La portadora de la luz Capítulo 6 #2
27%

Capítulo 6 #2

Recordaba al farero en el catre de la atalaya años atrás, pero en su momento pensó que se trataba de una enfermedad puntual debido al cambio de estación.

—No siempre, pero cada vez más a menudo. Lo aquejan fuertes fiebres, sobre todo a media tarde, después del almuerzo. Mientras duerme, tiene delirios y en sueños grita a… —se interrumpió Gharatar—. Lo veo cada día más débil, Saore.

—¿Lo sabe mi padre?

—Sí, hace unos días me prometió que enviaría a un médico al faro —contestó, buscando las palabras para no ofender la figura del rey—, pero hoy he visto que está ocupado en cuestiones verdaderamente importantes para el reino.

El gobernador Ataralki me ha prometido que le plantearía mi petición tras la reunión con él.

Saore agarró la mano del chico. Era áspera en las falanges y en la punta de los dedos, pero sorprendentemente suave en la zona de la palma. El chico hizo el ademán de retirarla, pero la joven la cubrió con ambas manos para impedirlo.

—Yo también hablaré con mi padre, no te preocupes.

—Te lo agradezco de corazón.

Gharatar, sin soltar las manos de la princesa, hincó la rodilla derecha en la arena para hacer una reverencia agachando la cabeza.

—Levántate, haz el favor. ¿Cuándo regresas?

—Tenía pensado hacerlo ahora. Quería llegar para ver el rayo verde desde la atalaya, pero no me dará tiempo.

—¿El rayo verde? —preguntó Saore, curiosa.

Eran aquel tipo de cosas las que hacían que gustase de la compañía del joven farero.

Ella apenas se relacionaba con personas de su edad, tan solo con miembros de su familia, y las conversaciones siempre giraban alrededor de los mismos temas.

Pese a que se veían en limitadas ocasiones y no compartían ratos demasiado largos, con Gharatar siempre encontraba algo de tiempo para que el chico le sorprendiera con la explicación concienzuda de la belleza de las pequeñas cosas.

A su vez, Saore veía que él disfrutaba entreteniéndola y, de algún modo que no se sabía explicar a sí misma, se sentía complacida de que así fuera.

—¿No has visto nunca el rayo verde? Desde aquí no sé si se puede observar bien, pero desde el faro sí, porque hoy el cielo está despejado de nubes.

Gharatar, en vez de dirigirse a la barca, se sentó sobre la arena, con la vista fija hacia el poniente del lago de Tarteso.

Saore dudó un momento si sentarse a su lado, pues seguro que Anthousa mandaría enseguida a otro a algún sirviente para asegurarse de que estuviera bien.

Por fin, se colocó junto a él; el joven la instó a mirar hacia el disco solar, que en breve se escondería sobre la línea de las aguas.

—Fíjate en todo momento en la parte de arriba del sol y no apartes la vista, pues solo durará un instante. El sol se fundirá con las aguas del lago. Justo entonces se puede ver el rayo verde. Lo verás sin duda, porque el color verde en el cielo es muy distinto al verde de la hierba o al del mar.

El fenómeno del rayo verde era conocido entre las gentes de mar, pero apreciado tan solo por las almas sensibles como Gharatar, que valoraba las excepciones que la naturaleza otorgaba de vez en cuando.

El pétalo violeta de la salvia, obsceno y prominente como un labio hermoso, sobre el cual se apoya la abeja para abastecerse de néctar.

Una cigüeña solitaria en invierno comiendo en el lago.

O el rayo verde. Este le recordaba al destello efímero de las cuentas de cristal de las tierras de Oriente que vendían en el mercado, le dijo.

Ella miraba hacia el sol rojizo, a punto de desaparecer.

Él, en cambio, la observaba a ella. Todos los colores de la puesta de sol se reflejaban en su rostro.

Los ojos de la princesa se aclararon hacia un tono ambarino, las mejillas se tornaron rosadas y los mechones de pelo negro que se habían soltado del recogido absorbían el color azul oscuro del cielo a las puertas de la noche.

De repente, un resplandor más encarnado de lo habitual se desprendió de la parte superior del sol y se difuminó en el horizonte.

Entonces, un punto verde apareció sobre el sol.

Un punto verde deforme, a medio camino entre rayo y mancha, fugaz como la delicadeza de los pequeños placeres.

Saore, emocionada, se volvió hacia Gharatar, que desvió rápidamente la mirada hacia las aguas del lago.

—¡Lo he visto, Gharatar! ¡He visto el rayo verde! —dijo con una pasión mal disimulada—. ¿Tú también?

—Sí, sí, por supuesto —contestó él sin atreverse a mirarla de nuevo.

Saore se levantó y le tendió la mano al joven, que todavía permanecía sentado sobre la arena de la playa.

Él dudó unos instantes; la situación que se desarrollaba ante él era, cuando menos, extraordinaria.

La hija del rey no tenía ningún reparo en mostrarse servicial al ayudar al farero a levantarse.

Alzó el rostro hacia ella, que le sonreía, pero con cierta impaciencia.

Al final, le agarró la mano con suavidad y la princesa tiró hacia ella.

—Muchas gracias por contarme lo del rayo verde —dijo—. Hablaré con mi padre en cuanto pueda, no te preocupes. Espero que el tuyo mejore muy pronto.

—Te lo agradezco.

—Ahora debería regresar al palacio.

—Sí, yo también tengo que volver a la isla —replicó Gharatar. Saore le hizo una pequeña reverencia con la cabeza y caminó a paso veloz colina arriba—. Me alegro tanto de verte, Saore.

No escuchó las últimas palabras que susurró el muchacho farero, que empujaba el pequeño bote cargado hasta el agua, de vuelta al infierno en la atalaya.

Cuando cruzó la entrada, encontró a Anthousa sentada en uno de los bancos del porche.

A Saore le extrañó que no estuviera leyendo, bordando ni ejecutando alguna actividad para mantener la cabeza ocupada.

—¿Qué haces aquí sola?

—Esperando a que volvieras. No está bien lo que has hecho, princesa Saore —la reprendió Anthousa, pero ella enarcó las cejas para darle a entender que no la seguía—.

Un hombre y una mujer no deberían estar a solas en la playa; y, lo más importante, él es el farero del reino y tú una princesa. No es lo apropiado, ¿comprendes?

No, no comprendía aquellos cambios. Sus hermanos y ella trataban a todas las personas con las que tenían contacto de la misma manera, tal y como habían aprendido de su padre.

Los súbditos eran el motor del reino y ella había asumido, por imitación, que jamás se debía menospreciar a nadie por la función o el oficio que desempeñara.

Saore conversaba con todos por igual, y Anthousa conocía del afecto que le profesaba a Gharatar desde hacía tiempo.

Antes loaba la empatía con la que lo trataba; ahora, sin embargo, se lo remarcaba como una mácula en su comportamiento.

Mas no se trataba solamente del rato compartido con Gharatar.

Saore no comprendía la actitud de Anthousa en los últimos días.

Ella, tan alegre, se mostraba esquiva tras las horas lectivas.

Durante los ejercicios gimnásticos, Nora y Saore la encontraban con la mirada distante, más allá de las fronteras de la isla.

Y, aunque intentaba mostrarse animada con ellas, la melancolía teñía hasta las notas que arrancaba de la forminge.

—¿Cómo está Nora? —preguntó para desviar la atención hacia otras cuestiones.

—Mucho mejor que esta mañana. Le he hecho unas friegas con aceite de romero y ahora está dormida.

—¿Mi padre sigue reunido?

Anthousa asintió.

Argantonio alargó la reunión con Ataralki, el próxeno Agathon y su asistente hasta bien entrada la noche. El rey exigió a los helenos que le explicaran con franqueza la situación en Oriente.

—Hemos vivido unos meses muy convulsos en Focea —dijo Agathon—. Y en toda Jonia, me aventuro a decir. No creo que la ciudad de Sardes aguante el sitio mucho más tiempo, y, si Sardes cae, Focea y Mileto serán las siguientes.

El rey Creso de Lidia había sido un buen gobernante.

Había reunido a las diferentes ciudades jónicas bajo su protección.

Con Creso en el poder, Focea siguió dominando el comercio en el Gran Mar y fundando colonias a lo largo del territorio.

A cambio, sus ciudadanos pagaban los tributos pertinentes a los lidios.

De este modo, los foceos fijaban sus fronteras en el mar y vivían de espaldas a lo que sucediera en las llanuras mesopotámicas.

Creso, frente a la expansión de los medos en el interior, forjó alianzas con el emperador medo Astiages tras el matrimonio con él de una de sus hermanas.

De este modo, las fronteras entre Lidia y Media quedaban a ambos lados del río Halis.

Focea había vivido años de esplendor bajo el gobierno lidio hasta dos años atrás.

El persa Kuros había derrocado al emperador Astiages y, en consecuencia, había absorbido el Imperio medo.

Ante la inminente amenaza de la llegada de los persas al Peloponeso, los foceos habían aglutinado la flota de pentecónteros de fabricación tartesia para evitar el posible asedio marítimo de la pequeña pero rica polis.

Sin embargo, la seguridad de Focea había experimentado un giro inesperado.

El rey lidio tuvo una visión y se trasladó a Delfos para hacer una consulta.

La pregunta fue clara y concisa: ¿debo atacar a Kuros?

No fue así la réplica. El oráculo contestó que iniciar una guerra comportaría la caída de un gran imperio.

Para Creso, la profecía no daba lugar a ninguna interpretación.

—¡Creso no ha podido ser más insensato! —interrumpió Irenio ante la mirada reprobadora de Agathon.

—Disculpa la pasión con la que habla mi asistente, mi señor —dijo Agathon.

Irenio no se amedrentó ante la actitud prudente de su superior ni tampoco aprobaba el tono imparcial del relato de Agathon.

—¡Sabes que tengo razón! ¡El lidio nos va a abocar a la desgracia máxima!

—Señores, mantengamos las formas como hasta ahora —dijo Ataralki. Hizo un gesto al sirviente que aguardaba en la entrada—. Sírvenos otra copa de vino.