbico.
Siguió con las caricias, entrelazando los mechones de pelo entre los dedos.
Argantonio se estremeció cuando la mujer pegó el pecho contra el suyo y le mordió el labio inferior con delicadeza.
No, no quería hacer el amor, quería dormir abrazado a ella y despertar con su aliento en el rostro, pero su cuerpo respondía a las atenciones con más rapidez que su razón.
Retiró la mano de Anthousa para colocarla de nuevo sobre su pecho.
—Tu marido ha fondeado hoy en Asta. ¿Vas a ir a visitarlo?
El cuerpo de Anthousa se crispó ante la pregunta y apartó la mano del cuerpo del rey.
—No… —vaciló—. No creo que sea lo más adecuado.
—Norfeus se ha interesado por tu estado de salud nada más bajar del barco.
Está alojado en el barrio portuario de Asta, como de costumbre.
Partirá a Masalia dentro de un par de días, es posible que también viaje con él el próxeno foceo.
Si quisieras verlo, puedo hacerlo llamar y que se desplace hasta aquí.
—¡Pero, mi rey! Mi amado rey… —protestó ella—. No es lo apropiado, ¿no lo comprendes?
Anthousa recordó que le había repetido aquellas mismas palabras a Saore por la tarde, después de que decidiera conversar con el chico del faro en la playa.
¡El decoro en Tarteso era tan distinto del de la Hélade en la que ella había crecido y vivido tantos años…
! Las relaciones entre hombres y mujeres eran mucho más simples, sin formalidades ni protocolos absurdos, pero ella todavía se comportaba en su tierra de acogida como una helena.
—Mi bella Afrodita de Occidente —susurró Argantonio al oído de Anthousa—, yo sé que me amas, pues me lo demuestras a cada momento. Y también amas a mis hijas como si fueran nacidas de tu vientre y las estás educando para que se conviertan en mujeres fuertes y decididas como tú. Tu marido y tú…
—Ya no es mi marido —lo interrumpió.
—Tienes razón, querida. Norfeus y tú estáis unidos por unos lazos que sobrepasaron los del amor o los de las convenciones sociales en vuestra tierra. Si tu deseo es verlo, yo no soy nadie para impedirlo.
—Mi señor, pero tú y yo…
—Tú y yo es la realidad ahora mismo. —Argantonio buscó las manos de la mujer—.
Tú y yo estamos viviendo lo mejor que pueden vivir un hombre y una mujer.
Pero tú no eres propiedad mía, yo no soy tu amo para prohibirte ver a quien tú desees, para que decidas entrar o salir del palacio, o viajar lejos de nuestras fronteras.
—Jamás voy a salir de Tarteso, mi rey. Aquí he encontrado todo lo que necesito para ser feliz.
Anthousa lo abrazó por la cintura y se acomodó en el hueco entre el pecho y el hombro del rey. Poco a poco, su respiración se hizo más acompasada, y su cuerpo, más pesado. Argantonio la apretó un poco más contra sí y se inclinó para besarla en el pelo.
—Así quería acabar este día tan largo —susurró.
Sin embargo, ella ya se había quedado dormida.